Vol 3. Núm 9. 2015
LO CONVENCIONAL Y LO INSOLENTE EN LA INVESTIGACIÓN CIENTÍFICA SOCIAL
Miguel A. Roca Facultad de Psicología, Universidad de La Habana
Resumen
La esencia del presente trabajo radica en una intención polémica acerca de lo convencional y los desafíos a la convención en el contexto de la investigación científica. Comienza legitimando el valor de la diversidad, particularmente en el pensamiento y las ideas, convocando a una mente abierta y flexible, capaz de entender cuando se imponen los cambios en las convenciones y procede ver la realidad con insolencia y de manera desprejuiciada desde diversas perspectivas, porque el propio objeto de estudio en su constante dinamismo así lo demanda, al tiempo que también legitima el uso de convenciones que faciliten la sistematización y objetividad de la investigación científica. Desde esta perspectiva debate acerca de la pertinencia o no de conceptos, una vez estigmatizados, como el pragmatismo, el eclecticismo y el relativismo en las ciencias. Culmina defendiendo la importancia de comprender el mundo interno y la subjetividad de los participantes, así como la ineludible posición activa del investigador como agente de cambio social.
Abstract
The essence of the present paper it resides in a polemic intention about the conventional issues and the challenges to the convention in the context of the scientific investigation. It begins legitimating the value of the diversity, particularly in the thought and the ideas, summoning to an open and flexible mind, able to understand when the changes are imposed in the conventions and it proceeds to see the reality with insolence and in no prejudiced way from diverse perspectives, because the own object to study, in constant dynamism, demands this way, at the time that also legitimates the use of conventions that can facilitate the systematizing and objectivity of the scientific investigation. From this perspective it debates about the relevancy, or not, of concepts, once stigmatized in the sciences, as the pragmatism, the eclecticism and the relativism. The paper culminates defending the importance of understanding the internal world and the subjectivity of the participants, as well as the investigator s active unavoidable position as agent of social change.
Palabras claves
Investigación social, investigación en el mundo real, diversidad, Social Investigation, real world research, diversity

En todas las actividades es saludable, de vez en cuando,
poner un signo de interrogación sobre aquellas cosas
que por mucho tiempo se han dado como seguras.
Bertrand Russell

 

Es de importancia para quien desee alcanzar
una certeza en su investigación,
el saber dudar a tiempo.
Aristóteles

Quiero hacer una toma de partido inicial, soy un cada vez más convencido del valor de la diversidad término conductor del presente trabajo, no solo en asuntos que estén de moda, como la raza, el género o la identidad sexual, sino también en el pensamiento y las ideas, … y esto no me lo enseñaron solo los libros y los que ya empiezan a ser pesados años de vida personal y experiencia profesional, me lo hizo ver desde el sentido común una joven estudiante cuando con frescura, desenfado y naturalidad, hace mas de veinticinco años espetaba en un grupo de trabajo, que entonces llamábamos “grupo de reflexión”,  que “tenemos que aprender a querernos en la diferencia”.
Tal afirmación resulta legítima no solo en el complejo mundo de las relaciones interpersonales, sino también en el contexto de la profesión y la ciencia. Para mi gusto nada mejor para justificar esta consideración que la expresión de Montesquieu, de que “la verdad en un tiempo es error en otro”,… y pudiéramos añadir que la verdad en un contexto pierde legitimidad en otro, aún en un mismo momento. La investigación científica, sobre todo la investigación con humanos (Robson, 1997), no puede pasar por alto lo anterior.
Investigar con humanos, sobre todo en lo referente a su subjetividad y mundo interno, implica tal mirada basada no solo en lo diverso, sino basada en una mente abierta y flexible, capaz de entender cuando se imponen los cambios en las convenciones y procede ver la realidad con insolencia y de manera desprejuiciada desde diversas perspectivas, porque el propio objeto de estudio en su constante dinamismo así lo demanda, … nada ilustraría esto tan bien como un simpático proverbio chino que afirma que “el sabio puede sentarse en un hormiguero, pero solo el necio se queda sentado en él”.
