Vol 1. Núm 1. 2013
AUTONOMÍA DE LA PERSONA Y REPRESIÓN PSICOLÓGICA Y CONTEXTUAL: COMPLEJIDAD Y DIMENSIONES EMANCIPATORIAS.
Ovidio D´Angelo Hdez. Centro de Investigaciones Psicológicas y Sociológicas (CIPS), La Habana
Resumen
El tema de la autonomía de la persona se analiza desde una perspectiva de la complejidad. En el ámbito individual-social, los procesos de represión interior constituyen un límite, a veces insoslayable, para alcanzar una real expresión de la independencia personal. El entorno social también impone, más allá de las normas de comportamiento social para una convivencia sana, límites represores a la expresión de la autonomía humana, los que forman parte del contexto construido por los individuos en sus relaciones sociales. Un ideal de emancipación humana, entendido como libertad interior, toma su complemento en las relaciones sociales que la hacen posible, lo que constituye el mayor reto de las sociedades contemporáneas.
Abstract
The matter of personal autonomy is analized from a complexity perspective. In the social-individual frame, internal repressive processes make a boundary, sometimes impossible to cross for reach a real expression of personal independence. The social environment also imposes, beyond the norms of social behavior for a health human relationships, certain repressive boundaries to the human autonomy, which are part of the context construction by individuals en their social relationships. An ideal of human emancipation, comprehends like internal freedom, take its complement in social relationships which makes it possible; this form the great challenge of contemporary societies. Keywords: Autonomy, complexity, psicological repression, social repression, context boundaries, hegemonics, emancipation.
Palabras claves
Autonomía, complejidad, represión psicológica, represión social, límites contextuales, hegemonías, emancipación

Los procesos de construcción subjetiva individual y social, en los que se configuran las tendencias u orientaciones hacia la autonomía o hacia el sometimiento, la heteronomía o la neurosis pueden interpretarse a partir de modelos funcionales de la persona en contexto. Estos se basan en construcciones teóricas y prácticas vivenciales interpretativas de la realidad individual y social.
Los enfoques psicoanalíticos, humanistas, histórico-culturales frecuentemente ponen el énfasis en lo que los diferencia. Es menos visible la intención de integración a partir de la multidimensionalidad de los procesos de la subjetividad individual y social. Si esto es así en el campo de la psicología, qué podemos esperar de las relaciones con otras disciplinas, entre las que predominan en ocasiones posiciones hegemónicas del saber
y la reclamada territorialidad de los campos de borrosidad en que se desempeñan sus límites imprecisos.
Es en esta problemática que la perspectiva de la complejidad puede servir de vínculo esencial del tejido interpretativo de las diferentes posiciones.
Al concebir el funcionamiento de los sistemas en su no linealidad, diversidad, e incertidumbre, los enfoques de complejidad nos permiten establecer nexos entre los procesos no conscientes y conscientes, sociales y naturales, biológicos y psicológicos, etc., sobrepasando la fragmentación de enfoques particulares.

Los enfoques actuales de complejidad, lejos de considerar el tema de la autonomía de la persona como una necesidad inmanente del individuo aislado o descontextualizado, al estilo de ciertas elaboraciones clásicas de la corriente de psicología humanista, permiten su interpretación a la luz de la intervinculación con el contexto concreto, en la línea del enfoque socio-histórico-cultural vigotskiano, de ascendente marxista.
La persona, en esta visión, es y forma parte de sistemas complejos, que requieren su autoactualización constante en medio de cursos contradictorios, en los que la proyección perspectiva se enmarca en los procesos de incertidumbre y caos, a los que puede pretender, intencionalmente, imponer un orden posible. Ello implica reajustes constantes y reconstrucciones de las aspiraciones y de las valoraciones de contextos vitales.
En toda esta dinámica la configuración de los procesos conducentes a la construcción de autonomía –individual, grupal, social- reviste una importancia crucial. Estas reconstrucciones deben, entonces, mantener lo esencial de la dimensión de la identidad personal en síntesis con las direcciones de desarrollo posibles, conservar la coherencia personal en la dimensión temporal del presente con el pasado y futuro; es decir, en su historicidad concreta.
