Vol 5. Núm 14. 2017
PERCEPCIÓN Y VALORES: CONCEPTOS FECUNDOS E INCOMPRENDIDOS
Germán Gómez Pérez Universidad Autónoma de México, ENEP Zaragoza.
Resumen
Probablemente por su vínculo con el concepto de mentalidad, los conceptos de percepción y valor despiertan el interés de muchas personas incluso más allá de la Psicología. El presente escrito es un intento de acercarse a estos conceptos con fines teóricos.
Abstract
Probably because of their link to the concept of mentality, the concepts of perception and value arouse the interest of many people even beyond Psychology. The present writing is an attempt to approach these concepts for theoretical purposes.
Palabras claves
Percepción, valores, mentalidad, Perception, values, mentality

Desde hace algunos pocos lustros se desató un vasto interés por el tema de los valores, junto a otros también inquietantes como “imaginario”, “construcción social” o “creación de sentido”. Pero existen otros menos elegantes y más próximos a la psicología como los de actitud, cognición, opinión, atribución o “representaciones sociales” que si bien no tienen nada de novedoso, sí son menos evanescentes en su manejo conceptual.
Todos atañen a la subjetividad, pero entre ellos hay uno de interés cardinal: percepción que, junto con el de valor han sido tratados por separado, no obstante que entre ellos existen vínculos intrìnsecos. He aquí un intento por mirarlos de manera integrada.
Lo primero por decir es que la percepción ha sido entendida más como un simple fenómeno de entrada de información, que como un proceso de selección de información; y este es el punto inicial crucial.
Suele además hablarse coloquialmente de una “percepción clásica” y otra “social”, y también que hay una “percepción fisiológica” y otra “psicológica”. Ambas modalidades naufragan en supuestos conceptuales anacrónicos, caducos y sobre todo difusos y por ello en extremo confusos.
A. Sensorialidad
Antes de anotar cualquier argumento sobre qué es percibir cabe subrayar la extendida creencia equívoca de que existen solo “cinco sentidos”. Equívoca porque se sabe, más de medio siglo ha, que son muchos más que cinco y agrupables en tres rubros:
i) exteroceptores o sentidos distales: visión y audición;
ii) propioceptores o próximos, como el cutáneo (presión, calor, frío y dolor); “el gustativo” compuesto por el amargor, dulzor, acidez y salado, y claro, el olfativo; y tal vez aquí cabría incluir, como otro sentido más, la detección de feromonas por el órgano vomeronasal,
iii) interoceptores o sentidos profundos: cinestésico o de los movimientos del cuerpo, vestibular o del equilibrio, y el orgánico (alimentación, sed y sexo) (Forgus, 1972; Day, 1973).
Pero hay suposiciones más deplorables aún: por ejemplo, que existe un “sexto sentido” que gusta de entenderse como “la intuición” y que además “…es un sentido predominantemente típico de mujeres”. En realidad podría no haber justificación para mencionar siquiera estos absurdos enraizados en la ignorancia y una metafísica que pisa fronteras de la fe y la credulidad acríticas; pero vale la pena mencionarlos en virtud de su inaudita admisión entre ámbitos académicos psicológicos.
Así, no cabe confundir a los actos sensoriales, los actos de los sentidos, con la dinámica propiamente perceptual:
Las sensaciones proveen al organismo de información acerca del medio interno y externo a través de los receptores interoceptivos y exteroceptivos. Las sensaciones producen respuestas reflejas y ajustan al organismo a su medio. Las sensaciones se producen a nivel de lo que llamamos neuronas de primer orden. Las percepciones pueden definirse como las interpretaciones de las sensaciones y son producto de las llamadas neuronas de segundo orden y de circuitos neuronales muy complejos. Pudiera decirse que requiere de memoria y coherencia de elementos de sensación (Drucker-Colín, 1979).
Lo primero por decir es que la percepción es, sobre todo, un proceso mental, un mecanismo complejo de extracción de información del medio:
... proceso por medio del cual un organismo recibe o extrae alguna información del medio que le rodea. El aprendizaje se define como la actividad mediante la cual esa información se adquiere a través de la experiencia y pasa a formar parte del repertorio de datos del organismo (Forgus, 1972).
Asimismo:
… la percepción es un proceso activo-constructivo en el que el perceptor, antes de procesar la nueva información y con los datos archivados en su conciencia, construye un esquema informativo anticipatorio, que le permite contrastar el estímulo y aceptarlo o rechazarlo según se adecue o no a lo propuesto por el esquema, y obviamente apoyado en la existencia del aprendizaje (Álvaro y Garrido 2004).
Mientras que la sensorialidad es un asombroso proceso predominantemente orgánico, la perceptualidad es predominantemente un proceso mental, de acción simbólica, significante. Desde luego que sus dinámicas, su función, no corren por separado; sin embargo, su conjunción no debe conducirnos a igualarlos.
