Vol 3. Núm 9. 2015
ENTRETENIMIENTO Y CULTURA EN PERSPECTIVA. SUSTRATO NATURAL DE UN DILEMA
Manuel Calviño Facultad de Psicología. Universidad de La Habana.
Resumen
El presente texto es la versión escrita de una Conferencia impartida por el autor en un Encuentro Nacional con creadores de la televisión cubana. El autor intenta poner en evidencia algunos antecedentes naturales, de la historia ontogenética, de los vínculos entre placer, entretenimiento y producción cultural.
Abstract
This text is the written version of a lecture given by the author at a national meeting with Cuban television creators. The author tries to highlight some natural history, the ontogenetic history, the links between leisure, entertainment and cultural production.
Palabras claves
ontogénesis, entretenimiento, cultura, subjetividad, ontogenesis, entertainment, culture, subjectivity

En el comienzo todo es sensación. La palabra es sonido antes que significado. El acto antecede al pensamiento. La razón es primariamente una emoción. El largo camino de la construcción de la identidad comienza con las sensaciones. Mucho antes, incluso en el universo amniótico, donde aún somos gestados, la conexión primaria con el mundo se realiza en sensaciones.
En la segunda mitad del camino al nacimiento se perciben sonidos que aún no son voces, sonidos corporales, longitudes de onda que impactan sobre el rudimentario sistema auditivo. El huésped oye aunque no escucha. Su piel experimenta sensaciones. El dulce amargo de su hábitat penetra por su boca. Las papilas gustativas se impresionan en un incipiente y primitivo proceso de degustación. Hace sus primeras piruetas, gira, da vueltas, patea, contacta con las paredes del útero. Se ejercita la estimulación táctil. El olfato, que en poco tiempo lo llevará inequívocamente al pecho materno, se va formando en las primeras semanas en el contacto con el universo alimenticio que lo circunda y protege. Aún no mira pero ve. Sus ojos se abren dos meses antes de iniciarse el recorrido neonatal. Es sensible a la luz. La casa materna que envuelve al futuro infante es estimulante. Se ejercitan en ella los órganos de su sensorialidad. Se prepara su ingreso en el mundo humano.
Sin embargo, la protección de su universo intrauterino es perfectamente imperfecta. El destino de lograr su completitud bajo la influencia de estímulos externos (medioambientales) hace al “no-nato” objeto de las inclemencias exteroceptivas. Variaciones de origen desconocido, para quien aún no conoce, que producen una sensación de incomodidad, un “estado alterado” que delata el advenimiento de la “tensión” y el “displacer”. Un estado al que es sometido y contra el cual no puede (no sabe) hacer nada. Los mismos sensibilizadores que lo “sienten” son los que hacen sentir que el estado “desaparece”. Y en este proceso se perfila la diferenciación de agrado-desagrado. Un estado resulta “agradable” –aquél en que las sensaciones son consonantes con el flotar etéreo en el mundo acuoso (recordemos que el alimento llega en tiempo y forma como un “suero” conectado de manera indisoluble a su abastecedora); otro estado resulta “desagradable” –aquel que lo “convulsiona”, que es por el momento un “estado convulso” y luego, tras el paso por la luz vaginal y los primeros años de vida, será “tensión”.
Luego de varias semanas de ir y venir de los estados de “excitación-tranquilidad”, una multiplicación de estímulos impacta sobre el naciente. Extraído de su lugar de origen, por suerte para él sin conciencia aún, se le modifican violentamente sus “seguridades”. Olores que vienen de todas partes. Sonidos que llegan a alterar el ritmo circadiano. Luces chispeantes de intensidad inusitada. Sensaciones de agrado y desagrado a destiempo. Demandas que no encuentran su inmediata satisfacción. Solo el calor del pecho materno, el olor del pecho materno, el sentir el pecho materno devuelve y envuelve la unicidad de un vínculo ancestral. La gran escisión yo-mundo es sensorial. Se siente antes de saberse. La gran unidad ecológica yo-mundo es sensorial. Se siente antes de conocerse.