Si sigo entonces con mi toma de partido, desde mi habitual postura de “abogado del diablo”, creo no obstante que las convenciones tienen un papel importante tanto en la vida cotidiana como en las ciencias, en tanto permiten la sistematización y la coherencia, así como un modo uniforme y consensuado de proceder en la búsqueda objetiva de la verdad, que brinda cierta seguridad al investigador tanto al proyectar su investigación, como al recolectar, procesar e interpretar los datos.
Ello me recuerda mis años de estudiante hace ya unas cuantas décadas, cuando en la asignatura Metodología de la Investigación estudiábamos con el libro de Scott & Wertheimer que era una verdadera Biblia de la convención, aséptica, meticulosa, inflexible, en cuanto a la Metodología de la Investigación. Era, positivistamente, un buen texto que pautaba de manera inexorable y con elegancia la secuencia del cómo investigar, paso a paso, sobre todo de cómo se diseña una investigación en eso que definimos como “trabajo de mesa”; aunque también tenía un irreverente y sospechoso capítulo llamado “El Juicio Humano” que ineludiblemente ponía en duda mucho de todo a lo que convocaba aquel sobrio texto.
Un tiempo después hicimos algo parecido con el libro de Hernández Sampieri y colaboradores, que se convirtió en Texto Básico de casi todas las carreras de Ciencias Sociales tras su introducción en la Academia en el contexto de lo que dio en denominarse primero “municipalización” y con posterioridad “universalización”, … aunque también con este texto ocurrieron cosas interesantes cuando las dos primeras ediciones retomaban la convención positivista casi al pie de la letra, pero las ediciones sucesivas incursionaban con fuerza creciente en los insolentes desafíos de lo que ha dado en denominarse “investigación en el mundo real”, que suponen la investigación cualitativa, particularmente la investigación acción en que el convencional y tradicional término de “sujeto” comienza a desaparecer para dar lugar a la más ajustada expresión de “participante”; la investigación mixta que combina al sacrosanto número con la, a veces, enredada narración pero que busca la verdad  más allá de lo convencional “establecido”, sin contar con el reconocimiento de la investigación sustentada en la teoría crítica social en que el investigador asume una posición crítica y protagónica desde el principio y busca “empoderar” a las personas.
Soy un absoluto enemigo de dogmas, pero como lo absoluto ya es un dogma tengo que aceptar que bajo determinadas condiciones lo dogmático, expresado en rígidas convenciones, puede ser necesario y útil, y cumplir determinada función en el contexto científico. Porque la ciencia (del latín scientĭa, “conocimiento”) es el conjunto de conocimientos sistemáticamente estructurados, y susceptibles de ser articulados unos con otros. La ciencia surge de la obtención del conocimiento mediante la observación de patrones regulares, de razonamientos y de experimentación en ámbitos específicos, a partir de los cuales se generan preguntas, se construyen hipótesis, se inducen principios y se elaboran leyes generales y sistemas metódicamente organizados, pero sobre todo se duda. No creo que puedan evadirse ciertas convenciones.
Por eso agradezco mucho el haberme formado bajo el riguroso Scott & Wertheimer, porque me fomentó un algoritmo de pensamiento investigativo, portador de algunas convenciones que aún respeto como la importancia de una sólida fundamentación teórica y el dominio del “estado del arte” del tema en que se pretende investigar, que al mismo tiempo que orienta hacia dónde investigar, permite dialogar, amigable o polémicamente, con los resultados obtenidos.
Como digresión al margen al hablar de la teoría, quiero reiterar, más allá de ideologías, mi adhesión a la dialéctica, desde la griega y la alemana a la post Marx, en particular en este caso a su par teoría-práctica, que resalta la importancia de los fundamentos teóricos, es decir, del sostén conceptual de cualquier investigación.