Reseñando a R. Zibechi (2000), que retoma a Maturana, Varela, Capra y Prigogine, se puede afirmar que:
1.La autonomía es un patrón de organización.
2.es un proceso circular: una red que se autoproduce formando su identidad. Y, en este sentido – retomendo a I. Prigogine - es una estructura disipativa abierta al flujo de materia y energía, en la que orden y equilibrio son compatibles (precisamente es esta aparición espontánea de coherencia y orden la que le da característica de proceso autoorganizador).
3.En este proceso se constituyen significados como fenómeno interpretativo.
Esta última es la característica que, para los sistemas psicológicos y sociales necesita ser destacada, a partir de la integración de la intencionalidad consciente en su articulación con los procesos no conscientes, entre el pensar y el sentir en cualesquiera de sus dimensiones, para la producción de sentidos humanos.
No obstante, para el tema que nos ocupa se requiere una comprensión de la condición humana individual y social que recupere sus diferentes dimensiones. El énfasis de la psicología humanista en la construcción de autonomía y proyectos de vida de la persona requiere una mirada profunda y no ingenua sobre los procesos constitutivos de la mente-cuerpo en sus interrelaciones contradictorias o dialógicas. De igual manera que la mirada sobre los procesos de generación de angustia y neurosis puede leerse a la luz de las construcciones de la autonomía posible de la persona y lo social.
De manera que, por ejemplo, la construcción de autonomía puede devenir en exceso de autoridad sobre los otros (poder-dominación), compensación imaginaria de inferioridad y subvaloración o, realmente, constituir un proceso coherente de balance armónico entre las posibilidades constructivas de la madurez personal y las tendencias neuróticas, las angustias y las alegrías.
La persona social y la sociedad, como sistemas complejos tienen una capacidad autoorganizativa o autopoiética (Maturana, Varela), de autogeneración y crecimiento creativo (tendencia al autocompletamiento, a la autorrealización de las potencialidades propias). Lo que la denominada psicología humanista ha ignorado, en parte, es el condicionamiento sociohistórico específico y diferenciado, la contextualización real así como las sensibilidades de entorno en que esta dinámica compleja del desarrollo individual tiene lugar y se hace posible o constreñida (Wagensberg, 1998).
Expresado en otros términos, la limitación de las potencialidades humanas -social e históricamente construidas (Marx, 1961), crea contradicciones al nivel de los individuos y de la sociedad, que generan estados caóticos y dinámicas de inestabilidad que se abren a crisis y soluciones a través de puntos de bifurcación posibles, abiertos a trayectorias de incertidumbre (Munné, 1999; Wagensberg, 1998) hacia futuros posibles no totalmente predecibles.
Vale decir que, para la condición humana (individual, social, cultural e históricamente condicionada) el estado de sumisión, imposición y constreñimiento de sus potencialidades (dentro de ciertos márgenes críticos) es disruptivo, contranatural a la dinámica propia de su desarrollo como organismos vivos, si bien sus estructuras deseantes y compensatorias de sentimientos de culpa, etc. pueden operar mediante mecanismos represivos y autosatisfactorios.
Esta necesidad de autonomía de los individuos y de los conjuntos sociales, a mi juicio, está en la base de las concepciones emancipatorias y de la complejidad, al enfatizar las necesidades y potencialidades de los individuos y de las bases de los agrupamientos sociales (comunidades, instituciones) en la construcción social; es decir, la potenciación de los procesos de abajo-arriba en tanto aportadores de emergencias conectadas con sus situaciones vitales e intereses más acuciantes.
La autopoiésis es el mecanismo de desarrollo de los organismos vivos a partir del proceso de apropiación creadora o adaptación proactiva (asimilación - acomodación) – Wagensberg, Piaget- en condiciones de interacción social –Vigotsky- y construcción de sentidos propios –como identidad contradictoria y borrosidad, en tanto intersección y superposición de límites (Munné, 2000)- en el camino de elaboración de las identidades propias y las proyecciones futuras.
La autonomía de la persona, entonces, es la construcción autopoiética de la dinámica del desarrollo del individuo y de los agrupamientos sociales, que promueve el manejo intencional de los procesos en su interrelación con la realidad natural y social a través de la práctica social, que significa en su condición de sujeto. Condición engañosa, por demás, porque el concepto de certidumbre queda en suspensión, en tanto los procesos contradictorios que constituyen esta tendencia a la autonomía están inmersos en la problemática fantasmática y autosatisfasciente en el nivel de lo pulsional.
