Vol 5. Núm 15. 2017
¿ESTAMOS EN GUERRA?
Manuel Calviño Facultad de Psicología, Universidad de La Habana
Resumen
En Cuba, los estudiantes universitarios, entre sus actividades de formación profesional, cuentan con un dispositivo de estudios militares. Una preparación básica que se instituye desde las necesidades defensivas del país ante posibles eventos de agresión militar, y que hoy se extiende, por razones de reconocer las nuevas discursividades de la guerra, a estudios de los nuevos escenarios e instrumentos de las confrontaciones bélicas. Hace algunos años, a solicitud de mis estudiantes de la Facultad de Psicología, organicé un diálogo abierto que se convocó con una pregunta: ¿estamos en guerra? Todos pusimos parte en la construcción de una mirada conjunta. Creo que es pertinente narrar aquella mirada que construimos desde un aula universitaria cubana.
Abstract
In Cuba, university students, among their professional training activities, have a device for military studies. A basic preparation that is instituted from the defensive needs of the country in case off possible events of military aggression, and that today extends, for reasons of recognizing the new discursividades of the war, to studies of the new scenarios and instruments of the military confrontations. Some years ago, at the request of my students at the Faculty of Psychology, I organized an open dialogue that was called with a question: are we at war? We all took part in building a joint look. I found it relevant to narrate that look that we built from a Cuban university classroom
Palabras claves
psicología, guerra, guerra fria, guerra de baja intensidad, manipulación mediática, psychology, war, cold war, low intensity warfare, media manipulation

“¿Estamos en guerra? Me atrapé en la pregunta no porque considere que el significado, la importancia y la necesidad de la preparación militar se sustenten solamente en la inminencia o no de la guerra” – comenté a mis estudiantes al comenzar un encuentro nada inusual en el que hablamos de nuestro estar en el mundo, en América Latina, en Cuba. Es que la pregunta en sí misma es de suma importancia para todos nosotros. Para esclarecernos cosas que son de significación vital. Para poder entender dónde estamos, qué nos pasa, qué tenemos que hacer, qué decisiones tenemos que robustecer. Y es desde esta pregunta que vale la pena intentar construir un “acto colectivo inteligente”. Inteligente no por quienes lo realizan. Inteligente porque cuestiona un asunto que reclama de mucho saber, de madurez política e ideológica, reclama poner por delante lo esencial, clarificar y robustecer los compromisos y las responsabilidades, y en este sentido asumir una postura ética también desde lo profesional.
Comienzo con un texto que escribí días antes de la invasión norteamericana a Irak. Lo titulé “Los psicólogos cubanos decimos NO a la guerra”. Me apoye en dos figuras paradigmáticas de la Psicología. Uno de ellos Sigmund Freud, a quien su ceguera política y su ilimitada afición al psicoanálisis no le limitaron del todo acceder a una comprensión al menos sensiblemente humana de la guerra como fenómeno destructivo. En 1915 escribió:
La guerra...no sólo es más sangrienta y devastadora que cualquiera de las guerras anteriores, y ello a causa de las poderosas y perfeccionadas armas ofensivas y defensivas, sino que es por lo menos tan cruel, tan encarnizada y tan inmisericorde como ellas. Trasgrede todas las restricciones a que nos obligamos en tiempos de paz y que habían recibido el nombre de derecho internacional; no reconoce las prerrogativas del herido ni las del médico, ignora el distingo entre la población combatiente y la pacífica....Arrasa todo cuanto se interpone a su paso, con furia ciega, como si tras ella no hubiera un porvenir ni paz alguna entre los hombres” (Freud S, 2017)
La guerra, dicho en pocas palabras, es un horror. Es antihumana. Es antivida. Y subrayo un pasaje del texto antes citado: “Transgrede todas las restricciones a que nos obligamos en tiempos de paz y que habían recibido el nombre de derecho internacional…” La guerra no cree en nadie, no cree en nada.