Desde perspectivas neurofisiológicas, percibir es un proceso considerado como elemento consustancial a la culturaleza humana, entendida como las convencionalidades éticas, económicas, ideológicas, políticas, gnósicas o estéticas que la humanidad ha construido para regular la existencia. De ello, no obstante el abuso de espacio, vale la pena mirar algunos renglones textuales:
Las discriminaciones se efectúan no solo porque los estímulos inciden sobre una superficie receptora, sino debido a la realización de movimientos escudriñatorios del aparato receptor. La ausencia de movimientos de los receptores conduce al desvanecimiento de la sensación, en el caso de que el estímulo actúe sobre un solo punto en el aparato receptor, o la indiferenciación, cuando no se capta, por falta de movimientos, lo que constituye los rasgos distintivos del estímulo. La conducta ocular nos brinda la oportunidad de ilustrar en forma clara, el proceso discriminatorio. A la presentación de un objeto luminoso complejo, por ejemplo un patrón geométrico, se producen fijaciones de los ojos siguiendo la superficie del estímulo ... Debe recalcarse un hecho que no deja de ser sorprendente: el que los estímulos, como se dijo anteriormente, no sean escudriñados en la totalidad. Incluso se da el caso, como ocurre en la discriminación de la cara humana, que solo se escudriñe una mitad, y en esta solo puntos privilegiados: nariz, boca y ojos. A pesar de ese escudriñamiento parcial, “el contenido de la conciencia”, es decir, lo que se reporta de la experiencia sensorial, es una cara completa. Parece ser que la imagen de la cara se integra a partir de los datos parciales. Posiblemente la composición del patrón perceptual completo (algo que ya se anunciaba en las primeras observaciones de los gestaltistas, de las cuales extrajeron la ley del cierre) es producto del condicionamiento ... Si se acepta que la percepción es integración y que el proceso es disparado por condicionamiento a partir de las fijaciones iniciales de los receptores, se puede suponer que los movimientos de los ojos funcionan como estímulos condicionados que desencadenan la actividad retiniana gracias a que esta es producida por los estímulos externos durante las fijaciones que siguen a los movimientos sacádicos. De esta manera, si las fijaciones siempre tienen como estímulos antecedentes a los estímulos propioceptivos del movimiento de los ojos, es fácil aceptar que llegan a convertirse en estímulos condicionados de la actividad retiniana (Alcaraz, 1979).
Pero hay otros igual de sustanciosos, no obstante el inescrupuloso empleo de los vocablos “inconscientemente” e “inconsciente cognitivo”:
Otra investigación ha demostrado que en las primeras milésimas de segundo durante las cuales percibimos algo, no solo comprendemos inconscientemente de qué se trata, sino que decidimos si nos gusta o no; el “inconsciente cognitivo” presenta a nuestra conciencia no solo la identidad de lo que vemos, sino una opinión sobre ello (Goleman, 1999 p. 39).
Finalmente es subrayable decir que, en realidad y respecto a la visión, los ojos solo sensorializan la luz, pero es el cerebro el que percibe; los ojos no ven, “ve” el cerebro.
Si esto ocurre con hechos de la experiencia humana tan específicos como la percepción ocular de estímulos luminosos, cabe preguntar cuán complejo será estudiar cuanto sucede respecto a la percepción de hechos y personas, en la medida que esto conjuga un conjunto de actos significantes y evaluatorios que a su vez implican juicios morales, ideológicos y políticos.
B. Percepción propiamente dicho…
La percepción es uno de los temas tratados por la psicología, desde sus inicios como un campo diferenciado del saber, allá a fines del siglo xix. Empieza como un eslabón entre las reflexiones filosóficas previas y los albores de la psicología, y desde luego muy lejos de la avalancha freudoanalítica cuyos intereses tuvieron lugar más bien dentro de la atención médica a padecimientos inexplicados entonces por la medicina; en realidad, no obstante haber testimonios de que Freud tenía alguna admiración por Wundt, no se sabe de vínculos profesionales con él o sus colaboradores.
La percepción fue uno de los temas principales abordados por la psicología alemana, con Wundt al frente, y poco después por la psicología norteamericana de la primera mitad del siglo xx (Bonin, 2004; Cohen, 1980; Merani, 1976; Miller, 1986; Nordby y Hall, 1993; Rezk y Ardila, 1979). No obstante es arriesgado decir que la percepción haya sido comprendida a cabalidad.
No fue sino hasta los años 40 que el interés se consolidó hacia la psicofísica clásica cuya finalidad principal predominantemente era la explicación a los fenómenos sensoriales; ello desde luego aportó el descubrimiento de los umbrales sensoriales, cimentó las bases para el gestaltismo, así como la precisión por medir las actitudes, en tanto fenómeno prototípicamente psicológico. Ello generó un expansivo oleaje de teorización e investigación entre los 50 y los 80, desde luego acentuado en la psicología norteamericana. Eran épocas, en EE.UU., del predominio conductista operante, un modelo antimentalista.
Sin embargo hay un momento en que se expande el interés por los eventos mentales, particularmente en la psicología social norteamericana, con el llamado movimiento del New Look durante los años 40 y 50, que consistió en una revolución anticonductista por el cognoscitivismo informático, revolución de la que emergerían resarcidos los eventos mentales como objeto genuino de estudio, esto es, el pensar y la elaboración de plan/propósitos, entre otros (Lazarus, 2000 y Gardner, 1987) y no solo procesos de condicionamiento/ aprendizaje.