La construcción de la autonomía desde la complejidad, significa formación de una flexibilidad, anticipación, creatividad, proyección propositiva y actuante capaz de enfrentar, dentro de los límites posibles de las autorreferencias y la autocriticidad (individual, grupal, social) la incoherencia conducente a la fragmentación de la persona, la alienación y neurosis individual y social.
El problema de la autonomía de la persona y de la sociedad, por tanto, hay que analizarlo en el plano de la coherencia-incoherencia, de la construcción de sentido personal y social, de la realización de potencialidades autopoiéticas posibles en dialogicidad con las tendencias deseantes y mecanismos represores de la persona.
La autonomía es, además, constituida en un proceso dinámico contradictorio de constreñimientos internos y externos en relación con el desarrollo de potencialidades autopoiéticas.
La expresión de la autonomía, por otro lado, no es la de libertad absoluta del contexto, sino la de su rejuego con la sensibilidad de entorno, conocimiento por el sujeto de la necesidad social y valoración-elección de las alternativas dentro de las bifurcaciones posibles, propias del orden no lineal. Plantea, por tanto un sentido de involucración, responsabilidad, intencionalidad, aportación, construcción, que implican una disposición ética determinada.
La autonomía personal se puede considerar, además de uno de los componentes de los procesos de autodirección personal, que se constituyen en una de las orientaciones disposicionales importantes de los Proyectos de Vida de las personas reflexivas y creativas ( D´Angelo, 1993,1994, 2001).
Esto se expresa en la posibilidad de pensar la realidad con criterio propio, sacar las propias conclusiones de los acontecimientos personales y externos; la independencia de criterio y decisión, que supone un desarrollo reflexivo, madurez personal y una postura autocrítica.
La dinámica entre procesos constitutivos de reflexividad-intencionalidad y autonomía de los sujetos individuales-sociales y aquéllos internalizados y transfigurados a nivel inconsciente (deseos-represiones-ansiedades), están mediados por el contexto real-imaginario (situación social de desarrollo existente y apropiación-construcción de significaciones) instituidos-instituyentes de la praxis individual y social.
La dimensión de la subjetividad (individual-social) se constituye, así, en el espacio-tiempo: histórico-sociocultural y de praxis-interacción yo-otros-instituciones, en una interacción bidireccional micro-macro, local-universal, consciente-inconsciente.
Es necesario asumir las expresiones de lo imaginario grupal y social, las contradicciones, temores, retos, atribuciones, preocupaciones, tabúes, arquetipos culturales e ideológicos, etc., que conforman el inconsciente y representación colectivos de nuestra identidad individual y social y develar el entramado de significaciones y efectos reales en nuestro contexto.
Una hermenéutica crítica, psicoanalítica, humanista y marxista se impone en el examen desprejuiciado e integrador de los complejos procesos socioculturales de la actualidad.
Los intentos de ''desmontaje'', ''deconstrucción'' o'' develación interpretativa'' de los procesos profundos que conforman la trama de la experiencia humana, como comprensión integradora, crea las posibilidades de un reajuste constructivo para el despliegue de las potencialidades individuales y sociales, al pasar por el desmontaje de los ámbitos de contradicción que permita elaborar creativamente las estrategias desarrolladoras de la persona en la cultura y la vida social.
En ''Miedo a la libertad'' Fromm (1961) analizó los temores del hombre moderno que lo llevan, en determinadas situaciones sociales y personales, a la sumisión y a la escapatoria de asumirse a sí mismo y de la responsabilidad de su autonomía, en tanto que, en ''Etica y Psicoanálisis'' (1967), discute el problema de la Ética, considerada a partir de las normas y valores conducentes a que el hombre logre, personal y socialmente, la realización de sí mismo y de sus potencialidades.
El tema de la subjetividad (individual y social) reactiva, reproductiva, sujetada, manipulada Vs. la subjetividad proactiva, reflexiva, creativa, autónoma, constituye aquí un punto de atención fundamental.
