Vol 3. Núm 9. 2015
VIVIR CADA DÍA
Manuel Calviño Facultad de Psicología, Universidad de La Habana

Raúl Fuillerat Alfonso
(1950 - 2015)

No por esperada (y conocida teóricamente) la muerte de una buena persona deja de conmovernos y producirnos una profunda tristeza. Aun cuando acudimos al consuelo de creernos que “ya era hora de que descansara en paz”, la noticia nos descoloca.
El día 10 de julio de este año, 2015, Raúl Fuillerat Alfonso –psicólogo de corazón y saber– abandonó está forma de existencia a la que le llamamos vida, para integrarse a otro existir del que puede salirse por olvido, desidias, bajas pasiones, pero que arruma a los que han dedicado su tiempo terrenal a servir a los demás. Fuillerat ha ido a buscar a una de sus más grandes pasiones, su madre, que “estoy convencido que está en los brazos de Dios” (como el mismo me confesó una vez).
Entró en los laberintos de nuestra profesión en la Universidad de Las Villas, en la ciudad de Santa Clara, cuna de importantes especialistas de la Psicología en nuestro país. Luego se trasladó a La Habana, y fue entonces que lo conocí cuando trabajaba en el Instituto de Higiene y Epidemiología. De esa época lo recuerdo siempre vestido con elegancia, “de cuello y corbata”, o con su impecable bata blanca. Indumentaria, que por cierto, no lo hacía más serio ni menos jaranero de lo que siempre era. Eso sí: “La cáscara guarda el palo” me decía con su sonrisa invariable, en tono de crítica amistosa, considerando mi poca atención a los rigores del buen vestir. Parecía estar siempre en condiciones de rodar un remake de Casablanca, sentándose a gusto en una mesa junto a aquella en la que conflictuaban con su amor Ilsa (Ingrid Bergman) y Rick Blaine (interpretado por su icono de referencia Humphrey Bogart).
Los trabajos de investigación, realizados por Fuillerat en el instituto, fueron bien reconocidos, y hasta hoy son referenciados cuando se estudian los temas de obesidad. Le gustaba investigar, pero creo que sobre todo le apasionaba enseñar, y lo hacía con todo el que a él se acercaba. De modo que cuando me vino a decir: “Voy a impartir Análisis dinámico en la municipalización” sabía que lo haría con entrega y profesionalismo, y que sus estudiantes serían privilegiados por un “profe” que los llevaría por buen camino.
Pero “el vidrio me llama”, decía refiriéndose a los medios –la televisión y la radio. “Fue un amor a primera vista. Desde la primera vez que me llamaron sentí que me gustaba, que estaba en lo mío”. Y, al menos visto desde el lado de acá de la pantalla, realmente estaba en su medio. Lo hacía con tal desenfado y cercanía que pronto le sucedieron unas tras otras las solicitudes de diversos programas, y espacios radiales y televisivos.
De tarde en casa con su amiga Rakel Mayedo, 23 y M con la también amiga Edith Massola, aquella temporada que realizó junto a Osdalgía Lesmes en Tu música en mí, el remake de Decida Usted, La Revista de la mañana, pierdo la cuenta por cuenta de la memoria, y porque también fueron muchos los espacios en los que “El Dr. Fuillerat” como casi siempre lo presentaban, imbricaba a la Psicología con la farándula y salía decoroso de tal reto. Personalmente donde me hacía su oyente más estable era en su programa de Habana Radio Vivir cada día, en el que mezclaba reflexiones psicológicas, con música, con hermosos y espirituales textos, y lograba una audiencia ascendente no solo cuantitativa, sino y sobre todo cualitativamente.  Fue precisamente este programa el que extendió a un trabajo comunitario en el Centro Histórico de La Habana, por el que pasaron miles de personas y disfrutaron de la presencia de Fuillerat y sus invitados, personalidades de alto quilate de nuestra cultura. Le debo, por cierto, un encuentro que planificamos una y otra vez, pero que nunca llegó a realizarse.
No todos valoraron del mismo modo los juiciosos planteos que proponía desde su saber psicológico en el complejo mundo mediático (que además impone un modo de hacer y decir, un pie forzado del que no siempre es posible hacer senderos propios… ¡si lo sabré yo!). Probablemente, como todo ejercicio argumental, se es unas veces más atinado, y otras menos. Pero Fuillerat fue, siempre, responsable, abierto a opiniones diversas, dispuesto a mejorar, a reconocer, y a hacerlo cada vez un poco mejor. ¿Cómo no iba a estar dispuesto a hacer su amor –su gusto, su placer, su vocación– más pleno y sustentado? Un buen profesional, no debe, no puede, no quiere ser de otro modo. Más cuando se es una buena persona.
Fuillerat era, quiero decir sigue siendo, ahora en el recuerdo, una buena persona. Y así lo quisimos y lo queremos muchos. En su página de Badoo, él mismo escribió: “Soy una persona que soy querida por muchas personas. Desde mi profesión, psicólogo, siempre intento ayudar a los demás, ser comprensible e intentar siempre aceptar a todo el que me quiere. Pero no tolero la hipocresía, la traición. … Me gusta mucho amar y ser amado por supuesto. Para mí la familia es lo más grande que existe en la vida, por supuesto junto a ese Dios que nos ilumina y nos guía siempre a todos... Soy en ocasiones celoso con las amistades, pero se me pasa enseguida. Dicen los que me quieren que soy divertido y chistoso. Pienso que sí, aunque ya con los años se va siendo menos, acabo de cumplir los 60 años”.
En un sentido mensaje, reconfortante y agradecido, Roca nos regala una de las últimas evidencias del apego de Fuillerat a la Psicología:
Hace relativamente pocos meses, cuando no podíamos imaginar esto, me decía que ya quería acabar de defender su Maestría para que cuando muriera se llevara el anhelado Título y no solo el de Licenciado. La lógica respuesta fue “¡no jodas, Fuille!”.Hace pocas semanas, ya en estado crítico de salud y en el propio Hospital, DEFENDIÓ su tesis con impresionante decoro y cientificidad como si estuviera en perfecto estado de salud. ... Eso solo lo hacen los buenos. No solo se llevó su Título con honores, sino la confirmación de su grandeza en quienes allí estuvimos.
En unos pocos meses cumpliría sus 65 años. No me corresponde evaluar las posibilidades de que su muerte prematura podría haber sido evitada. Pero no hay duda de que es una salida antes de tiempo. Casi medio año en un hospital, más de treinta días en una sala de terapia intensiva, son sí evidencias de que luchaba por vivir. Seguramente porque amén de su apego al disfrute del más importante bien que tenemos todos, la vida, sabía que le quedaba mucho por hacer: hacer de la Psicología un saber compartido en aras del bienestar de todas y todos, hacer por los estudiantes y jóvenes profesionales ávidos y necesitados de la experiencia de los que llevamos mucho tiempo por los caminos de nuestra disciplina, hacer por sus amigos y amigas, sus compañeros de labor en tantos escenarios distintos. Hacer lo que siempre promulgó que era hermoso hacer: “Vivir cada día”.
Adiós amigo. Muchas gracias por tu tiempo, tus sentimientos y tus saberes compartidos con nosotros.

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