Así, cabe destacar que:
... percepción es el proceso fundamental en la adquisición de conocimiento ... la percepción como el conjunto total y el aprendizaje y el pensamiento como subconjuntos incluidos en el proceso perceptual (Forgus, 1972).
Un incisivo planteamiento que no solo implica englobar aprendizaje y pensamiento, sino el de muchos otros procesos mentales frecuentemente explicados desde conceptos que aluden procesos singulares o específicos de dinámica mental, como atribución, cognición, valorización, actitudes, influencia y otros cercanos.
Pero admitir que es una categoría de amplios alcances explicativos, desde luego no se debe solo a su largo historial sino, antes que eso, a que ha originado reflexiones, aplicaciones y, sobre todo, aportes teóricos e investigativos versátiles en las décadas recientes. Difícilmente existe otro concepto que haya poblado tantos espacios en la ciencia, disciplina y profesión psicológicas, y además esgrimido con frecuencia en terrenos de la comunicación, la antropología y la sociología, entre otros.
Pero no siempre se le alude con precisión; por mencionar un caso, el monstruosamente errático término “percepción subliminal”; errático porque no es lo mismo “subliminal” que encubierto, pero además porque si se tratara de sensorialidad subliminal, es decir, por debajo del umbral de detección de la energía del estímulo, entonces no habría activación del sentido, no habría el fenómeno sensorial; y mucho menos el perceptual.
Ahora bien: lo que desde luego sí existe es la persuasión encubierta, un eficaz recurso de convencimiento publicitario, que también descansa en un supuesto fantasioso: que el mensaje oculto actúa en “el inconsciente”. En realidad es posible que sea interpretado en los planos implícitos de la mente, de la subjetividad, de la consciencia: Pero es que una cosa es hablar de “el inconsciente” una inescrutable entelequia fantasiosa proveniente del freudoanálisis clásico; y muy otra es hablar de los planos de la consciencia no autoadvertidos. Y claro que en estos planos puede actuar eficazmente la información encubierta.
Pero no es más asombroso que la existencia de las constancias perceptuales, que permiten interpretar, por ejemplo, la imagen diminuta de un camión de seis toneladas por una carretera, o una aeronave a dos kilómetros en el cielo, no del tamaño que ocupa su imagen en nuestra retina, sino del tamaño real con que los conocemos. Esos “arreglos” perceptuales, de indudable factibilidad, rara vez son autoreflexionados. En palabras resumidas: no es que sean inconscientes; son conscientes, solo que no son autoadvertidas, son solo implícitas.
Yerro como ese, existe otro que en los tiempos actuales suele repetirse a propósito de fenómenos de opinión poblacional, en particular acerca de resultados demoscópicos y en especial cuando indican tendencias de opinión o intención de voto desfavorables. Suele decirse: “esa es solo una cuestión de percepción…” Ello subestima, como se decía líneas antes, que la percepción es un proceso mental de entrada selectiva de información.
Y es que no obstante que los orígenes del concepto percepción se encuentran en la avalancha reduccionista del fisicalismo de fines del xix e inicios del xx, eso no lo hace vituperable y menos aún desechable. Más aún, en la medida que el de percepción es de los tópicos fundacionales de la psicología y en la medida que es un proceso plenamente subjetivo (lo que equivale decir indiscutiblemente mental) es, sobre todo, producto del aprendizaje y por ello expuesto al variado influjo de las especificidades culturales (Bayo, 1987; Day, 1973; Vernon. 1967; Hochberg. 1968; Allport, 1974 y Sanz, 1985).
Ahora bien, en toda persona orgánicamente madura y normal, la acción de sus sentidos es gobernada por su dinámica perceptual; es decir: la estructura cognitivo/ emocional antecede a la sensorio/ motriz de las personas. Ello constituye el permanente carácter evaluativo de las personas (Reidl, 1989). Pero las cosas no son así al nacer.
En realidad iniciamos la vida casi exclusivamente siendo entes sensoriales y solo empezamos a ser perceptuales más adelante, cuando se forman los primeros conceptos, de los que a su vez emergen los reconocimientos iniciales de personas y objetos.
Esto equivale a la aparición del período preoperacional en la epistemogénesis piagetiana (Piaget, 1976 y 1977).
Pero hay además sugerentes elementos concurrentes:
Hace ya un siglo y medio que se sabe que existe una especialización relativa (aunque no absoluta) en las funciones de los dos lados del cerebro: el desarrollo de las facultades verbales y abstractas está especialmente asociado con el hemisferio izquierdo, o dominante, y las facultades perceptivas con el derecho. Esta asimetría hemisférica es muy pronunciada en los humanos ... En el feto, y quizá en niños muy pequeños, la situación se invierte, pues el hemisferio derecho se desarrolla antes y más rápidamente que el izquierdo, permitiendo que aparezcan funciones perceptivas en los primeros días y semanas de vida. El hemisferio izquierdo tarda más en desarrollarse, pero después del nacimiento sigue transformándose de manera radical. Y a medida que se desarrolla y adquiere sus propias aptitudes (en gran medida conceptuales y lingüísticas) comienza a suprimir o inhibir algunas de las funciones (perceptivas) del hemisferio derecho (Sacks, 2009).