En su carta del 14 de Mayo de 1991 al Presidente Chirac, luego de pasar unos días en la zona del “conflicto bélico” en la otrora Yugoslavia, Regis Debray escribió:
"¿No sabe usted que, en el centro del viejo Belgrado, el teatro para niños Dusan-Radevic linda con la televisión y que el misil que destruyó ésta golpeó también a aquél? Las bombas han caído sobre trescientas escuelas y los colegiales, abandonados a sí mismos, ya no van a clase. En el campo, algunos de ellos se dedican a recoger tubos amarillos explosivos con forma de juguete (modelo CBU 87)… La destrucción de las fábricas ha puesto en la calle a cien mil trabajadores… Aproximadamente, la mitad de la población está en paro”. Vuelvo con nuestro acervo freudiano: la guerra “destruye vidas humanas llenas de esperanzas; coloca al individuo en situaciones denigrantes; lo obliga a matar a otro, cosa que no quiere hacer; destruye costosos valores materiales, productos del trabajo humano, y mucho más”. (Debray R, 1999)
Mientras exista una guerra nadie puede estar tranquilo. Retomo a Freud, ahora en 1932, “en nosotros, los pacifistas, se agita una intolerancia constitucional, por así decirlo, una idiosincrasia magnificada al máximo.  Y parecería que el rebajamiento estético implícito en la guerra contribuye a nuestra rebelión en grado no menor que sus crueldades” (Freud S, 2017a). El llamado es claro, lo evidencia el padre del psicoanálisis: un hombre no puede menos que tener una postura de intransigencia, de negativa total a la guerra.
Pero ¿qué es una postura de intransigencia, de negativa total a la guerra? Sin duda es toda la lucha, todo lo que se haga por construir, instituir, defender y robustecer la paz. Luchar y robustecer la paz, es luchar contra la guerra. Luchar por el bienestar y la felicidad de los seres humanos es dar la negativa a la guerra.
Defino al psicólogo como un “luchador por el bienestar humano” y no pienso solo en la salud, la educación y todas las áreas de contribución profesional de la Psicología al pleno desarrollo de las personas. Pienso en participar directamente en la construcción de la posibilidad real y tangible de que todos los seres humanos tengan las condiciones de lograr ese bienestar. Pienso en participar directamente en todo lo que sea evitar que algo aleje a la humanidad de lograr y consolidar ese propósito.
Pero cuidado con la ingenuidad. Ni el instrumento profesional por sí mismo es suficiente. Ni las guerras son solo “luchar por las mejores condiciones”. Las guerras son estallidos sociopolíticos y económicos. Las guerras son – según ese referente de los estigmergia, hablo de la tan socorrida Wikipedia-  “enfrentamientos armados con el propósito de controlar recursos naturales, para mantener o cambiar las relaciones de poder, para dirimir diferencias económicas o territoriales, y otras” (Guerra, 2017).
A Freud tampoco le faltó visión de realidad al respecto, y por eso sentenció: “mientras existan Estados y naciones que estén dispuestos a la destrucción inescrupulosa de otros, estos otros deberán estar preparados para la guerra”. Sobran las palabras. Encajan las paráfrasis: mientras existan nociones tales como “países del mal”, “guerra preventiva”, mientras existan “fanáticos” instigadores y promotores de la guerra, mientras el hegemonismo imperialista sea asumido con la frialdad de la psicopatía, con la perdida de sentido de realidad de la esquizofrenia, con la euforia desmedida de la demencia maníaco depresiva, entonces debemos estar preparados para la guerra. La guerra nos obliga a estar preparados para la guerra. No ver esta realidad es un peligro. Verla significa decir: estamos en guerra.
Pero vuelvo a la pregunta ¿estamos en guerra? Noam Chomsky no tiene el mismo vínculo con la psicología que el médico vienés, pero sus estudios sobre psicolingüística, su conocida polémica con Skinner, forman parte de lo mejor de la creación científica de la ciencia psicológica contemporánea. No es casual su ubicación entre los cien psicólogos más influyentes del siglo XX. Este miembro de una vanguardia activa de la honestidad intelectual y política refiriéndose a la inminencia del atentado bélico a Irak, dijo: “Esto no puede llamarse guerra. Es un país del Tercer Mundo contra EE.UU. y el Reino Unido, las dos potencias militares más grandes de la historia. ¿Cómo llamar guerra a eso? Entonces la cuestión es: ¿qué clase de masacre va a ser?” (Chomsky N, 2003) Y todo lo sucedido le dio la razón.
