Vol 1. Núm 1. 2013
REVISITANDO LA PSICOLOGÍA LATINOAMERICANA: UNA LECTURA IMPRESCINDIBLE PARA LAS ALTERNATIVAS CUBANAS EN PSICOLOGÍA.
Danay Quintana Nedelcu.
Resumen
Referirnos a la psicología cubana como un suceso alternativo requiere de una comprensión de la misma en relación con la producida en y desde América Latina. Incluso registrándose intensos y polémicos vínculos entre psicólogos cubanos y de la región en algunos momentos de la historia de la psicología cubano-latinoamericana, estos no lograron cristalizar de manera perecedera en la formación académica de nuevas generaciones de psicólogos isleños. Una consecuencia importante de este vacío ha sido el relativo desconocimiento por parte de psicólogos cubanos de un pensamiento latinoamericano reconocido como un movimiento crítico y comprometido con los problemas de una región que intenta liberarse de múltiples colonialismos. Por ello, revisitar la producción profesional proveniente del mapa centro-sur americano se vuelve un paso más que necesario para la reconstrucción de una psicología que se pretenda contrahegemónica. En este re-paso, la obra del psicólogo Ignacio Martín-Baró resulta impresc
Abstract
Refer to the Cuban psychology as an alternative event requires an understanding of the same on the produced in and from Latin America. Even registering intense and controversial links between Cuban psychologists and region in some moments of the history of the cubano-latinoamericana psychology, these did not crystallize in perishable way in the academical formation of new generations of Islander psychologists. An important consequence of this vacuum has been the relative lack of knowledge by Cuban psychologists of a Latin American thought recognized as a movement critical and engaged with the problems of a region trying to rid of multiple colonialismos. Why, revisiting professional production from the American South-Central map becomes one step further than necessary for the reconstruction of a psychology that seeks counter-hegemonic. In this re-paso, the work of psychologist Ignacio Martín-Baró is essential to understand one of the most genuine expressions of alternative Latin America

De lo que se trata es de volver nuestra mirada científica,
es decir, iluminada teóricamente y dirigida en forma
sistemática, hacia esa realidad. Ello nos obliga,
por un lado, a examinar nuestros presupuestos teóricos,
no tanto desde su racionalidad intrínseca, cuanto
desde su racionalidad histórica, es decir, de si sirven
y son realmente eficaces en el aquí y ahora.
Pero, por otro lado, ello nos obliga a deshacernos del velo
de la mentira en el que nos movemos y a mirar la verdad de
nuestra existencia social sin las andaderas ideológicas
del quehacer rutinario o de la inercia profesional.

Ignacio Martín-Baró
(Guerra y salud mental, 1984)

Pretexto explícito a modo de introducción
La aparición –y no por arte de magia- de la Revista “Alternativas cubanas en Psicología” resulta un suceso altamente deseado y provocador. Primero, porque se anuncia con ella una nueva mirada, un volver a observar: una re-vista sobre la realidad problematizada desde un enfoque profesional cubano, con todo lo que ello implica. Segundo, porque desde su mismo nombramiento, que según Paulo Freire (1977), es el primer modo de existencia (nombrar las cosas), avisa sobre cuestiones imprescindibles: alternativas, cubanía, psicología. Interpreto desde este título una consecuencia significativa: los psicólogos cubanos tienen mucho para decir desde un compromiso contrahegemónico. Para ello, como diría Martín-Baró (1984), una dosis de ruptura con la cultura imperante se vuelve inevitable. Lo alternativo siempre significa una otra opción, sintetizadora de esencias distintas a propuestas dominantes.
Esta voz, sin embargo, al mismo tiempo que su principal peculiaridad es su mayor reto. Para esto, la psicología cubana precisa de un reposicionamiento en el ámbito que la acoge y la mapea: América Latina. Más que una mirada a la geografía que nos tocó vivir, pensar en una psicología cubana-latinoamericana es una necesidad, en tanto significa construir y reconstruir una ciencia-profesión con narrativa propia (Calviño, 2008a), que quiebre el distanciamiento, y se logre conectar con la naturaleza multicultural de la región. La psicología (social) latinoamericana implica, como diría un profesional mexicano, pensar por cuenta propia: ni copiar ni aislarse, es participar (Fernández, 2009).