La historia se repite en cada uno de nosotros. Y esa construcción de la primera identidad, esa suerte de yo sensorial sin conciencia, es sobre todo el anclaje del cuerpo a las vivencias de satisfacción e insatisfacción, tensión-distensión. Sobre ellas se construyen nuestros primeros vínculos de atracción o evitación. Se erigirán también nuestras decisiones más íntimas y personales. Más aún, nuestros deseos. El primer yo humano es nuestra sensualidad. El desempeño primario, que se instituye en el “proto-sujeto” (aún no es sujeto, y si lo fuese sería en todo caso, al decir de las tradiciones del psicoanálisis estructuralista, un “sujeto-sujetado”), es un desempeño asociado al mantenimiento y la consecución del “estado sensorial de bienestar” y la disminución – ojala eliminación – del “estado sensorial de malestar”.
De esta génesis derivan también otros movimientos fundamentales de la ontogénesis. El juego, arquetipo de la forma infantil de entretenimiento, es primario no desde el punto de vista “sociocultural” sino desde el punto de vista “psicogenético”. Es cierto que en el juego el niño aprende –asimila la cultura. Es cierto que el niño se socializa –aprehende los sistemas vinculares interpersonales. Pero lo hace, más aún lo busca, porque “le gusta”: lo acerca al estado de bienestar que rememora de su pasado amniótico. Lo hace porque “lo necesita”–amén de su subproducto sensorial, emocional– porque su condición de sujeto orgánico tiende a la “estabilidad”, “al placer”.
Será mucho después que haga del juego un espacio de aprendizaje, que asuma el displacer como condición de realización del placer. Precisamente cuando aparezcan los dominantes vitales de la cultura. No solo, como represora –ya descubierto en el pensar psicoanalítico freudiano y posfreudiano (“El malestar en la cultura”, “La sociedad neurótica de nuestros tiempos”, y tantos más), sino como promotora de su despliegue como sujeto de su vida, como sujeto colectivo, como sujeto de su tiempo. Pero, subrayo, nada de esto se construye sobre el borrado de su condición primaria. Sino sobre, con y desde ella. El juego es tan trascendente como nuestra condición de infantes. La dinámica subjetiva del juego es un suceso no de la infancia, sino del funcionamiento de la subjetividad humana. Su residencia está en la dinámica del placer, del bienestar, del gozo, del deseo –dimensiones del orden de lo biológico y lo cultural. Así es la subjetividad humana: engendro bastardo de violaciones primitivas que al final se asumen y se encuentran en su redención. Repitiendo con Sastre: “Somos lo que seamos capaces de hacer con lo que han hecho de nosotros”.
Desde aquella unidad significativa que construye el significado de “Entretener - Hacer menos molesto y más llevadero algo”, es probable construir una hipótesis (en el sentido estricto de su definición metodológica y ontológica). La postulo así: Hay una biología sensorial del entretenimiento, que tiene su origen en la construcción misma de la condición de sujeto, que no es deducible directa ni únicamente, de la producción de las formas de entretenimiento. Dicho más claramente, hay una necesidad “biopsíquica” de entretenimiento que mueve al consumo y desde él a la (re)producción de entretenimiento. Necesidad que quiere decir demanda. Y cuya satisfacción o insatisfacción participa en la construcción de la asmilación de la cultura, de los productos culturales (no identifico cultura aquí, sino como “un sistema desarrollado e interiormente coherente de conocimientos y de saberes prácticos en todas las esferas de la creación material y espiritual” (Trotsky L.D. “Literatura y Revolución”), a lo que agregaría “y los objetos-productos producidos por esos conocimientos y saberes”.
En paralelo se urde y realiza otra historia. Historia con sus marcas, que si bien algunas ya se insertan muy tímidamente en la experiencia intrauterina, son esencialmente tramitadas en el sistema vincular en el que el otro arrebata al “neonato” cualquier protagonismo que no sea la queja. Entre las insertadas en la “condición vientre” están las marcas de las injusticias socioeconómicas (no lo dudemos –un vientre cuidado, bien alimentado, sensorializado, es no solo diferente, sino diferenciador en sus efectos, de un vientre “tercermundista”), están las marcas de la educación, de la familia. No hay como no aceptar que la biología humana es social. Pero como biología.  Pero esa otra historia que se urde y realiza es un producto de una dimensión a la que esencialmente se llega (o más bien se es expuesto) en los primeros meses de vida.