En palabras sintéticas, sin duda nos construimos ontogénicamente para actuar como entes evaluadores, escudriñantes, “creadores de sentido” o buscadores de coherencia, como plantearan Heider y Festinger (Arcuri, 1988).
Así, desde luego todo acto perceptual es una reconstrucción subjetiva, mental, de lo sensorializado, reiterando: percibir es una compleja movilización mental, un acto de dinámica simbólica, conceptual, valoral o “creadora de sentido” que puede acomodar o asimilar (usando los términos piagetianos clásicos) las formas de entendimiento.
Además existe una variada cantidad de términos y conceptos que refieren o aluden a la dinámica mental de las personas: actitudes, creencias, valores, cogniciones, atribuciones, representaciones, apreciaciones, opinión, expectativas, nivel de aspiración, inteligencia o categorización, entre otros. A juicio propio, el de percepción es un concepto de mayor integralidad, de un horizonte conceptual más panorámico y que, en cierto modo, circunscribe a los demás.
Es decir, las dinámicas actitudinales, valorales, atribucionales, representacionales, apreciativas, opinativas, aspiracionales, categoriales, de creencias o de expectativas, son suscribibles como expresiones o eventos perceptuales. Ello desde luego partiendo de la premisa de que todo evento perceptual se compone tanto de elementos cognitivos como afectivos.
Ahora bien, vistas las cosas desde una perspectiva exopsicológica y más filosófica, la percepción es componente de la llamada acción práxica (o teleonómica), es decir, de la secuencia actividad teórica??actividad práctica o intelectual??acción comportamental.
Y claro que la consciencia, la mente humana a la vez que reflejo es proyección, por lo cual es simultáneamente receptiva y activa:
…el más elemental conocimiento sensible no deriva, en ningún caso, de una percepción pasiva, sino de la actividad perceptiva (Kosík, 1967).
Puesto que la actividad distintiva de los organismos de mayor complejidad evolutiva se orienta hacia fines, es decir, el llamado comportamiento teleonómico o directividad del comportamiento; tal teleonomía en los seres humanos consiste precisamente en aquello que en lenguaje filosófico se denomina praxis, es decir: la anticipación de la actividad mental –ideacional y afectiva– respecto a la actividad práctica o comportamental (Sánchez V., 1980; Marx, 1980; Sagan, 1984; Rensch, 1980 y Bronowski, 1981). Ello, cabe reiterar, una vez que, en la infancia temprana, dejamos de ser predominantemente sensoriales.
Puede afirmarse, por ende, que toda persona promedialmente "normal" (y que, como hemos visto, ontogénicamente se convierte en un ente más perceptual que sensorial) piensa y actúa con arreglo a ideas y afectos; lo que significa que a todo objeto que emplaza sus sentidos, en cierto modo, le hace preguntas, se "siente" como preguntándose qué es.
Además por lo general las personas nos autoofrecemos varias respuestas a preguntas tales, y las respuestas son generalmente conjeturas hipotéticas, provisionales que, en todo caso, quedan a expensas de comprobaciones con base en la acción posterior, sea corporal o mental. Que eso suceda comúnmente de manera inadvertida (o "inconsciente", como se dice rudimentaria y ordinariamente), no significa inexistencia de tal antecesión cognitivo/afectiva.
Insistiendo con palabras abreviadas: los actos prácticos, factuales o conductuales de las personas son antecedidos por alguna valoración cognitivo/ afectiva. Desde luego tal antecesión no determina unidireccional ni fatalmente los actos prácticos, como tampoco es necesariamente una determinación autoadvertida.
En particular, respecto al vínculo acción perceptual-actividad práxica:
... se considera que la conducta humana no es tanto una función de las características del ambiente en el cual se encuentran las personas, sino más bien del modo en que estas perciben dicho ambiente. El modo en que respondemos al comportamiento de los demás no constituye una simple respuesta a sus acciones, sino una consecuencia del significado que atribuimos a dichas acciones ... Así, el comportamiento se convierte en objeto de análisis, en tanto que parte visible de un proceso que en gran medida transcurre “en la cabeza” de las personas. Estas, antes de actuar, piensan (aunque a veces lo hagan de forma equivocada), o bien, después de actuar, reflexionan sobre los logros de su propia conducta, comparándolos con las expectativas que les habían servido como punto de partida. (Arcuri, 1988).
Tenemos por tanto que la percepción, siendo un proceso selectivo, dinámico y funcional, es por ello una formulación constante de hipótesis y de asunción decisional, lo que a su vez es influido por necesidades, valores y aprendizajes, es decir, imbuido por exigencias y condicionamientos culturales.
Además es un proceso paradójico ya que, a la vez que dirige la acción selectiva de los sentidos, es el proceso mental para adquirir conocimiento. Pero además puede entenderse como proceso análogo a conceptos cercanos como intención previa e intención en acción (Searle, 1987), esquema, sí mismos o autosistema (Markus y Ruvolo, 1988; Arcuri, 1988) o el de script (Bayo, 1987) además de, claro, valor, concepto de uso extendido; a ello habrá que destinar renglones.