Así, aclarando la noción de hombre de orden, muy ligada a su visión de la ideología como legitimación de la dominación, Girardi (1998, pp.21-22) señala que:
“es aquel que concibe su desarrollo como la adhesión a una norma exterior a un sistema de valores preexistente, a un orden moral y político, a una ley que coincide concretamente con el sistema de valores dominante en la sociedad…de la que forma parte…Su actitud fundamental es, pues, la docilidad a la ley, docilidad que exige el sacrificio de toda aspiración en conflicto con ella, aún la aspiración a la libertad. El hombre de orden necesita reglas claras y precisas que orienten su conducta, verdades definitivas que alimenten sus convicciones, instituciones sólidas que encuadren su vida….El cuestionamiento del orden establecido……. provoca en él un sentimiento de ansiedad, a veces de angustia: lo presiente como una amenaza a sus seguridades. Se defiende de ello proclamando su fidelidad a la autoridad y a la verdad. Al desconfiar de su propio pensamiento, busca su apoyo externo…”.
Este planteo de las contradicciones de la autorrealización personal pone, en primer plano de la acción social transformativa, la creación de las condiciones para el despliegue de las potencialidades de los individuos, para la expresión rica y múltiple de todas sus manifestaciones humanas. Dicho en otros términos (Wagensberg, 1998), se trata del análisis, por un lado de las potencialidades emergentes de la persona como sistema complejo (contradictorio, recursivo, dialógico) y, de otro, de la sensibilidad de entorno que permite a la persona funcionar en contextos específicos con un sentido hologramático (parte-todo) y alto nivel de despliegue, dando lugar a las posibles emergencias constructivas y destructivas (eros-tanatos) su propia resignificación en la vías trascendentes posibles aportadoras a la sociedad.
La comprensión profunda, en esta intención develadora-emancipatoria, de las relaciones individuos-instituciones-estado-sociedad requiere el análisis de los mecanismos psicológico-sociales a partir de los cuáles se producen unas u otras formas de comportamiento.
Toda norma institucional implica un carácter prohibitivo, se vincula a las formas instituidas de hegemonía (Gramsci, 1975), en el marco de relaciones asimétricas de poder (Foucault, 1981), genera limitaciones o constreñimientos que necesitan tomar el referente de necesidad y potencialidad de los grupos e individuos, a partir de su propio espacio de construcción y aportación social.
Es más, toda norma es reinterpretada de acuerdo con la fractalización de las condiciones constitutivas de entorno y del sistema propio en cuestión (grupo, persona, etc.); o sea, que el todo es reinterpretado en la parte desde las condiciones específicas e intrínsecas que operan en ese nivel (Morin, E. 1994), de aquí que los patrones de interacción social cotidianos –expresión de prácticas de poder-saber-deseo y discurso- (Sotolongo, 2007) constituyan fuentes de constitución de subjetividad desde la realidad micro del proceso social.
La relación entre las prácticas cotidianas y la subjetividad producida concomitantemente se construye a partir de las dimensiones de esas prácticas que generan sentidos de la actividad social. Estos elementos de sentido se construyen en las relaciones objetales y las interacciones sociales de los individuos –grupos, etc.-.
Al decir de Sotolongo (2007) lo que se subjetiva, lo que se interioriza subjetivamente, no es otra cosa que los contenidos de las situaciones de interacción social con co-presencia en que se plasman tales patrones de interacción social; es decir, el contenido de las prácticas “locales” de poder (y contra-poder), de deseo, de saber y de discurso que son constitutivas de tales situaciones con co-presencia.
Prácticas locales a las que añadimos un énfasis en la dimensión de propositividad, relacionada con la posibilidad de autonomía, como veremos más adelante. A la vez, nos hemos referido al posible papel de las prácticas instituidas macrosocialmente, más indirectas, en esas prácticas locales con co-presencia.
El carácter constitutivo y coextensivo de las cuatro dimensiones de prácticas en los patrones de interacción social -que indica el autor desde una cierta síntesis de algunas vertientes del pensamiento postmoderno- parecen consistentes en cuanto a que en toda interacción social se producen intercambios de experiencias (saberes), que se relacionan con determinados “juegos de lenguaje” más o menos estructurados (discursos), se expresan alter-auto-referencias sobre expectativas mutuas, emociones y ansiedades, etc. (deseos) y posicionamientos asimétricos desde diferentes puntos de vista (poderes).