Al hurgar en los vínculos que en distintos períodos ha existido entre la psicología latinoamericana y la cubana, encontramos numerosas evidencias: encuentros profesionales, eventos, congresos y publicaciones dan fe de dichas interacciones. Cabe recordar las jornadas Cuba-México en los años 70, el diálogo entre psicólogos marxistas cubanos y psicoanalistas argentinos, los trabajos de venezolanos como Maritza Montero y José Miguel Salazar con el desarrollo de la psicología política (Montero, 1987), así como la interinfluencia entre cubanos y brasileros de indagación social a partir de las interpretaciones y diversas aplicaciones de la psicología soviética. Estos interflujos –entre muchísimos más-, desde diversas naciones e inmersos en profundo y crítico diálogo, contribuyeron significativamente al nacimiento y desarrollo de una psicología con identidad latinoamericana –social, crítica, política, liberadora- en un intento de demarcación con la mater-psicología europea y el colonialismo científico norte-americano dominante.
Sin embargo, por razones históricas y casi contra toda lógica topográfica, la psicología isleña, y dentro de esta esencialmente la que se produce desde la academia, no ha tenido un perecedero arraigo en (ni desde) la producción latinoamericana. Los sucesos anteriores, si bien se caracterizaron por su elevada intensidad y profundidad (De la Torre, 1995; Calviño, 2008; González Rey, 2004), no lograron calar ni filtrarse suficientemente en la formación docente de las generaciones de psicólogos que no vivieron dicha época. Es decir, aquellas experiencias y saberes no nutrieron con solidez la herencia académica (re)producida en las universidades cubanas. Si bien algunas asignaturas han promovido el aprendizaje de referentes latinoamericanos (muchos citados ya), todavía se encuentran importantes ausencias al revisar los planes de estudio, su marco referencial teórico y la bibliografía básica y complementaria tanto para la formación de pregrado como para la de posgrado. Lamentablemente, este parcial vacío ha generado que hoy, y desde hace ya un tiempo, los estudiantes cubanos de psicología apenas conozcan autores latinoamericanos, problemas regionales y las alternativas de solución, que desde nuestra ciencia-profesión han surgido en esta parte del mundo. Primero, las urgencias de la práctica, luego, la influencia casi absoluta soviética, así como la mirada a Europa occidental y Estados Unidos como referencias de experticia y avance científico, contribuyeron tremendamente a la lejanía con nuestra vecindad más próxima, reconocida actualmente como una significativa producción crítica y práctica profesional alternativa.
El conocimiento de autores regionales en los planes de formación tanto de pregrado como de posgrado es tarea que aún requiere mayor dedicación, incluso en el nuevo plan de Estudios (D) ya en ejecución y llamado a superar otros asuntos, relacionados con una mayor flexibilidad de los planes, con una gradual agilización del tiempo de duración y con una significativa disminución de la carga presencial. Sin embargo, no se percibe ni explícita ni implícitamente una diferencia sustancial– no digo que ausencia total pues pecaría de injusta- que denote algún viraje de la identidad profesional hacia una formación latinoamericanista11, en una atmósfera social, cultural, económica y política de integración regional donde Cuba es principal impulsora entre diversas naciones centro-sur americanas y caribeñas, y donde la dimensión educativa es eje de colaboración esencial entre las mismas.
Estas razones, entonces, justifican de algún modo que se abra espacio en esta revista a recuperar apenas ciertos esbozos de la obra de uno de los hombres que contribuyó de manera altamente significativa, a posicionar la psicología latinoamericana como una alternativa de indiscutible valor e iluminación. Su vasto trabajo, su compromiso con la profesión, el modo en que vivió y murió, y su legado a la psicología contemporánea hacen de Ignacio Martín-Baró un referente obligatorio del pensamiento alternativo latinoamericano. El propósito esencial de revivirlo en estas páginas es remover en los más jóvenes la curiosidad por la búsqueda profunda que despierte su lectura, y explorar la posibilidad de dialogar, todavía más, con la vecindad latinoamericana a través de la psicología y las personas que la hacen posible.