Veamos un punto de vista convergente:
La percepción nunca se basa exclusivamente en el presente: extrae su experiencia del pasado; por eso Gerald M. Edelman habla del “presente recordado”. Todos poseemos detallados recuerdos de cómo eran y sonaban las cosas antes, y estos recuerdos son educados y añadidos a cada nueva percepción ... “Todo acto de percepción”, escribe Edelman, “es, hasta cierto punto, un acto de creación, y todo acto de memoria es, hasta cierto punto, un acto de imaginación”. (Sacks, 2009).
Así, las personas damos coherencia al presente en función de un futuro personalizado mentalmente que, si bien no delineado con precisión, sí lo prefiguramos o esbozamos constantemente como meta a realizar, es decir: la vida en el presente cobra significado en función del futuro que los individuos cotidianamente asignamos a nuestra existencia.
Eso es algo señalado por Frankl desde hace más de cinco décadas (Frankl, 1984, 1993 y 2002) con el concepto del sentido de la vida, cuyo papel es decisivo en esa suerte de competencia entre las diferentes constelaciones de valores, convicciones y creencias que toda persona nos hemos construido.
A propósito, cabe decir que el influjo de las tendencias político/ económico/ ideológicas de la cultura es tan impactante en el sentido de la vida de las personas, que amerita pensar qué tanto de tal transmutación de valores que la población mundial experimenta –y que en países como el nuestro exhibe ángulos en extremo preocupantes– se debe al franco declive de los proyectos utópicos de progreso y fraternidad vigentes hasta fines de los 80. Ese declive fermentó un modelo de existencia de orden presentista e individualista que, por cierto, es rasgo nuclear de la exmoda intelectual “posmodernista” de hace algunos años y además núcleo idiosincrático del pensamiento de la aún vigente globalización neoliberal (Gómez, 2001).
Pero cabe agregar:
Sabemos, por otro lado, que no somos capaces de “ver” aun lo que está enfrente de nuestros ojos si no tenemos los conceptos necesarios para ese acto de ver. Conceptos, métodos, instrumentos y órganos de los sentidos son todos necesarios; pero para que sea científico el logro; el resultado final debe darse como una pintura o fotografía, como algo descubierto o aclarado a la vista. (Villareal, 1979).
Díaz-Guerrero (1979, 1991, 1997 y 2003) planteaba que nuestras constancias perceptuales funcionan asombrosamente no obstante ser incapaces de explicarnos por qué (los ejemplos de montañas que “caben” por una ventana, las aeronaves en el cielo que son del tamaño de una uña, o la caracterización de los recién conocidos en función de su metalenguaje facial).
Concluyendo: percibir es un proceso tanto de selectividad mental como de extracción de información, si bien mucho de proceso tal no es centro explícito de autorreflexión, cabe decir: sucede implícita, inadvertidamente o, insistiendo, como se dice desde el decir corriente y vulgar: “es inconsciente…”; es un proceso activo, selectivo y de constante reconstrucción de lo sensorializado.
C. Valores
Por su parte, preguntarnos acerca de un tema multimencionado en los años recientes: “valores”, nos hace mirar hacia conceptos asociados como subjetividad, juicios, ideología, prescripciones, representación, idiosincrasia, creencia o actitud, entre otros.
Pero el de “valor” es un tema abordado durante siglos predominantemente por la filosofía y específicamente desde uno de sus ramales: la axiología:
Los valores no son cosas ni elementos de cosas, sino propiedades, cualidades sui generis, que poseen ciertos objetos llamados bienes … A fin de distinguir los valores de los objetos ideales, se afirma que estos últimos “son” mientras que los valores no “son” sino que “valen” (Frondizi, 1972).
Desde allí el tema se ha considerado predominantemente como una cuestión de moral y muy apegado a la visión dicotómica entre el bien y el mal, en apego a la vetusta dicotomía aristoteliana de “vicio vs. virtud”.
Pero quizá reflexiones como las de Frondizi ilustran qué tanto los enfoques “filosofistas” no parecen hoy ser suficientes para entender qué son y cómo entender los valores pero, sobre todo, trabajar con ellos en ámbitos de atención urgente como la educación, la información masiva, la salud, la política o el binomio seguridad-delincuencia.
Pero cabe especificar además lo que en estos renglones se quiere decir al tratar un importante vocablo conexo: subjetividad, otro concepto preso de una polisemia difusa y que en estas páginas es empleado como sinónimo de otros como pensamiento, espíritu, mentalidad, ente y consciencia ya que no parece haber detrás ninguna teoría que alimente diferenciaciones sólidas entre ellos.
En estas páginas se asume por tanto que no es lo mismo tratar los ámbitos de la subjetividad, que los de la sujetualidad; y es que de esa desafortunada igualación provienen barbarismos como decir que la comunicación es un fenómeno “intersubjetivo”; en contraste cabe afirmar que en efecto la comunicación es, sí, un fenómeno intersujetos, es decir; intersujetual.