Convencionalmente una teoría puede hacer gala de un alto grado de sistematización como ocurre en las matemáticas, o insolentemente estar estructurada con menos esmero, pero en el que una simple narración, si explica un fenómeno, se convierte en una teoría en un contexto concreto, tal y como ocurre con el paradigma de “teoría fundamentada”; en cualquier caso, lo importante es que la teoría sea capaz de explicar, predecir, y hasta hacer dudar o deleitar.
Es en este sentido que resultan válidas las consideraciones de Weick, acerca de que desde un punto de vista práctico, una teoría está a la espera de problemas concretos todavía no identificados que habrá de resolver (Weick, 2005), sosteniendo así que las teorías no son absolutamente descubiertas, sino instauradas y construidas, debido a que una buena teoría resulta ser dinámica, imprevista, sorprende y conduce a modificar nuestra apreciación del objeto de estudio; porque en la medida que se produce el acercamiento práctico y la emergencia del fenómeno a estudiar, ello deviene en nueva fuente potencial de teorías. Lo referido se puede observar en los inteligentes diálogos entre Albert Einstein y Niels Bohr (Bohr, 1949), tal vez dos representantes nítidos del valor de las diferencias, quienes a pesar de largos debates conservaron una sólida y franca amistad, facilitada por la enorme admiración mutua por sus inteligencias excepcionales, cuando polemizan que:
“Nuestra teoría es pobre para la experiencia”.
“No, no, la experiencia es demasiado rica para nuestra teoría”.
Me alejo entonces de la digresión y continuando con la defensa de algunas convenciones, reconozco:

  • La importancia de una clara formulación y justificación del problema, unida a la también clara formulación de los objetivos que se convierten en acciones e hilos conductores que darán respuesta a las preguntas científicas de investigación, y que dan legitimidad al aforismo de que “la formulación de un problema, es más importante que su solución”.

La importancia de tener hipótesis de trabajo fundamentadas con solidez, aunque no siempre sean declaradas como ocurre en mucho de la investigación aplicada a fenómenos dinámicos, que nos hagan pensar en una “respuesta anticipada” a la formulación del problema de investigación, que apunte a cierta claridad, aunque sin exquisiteces ni búsquedas sofisticadas, a lo que se pretende buscar. Existe una frase célebre de Einstein que así lo ilustra, al afirmar que “Todo debe simplificarse lo máximo posible, pero no más”, acompañada de “si tú intención es describir la verdad, hazlo con sencillez y la elegancia déjasela al sastre”.

  • La importancia de la claridad del lenguaje en cuanto a los términos clave y el aparato categorial a utilizar en la investigación, no menos importante que su definición operacional, que en su conjunto brinden precisión acerca de lo que se pretende demostrar.
  • La importancia y pertinencia del polémico número y su complicado matrimonio con las estadísticas, temidas y devaluadas por unos, magnificadas y sobredimensionadas por otros, y recién en la actualidad altamente incorporadas a la tecnología mediante potentes paquetes estadísticos computarizados, como el SPSS al que tanto apelamos los psicólogos; aunque aquí adelanto una insolencia mediante el reconocimiento de la afirmación de que “la ley de la mayoría no tiene autoridad sobre los casos refractarios”, con lo que defiendo la individualidad, de nuevo el derecho a la diversidad, y en la perspectiva metodológica al polémico para muchos estudio de casos.
  • La importancia de una clara definición y selección muestral, es decir el preciso conocimiento y definición de la población “diana” con la que se habrá de trabajar y de la que se extraerán los resultados; una errónea selección muestral descalifica cualquier investigación.
  • Y sobre todo la importancia de un investigador honesto y comprometido, con una elevada postura ética, capaz de poner en primer plano la verdad por encima de sus intereses, creencias, preferencias y hasta miedos personales, asumiendo que lo que caracteriza al hombre de ciencia no es la tenencia del conocimiento o de verdades irrefutables, sino la búsqueda desinteresada e incesante de la verdad (Popper, 1986).