 

La psicología social de la liberación
Es esta una propuesta científica y profesional con una clara inspiración en la obra del psicólogo social Ignacio Martín-Baró (1942-1989). Su diálogo con otras ciencias y la sistematización crítica del panorama psicológico más avanzado contemporáneo, favoreció decisivamente la creación de esta psicología latinoamericana con identidad propia.
Su propuesta persigue la construcción de una psicología de sello latinoamericano, concibiendo de manera primordial su función liberadora y emancipadora. Esta perspectiva, según su fundador, empezaría necesariamente por la necesidad de liberar la propia psicología latinoamericana, apremiada por demarcar de sí falsos dilemas –como él mismo diría- y enfoques importados desde tendencias tradicionales en el campo de la ciencia psicológica. Vale la pena destacar brevemente algunos referentes y paralelismos que alimentaron decisivamente esta praxis.
Los constructos epistemológicos que edifican esta vertiente y que su autor muestra explícitamente se ubican en el contexto del pensamiento crítico y liberador, desarrollado sobre todo a partir de la obra marxista (Rubilar, 1997). Esta postura en el ámbito latinoamericano aglutina esencialmente los enfoques críticos y transformadores surgidos como alternativa a los modelos oficiales que esgrimían el individualismo o/y el naturalismo causas esenciales de la conducta humana (Martín –Baró, 1998). Contra estas corrientes, en un inicio fueron altamente significativos los movimientos en la educación, desde Simón Rodríguez como fundador latinoamericano de un enfoque crítico pedagógico, y llegando a Paulo Freire (política y educación) impregnando con estas ideas a la psicología social latinoamericana.
Ya específicamente dentro del campo de la psicología, la obra de Martín-Baró se encuentra muy influenciada por numerosos investigadores. En la geografía más cercana y contemporánea con él, se encuentran José Bleger (1987) y E. Pichón-Riviere (1971), contribuyendo en el ejercicio del método dialéctico y llamados a resolver problemas concretos nacidos de realidades específicas. Ambos son reconocidos como iniciadores de la corriente crítica en la psicología latinoamericana reacomodando cada uno su práctica inicial hacia preocupaciones de corte social y regional. Por esta razón, Martín-Baró rescata de sus trabajos la necesidad de generar modelos conceptuales que corran su eje explicativo de lo individual a lo social, y la concepción del ser humano en diálogo con su entorno, producto y productor del ámbito social.
Otro antecedente esencial que explícita e implícitamente se encuentra en la psicología de la liberación es el trabajo de L.S. Vuigotskij. La naturaleza social de la estructura y funcionalidad psíquica, así como la fertilidad de las relaciones sociales en la configuración de lo subjetivo es un principio teórico y práctico clave para ambos autores. Esta concepción, sintetizada en la ley genética general del desarrollo cultural propuesta por Vuigotskij (1987) anuncia que:
“Cualquier función en el desarrollo cultural del niño aparece en escena dos veces, en dos planos: primero como algo social, después como algo psicológico; primero entre la gente, como una categoría interpsíquica, después, dentro del niño, como una categoría intrapsíquica” (p.161).
Esta proposición es una de las marcas en común de los psicólogos marxistas, al considerar como génesis “el carácter objetivo de lo psíquico, de la conciencia, y con ello de los móviles de la conducta humana” (Calviño, 2000, p. 53).