En un intento de esclarecimiento, tal vez sea útil reiterar un par de sencillos esquemas, expuestos en otro trabajo (ver esquemas A y B)
Esquema A

Esquema B.

             Objetual
Denominación de todo aquello relacionado con el Objeto. Todo aquello denominado como la realidad empírica, material, el mundo de las cosas y productos humanos. La realidad concreta, el concreto sensible o real, la realidad objetiva o de las cosas que integran o constituyen el mundo material; lo que existe independientemente de ser conocido.

         Sujetual
Denominación de todo aquello relacionado con el sujeto, ya sea sujeto individual o colectivo o bien, sus dimensiones corporal/ fisognómicas (orgánicas), convivenciales, o su estructura y/ o dimensiones mentales (ideaciones y afectos).

Objetualismo
Denominación del privilegiamiento del objeto sobre la actividad del sujeto.

        Sujetualismo
Denominación del privilegiamiento de la actividad del sujeto sobre la dinámica y/ o configuración del objeto.

De allí puede plantearse que toda acción mental, simbólica, cognitiva o significante es un hecho de la subjetividad; en otros términos: todo evento mental, de la consciencia, es subjetivo. Sin embargo muy otra cosa es que esa acción subjetiva sea subjetivista, esto es: que se trate de un tipo de acto mental equívoco, erróneo, distorsionado, fragmentado, fantasioso, aberrante o falso.
Por cierto, respecto al importante concepto consciencia, veamos una esclareciente y enriquecedora categorización:
Así las cosas: los términos concienciay conscienciano son intercambiables en todos los contextos. En sentido moral como capacidad de distinguir entre el bien y el mal, solo se usa la forma conciencia…Las teorías modernas de la mente y el cerebro consideran que la mente es una manifestación de la actividad cerebral. La mente incluye todos los procesos conscientes e inconscientes del cerebro y, por lo tanto, se le considera sinónimo de consciencia. Se considera la mente como asiento de la razón y del intelecto, del pensamiento y la imaginación, de la emoción y la memoria; la mente representa la corriente de la consciencia". … es posible definirla como: un proceso mental, es decir neuronal, mediante el cual nos percatamos de nuestro “yo” y de su entorno, así como de sus interacciones recíprocas, en el dominio del tiempo y del espacio (Ortiz, 2010).
Así, “conciencia” (sin S intermedia) es ámbito de los juicios moralistas del “correcto”, o “buen comportamiento”, desde el punto de vista no solo de las reglas de feligresía religiosa, sino además de reglamentación ética y hasta jurídica.
De paso también cabe decir que subsiste una muy extendida manera de incluir al “alma” como una dimensión coexistente con la mente (y al cuerpo). Suele decirse incluso: “el ser humano es la conjunción de cuerpo, mente y alma…”.
Pero es que hablar de “alma” (o “espíritu”) como supuesta dimensión humana, es tema ajeno a las deliberaciones rigurosas de la psicología; en realidad pertenece a un ámbito muy ajeno y distante: las tramas religiosas, en las que no hay cabida para el escepticismo, la duda o la verificación. Desde tales perspectivas de dogmatismo eclesial/ religioso, hablar de “alma” es asunto de creencia incuestionable, de credulidad, de “misterios” asumibles por actos de fe, sofismas no susceptibles a verificación. De nuevo Ortiz Quezada:
Desde sus raíces son nociones diferentes. Alma es un concepto religioso, consciencia es un concepto filosófico y científico. En la historia de las ideas, el alma acompañó a las sociedades teístas, en cambio consciencia es un concepto originado con la Modernidad. El alma la infunde la divinidad en el ser humano como por acto de magia; la consciencia es resultado de una evolución. El alma es, para los creyentes, un regalo de dios que el hombre acepta pasivamente; la consciencia, en cambio debe construirse con base al conocimiento. El alma es resultado de una antigua concepción basada en la supuesta acción divina, y la consciencia es el resultado de un pensar y actuar humanos … Se debe enfatizar que la consciencia es un fenómeno neural: una peculiaridad del sistema nervioso. El fenómeno consciente, en tanto producto de las neuronas, existe en los animales y el hombre, y se acrecienta de acuerdo con la complejidad del sistema nervioso (Ortiz 2010).
Por ende, desde la perspectiva en estas páginas, “el alma” o “lo espiritual” son sencillamente variantes de las elaboraciones mentales, de la consciencia.
De modo que, planteando que los valores son materia prima de la acción subjetiva, en tal medida están expuestos a ser fundamentados o artificiales, actuales o extemporáneos, certeros o erróneos, críticos o justificatorios o, en términos de estos renglones: objetivos o subjetivistas.
Ahora bien, existen infinidad de propuestas para clasificar los valores, por ello es difícil encontrar un modelo abarcativo homogéneamente aceptado; aunque sí hay propuestas para categorizarlos ya sea como éticos o morales (Scheler 1941; Frondizi, 1972; Salazar, 1980; Allport et al, s.f.)
Desde hace algunas décadas, y desde ámbitos menos abstractos y más cercanos a las reflexiones de las ciencias sociales, los valores son centro de interés con aproximaciones como esta en la psicología “social”:
Aunque actitudes y valores poseen elementos comunes, no siempre armonizan entre sí. Más aún, un valor determinado puede inducir actitudes distintas y aún contradictorias en la misma persona.