Podría seguir citando componentes que de una u otra forma deben, de manera convencional, estar presentes en cualquier investigación; pero la ciencia no es una única cosa, es muchas; no es algo estático y cerrado sino dinámico y abierto; no tiene un método, sino muchos; no está hecha, sino que se hace y se rehace continuamente (Bunge, 1997). Su dinámica no es solo la investigación básica, sino su aplicación práctica, su enseñanza y su divulgación, sobre todo cuando tiene lugar en eso que llaman “mundo real” (Robson, 1997).
Cada ciencia, y aun cada investigación concreta dentro de una misma ciencia, generan su propio método de investigación, porque parafraseando ahora a Popper, la ciencia constituye una constante búsqueda, de ningún modo un definitivo descubrimiento real, es un viaje o trayecto, nunca una llegada (Popper, 1986). Y pudiéramos añadir que es un polémico y en ocasiones paradójico viaje, en que inteligentes ideas pueden conducir a un callejón sin salida, mientras que observaciones triviales y hasta hallazgos casuales pueden conducir a la solución de complejos problemas científicos (Prigogine, 1997).
Y es que la ciencia no –y de hecho no– puede suministrar una verdad fija, total. La ciencia es un proceso pausado e inacabado de disminución de la falsedad, y la verdad absoluta está lejos, muy lejos, de alcanzarse, aunque muchos exijan respuestas inmediatas totales; no nos equivoquemos y seamos hasta convencionalmente leales a la dialéctica, es la suma infinita de verdades relativas, a las que no se llega a través de convenciones, ya decía Aristóteles hace más de dos milenios que “nunca se alcanza la verdad total, ni nunca se está totalmente alejado de ella”.
Porque la ciencia es, eso sí, una indagación progresiva y perpetua de las mejores respuestas posibles, conducida por un grupo de profesionales y científicos honestos que se afanan enérgicamente en la búsqueda del conocimiento de una manera cuidadosa y sistemática, y con la mente abierta puesta en aras del bienestar social.
Quiero añadir aquí una necesaria observación derivada de la presentación preliminar de la presente conferencia: el hecho de ver la ciencia desde diferentes miradas, que incluyen constantes replanteamientos y diferentes estrategias metodológicas, incluso el polemizar con datos que parecen estar al margen de la ciencia, no supone en modo alguno hacer concesiones a la pseudociencia  y la especulación irresponsable que falsean, a veces de manera malintencionada el verdadero conocimiento científico.
En consecuencia, y aquí tal vez empiezan las insolencias que desafían la sacrosanta convención, deberíamos apelar a una inteligente expresión anónima que dice que “como no sabían que era imposible, lo hicieron”, … el “no es posible” o el “no se debe”, o el “no conviene” o el “aún no es el momento” mutilan desde el inicio cualquier progreso no solo científico sino hasta social y personal; para desafiar el “no se puede” resulta auténtico el decir de la sabiduría popular, cuando afirma que “si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo”.
Porque hay muchas maneras de investigar, todas legítimas y fundamentadas y, a mi juicio, susceptibles de complementarse unas a las otras. Decía Mario Bunge, que:
Soy realista porque me interesa la búsqueda de la verdad, aunque sea aproximada. Pero esto no quiere decir que proponga estudiar los objetos sociales exactamente de la misma manera que los naturales. Los hechos sociales, aunque reales, son efectos de acciones humanas, y los seres humanos sentimos, deseamos, pensamos e imaginamos. Ergo, quien no tenga en cuenta estas experiencias subjetivas no podrá explicar las acciones humanas ni, por tanto, los hechos sociales (Bunge, 1997, p.305).
Decía Karl Popper que hay que estar contra lo ya pensado, contra la tradición, de la que no se puede prescindir, pero en la que no se puede confiar (Popper, 1986), y muy respetuosamente me atrevería a añadir que solo desafiando las convenciones, aunque sea de manera irreverente e insolente, es posible encontrar nuevos y más acertados caminos en la Ciencia. Apelo ahora a una célebre frase de George Bernard Shaw, cuando afirma que “el hombre razonable se adapta al mundo; el irrazonable intenta adaptar el mundo a sí mismo. Así pues, el progreso depende del hombre irrazonable”,…es decir, aquel que un día decidió ser insolente, arriesgarse y romper caminos trillados.