“Te llamarás Yurisleidy”. “Te vestirás de rosa”. “Cuando sientas hambre te daré “maruga hasta que termine lo que estoy haciendo”. “Vivirás en Alamar”. “Te leeré Cenicienta”. “Jugarás con muñecas”. La lista sería interminable y apenas haciendo referencia a los dos primeros años de vida. En la aún incipiente identidad sensorial entran nuevos protagonistas. Entra sobre todo el otro en un vínculo que se diferencia de su demanda biológica. Aún sin saberlo. El objeto del alimento puede ser objeto del placer no ligado al alimento. Es la dinámica de “la teta buena” y la “teta mala” de la que nos dice Melani Klein.
Un recuerdo infantil (no como el de DaVinci según el padre del psicoanálisis) sino desde la condición de “observador ultrajado” (celoso por la escena observada): el niño chupetea el pecho de la madre aunque ya no lo alimenta ¿y este que está haciendo? dirá simbólicamente el censor edípico. Separado del pecho, se muerde sus labios, sino sus dedos, sino sus manos. Sino… aparecerá la “producción mercantil”: el tete.
No son “psicologizaciones”. La situación se repite en la sustitución de la leche materna por la “Nano”. En el cambio de la comodidad placentera de la lubricación placentaria por el aceite “Johnson”. En el aterrizaje de un “medio etéreo” a una sábana estirada sobre un colchón “Simons”. Dibujo intencionalmente los productos del imaginario cultural producido por la industria cultural del consumo. Ahora, me temo que no sé que palabra usar: la cultura se suma a un proceso de desarrollo. Se suma limitada por los “yacimiento sensoriales” del infante. Pero los trascenderá. Aunque nunca se separe de ellos.
Para no despreciar la útil, por momentos, tradición de “apoyarse en la autoridad”, referendo mi discernimiento, no dudo que sea una elucubración, en las conocidas y hoy extendidas hasta la moda, ideas de Vygotsky acerca de la diferenciación entre las funciones mentales superiores, y las inferiores. Las “funciones mentales superiores, en las que el ser se impregna del ambiente social que le rodea y le despega de las inferiores o biológicas de partida… se hacen a partir de los nutrientes culturales y de su ‘digestión’ dialéctica. La síntesis del proceso es la asimilación, que viene a resultar una especie de regulación interpretativa de lo adquirido en el plano interpsicológico, esto es, en el ambiente social y cultural” (Infoamerica. Cátedra UNESCO. Universidad de Málaga).
Se construye, entra en construcción con nueva especificidad, en un proceso interminable, la identidad social. En un campo en el que inicialmente se confunden objetos de la intensión y sujetos intencionales, en el que el otro es más bien “lo otro”, lo “no yo”. Pero ineluctablemente es “lo que yo siento”. No hay psicosis total en el llamado “pensamiento idealista” en el decir de Afanasieva –¿recuerdan? (como tampoco la hay en el “materialista”): lo real en la subjetividad es realidad. Entrecruzamiento de lo que “es” y lo que “es para mi” .
El cuerpo sobre el que se construye la identidad sensorial es endógenamente construido. Es, en la verborrea postracionalista de Maturana y Varela, “endopoiético”. En una metáfora psicológica quizás menos atorrante (creo yo), es la acción de un “sujeto deseante”. El cuerpo sobre el que nace la identidad social es exógenamente construido. Es “exopoiético”. Es la acción sobre un “sujeto del deseo” (un sujeto-objeto del deseo… oscuro, diría Buñuel). La escisión trascendental de lo que quiero y lo que quieren de mí. El primero propende a la identidad como individuo (esa mezcla caprichosa, llamada antaño unidad “biopsíquica”) en la que somos eternos adolescente luchando por la reafirmación de nuestro “yo” –en la psicogénesis en la que enmarco mi aventura, hablo de la identidad en la que “nuestra biología sociohumana” tiene demandas marcadas de “satisfacción” (al margen de, por encima de, en contra de). En el segundo, y es sin duda también un orden, propende a la identidad como sujeto (esa mezcla no menos caprichosa de espejo reflector de los otros, de lo otro y que se hace sujeto esencialmente en “la consciencia de su determinación” y en la decisión de “desconstruir” para volver a construir en la espiral del desarrollo humano.