Estas afirmaciones: ¿qué implicaciones tienen? Vygotsky, al igual que Martín-Baró, a la vez que sustenta el condicionamiento humano en las relaciones sociales, otorga al sujeto la capacidad de direccionar en gran medida su actuación hacia el mundo a la vez que hacia sí mismo. Dos ideas se desprenden de lo anterior. Primero, la relevancia de la actividad concreta en el desarrollo individual y social, donde se concibe al Hombre como el proceso de sus actos, a decir de Gramsci. Su conducta es una actividad de transformacción (Gutmann, 2009), rescatando el accionar, el actuar, como medio y fin del comportamiento humano. Luego, la otra idea importante es, que el sentido de este accionar está dirigido sobre todo a uno mismo. En este punto re-encontramos el germen socrático que sanciona el saber como autoconocimiento, donde somos a la vez maestro y aprendiz, dejando entrever la dialéctica del desarrollo humano en una concepción de sujeto que “implica convergentemente la autonomía y la dependencia de los demás” (Fariñas, 2005, p. 10).
Retomando la obra de Martín-Baró, la cual incluye alrededor de 60 publicaciones: más de 10 libros y numerosos artículos, entrevistas y presentaciones, encontramos de manera concomitante las ideas anteriores al ser él miembro también de esa saga de psicólogos de profunda inclinación humanista y marxista. Recoge el legado de la región, a la vez que recrea y analiza numerosos autores y enfoques que provienen de la psicología clásica occidental.
Si bien en sus escritos aparece de manera permanente la crítica a la influencia hegemónica de la ciencia social europea y norteamericana, muchos de sus análisis parten transfigurados de este mismo cosmos, del cual rescata temáticas imprescindibles, problemas y aportes cruciales12. Junto a su propia propuesta, tiene el valor inestimable de ofrecer una amplia sistematización de numerosas investigaciones provenientes del amplio y disperso campo de la psicología de su época, de los clásicos, pero sobre todo de los aportes de las ciencias sociales (filosofía, sociología, pedagogía) con las que se articula en una relación de interdependencia: es imposible separar estos saberes en la obra de Martín-Baró, así como improbable es dividir su obra profesional de su vida misma, por lo cual fue asesinado.
Ilustremos con un ejemplo. Quizás el tema sobre el que más enfatizó Martín-Baró fue el problema de la pobreza, definido por este autor como el foco principal de atención de la psicología. A la pobreza se refirió como miseria, opresiva e impuesta. Su crítica esencial consistió en delatar la esterilidad de una concepción del fenómeno, que desconectara lo estructural de lo subjetivo, entendida cual condición depauperada tanto económica como espiritual, pero organizada de modo tal que genera un ciclo cerrado de (in)movilidad. Enfocado de este modo, el fenómeno se torna interesante y clave para los psicólogos, pues su fundamento explicativo descansa en la denominada cultura de la pobreza.
El origen de esta propuesta13 sustenta su explicación en mecanismos subjetivos –los rasgos psicológicos de los individuos es lo característico de la cultura de la pobreza- y coloca a estos como causa de la reproducción de esta subcultura. Las ideas más importantes que sobre esta visión señala Martín-Baró (1999, p. 86-90) para luego criticar duramente son:
1) La lucha por la supervivencia lleva a los pobres a generar un mundo particular, transmitido de generación en generación en el que las carencias del sistema se suplen por acciones y/o características que se instituyen en rasgos identitarios.
2) La cultura de los pobres difiere marcadamente de la cultura imperante, donde la primera queda caracterizada con elementos peyorativos que se normalizan, al considerarse incompletos, desorganizados, inadaptados y marginados.
3) Las principales características de la cultura de la pobreza son psicológicas, conformando una especie de síndrome que se traducen en sentimientos de apatía, dependencia, inferioridad, resignación y fatalismo entre otras características. Se etiquetan los procesos de modo tal que la misma realidad que los genera los explica.
4) Es una cultura que se autogenera debido a la lógica de los procesos de socialización y a sus propias características que dificulta la capacidad de cuestionamiento de su existencia. La pobreza se aprende e impregna de modo tal que se autosustenta, asociado esto a la llamada desesperanza aprendida en la lógica de la familiaridad acrítica de la vida cotidiana.