Me gustaría entonces referirme a algunas insolencias, y quisiera empezar por algo filosófico. Hace ya varios años cayó en mis manos un interesante artículo con un sugerente a la vez que desvergonzado título: “Tres malas palabras en ciencia; pragmatismo, eclecticismo y relativismo”; desafortunadamente mis malos hábitos científicos y profesionales de no sistematizar y mantener localizables fuentes interesantes de información me hicieron perder su origen y no he logrado encontrarlo con posterioridad.
Lo cierto es que el artículo convocaba sin remilgos a la tan propagada “mente abierta” de la que con tanta fuerza hablamos en ocasiones y a la que tanto tememos cuando se trata de ponerla en práctica en la realidad; dentro de las quince frases célebres de Einstein, encabeza el listado aquella que refiere que “la mente humana es como los paracaídas, hay que abrirla para que funcione”. Los que ya peinamos o disimulamos canas, recordaremos que hablar de cualquiera o insinuar alguna de aquellas palabras era un sospechoso desliz ideológico o de concesión al enemigo y se rechazaba de plano, ignorando precisamente  la revolucionaria dialéctica que convoca en sus leyes a “botar el agua sucia y no el  niño bañado”.
Veamos brevemente cada uno de estos términos con espíritu de “abogado del diablo”. Más allá de la objeción ética al clásico principio del pragmatismo de que “el fin justifica los medios”, ¿no son interesantes y desafiantes aquellas ideas cuya concepción de base es que solo es verdadero aquello que funciona, enfocándose así en el mundo real objetivo, y sobre todo privilegiando lo útil, los resultados, refrendando su rechazo por la existencia de verdades absolutas, y asumiendo que las ideas son provisionales y están sujetas al cambio, a la luz de la investigación futura?
Curiosamente, cuando preparaba esta conferencia, me encontré con un artículo escrito por aquel digno pionero de nuestra profesión, la psicología en Cuba, el doctor Gustavo Torroella quien hacía un análisis de este concepto en la Revista Cubana de Filosofía, con sorprendente fecha de La Habana, junio-julio de 1946 (Torroella, 1946), … no afirmo nada que no sea reproducir la fecha, pero ya desde aquellos momentos, casi  setenta años atrás, un entonces joven colega hacía una objetiva valoración, acerca de aciertos y desaciertos de tan polémico concepto. Me limito a reproducir textualmente y resumir algunas de sus consideraciones y que cada cual, respetando la diversidad, extraiga sus propias conclusiones:
El método pragmático tiene una orientación, dirección prospectiva futurista ... Es la actitud de desprenderse de las primeras cosas, categorías y principios y de fijarse en las cosas últimas, en los frutos, las consecuencias, los hechos ... En vez de preguntar el origen, el principio, examina los resultados, en vez de mirar hacia atrás mira hacia adelante ... El pragmatismo en vez de preguntarse de dónde se ha derivado una idea o cuáles son sus premisas, examina sus resultados, su porvenir ... El pragmatismo es una filosofía futurista ya que comprueba las creencias por las consecuencias que de ellas se fluyen en el futuro ... Se pregunta qué puede prometer para el futuro una creencia ... Solo si trae buenos resultados, indica que es verdadera: … preocupados no tanto de saber lo que es la realidad, sino de mejorar nuestras vidas (Torroella, 1946 p. 26).
Mas allá de la objeción ideológica al clásico principio del pragmatismo de que “el fin justifica los medios”, con el cual no comulgo en su esencia por su connotación de poco respeto a la dignidad humana, ¿no son interesantes y desafiantes muchas de estas ideas en su contenido?, ¿no estaríamos de acuerdo con una buena parte del contenido de lo referido, si no viniera precedido de la estigmatizada y excomulgada palabra?, afortunadamente quiero creer que en su inmensa mayoría, los investigadores en el tercer milenio han llegado a acostumbrarse a la idea de que no hay teoría que sea una absoluta transcripción de la realidad; pero que muchas pueden ser útiles en su función de recapitular la historia y ser proactivas hacia el futuro.