Así, en un espacio social cualquiera (digamos el espacio comunitario), los patrones de interacción social se producen en el entrecruzamiento de representaciones, ansiedades, expectativas, etc. Más ampliamente, en las configuraciones de la subjetividad social (González, 2002) relacionadas con los asuntos de género, edad, posición socioeconómica, raza, pautas de relación familiar, roles sociales y otros, todos los cuáles, a su vez, se expresan en las dimensiones de saber, deseo, poder, discurso de los sujetos actuantes.
La subjetividad y los procesos de transformación social.-
Como apunta el propio Sotolongo, muchos comportamientos o patrones sociales devienen rituales, son inerciales; o sea, tienen indexicabilidad, pero no reflexividad ni apertura esenciales, incluso ante ciertos cambios de entorno. Se erigen en reglas tácitas, pre-reflexivas, a las que remite nuestro comportamiento cotidiano y el de los demás; es decir, como saber tácito, pre-reflexivo no pertenece al ámbito de lo consciente en nosotros.
Algunas de esas prácticas conformadas en patrones de interacción social se convierten, no sólo en inerciales sino, a veces, en barreras para los cambios de la dinámica social, mientras que otras son más permeables al cambio y siempre de acuerdo a las “abordabilidades” con relación a las peculiaridades del contexto.
Este es un aspecto que tendremos que tratar más adelante, relacionado con la constitución de una subjetividad problematizadora y creativa de los actores sociales en el proceso de su empoderamiento para la transformación social.
De todas estas interpretaciones generales del tema de la subjetividad individual y social quisiera resaltar las siguientes implicaciones diferenciadoras de otros enfoques más o menos al uso:
1) En mi opinión, se trata de que la construcción de sentidos pasa por el plano hermenéutico-crítico de la decodificación-interpretación-resignificación de los eventos por los actores individuales y sociales, siempre dentro del cuadro referencial de constreñimientos, posibilidades y abordabilidades definido por la determinación real de sus condiciones socioculturales y materiales previas (sin que esta condición signifique una superdeterminación absoluta, sino como punto de partida para la reactividad o la propositividad creativa).
2) De todas estas articulaciones posibles, en mi opinión, resaltaría que la subjetividad cotidiana tiene dos fuentes de procedencia, a las que simultáneamente aporta: los patrones de interacción microsocial con los referentes del entorno inmediato y las normas y vivencias asociadas de contexto supralocal, en una dinámica en que lo superior se reinterpreta a la luz de las necesidades de la vida concreta, pero lleva impresa las determinaciones de ambos niveles.
Así, visto el proceso general, tanto los microprocesos o prácticas cotidianas locales como las macroestructuras-instituciones y relaciones sociales (relaciones entre actores sociales tìpicos- de clase, etc.) formarían patrones de interacción social como dinámicas vinculantes de subjetividad individual y social.
El enfoque integrador social de la subjetividad humana requiere, por tanto, una visión hermenéutica-compleja en la comprensión de sus dinámicas vinculantes, en su relación sistema-contexto y en la reinterpretación de sus significaciones más allá de la propia subjetividad representada, como un proceso de análisis complejo macro-micro, objetivo-subjetivo, histórico-social-cultural que expresa algunas de las cualidades más importantes de los sistemas humanos autoorganizativos.
En este marco referencial transdisciplinario y complejo se ubica la importancia metodológica de nociones generalizadoras, como las de Proyecto de Vida y Autonomía integradora, para la interpretación de la acción social y de la persona en el ámbito individual, grupal y social general, en la perspectiva de la multiplicidad de la complejidad social.
La autonomía integradora (D´Angelo, 2005) no supone la eliminación de las dependencias o determinismos reales, sino su articulación apropiada y subordinación jerárquica, no es “autonomía de” solamente, sino “autonomía para”, y ello se entronca directamente con el tema de las posibilidades de la autodirección y de la autogestión social.