Este enfoque ha sido incorporado (con distinta intensidad) en muchos estudios, que introducen dicho mecanismo como un importante –aunque incompleto- elemento en el análisis de la reproducción de las clases sociales. Incluso, muchos hacen uso del término, insertado en lógicas sociogénicas, a diferencia de la propuesta original, reconociendo en el concepto cierto valor explicativo. Sin embargo, atribuirle a este eslabón la causa primera y última de exclusión-inclusión social peca de un gran reduccionismo, al explicar este proceso cual subsistema autónomo del medio que lo produce, y culpar como responsable a la víctima de la cadena (Martín-Baró, 2000). Es una de las consecuencias de una epistemología que divide irrealmente lo simbólico de la estructura social.
Al hablar de pobreza impuesta y opresiva, y así oponerse a la cultura de la pobreza como explicación esencial, nuestro autor caracteriza el modo en que se instituye la situación social de las personas (entendida en tanto realidad percibida y construida) como relaciones de poder. La amplitud e importancia que le da a esto se refleja a continuación:
“El poder se da en todos los aspectos de la vida humana y, desde el punto de vista de la psicología social, puede resultar mucho más importante analizar su papel en la configuración de la vida cotidiana, en los mecanismos de las rutinas, que en los acontecimientos excepcionales. El poder opera en las relaciones entre padres e hijos, entre maestros y alumnos…En todos estos casos los unos tienen poder sobre los otros, lo que significa que a los hijos, alumnos y trabajadores les toca obedecer y/o someterse, a no ser que decidan rebelarse y disputar su poder a padres, profesores y patrones” (Martín – Baró, 1999, p. 92).
Esta reflexión nos remite necesariamente a Foucault (1999), quien profundizó en la concepción de poder, como ejercicio y acto, ya no solo en el ámbito explícito de lo político producto de una clásica asociación, si no atravesando todas las relaciones sociales, llegando incluso –y sobre todo-a su dimensión más microscópica. Allí donde menos se ve, donde menos se siente, por el efecto de invisibilidad de la dominación (Weber, 2005), el poder moldea silenciosamente. El desarrollo humano podría explicarse por el refinamiento de los mecanismos de dominación nítidamente  expresado, por ejemplo, en el denominado Síndrome de Estocolmo. Pero, ¿por qué un tema que parecería de cualquiera menos de la psicología, es centro de atención de Martín-Baró?
Al respecto –dice este autor-, el poder puede influir en el comportamiento de los sujetos de dos maneras –no exclusivas-: una inmediata, donde determinada acción es impuesta, otra, mediata, al configurar el mundo de los individuos y sus elementos constitutivos. Es en los procesos de socialización donde re-vive constantemente este mecanismo reproductivo, convirtiéndose las rutinas cotidianas (habitus, según Bourdieu) en vehículo básico de la estandarización y legitimación de los intereses impuestos. “Sin duda, ésta es la forma más sutil de cómo el poder influye en el ser y en el quehacer de las personas y, en muchos casos, también la más importante” (Martín-Baró, 1999, p. 94). Es la tendencia a ocultarse lo que más interesa a la psicología en tanto se disfraza una imposición como exigencia natural o razón social. Asociado a esto los psicólogos de la Vida Cotidiana han estudiado lo que han llamado estado de familiaridad acrítica, el cual descansa en mecanismos psicológicos de acostumbramiento y naturalización (Martín, Perera & Díaz, 2006) de situaciones que solo tienen determinado modo –obvio- de ser, y que, cuyo razonamiento conduce a una inmovilidad del comportamiento sustentada en una limitada concepción del mundo.
Siguiendo estas ideas, el estudio de las instituciones sociales se hace imprescindible. La lógica del poder se encuentra desde la explícita restricción que anuncia una ley, los lineamientos de las políticas educativas, las relaciones padre-hijo e incluso en la sutileza del sentido común que tanto regula la conducta.