Esta consideración conduce directamente a la segunda “mala palabra”, el concepto de eclecticismo, otro de los tantos pecados filosóficos de antaño, al que a posteriori se trató de edulcorar con el más amigable término de “integración”.
El eclecticismo (del griego eklegein, “escoger”) es, en filosofía, una escuela nacida en Grecia que se caracteriza por escoger (sin principios predeterminados) concepciones filosóficas, puntos de vista, ideas y valoraciones entre las demás escuelas que se asume que puedan llegar a ser compatibles de forma coherente, combinándolas y mezclándolas,…aunque el resultado pueda ser a menudo contrapuesto sin llegar a formar un todo orgánico, lamentablemente en ocasiones grotesco.
El eclecticismo es un enfoque epistemológico que no se atiene con rigidez a un paradigma o un conjunto de supuestos, sino que se basa en múltiples miradas, teorías, estilos, ideas para obtener información complementaria en un tema, o para aplicar diferentes supuestos en casos particulares. También pretende conciliar las diversas teorías y corrientes existentes, tomando de cada una de ellas lo más importante aceptable, permitiendo romper las contradicciones existentes. Más allá del censurado término, ¿no hay aquí una mirada defensora de la diversidad?, y apelo ahora a la poética expresión de Rabindranath Tagore cuando afirma que: “El bosque sería muy triste si solo cantaran los pájaros que mejor lo hacen”.
Por último, la tercera mala palabra se refiere al relativismo, aquel concepto que sostiene que cualquier punto de vista no tiene connotación de verdad ni validez universal, sino solo una validez subjetiva y relativa a los diferentes marcos de referencia. Asumir esta posición de manera inflexible significaría caer en las garras del desesperanzador agnosticismo, pero mirándolo dialécticamente, y a esto ya nos referíamos con anterioridad, la vida es un incesante y perenne cambio, en que resulta obvio que el conocimiento es relativo; aún a riesgo de mi desconocimiento voy a introducirme momentáneamente en un campo del que no soy ni remotamente un conocedor, la Física, para tratar de explicarme:
Piense el lector en lo que significó la física newtoniana, cuánto marcó el pensamiento e incentivó el desarrollo de dicha ciencia,… pero en el siglo xx, Einstein introduce la teoría de la relatividad que lo cambió todo, o casi todo, porque mucho de la física newtoniana sigue aún vigente. ¿Y no le está pasando algo parecido a los postulados einstenianos con los atrevidos e insolentes pronunciamientos de Stephen Hawkins acerca de los “teoremas respecto a las singularidades espaciotemporales en el marco de la relatividad general”?,…porque esa es la vida, es la sociedad, es la ciencia, el infinito cambio, o para ser leal una vez más a la dialéctica, es la infinita “negación de la negación”.
Todo esto conduce inexorablemente a una “mirada pluralista” de la ciencia, tanto teórica como metodológica, que legitima en cierto sentido, o al menos no niega lapidariamente, a las tres insolentes malas palabras: No hay una simple verdad y, por extensión, tampoco ninguna teoría o metodología absoluta, unificada o integrada de la Investigación Científica; son legítimas las convenciones, también las insolencias, lo diverso se impone.
Reitero aquí mi convencimiento de la veracidad de una ancestral frase que indica que “quien de una sola cosa sabe, ni siquiera de eso sabe”,…aunque, con fines conciliatorios, puedo también asumir la postura de “abogado del diablo” y decir que “quien de mucho sabe, de nada sabe”. En cualquier caso ambas frases serían expresión de la infinitud del conocimiento humano, y el valor de la libertad del pensamiento, reverenciado por nuestro José Martí, ¿por qué privarnos entonces de tan variadas y ricas de sus fuentes?
