Vol 3. Núm 9. 2015
HONRAR, HONRA
Reinerio Arce-Valentín Seminario Teológico de Matanzas


José Felipe Carneado
(1915-1993)

“Honrar, honra” (José Martí) Así dice el Apóstol con toda certeza. Y la Biblia nos dice: “El que sigue la justicia y la misericordia hallará la vida, la justicia y el honor” (Prov. 21:21) Felicito al Consejo de Iglesias por tomar la iniciativa de honrar en su centenario a este compañero y hermano, por sus indiscutibles méritos como patriota, político y sobre todo por sus cualidades como ser humano.
Agradezco al Consejo por el privilegio de poder compartir con ustedes en este acto conmemorativo unas breves palabras en nombre de las cristianas y cristianos del movimiento ecuménico y de las personas de Fe de las distintas religiones presentes en nuestro país. Carneado tuvo que ver con todas las religiones en Cuba, se relacionó y dialogó con representantes de todas ellas. Su pensamiento Influyó en muchos de nosotros y también en muchos de sus compañeros del Partido.
Es difícil en breves palabras referirse a este gran hombre. Por eso me limitaré describir algunas cualidades, que entre muchas otras, me parecen esenciales para resaltar en una ocasión como esta. La primera es que José Felipe Carneado, a mi juicio, fue uno de los principales artífices de poner en práctica las ideas de Fidel de entender la Revolución como “el arte de unir fuerzas… de aglutinar fuerzas…” (Universidad de Concepción, 18-11-1971) y por eso comprendió, como decía Fidel, la necesidad de “ver a los cristianos de izquierda, a los cristianos revolucionarios como aliados estratégicos de la Revolución. No como compañeros de viaje…” (ídem). Creo que la grandeza de Carneado en este sentido es que supo desde el mismo comienzo de la Revolución ver la necesidad de esta unidad y por lo tanto, de esta alianza. Además de entenderla la puso en práctica con gran inteligencia política, a pesar de algunos, por no decir muchos, cristianos y a pesar de algunos, ustedes dirán, si muchos, militantes comunistas.  Para ello trabajó durante años hasta su desaparición física entre nosotros.
Recuerdo en una ocasión, ya hace algunos años, fuimos a verlo Carlos Piedra y yo. En aquel momento servíamos en la dirección del Movimiento Estudiantil Cristiano y estábamos imbuidos por las lecturas de Bloch, Garaudí, Althuser y otros, de moda en aquellos tiempos, sobre del diálogo cristiano marxista. De manera que fuimos ambos a ver a Carneado, para proponerle hacer lo mismo como MEC con la Juventud Comunista en las Universidades. Carneado, después de oírnos pacientemente, con la sabiduría que lo caracterizaba y la forma directa en que hablaba, nos dijo: ¿no les parece demasiado teórico el asunto? ¿Qué mejor diálogo que trabajar juntos por construir una sociedad nueva para todos los cubanos? ¿Qué mejor diálogo que el que se da en los Centros de Trabajo, las escuelas, los trabajos productivos? ¿Quieren mejor diálogo, que trabajar juntos por la construcción de una Patria mejor para todos? Estas preguntas que nos hizo era la expresión de cómo entendía, no la colaboración, sino el trabajo conjunto entre revolucionarios. Y lo digo de esta manera: “el trabajo conjunto entre revolucionarios” y no entre cristianos revolucionarios y marxistas porque hace ya mucho tiempo que yo y otros hemos eliminado esta contradicción: somos cristianos y marxistas.