La necesidad del logro, por ejemplo, puede suscitar la creencia en el derecho al progreso individual mediante la competencia, así como la creencia en la necesidad de trabajar cooperativamente con otros ... Además una misma actitud puede tener su origen en valores distintos para dos personas. Un individuo puede opinar que es menester ayudar al pobre llevado por su sentido de responsabilidad en el mejoramiento de la sociedad, mientras que otro tal vez piense lo mismo impulsado por su sentimiento de superioridad. La calidad y contextura de sus actos respectivos con referencia a los pobres variarán en consonancia con lo anterior (Hollander, 1978).
Por supuesto que hay allí la homologación entre valores y actitudes, pero al respecto de ellas cabe una breve aclaración:
Las actitudes de un individuo lo disponen para responder mediante la cualidad porcentual que implica selección, categorización e interpretación de experiencia de acuerdo con sus expectativas, los valores, a su vez, están asociados con la tendencia ambiental de una constelación de actitudes, en un sentido motivacional y de largo plazo. Tanto las actitudes como los valores son aprehendidos en función de una reestructuración del campo psicológico; este proceso es dinámico, en la medida en que unos y otros están sujetos al cambio producido por la adquisición de nueva información. Sin embargo, las actitudes parecen ser más propensas a un cambio manifiesto, aunque el valor fundamental subyacente pueda persistir (Ibídem).
Aunque desde perspectivas más sociológicas y antropológicas es frecuente encontrar que los valores se componen de un amplio conjunto de elementos: principios, criterios, reglas, visiones del mundo, sentido y proyecto de vida, normas, creencias, criterios de juicio, preceptos, preferencias, elecciones, representaciones y transformaciones cognitivas.
Se argumenta también que entre sus funciones está el proporcionar unidad, sentido y finalidad, concepción de lo deseable, comprensión del mundo, consenso de percepción, ideas articuladas a necesidades humanas, que además influyen en elección de modos, fines, medios de acción, aspiraciones, expectativas, objetivos y metas personales, planes, expectativas, apreciaciones, estrategias, nivel de aspiración, lo deseable, juicios aspiracionales y metas y, encima de todo ello, permiten además autoubicación individual y societal de las personas (Hirsch, 1998, González, 1997a-b; Loaeza, 1992; Díaz-Guerrero, 1997; Beltrán, 1996; Ito, 1995; Swartz, 1990).
Ahora bien, para esclarecer el panorama de los valores es obligado recorrer al menos lo básico, de la sociología, la antropología y la psicología, ya que es objeto de estudio de prácticamente todas las llamadas humanidades, es decir: es un objeto de estudio múltiple aunque, reiterando, escasamente atendido con rigurosidades conceptuales.
A este respecto opina un reconocido psicólogo:
Muchos científicos sociales, incluido yo mismo, consideran que los significados y los valores se hallan en el núcleo de la vida humana y representan la esencia del estrés, la emoción y la adaptación. Esto exige la elaboración de inferencias a partir de lo que observamos, que es la perspectiva psicológica dominante de nuestros tiempos, aunque siga existiendo bastante ambivalencia al respecto (Lazarus, 2000).
Entre tal cantidad de puntualizaciones difícilmente existe precisión respecto a si algunas de ellas equivalen a otras. Y aún si así fuese no parece haber un constructo conceptual que las organice y haga equivaler, o esclarecer las distancias denotativas entre unas con otras. Dicho metafóricamente: priva una suerte de aguas revueltas, donde cualquier pescador puede acercar su red y atrapar cardumen.
Porque ejemplifiquemos sin profundizar: si nos preguntáramos ¿qué es una creencia? seguramente tendríamos más de cuatro versiones distintas; algo semejante a que interrogásemos respecto a qué hace diferente a los valores respecto a las actitudes, los juicios o los preceptos.
Ahora bien, no obstante tal dispersión categorial, en términos generales hay homogeneidad alrededor de que los valores son una variedad de la acción mental, y que además componen sistemas o constelaciones en la mentalidad de las personas.
Volvamos de nuevo al punto.
Partir desde la categoría de percepción, sacudiendo los equívocos mencionados en los renglones iniciales, amplía el análisis y contribuye al abordaje riguroso al enfocar los valores.
Reiteremos: ¿qué hace diferente a los valores respecto a las actitudes, los juicios o los preceptos? Y puesto que carecemos de explicaciones en sentido preciso y además una gran dispersión categorial, no obstante, insistiendo, hay homogeneidad alrededor de que los valores son materia de la acción mental y que además componen sistemas o constelaciones en la subjetividad de las personas.
Por ello puede plantearse aquí que los valores son parte de la dinámica perceptual y en tal medida son también temática propia de la psicología, desde luego no patrimonial ni exclusiva, ya que el estudio psicológico de cualquier constelación valoral y en cualquier entorno cultural, exige, como hemos admitido, poner en juego elementos sociológicos, axiológicos y antropológicos.