Y volviendo a las insolencia, en mis años de juventud en los setenta, recuerdo una canción creo que del grupo “Los Gafas”, que en un lindo texto decía: “decir la verdad, habrase visto insolencia, dijeron de mí, las hipócritas conciencias, ¿es que nunca ha de decirse lo que siente el corazón, no hay espíritus valientes, me pregunto yo?”, aunque mucho menos poético y más serio y filosófico también lo decía Seneca al afirmar que “Prefiero molestar con la verdad que complacer con adulaciones”. Y ya para ir concluyendo cuando el tiempo nos traiciona, ¿qué significa ser insolente en la investigación científica?, de la misma manera que tomé partido por algunas convenciones, quisiera hacerlo ahora por algunas insolencias:

  • El investigador científico social, aquel que investiga con humanos, no puede ser aséptico, inevitablemente se sesga, no puede ser un pasivo ente contemplativo de hechos sobre los cuales puede actuar para bien y en aras del universal principio ético de la beneficencia y no maledicencia.
  • El Problema y los Objetivos de la Investigación deben declararse y fundamentarse con claridad desde el principio,… pero la propia realidad es la que va decidiendo cuánto se modifican en el curso real de la investigación. Es como se afirma en la investigación cualitativa, es como un laberinto en que sabemos por donde entramos, pero no sabemos cómo ni por donde salimos.
  • La correcta operacionalización de conceptos contribuye a su óptima medición, pero hay conceptos que no son susceptibles de “medirse” y de los cuales de todos modos no se puede prescindir en la investigación con humanos,…piénsese por ejemplo en el concepto de emociones, tan preterido en algún momento por la mirada positivista, pero tan imprescindible en la investigación en el mundo real, con independencia de su poca mensurabilidad.
  • Los resultados de una investigación, convencionalmente deben ser generalizables, pero no dejan de ser menos valiosos los resultados para un único contexto o escenario, al estilo de lo que ha dado en denominarse la investigación in situ.
  • La validez de una investigación no la brindan solo los procedimientos cuidadosamente diseñados, la brindan sobre todo los propios participantes al legitimar o no la credibilidad de los resultados.
  • Las muestras “representativas” suelen ser deseables, pero las metodologías de Estudios de Caso, incluidas las denominadas de “caso único”, con frecuencia ofrecen explicaciones más representativas e ilustrativas, dada su profundidad. Reitero una digresión inicial cuando me refería a las convenciones, “la ley de la mayoría no tiene autoridad sobre los casos refractarios”.

Y es que el modo de investigar ni se restringe al modelo del laboratorio, ni puede permanecer estático, cada investigación debe ajustarse a las demandas específicas del problema al que debe dar respuesta. Solo con fines didácticos, piense el lector en el complejo tránsito de la sofisticada pero al mismo tiempo segura manera de investigar del modelo cuantitativo, hacia la difícil y resbalosa investigación cualitativa, donde su propia definición ya nos está introduciendo en el mundo de las insolencias: “la investigación desde la perspectiva de los participantes”, donde no se parte deductivamente ni de aparatos categoriales ni de seguros nichos teóricos, sino de la escurridiza práctica en el “mundo real” y como es comprendido, sentido y actuado este mundo por sus participantes concretos, para a partir de estos datos inducir narraciones explicativas, verdaderas teorías, al modo de lo que se define como “teoría fundamentada”. Y a modo de comentario, obsérvese como aquí el discurso científico empieza a desprenderse del archiconocido y convencional “sujeto” para tomar vida como participante.
Pero se puede ser más insolente aún, tal y como ocurre con la ya clásica investigación-acción, fortalecida más aún con la expresión participativa (IAP), en que no solo se busca conocer un fenómeno social, sino también se busca su modificación, utilizando para ello a los antes participantes, pero ahora protagonistas o la más contundente expresión actores del cambio, … y si se es observador se prestará especial atención, una vez más, a la palabra que acabo de expresar, cambio, término que se expresa por sí solo, y reitero que  es expresión de lo mejor de la dialéctica y su concepción de que la vida es eterno movimiento y diversidad. Obsérvese aquí como el investigador participa cada vez más, tal vez sesgando la investigación, pero siendo consecuente con aquello deseable de que los científicos sociales seamos cada vez más agentes de cambio social.