Fueron años difíciles, los años 60 y 70. Gracias a Dios todo ha ido cambiando lentamente. Y este cambio ha sido también posible como resultado del esfuerzo y el trabajo de Carneado desde su responsabilidad al frente de lo que después sería la Oficina de Atención a los Asuntos Religiosos del Comité Central del PCC y de todos los compañeros que junto con Caridad Diego su directora, continuaron desde allí su legado. Pero también ha sido el resultado del esfuerzo de cristianos cubanos revolucionarios que a pesar de las incomprensiones de ambos lados y de la discriminación que sufrieron, seguían empeñados desde aquellos primeros años de la Revolución, testarudamente en demostrar en la práctica que se podía ser cristiano y revolucionario y que Cristo no se había ido en un avión para Miami. Cuando muchos se iban buscando nuevos horizontes, otros muchos regresaban. Hay que recordar a Raúl Fernández Ceballos, Francisco Martínez, Dora Valentín, Avelino González, Rafael Cepeda, Orestes González, Sergio Arce, Adolfo Ham y muchas y muchos otros de aquella primera generación, a lo que se fueron incorporando otros durante los años 70 y 80. Ellas y ellos trabajaron con sacrificio y esfuerzo para que hoy, en esta noche podamos disfrutar de este espíritu de unidad que sentimos. Pero además esto hizo posible que tuvieran lugar en nuestra Patria muchos acontecimientos importantes en el campo religioso. Sin su testimonio concreto y práctico no hubiesen sido viables.
Pero sin duda alguna, tenían un gran interlocutor y un gran aliado en medio de esos años convulsos, José Felipe Carneado. Los ayudó a seguir siendo cristianos y revolucionarios. Facilitó que muchos de sus compañeros del Partido entendieran que sí, que sí se podía ser cristiano y revolucionario. Al decir de Fidel: “todo cristiano creyente, todo religioso verdadero… si es sincero será un hombre justo y revolucionario” (Plaza Cadenas, nov. 25 de 1959).
Si fuésemos a ampliar aún más sobre sus valiosas cualidades creo que Carneado trabajó además, seguro con otros, sobre todo con Fidel y Raúl, para llevar a cabo la realización del proyecto ético que es la Revolución Cubana. Que no le quepa duda a nadie, lo que hemos estado intentando construir  durante todos estos años ha sido un proyecto ético en la realidad socio-político-económica, en donde el sol, al decir de José de la Luz y Caballero, que ilumina el camino,es la Justicia: “ese sol del mundo moral”.
Estoy seguro que todos los que conocieron a Carneado pudieron percibir en él un gran sentido de la Justicia, no solo por su compromiso con este proceso histórico sino por su práctica concreta cotidiana. Defendió lo que después quedara plasmado en nuestra constitución de 1976 y en su revisión en 1992: “la discriminación por razones de religión está proscrita” (art. 42). No solo trabajó entonces a favor de la alianza para la unidad sino que defendió el derecho de cada ciudadano de este país a “no tener ninguna, y a profesar, dentro del respeto a la ley, el culto religioso de su preferencia” (Art.55). En ese sentido, muchos de mi generación y de otras antes y después, debemos en parte nuestros estudios y carreras a la intransigente defensa de este principio por parte de Carneado. No importaba la religión, si se violaba este principio fundamental de nuestra Revolución había que corregirlo. Se opuso, al decir de Fidel, a cualquier discriminación política, social o de cualquier índole, por razones de creencias. Trabajó incansablemente para que se rectificaran lo actos de injusticia. Y no fueron pocos los casos durante esos años difíciles.
Como fiel exponente del legado martiano defendió en la práctica lo que también se estableció como un derecho desde la primera constitución de la República en Armas hasta la constitución socialista: “El Estado reconoce, respeta y garantiza la libertad religiosa…las instituciones religiosas están separadas del Estado. Las distintas creencias y religiones gozan de igual consideración.”(Art.8) Es decir, el carácter laico de nuestro Estado. Para Carneado no existía diferencia en su trato personal y no podía existir diferencias en el trato del Estado hacia cualquier religión o creyente, sea un palero, un santero, un espiritista, un judío, un cristiano, sea católico romano, protestante o evangélico o de cualquier otra religión o a alguien que no profesara religión alguna. Todos son respetados por igual en sus diferencias y no hay trato ni discriminatoria ni preferencia hacia ninguno de ellos.