Las limitaciones psicológicas, por el contrario, son el resultado, más que del desconocimiento, precisamente, del conocimiento implícito o atribuido acerca de cuáles son los marcos restrictores establecidos -en lo normativo y en la interpretación ideológica-, que –en terminología freudiana- pueden conllevar una carga superyoica de autoatribución de culpa (castigo potencial percibido, autoamenaza de exclusión, temor de daño indirecto a las metas-deseos individuales y de la colectividad, etc.), y de punición velada o represalias sutiles como mecanismo social de castigo real por la disensión expresada sobre determinadas normas o construcciones ideológicas sobre las que está prohibido debatir y, por tanto, se constituyen en la instancia psicológica individual y colectiva, como un mecanismo de autoveto, autocensura o autorrepresión.
Estos mecanismos muchas veces operan como mecanismos de defensa individuales, en el sentido psicoanalítico del término, o como mecanismos de defensa de la grupalidad o de la socialización; es decir de las expresiones protectoras de la subjetividad social en contextos institucionales altamente autoritarios y represores.
Muchas veces, esta autorrepresión (o represión social real) se vincula a la virtualidad de exclusión del individuo de su grupo (comunidad, nación), ya se produzca realmente o sólo en el imaginario que genera comportamientos sociales correspondientes al nivel de las relaciones entre las personas.
Mecanismos de exclusión (también autoexclusión) que ocasionan un sentimiento de daño a la integridad e identidad del individuo humano (grupo, etc.), operando como un procedimiento desintegrativo que puede conllevar desde al aislamiento hasta la fragmentación de la experiencia de identidad personal, grupal, nacional (proceso que puede devenir, en cierto modo, esquizofrenizante).
Estos modos de comportamiento forman parte de la experiencia primaria de relaciones institucionales en los mas variados contextos sociales actuales y encuentran diferentes balances de contradicción y tensión con aquéllas manifestaciones de solidaridad, fraternidad, apoyo y autodeterminación que, respecto a diversas actividades y situaciones cotidianas también se presentan con un fuerte sentido constructivo en diferentes planos de la vida social, como parte de tradiciones que se han fomentado en la formación de valores solidarios en nuestra práctica social.
Los resultados combinados de todo este conjunto de potencialidades, limitaciones y tensiones conducen, en distintos casos, a la parálisis, la apatía, el formalismo, la doble moral y todo un conjunto de deformaciones que contribuyen a velar la realidad, mas que a desentrañarla en sus profundas conflictuaciones.
Unas de las manifestaciones de mayor alcance son las que hemos denominado de esquizofrenia social. La persona (grupo) es fragmentada al volverse incoherente sus formas de expresión en las esferas de su manifestación institucionalizada, con relación a sus percepciones habituales, sus necesidades e intereses en la esfera de lo real cotidiano y en los planos de las relaciones íntimas domésticas.
Los estados de esquizofrenia social se producen también cuando hay una disonancia significativa entre los discursos institucionales oficiales y la interpretación de la vida social tal y como es experimentada por los sujetos sociales en su realidad concreta.
Esta situación de fragmentación de la persona aumenta cuando a esas distancias se agrega un componente de presión coercitiva (ya se trate de presión social o ideológica a través del comportamiento social cotidiano o de la presión de normas institucionales restrictivas) para el cumplimiento de las prácticas y políticas derivadas de esos discursos. Se trata aquí, no de negar la existencia, hasta un punto necesario, de mecanismos de presión e inclusión social, espontáneos o institucionales, sino de alertar acerca de su conversión en un mecanismo opresivo de las potencialidades humanas.
La manifestación de doble moral (y hasta de otros comportamientos menos ingenuos de oportunismo social) es una expresión de esta esquizofrenia, en que el individuo (grupo) está dividido entre las formas en que piensa y las que tiene que pensar, entre lo que necesitaría hacer y lo que tiene que hacer, entre lo que dice y lo que siente o debería decir; es un ser escindido y, por tanto alienado.
Las expresiones de esquizofrenia social son paralizantes y distorsionantes de la acción social efectiva, constructiva y desarrolladora en cualesquiera de sus manifestaciones. La consecuencia es la deformación de los espacios participativos, que se comienzan a convertir en inertes, asfixiantes, inoperantes y formales. Por tanto, van dejando de ser, progresivamente, espacios de construcción de sentido social eficiente, mientras que los espacios de configuración de sentidos eficientes circulan en las esferas informales de lo cotidiano, más permeables y tolerantes a la diversidad y expresiones humanas. Todo ello plantea el peligro de escisión oculta o no siempre visible, de conformación de un doble plano contradictorio del individuo y de la sociedad: el declarado y el real cotidiano, con intervínculos y vasos comunicativos conflictuados.