Más insolente aún es la investigación definida como “teoría crítica social” en que el investigador parte de una posición definida acerca de temas polémicos (la identidad sexual, la raza, la religión, la pobreza, la ideología, la política) con los que está comprometido y construye su investigación como vocero y portavoz de un modo de hacer al que va a defender no solo con la investigación, sino con su acción encaminada en esta dirección, con independencia de la disposición de otros a escucharle, … a modo de comentario al margen, surgió en este contexto el desafiante y bien insolente concepto de empoderamiento, como vía de dar voz a los que no tienen voz, y capacitar o brindar habilidades a aquellos que han estado en una posición de desventaja en aras de su mayor bienestar y calidad de vida.
Cuando reviso lo escrito, pienso que mi riguroso material de Scott & Wertheimer (S&W) posiblemente me hubiese reprobado y suspendido desde un inicio estas consideraciones a partir de los mitos convencionales de la pureza de la investigación, pero intentar investigar solo desde una mirada distante de nuestro objeto de estudio, el ser humano, nos convertiría a los científicos sociales en cómplices de un estado de cosas en el que no accederíamos al importante mundo interno de las personas.
La investigación científico social debe ser metodológicamente tan rigurosa como sea posible, pero no puede ser aséptica al estilo de las investigaciones con bio-preparados, genomas y temas parecidos que requieren de elevados controles metodológicos; Porque el científico social, es inevitablemente que debe alejarse de cualquier conformismo por insolente que ello parezca, y con insolencia aplicarle el cartesiano “beneficio de la duda” (para investigar la verdad es preciso dudar, en cuanto sea posible, de todas las cosas) que debe estar presente en el quehacer de un buen científico social, o más poéticamente como diría Oscar Wilde porque “creer es muy monótono; la duda es apasionante”, o más personal y pragmáticamente, mi padre gusta de decir que “a duda es pecado para la religión, pero es virtud para la ciencia”.
Y es que, finalmente, el investigador social tiene que contaminarse y escuchar, y actuar sobre eventos y cosas sobre las cuales no siempre se tiene el deseo de escuchar y actuar, sobre todo cuando con mucha frecuencia hacen temblar el sistema de creencias entronizados que alguna vez se tuvo y que el mundo real convoca a modificar,…porque ya no funciona. Porque como diría Goffman, “toleramos lo no explicado, pero no lo inexplicable” (Goffman 1974, p. 30).

 

Bibliografía2
Bohr, N. (1949). Discusiones con Einstein sobre los Problemas Epistemológicos en la Física Atómica. s/f
Bunge, Mario (1997). Vistas y Entrevistas. Propuestas concretas sobre problemas de nuestro tiempo. Editorial Sudamericana, Buenos Aires.
Goffman's Erving (1974). Frame Analysis. p. 30 Harvard University Press.
Popper, Karl(1986). La lógica de la investigación científica. Editorial Laia. 1986.
Prigogine, Ilya (1997). End of Certainty. The Free Press.
Robson, Colin (1997). Real World Research. A Resource for Social Scientists and Practitioner Researchers. Blackwell Oxford UK & Cambridge USA.
Torroella, Gustavo (1946). “El pragmatismo”. Revista Cubana de Filosofía. La Habana, junio-julio, de 1946 vol. 1, número. 1, pp.áginas 24-31.
Weick, Karl E. & Sutcliffe Kathleen M. (2005). Organizing and the Process of Sense making Organization Science. vol. 16, no. 4, July–August 2005, pp. 409–421.
www.muyhistoria.es/.../quince-frases-geniales-de-albert-einstein

Notas
1El presente trabajo es una versión ampliada de la conferencia con el mismo nombre impartida en el marco del Evento Científico Psico Salud 2014 en el Palacio de Convenciones.
2Con toda intención apelé a una literatura no actualizada, pero si clásica y autorizada en su casi totalidad, tal vez para refrendar que no hay mucho de nuevo bajo el sol.

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