Casi siempre, asociándola a su origen germánico “werra”, o su comprensión latina tradicional, cuando se habla de guerra se habla de una contienda de carácter bélico, beligerante, belicoso, belicista. Jurídicamente, el concepto de guerra, “hace referencia al conflicto armado entre dos estados, denominados beligerantes, y que tiene como finalidad hacer valer un determinado objetivo utilizando medios que el Derecho internacional público reconoce y regula en el denominado Derecho de guerra” (Enciclopedia del Derecho, s/e) – vaya derecho internacional: el derecho a hacer guerra con medios aprobados. La burocracia bélica autoriza matar de ciertos modos. De otros modos matar no cumple el reglamento.
Todavía podemos hacer otra referencia, que puede también ser revisada en otra conocida por los estudiantes cubanos: La Enciclopedia “Encarta”,  en la que se señala:
A efectos jurídicos no se comprenden en el objeto del Derecho de guerra las contiendas civiles, es decir, las que tienen lugar entre bandos de un mismo país, pues sólo engloba las guerras en la medida en que no sean una cuestión interna de un Estado. Por la misma razón tampoco es guerra (en sentido jurídico) la lucha que un Estado organiza contra grupos insurrectos, por ejemplo, terroristas, piratas, y ello por extendidos que se encuentren o por muchos que sean los ciudadanos implicados en la lucha o en los movimientos que se quiere reprimir. Tampoco es guerra en puridad la colaboración de una parte de las Fuerzas Armadas de un Estado en la convocatoria que formula un organismo internacional para participar en una acción colectiva; por ejemplo, las medidas coercitivas que aprobó la Organización de las Naciones Unidas (ONU) contra Irak en 1991 o la intervención de fuerzas de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) en 1994 durante la guerra de la antigua Yugoslavia” (Guerra Fría , s/e)
No le dará vergüenza a los editores del Encarta hacerse eco de tal disparatada referencia. Claro, cualquiera diría que tampoco es de extrañarse: ¿no existieron las “guerras santas”?
Parece que para algunos habría que estar alrededor de la media de 55 millones de muertos, como en la segunda guerra mundial para merecer la denominación de “guerra”. Sin embargo nadie con dos dedos de frente duda de que la del Golfo fue una guerra, que en América Latina las guerras han cobrado miles de miles de muertos. Que la guerra de los Nicaragüenses contra los “contra” fue una guerra. Qué fue una guerra quien arrancó la vida en el Salvador al amigo, sacerdote, psicólogo Martín Baró – acribillado a balazos con armas aprobadas por la convención internacional de las guerras. Que una guerra desgarra por años al pueblo colombiano. Que Venezuela es sometida a una guerra.
Sin embargo, ya desde el siglo XIV el escritor español Don Juan Manuel introdujo el concepto de “guerra fría” que más tarde fue retomado y redefinido en su acepción moderna por Bernard Baruch, consejero del presidente Roosevelt, quién utilizó el término en un debate en 1947 y fue multiplicado por el editorialista Walter Lippmann.
¿Qué es la guerra fría? ¿Más allá de la calorimetría, que la diferencia de la guerra “caliente”?