Las instituciones educativas han sido creadas para conservar el poder que les dio vida y ellas se estructuran desde una lógica que en consecuencia garantiza cierto status quo, con el cual, en el mejor de los casos los individuos establecen una relación ambivalente en el que incluso ahí donde se reconoce y sufre, se han instaurado a la vez mecanismos de resistencia al cambio. Los procesos educativos entendidos como una mediatización específica del campo cultural en la “construcción” del modelo de ciudadano que una sociedad favorece, son en principio “gestores anticipados” de la dinámica enajenación-alienación que se constituye en el trabajo. El “educado” tiene que deshacerse de su “yo oriundo” para convertirse en el “yo de la sociedad”.
Es una posible explicación al hecho de que, sobradamente estudiada la enseñanza institucionalizada como órgano reproductivo (y valga la semejanza) de la estructura social, no se haya fisurado de manera trascendental, aún y cuando cada vez más su legitimidad quede en entredicho (De Sousa Santos, 2007). Por su importancia y conflictividad, el campo educativo es sitio de aterrizaje de los análisis de Martín – Baró en cuanto al papel de las instituciones y los procesos de socialización en la reproducción del poder establecido. Las pistas que ofrece en aras de fomentar una educación contrahegemónica se relacionan en primer lugar, con una orientación práctica de la educación que supere su tradición escolástica, basada en el conocimiento y análisis crítico de las elaboraciones teóricas. Pero lo más relevante de su enfoque consiste en una concepción des-sujetante y liberadora de la educación. Esto plantea un reto primordial para la psicología y las prácticas en las que se involucre: el compromiso ético y humanista en el quehacer profesional.


Ejes temáticos en la obra de Ignacio Martín-Baró: hacia una Psicología de la Liberación.
El enunciado anterior deja entrever una idea importante: la psicología de la liberación (ligada indisolublemente a la latinoamericana, comprometida, crítica, política) está y estará siempre en construcción. La aspiración teórica y práctica de esta propuesta está dirigida a crear y practicar una psicología propia de-en y para nuestra región:
“Nuestro objetivo último consiste en articular la perspectiva de los condenados de esta tierra centroamericana en el trabajo de la psicología social como ciencia y como praxis. Por ello, el criterio definitivo sobre el valor de esta obra no puede cifrarse en su rigor convencional o en su coherencia a nivel abstracto, sino en su contribución efectiva, por pequeña que sea, al proceso de liberación de los pueblos centroamericanos” (Martín – Baró, 2000, p. 10). Esta declaración, final del prólogo a su libro Acción e Ideología. Psicología Social desde Centroamérica (2000), define claramente su quehacer profesional en coherencia con lo personal: su ejercicio como una toma de postura, como herramienta y accionar dirigidos a resolver los problemas vitales con un claro sentido emancipatorio.
Pero en esta búsqueda, el autor reconoce el primer problema: la esclavitud de la psicología latinoamericana inserta en una relación de colonialismo (histórico) científico. Muy evidenciado en los años de producción científica de Martín – Baró, debido a la situación de guerra y dictaduras en América Latina, el autor cuestiona el papel de la región en tanto limitados aportes a la solución de sus problemas concretos, achacado además a una relativa juventud del quehacer de esta ciencia en específico. No obstante, resalta como principal causa de la miseria histórica de la psicología latinoamericana, la dominación (con énfasis en lo cultural por ser el campo que más nos atañe ahora) de las potencias sobre la región.
En este sentido, se podrían sintetizar en tres las causas de esta situación según el psicólogo: a) El mimetismo científico; b) El problema epistemológico: la perspectiva dialéctica y el enfoque contextualizado; c) Los falsos dilemas de la psicología.
A. El primer punto se asocia a la búsqueda de reconocimiento profesional y al peligro que encierra, en tanto conlleva en muchas ocasiones a asumir acríticamente y de manera desbordada, referentes conceptuales ajenos, bagajes teóricos y prácticas profesionales importadas que en muchas ocasiones poco se relacionan con la especificidad regional. En el caso de América Latina la Psicología miró a los Estados Unidos estableciendo una relación de dependencia, buscando imitar el status con que ya contaba la producción norteamericana. De modo que a la primera ola basada en un sistema referencial esencialmente psicoanalítico (debido al apego inicial de la psicología con la psiquiatría) apareció para empoderarse muy profundamente las
corrientes conductistas y posteriormente las cognitivistas. Lo más importante no era el hecho copy-paste en sí, sino hacerlo despojado de crítica y mediación a partir de la reflexión sobre las propias circunstancias sociales y los cuestionamientos concretos de la geografía centro-sur.