No hago más que confirmar lo que las tésis básicas de una mirada a la psicología humana desde el marxismo han postulado: el carácter sociohistórico del sujeto, de la subjetividad. El pensar como se vive y no el vivir como se piensa. Dicho con miras al dilema que instituye este escrito: la cultura es la forma de existencia de la subjetividad, es su realidad. Los “objetos” (productos) de la cultura son, en la dimensión psicológica, los objetos de referencia y placer, los objetos de las ansias y las necesidades. Los objetos primarios de la sensualidad se entrecruzan con los nuevos objetos del placer. Se formarán nuevos vínculos contenedores de las añoranzas primarias y de las reminiscencias de los estadios ya ancestrales. Los nuevos evocarán a los primeros. Estos incitarán a los recientes. El camino de la cultura estimulado por las sensaciones. El sustento de la producción y la asimilación de la cultura es también social. Es también sensorial.
La sensualidad es la cuna del placer cultural. El placer espiritual redime y reconstruye a la sensualidad. Pero no se abandonan nunca (son un matrimonio estable, infinito, excepcional, en el que se mezcla amor y conveniencia, gusto y obligación, querer y deber). La relación estética del hombre, tomada como ejemplo paradigmático, de la producción y el consumo cultural, guarda en su base un doble vínculo: un vínculo de valor y un vínculo de producción de bienestar.
Es probable construir una segunda hipótesis. La postulo así: Hay una demanda sensorial de/a la cultura. Ella impele a una relación argumental con la producción cultural, pero que sea consistente con la producción no solo de placer “subjetivo”, sino de “bienestar” emocional en esa su dimensión sensorial (favorecerdora de la disminución ojalá que eliminación de las tensiones). El vínculo “cultura-entretenimiento” no se remonta solo a la producción cultural (mercantil o no), sino que se remonta también psicogenéticamente a ciertas necesidades y demandas primarias del individuo. Al mismo tiempo estas demandas primarias, de arraigo ancestral a la biología social del individuo, propenden a logro de su realización menos arcaica y más humanizada (en el sentido social del término), en la medida en que sus “satisfactores” se entremezclan mejor con su “doble vínculo”.
El hecho cultural del que mucho se habla suele ser una metáfora culturalista. Un programa de televisión no es un hecho cultural ni por su factura, ni por su contenido, ni por su calidad formal, ni porque la crítica especializada lo beatifique o lo satanice. En el mejor de los casos es una “propuesta de hecho cultural”, una propuesta que podemos evaluar como “con mucha posibilidad”, pero que solo se realizará en un diálogo en el que su apropiación, condición irrenunciable para que se constituya como hecho cultural, lo reedificará, lo reivindicará, como un hecho de la subjetividad individual. Y en este sentido incluye la pertinencia de dicho “producto” en la facilitación de estados distensionales, bienestarosos –intentaré decirlo sin neologismos: estados de disminución de las tensiones asociadas a su vida “real y concreta” y a la consecución del “bienestar”.
Entretener no es simplemente una opción para la producción cultural. Es una necesidad intrínseca. La producción cultural podrá inscribir sobre esta dinámica su capacidad comunicativa, su misión educativa. Podrá incluso construir su trascendencia. Pero fuera de esta dinámica primaria, alejada de este “rudimento sensorio-emocional” corre el riesgo de convertirse en malabarismo intelectualizante de apocalípticos presagios reducido a segmentos de mínima extensión en la sociedad.
Trabajamos para todos. Trabajamos entre todos. Quien con unos y para unos. Quien con otros y para otros. Pero incluso en su adecuación segmentaria, “lo que no hay quien se lo dispare” no tiene mucha oportunidad de promover cultura. “Lo que todo el mundo ve” es, para bien o para mal un culturalizador. Este es un reto de los hacedores de productos potencialmente culturales: Reconvertir cotidianamente un “dilema” en oportunidad. Una oportunidad en “fortaleza”. Una fortaleza en un bastión del alma cubana.

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