En su sentido moderno “Guerra fría” es la denominación que conceptualiza la larga, profunda, desgastante y abierta rivalidad que enfrentó a dos grandes potencias mundiales después de la segunda guerra mundial. De un lado E.E.U.U con sus aliados. Del otro la Unión Soviética y sus aliados. Aunque hubo guerras en distintas partes del mundo en el que cada superpotencia apoyaba a un bando, nunca se pasó de las amenazas directas entre ellas. Teníamos entonces “guerra fría” (aquella confrontación entre los EEUU y la URSS) y las “guerras calientes” (Corea, Vietnam, Argelia, Angola y varias, varias más). La “guerra fría” quedó asociada entonces al “estado de tensión creado entre dos naciones donde se emplean presiones políticas, económicas y actividades de espionaje o propaganda hostil, pero sin llegar a un conflicto armado abierto” (Guerra fria s/e)
¿Y por qué se mantiene la denominación de “guerra”? ¿es acaso una simple metáfora? Veamos desde el inicio: ¿Qué hace a una guerra?: ¿los medios que se utilizan? Obviamente no. Entre “las cruzadas” y la “guerra del golfo” además del carácter mediático de esta última, una guerra trasmitida en vivo y en directo por CNN, hay una distancia instrumental “opípara” (hoy una contienda entre dos que blanden un perfilo cortante – en el lugar de la espada ponga un “machete”, es una trifulca de barrio, y ni estas, que hoy existen con armas de exterminio considerables). También la guerra fría tiene sus propias armas: la palabra, la propaganda, etc. Desde esta perspectiva ella incluye la generación de tensiones entre dos naciones empleando presiones políticas, económicas y actividades de espionaje o propaganda hostil. Eso sí “sin llegar a un conflicto armado abierto” (Girón fue un “error de sistema” o mejor dicho no fue una guerra porque no fue una contienda entre naciones, sino entre “cubanos de aquí” y “escoria autodenominada cubanos de allá”. El gobierno de los Estados Unidos no participó en Girón y además, para los Estados Unidos de Norteamérica, en Cuba no hay gobierno, porque ellos no lo han reconocido – hay que ser cínico).
Entonces ¿por qué se mantiene la denominación de “guerra”?, ¿será porque se movilizan ejércitos de iguales – de potencias o de impotencias? Definitivamente no. Las cruzadas no fueron contiendas entre ejércitos de iguales. Tampoco en Viet Nam fue así algunos siglos después.
Se mantiene la denominación de guerra porque sencillamente se mantiene la esencia instituyente de la guerra: “conflicto…entre dos estados,… que tiene como finalidad hacer valer un determinado objetivo” (idem). Por qué al mirar a la historia parecería que pudiéramos recordar la Ley de Newton: “La guerra ni se crea ni se destruye. Solamente se transforma”. La guerra se define por sus fines, por sus propósitos. La guerra se define por sus efectos. Frías, calientes o “tibias”, lo que no cambia en las contiendas es el ánimo de destruir, de hacer desaparecer, de desestabilizar cualquier empeño, propósito o construcción social que de al traste con las pretensiones hegemónicas de los círculos de poder dominantes en una u otra época. Los límites son más “técnicos” que reales: La Guerra de Corea (1950 – 1953) como enfrentamiento bélico fue la consecuencia lógica que trajeron consigo los años de “guerra fría”, las tensiones creadas por encima y por debajo del paralelo 38.
Desde entonces se aplicaba el llamado “sistema de Schramm” (vean las “casuales” coincidencias) que se basaba en el antagonismo “good guys / bad guys” (los buenos y los malos). Obviamente según ese falso principio (a)moral el comunismo simbolizaba el Mal y Estados Unidos el Bien, por lo que la neutralidad se ve obligatoriamente como una traición. Seguro ya reconocen: “los que no estén conmigo, están contra mí” (bushismo delirante). No hay hoy la más mínima duda de que la Psicología, la Comunicación fueron, son, utilizadas para la construcción una nueva “maquinaria de guerra” adaptada a la Guerra Fría, o sea concebida no para un enfrentamiento clásico sino para la batalla ideológica Este-Oeste y los conflictos de baja intensidad que tuvieron lugar en el Tercer Mundo.