B. En un segundo momento se analiza la cuestión epistemológica y su influencia en la salud de la psicología en nuestra región. Aspectos como el positivismo, individualismo y el ahistoricismo entre otros son señalados como lastres del desarrollo de la ciencia. Un énfasis en estudios que fundamentan sus explicaciones en esquemas reducidos, depositan por lo general la fenomenología de lo estudiado en los ámbitos individuales, cuando más, grupales, dejando fuera el análisis estructural, fuente de todo conflicto humano. A esto le llama el principio para la negatividad –referido sobre todo a la consecuencia del positivismo- al no reconocer más allá de lo dado y negando así parte crucial de la realidad existente.
C. Considerar que la realidad no es más que lo dado, que el campesino salvadoreño es sin más fatalista o el negro menos inteligente, constituye una ideologización de la realidad que termina consagrando como natural el orden existente. Obviamente, desde una perspectiva así, magro es el horizonte que se nos dibuja a los latinoamericanos, y pobre el futuro que la psicología nos pueda ofrecer (Martín-Baró, 1999, p. 4).
A esto se suma el enfoque psicologicista de la investigación, que insiste en depositar en el nivel individual la dinámica del orden social (grupal, institucional…), remitiéndose al micro espacio para explicar procesos que a otro orden pertenecen. De este modo –advierte este autor-, termina por reforzarse las estructuras existentes en tanto se les ignora. Este llamado es de alta significación en el proceso educativo donde de manera reiterada se circunscribe como un proceso de aprendizaje-educación en el marco de la relación profesor-estudiante concebido esencialmente como un mecanismo de instrucción de conocimientos. Todavía en nuestro contexto uno encuentra este enfoque en ocasiones y por eso quizá Freire hablaba de prácticas tradicionales que aún conviven con nosotros.
Otro grave peligro es visto en el carácter a-histórico. Sus consecuencias son un enorme reto para los especialistas. Derivado de esta situación nos encontramos por ejemplo, que en el campo metodológico es extensivo el uso de técnicas e instrumentos nacidos de distintas realidades en las cuales aplicamos dichas herramientas. En consecuencia, la psicología debe, ante todo autolegitimarse en su historia, lo cual significa retomar sus propios problemas y colocarlos en el sitio que les corresponde. Si bien en los últimos años en el continente las ciencias sociales se han planteado ganar en recuperar y analizar su propia experiencia, sobre todo en trabajos vinculados al tema de la pobreza, los efectos de la globalización en la vida cotidiana (y en la ciencia particularmente) provocan in crescendo una homogenización de los referentes así como un marcado presentismo.
D. Es prácticamente imposible, si estamos de acuerdo –al menos en esencia- con
el panorama descrito anteriormente, que se pueda presentar una psicología propia, libre de invasiones e injerencias temáticas. A esto se refiere Martín – Baró al hablar de falsos dilemas (no errados necesariamente) en tanto no han sido por lo general emergentes de la realidad centro-suramericana. Estos dilemas han propiciado en nuestra ciencia una visión dicotómica que parcela irresolublemente al hombre como unidad. Al traducir la palabra átomo –del griego- encontramos que esta significa persona: ser indivisible. Sin embargo, el sentido común científico se ha empecinado en (de)mostrar que somos un conjunto de partes.
A modo de cierre, solo quiero alertar del peligro de siquiera sentir después de haber leído las páginas anteriores, que lo escrito es cosa del pasado. Conocer la historia es muy importante para no repetirla, pero sobre todo, es un arma para transformar el futuro. El “valor de uso” de estas referencias radica en la apropiación auténtica y en su potencial para construir similitudes –las posibles, sin forzar- desde otros tiempos y geografías: los de aquí y ahora.

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