Así puede decirse, en términos extractados, que los valores son la suma de actitudes, representaciones, o preferencias, creencias, normas o simbolizaciones que cada persona ha construido a lo largo de su vida, a expensas tanto del influjo de entidades de inculcación valoral (la familia, la escuela o los MIM), como de su propia personalidad. En otras palabras: hablar de valores, desde la psicología, es hablar de percepción, de actitudes.
Finalmente, cabe mencionar que por razones como las hasta aquí esbozadas, no alcanza justificación alguna sostener que existen “contravalores y/o antivalores”, ni en general, ni mucho menos universalmente.
Los valores son constelaciones perceptuales que pueden ser culturalmente aprobados o estigmatizados según la persistencia o desvanecimiento histórico de las predominancias culturales; hay actitudes o creencias “positivos” y “negativos” en alguna época, pero puede ser diametralmente a la inversa en otra. Por ello es de suyo arbitrario etiquetar a los que en tal época son valores considerados negativos como “antivalores” o “contravalores”; en realidad son sencillamente valores considerados como negativos, pero siguen siendo valores. Por ello suena a ridiculez plantear “educamos en valores” como rezan algunas arengas educativas privadas.
Más aún puede decirse que los valores son inestables y, como hemos dicho, no son asumidos del mismo modo ni en todo momento ni con la misma extensión o intensidad. Por ello es una ingenuidad suponer que existen valores universales y/o eternos, ya que su vigencia pende de las transformaciones de las culturas.
Veamos brevemente un par de casos.
Hay un valor hoy altamente considerado: conservación de la vida de los seres humanos. Pero ¿…acaso ha sido cultivado durante todas las épocas y las tradiciones culturales de los seres humanos? Desde luego que no. Si pensamos en los rituales de nuestros antepasados aztecas o mayas, para ellos había una valoración muy distinta al respecto del precepto “no matarás”; y otro tanto sucedía con las autoridades de la muy siniestra “Santa” Inquisición medieval. Más aún, en pleno reinado de la “nobleza” medieval, la vida de todo vasallo, siervo, burgués y gleba, dependía de las decisiones del monarca en turno, porque era considerado monarca por designación divina; y disponer de la vida/ muerte de quienes habitaran su feudo, era algo no cuestionado ni por los preceptos religiosos ni mucho menos por limitantes políticas o jurídicas. En realidad el precepto de preservación irrestricta de la vida de los demás es muy reciente; apenas después de la 2da Guerra Mundial (Bruneteau, 2009) porque ni siquiera la Revolución francesa, con todo y sus logros de “Igualdad, Libertad y Fraternidad” lo implantó; tanto la decapitación de los últimos monarcas, como la instauración de la “época del terror” por Robespierre, así lo atestiguan.
Y otro de enorme relieve: “no robarás”. ¿Acaso cuando los corsarios ingleses atracaban galeones españoles y portugueses en altamar eran castigados?, ¿debían avergonzarse por ello? No. Muy por el contrario, varios de ellos fueron premiados y condecorados como lores: hurtar españoles y portugueses era un valor altamente estimado por la realeza británica.
Hay por tanto un férreo hilo conductor entre cultura, valores y percepción. La cultura, en la medida que son las convencionalidades variadas que los seres humanos han construido a lo largo de la existencia, se expresan en el día-a-día bajo la forma de valores, y a su vez en ello consiste la acción perceptual, la movilización de los sistemas clasificatorios (esquemas, atribuciones, categorizaciones) mediante los cuales las personas damos significación actitudinal coherente al entorno (Forgus, 1972). Es, en suma, el mecanismo cognitivo/ afectivo a flor de piel.
Por ello las actitudes, compuestas tanto de elementos cognoscitivos (ideacionalidad) como de afectividades (sintalidad) son por ende juicios o apreciaciones valorales. Tales juicios influyen en las decisiones de la acción futura, pero también interactúan con otras dimensiones subjetivas como la satisfacción de necesidades, las apreciaciones para satisfacerlas y el placer de conseguirlo.
Volviendo al ejemplo de los guerreros en tiempos de dominio azteca, que aspiraban a los grandes honores y participaban de manera voluntaria y honorífica a combatir en las célebres “guerras floridas” y que, una vez triunfantes contra los demás, eran sacrificados y engullidos por los combatientes sobrevivientes “para adquirir la fortaleza y astucia combatiente del victorioso”. Arrebatarle la vida de ese modo a alguien victorioso no era un valor negativo, sino todo lo contrario, un alto honor para quien moriría…
De modo que ni entonces un guerrero escabulléndose al combate, ni hoy un sacerdote arrancándole el corazón a alguien vivo, o alguien engullendo un pozole con trocitos del cadáver de un guerrero victorioso, son portadores de “contravalor” o “antivalor” alguno; tales hechos sencillamente expresan valores no aceptados societalmente, valores considerados inaceptables, negativos o perjudiciales. Hoy a nadie se le ocurre, sin ser condenado y castigado por ello, quitarle la vida a alguien en obediencia a ritos y fervores religiosos o bélicos.
En suma: las constelaciones valorales no son ni eternas, ni universales; su vigencia pende de subrayamientos culturales que han sido cambiantes a lo largo de la historia.

 

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