Pero la Unión Soviética desapareció. En realidad es un inadecuado modo de decir. A la Unión Soviética la desparecieron. Fue destruido el muro de Berlín. Un polaco asumió la condición de sumo pontífice de la iglesia católica. En Moscú se abrieron McDonalds, se toma Pepsi y Coca Cola. Declaración oficial: Se acabó la guerra fría.  Pero ¿cómo entender ahora que la guerra iniciada 1947 - tras un rápido proceso de “enfriamiento” en las relaciones de los que en la segunda fueron “aliados”, - esa guerra a la que aún hoy le quieren poner una “junta nueva” para seguir aumentándola y que no pierda la frialdad, y que alcanzó su cenit en 1948–53, terminó en 1991? ¿Cómo se le dice eso a un cubano, a un venezolano? ¿Cómo se le dice eso a los chilenos de Allende, a los seguidores de Aristid? ¿Cómo se le puede hacer creer eso a un colombiano?, por solo poner algunas preguntas.
“La conducta de algunos funcionarios del gobierno de Estados Unidos produce lástima. Se puede apreciar en las altas esferas del poder una plaga de mentirosos que rara vez dicen algo serio o se acercan a la verdad. El subsecretario de Estado de Estados Unidos para Asuntos Interamericanos, señor Roger Noriega, criticó a Cuba por apoyar a elementos desestabilizadores de varios países democráticos en América…¿Qué es desestabilizar? ¿Enviar miles de médicos a colaborar con los gobiernos en la atención de las personas más pobres y necesitadas? ¿Acaso hemos desestabilizado a Guatemala, Honduras, Haití, Belice, Paraguay y varios otros países del Caribe o América Central o del Sur? ¿Acaso es desestabilizar el envío de 15 mil médicos de Cuba a 64 países del mundo donde millones de personas son atendidas y decenas de miles de vidas son salvadas? ¿Desde cuándo la promoción de campañas de alfabetización por métodos nuevos, modernos y sumamente eficientes significa desestabilizar regímenes democráticos en cualquier lugar de la Tierra? ¿Cómo puede calificarse de acción subversiva conceder becas a más de 12 mil jóvenes del Tercer Mundo para estudiar en nuestras universidades? ¿No es acaso estúpido calificar de subversiva la acción de miles de instructores deportivos que promueven las más sanas actividades, que contribuyen a reducir el delito, el consumo de drogas y llevar la salud a millones de jóvenes? ¿Desde cuándo promover la educación y la cultura es desestabilizar naciones?” (Granma, 2004).
Esto es guerra, guerra fría, guerra que sigue el principio de Murphy: “Nunca se sabe quien tiene la razón, pero sí quien tiene el poder”, el poder para hacer la guerra, para agredir. Nosotros tenemos al menos el poder para construir nuestra defensa. La guerra está una y otra vez ahí.
“Es un caso asombroso. Cuba se ofreció a cooperar con Estados Unidos en la lucha contra el terrorismo y…lo que ocurrió después fue el arresto de los cubanos que habían infiltrado los grupos terroristas en Estados Unidos. Es realmente repugnante ¿Y cree usted que se informó de esto a la opinión pública? Nadie sabe nada al respecto. Estos cubanos infiltraron organizaciones terroristas radicadas en Estados Unidos que violan la ley estadounidense y lo que ocurre es que arrestan no a los terroristas, sino a los infiltrados. Es algo asombroso”. (Chomsky N, 2014)
Los estados unidos de Norteamérica han dicho a su emperador: La guerra fría ha concluido. Larga vida a la guerra fría. Estamos en guerra. “En 2001, la administración de George W. Bush reactivó el conjunto de dispositivos de la Guerra Fría, no para luchar contra la Unión Soviética sino para imponer un Nuevo Orden Mundial. A partir de los atentados del 11 de septiembre 2001, la justificación de esta reactivación han sido las necesidades de la «guerra contra el terrorismo»” (Boneau D, 2005)
Alguien incluso podria preguntarse si las tensas relaciones entre Washington y Moscú, no son guerra fría, en el límite de convertirse en calientes.