La vida, obra y enseñanzas de este gran cubano, no puede quedarse como algo del pasado solamente para recordar. Al contrario, su ejemplo y lo que aprendimos de él nos debe ayudar en el presente y a proyectarnos hacia el futuro.
Todos nosotros y nuestras Instituciones entendemos la misión de la Iglesia, no solo como la proclamación del Evangelio y del Reinado de Dios a que hemos sido llamados, sino también consideramos el servicio, la diaconía, como parte esencial de esa misión. Predicar el reinado de Dios y servir al pueblo, constituyen dos elementos inseparables de la misión de la Iglesia. Y por eso debemos unirnos para trabajar con todos aquellos que como Carneado, han dedicado sus vidas a servir a este Pueblo amado del que formamos parte; por eso celebramos la vida de quienes han sido ejemplo vivo de lo que este amor al Pueblo cubano significa. Ellos son y deberán ser siempre nuestros compañeros en la misión.
Entendemos que Dios es soberano. Eso quiere decir que actúa en el mundo de distintas maneras y por lo tanto, también lo hace a través de personas que no se reconocen como cristianas. Llegamos a la misma conclusión de Pedro frente a Cornelio, para “Dios no hay favoritismos, sino que ve con agrado en toda Nación a los que le temen y actúan con Justicia”. Dios actúa en el mundo y no solamente actúa a través de la iglesia y los cristianos sino a través de personas de buena voluntad, como Carneado. Por eso, constituye un imperativo cristiano unirnos a todas las personas que trabajan por la justicia, la Paz y por un mundo mejor. Por eso colaboremos y trabajemos con hermanas y hermanos que tienen otras formas de concebir el mundo y a Dios, pero que tienen el mismo objetivo y el mismo sueño: un mundo mejor y más justo donde todos los seres humanos puedan vivir plenamente. Es lo que identificaría el teólogo católico Karl Rahner, como los “cristianos anónimos”. Porque “la palabra evangélica afirma, dice Rahner, que un amor absoluto e incondicional, radicalmente comprometido con un ser humano, acepta implícitamente a Cristo en la fe y el amor”. Carneado fue y es un “cristiano anónimo”.
Por último, todos los participantes del Movimiento Ecuménico Cubano, siempre hemos sentido en lo más profundo de nuestro ser, nuestra identidad como cubanas y cubanos. Somos una Iglesia cubana que formamos parte de este pueblo y a él nos debemos como Iglesia. Carneado nos ayudó en este sentido, nos animó a seguir cultivando nuestra cubanía y lo hizo porque él mismo forma parte del “alma cubana”.
Todos estamos convencidos de que Cristo vive en Cuba. Vive en las personas sencillas, humildes, como lo fue Carneado llámense cristianas o no. Vive en todas las personas que trabajan, que se esfuerzan a diario para construir una Patria mejor. Cristo vive en la Iglesia que proclama y trabaja por la construcción del reinado de Dios de justicia, amor y paz para todos los seres humanos y la creación.
Por eso hermanas y hermanos, compañeras y compañeros, que la vida de José Felipe Carneado, esa vida fructífera nos sirva de ejemplo y nos comprometa a trabajar más unidos, a cuidar de esa unidad que hemos logrado y profundizarla en estos momentos tan complejos. Que nos comprometa a continuar sirviendo al Pueblo del que somos parte y hacer todo lo que podamos para seguir construyendo, junto a todas las personas de buena voluntad, sin distinción, una Patria mejor, como diría nuestro Apóstol, “con todos y para el bien de todos”.
Demos gracias a Dios por la vida de José Felipe Carneado. No sé si ahora reposa en los brazos de Dios, eso solo Dios lo sabe. Pero oro desde lo más profundo de mi corazón para que así sea y ¡Que Dios lo tenga en su Gloria!

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