Los espacios institucionales inertes también forman sentido, pero entonces son dimensiones cargadas negativamente (catexis), en los que emergen zonas de incredulidad social, de desconfianza y de vulnerabilidad.
La construcción de esa percepción de ficción acerca de los espacios y discursos institucionales oficiales (al menos, en un cierto nivel de sus manifestaciones) contrasta, en algunos casos (y en otros los afirma también en la incoherencia), con la credibilidad y sustentación de las elaboraciones de sentido en la esfera de las relaciones reales informales, constituidas en los patrones de interacción social más apegados a las experiencias y condiciones de reproducción cotidiana de la vida.
Este proceso hace que las dos esferas, la institucional oficial y la informal cotidiana se conviertan en esferas de oposición, a veces irreconciliable y conducente a crisis y neurosis individuales y colectivas de cierta magnitud, muchas veces sólo observadas a través de síntomas indirectos –manifestaciones sociales disruptivas, clima social tenso, puntos de bifurcación social- con consecuencias impredecibles.
Esos efectos indirectos y de larga acción pueden corroer desde dentro la homogeneidad social imaginada, desdibujándose en un cuadro de diversidad no reconocida y llegar a la fragmentación interior (de los individuos y los grupos). La propia formación de la identidad colectiva (nacional) –como un proceso de integración y desintegración, puede resultar dañada; el balance constitutivo de ambos procesos puede contener fuertes elementos virtuales de inclinación hacia el polo desestructurador y tener consecuencias individuales y sociales imprevisibles, aunque se exprese también en manifestaciones integrativas -reales o aparentes- en parte.
Estos efectos desintegradores son tan perjudiciales cuando se instalan como mecanismos habituales de la subjetividad que pueden conformar verdaderos estilos de vida colectivos que hipotecan cualquier acción reconstructiva de la identidad individual y social basada en valores de honestidad y dignidad humana. Puesto en juego el discurso oficial normativo y los valores declarados frente a las necesidades de supervivencia, se producen deslizamientos por los resquicios de la institucionalidad que son vivenciados como actos normales y hasta legítimos por amplias capas, sin distinción de ideologías y militancias.
Por eso, cuando una norma instituida atenta directa o indirectamente contra los “principios de la vida” (Dusell, 1998), inmediatamente se instaura una conducta social que la viola, apoyada por mecanismos de racionalización o por el reconocimiento de la dualidad moral inevitable del comportamiento propio.
La esquizofrenia social presenta, entonces, al menos dos caras: la conflictuación de los individuos que perciben los aspectos contradictorios y, no obstante, por compulsión social introyectada o real, deben continuar el doble juego aún a costa de sus convicciones, y la otra cara que es la del cinismo y el oportunismo, el aparecer haciendo como sí su acción en el plano de lo público fuera una expresión de convicciones y no de mimetismo o conveniencia, queda también la opción de complacencia por convicción y consentimiento. Muchas veces son comportamientos que se racionalizan en aras de expresiones populares como las siguientes: no hay otra solución, hay que seguir viviendo, es mejor no buscarse problemas, evitar señalarse, etc.
Cualquier interpretación de la situación social está basada en una experiencia única de conocimiento y vivencias, matizada por las interpretaciones conceptuales y por el acercamiento prerreflexivo de los individuos y grupos a los hechos, para formar parte de interpretaciones y estados de ánimo colectivos que configuran las subjetividades sociales.
Es, en este marco interpretativo, que las relaciones entre la construcción de autonomía integradora en contextos de
participación social y las formas de institucionalidad en que se inscriben, adquieren una posibilidad de entendimiento, reconstrucción y proyección a nuevas fases de desarrollo social humano. De ahí la importancia de tratar el tema de la (auto)construcción social de la persona con un sentido de integridad y transdisciplinareidad que dé cuenta de las distintas aristas de su compleja manifestación.

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