“Barack Obama, ordenó la expulsión de 35 diplomáticos rusos acusados de espionaje e impuso nuevas sanciones sobre las agencias rusas a las que acusó de haber interferido en las elecciones estadounidenses de noviembre. Obama también ordenó el cierre de dos centros de propiedad rusa, uno en Long Island y el otro en Maryland, que según la Casa Blanca eran usados para recabar inteligencia. Mientras tanto, el gobierno de Obama divulgó un documento de 13 páginas producido por el FBI y el Departamento de Seguridad Nacional que describe las acusaciones del gobierno de cómo los hackers rusos penetraron en las instituciones estadounidenses…”
Sergei Lavrov declaró que “No podemos dejar de responder ante tales medidas. La reciprocidad es una de las leyes de la diplomacia y las relaciones internacionales, por lo tanto, el ministro de Relaciones Exteriores de Rusia, junto con colegas de otras agencias, le propusieron al presidente de la Federación Rusa declarar persona non grata a 31 miembros de la embajada de Estados Unidos en Moscú y cuatro diplomáticos del Consulado General de Estados Unidos en San Petersburgo” (Democracy Now, 2016)
Nosotros, los psicólogos, tenemos una razón más, bien específica y propia, para dejar a un lado la ingenuidad, la despreocupación. Se trata de que estamos en el mismo centro como producción “científica” de la “producción de guerra”. Es conocido que primero con Truman y después con Eisenhower se produce un desarrollo intencional de las llamadas “agencias de propaganda” que tan farsante rol jugaron en la Segunda Guerra Mundial y que luego tuvieron como “tarea de gobierno” la lucha contra la Unión Soviética y el campo socialista en general.
Las ciencias de la comunicación,- yo agregaría: en franco y evidentemente declarado contubernio con la Psicología - cuyo desarrollo ha dirigido la CIA a partir de los años 50, han sido un instrumento esencial de la «guerra psicológica» contra los gobiernos pro soviéticos y los países resistiendo al dominio de los EEUU. En colaboración entre el ejército US y los servicios secretos, los especialistas del comportamiento ayudaron a recoger información sobre «el enemigo», a elaborar la propaganda atlantista (OTAN), a prevenir el surgimiento de movimientos de liberación hostiles a Washington, llegando incluso a servir de consejeros a los expertos en torturas. Esta «alianza entre lo científico y lo político» dio lugar a un dispositivo que aún se utiliza hoy en día” (Boneau D, 2005)
Guerra psicológica. Que desvergüenza. En un documento de las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos de Norteamérica, escrito en1948, se elogia la eficacia de la «guerra psicológica» y se plantea que:
emplea medios físicos o morales diferentes a las técnicas militares ortodoxas, medios que buscan: Destruir la voluntad y la capacidad combativa del enemigo; Privarlo del apoyo de sus aliados; Acrecentar entre nuestras tropas y las de nuestros aliados la voluntad de vencer… La guerra psicológica utiliza toda arma que pueda influenciar la voluntad del enemigo. Las armas son psicológicas solamente por el efecto que producen y no por su naturaleza misma. Por ello, la propaganda abierta (blanca), secreta (negra) o gris -subversión, sabotaje, asesinatos, operaciones especiales, guerrilla, espionaje, presiones políticas, culturales, económicas y raciales- son consideradas como armas utilizables” (Guerra de baja intensidad, s/e) (Semanario en Marcha, 2010)
¿Quedan incrédulos? ¿Queda alguien que no quiera aceptar que estamos en guerra?. Por si acaso sigo “diatribando”.
Granma, 3 Diciembre/2004 “DOHA, 24 de marzo (PL). — Las fuerzas invasoras de Estados Unidos están librando una intensa guerra psicológica contra Iraq donde han lanzado, además de toneladas de bombas, millones de panfletos destinadas a socavar la moral y espíritu de resistencia iraquí… El general de brigada Vincent Brooks dijo hoy en Doha, la capital de Qatar, donde el Comando Central (CentCom) de las fuerzas anglo-norteamericanas tiene su sede, que han tirado más de 28 000 000 de octavillas con las que se pretende —señaló— alentar a los militares iraquíes a abandonar sus unidades y pertrechos de guerra. En rueda de prensa, el oficial indicó que esos panfletos, los cuales están diseñados con gráficos y orientaciones, también los exhortan a que no presenten resistencia y se rindan. Incluso dan instrucciones sobre cómo deben proceder” (Granma 3Los cubanos esto lo conocemos bien. Panfletos lanzaban sobre Cuba, desde las avionetas, los “hermanos al rescate”. Panfleto el traje de Mickey Mouse con el que querían disfrazar a Elián. Panfletos son los inmundos y analfaculturales guiones de los programas de Radio Martí. (Granma, 2004)
Panfleto también, por cierto, la declaración de los Psicólogos Norteamericanos miembros de APA (American Psychological Asociaction) que en el 2000 abrieron “La década de la conducta”: “un esfuerzo multiorganizacional y multidisciplinario para demostrar cómo los hallazgos de las ciencias sociales y de la investigación de la conducta pueden ayudar a salvar vidas y permitirnos entender, prevenir y prepararnos para un amplio rango de eventos críticos”. Panfleto de discurso el del congresista David Price donde dijo: “Mucho está sucediendo… dentro de las ciencias sociales y éstas tienen un tremendo potencial para el mejoramiento humano, para contribuir a una buena política pública … Mediante el entendimiento de la conducta, esperamos mejorar la conducta humana y esta sociedad se beneficiará”.
Me parece estar escuchando a Skinner leyendo un fragmento de su utopía “Walden Dos” (creo que con el tiempo me atrevo a enteder a Skinner como un ingenuo, pero el Congresista Price es un hijo de…ingenuo, no un ingenuo).
Esto es guerra. Guerra psicológica. Una guerra, en la que somos convocados a la desidia, a la renuncia de nuestra identidad, de nuestro proyecto social, a la desesperanza. Y para convencernos de tal decisión se convierten en “mercaderes del alma y las ilusiones”.
Si fueran honestos y no panfletarios, tendrían que decir que estas guerras (fría, caliente, psicológica, cultural, etc) cobra también victimas con intermediarios aparentemente no relacionados. Cuando se habla de violencia (intrafamiliar, callejera, social) ¿cuántos imaginan que detrás de ella esta la “hegemonía guerrerista” de los que por vía de la pobreza calculada, de la incultura producida, de la segmentación social, crean (que digo, imponen) las condiciones para que fenómenos sociales como la violencia, la drogadicción, y otros tantos, se produzcan. ¿Es que acaso no es una “guerra” la desatención a los sectores desfavorecidos, a los negros, a los sin nada, cuando un fenómeno meteorológico pone el punto final a una ya resentida economía doméstica de supervivencia? ¿y qué pasa cuando un gobierno le da la espalda a otro gobierno (o a sí mismo) en situaciones de este tipo? Esto es guerra y sus secuelas son alarmantes.
¿Quedan incrédulos? ¿queda alguien que no quiera aceptar que estamos en guerra?. Por si acaso sigo “diatribando”.
Según el Manual de Campo 100-20 del Ejército de los Estados Unidos, Military Operations in Low Intensity Conflict, existe un tipo de confrontación político militar entre estados o grupos por debajo de la guerra convencional y por encima de la competencia pacífica entre naciones. Se le denomina “Guerra de Baja Intensidad”, e involucra a menudo luchas prolongadas de principios e ideologías y se desarrolla a través de una combinación de medios políticos, económicos, de información y militares. Este tipo de confrontación se ubica generalmente en el Tercer mundo, pero contiene implicaciones de seguridad regional y global. ¿Y para que se llevan a cabo las operaciones de GBI (guerra de baja intensidad)? Lo dice el referido Manual de campo del Ejercito de los Estados Unidos de Norteamérica: para lograr “Dominio político” (base para construir el dominio económico, cultural, ideológico).
Varios elementos militares y políticos se combinan para asegurar que la GBI (guerra de baja intensidad) será la forma más común de confrontación que los norteamericanos tendrán que enfrentar en el futuro inmediato. Entre ellas destacan los profundos problemas sociales, económicos y políticos de las naciones del Tercer Mundo que crean un terreno fértil para el desarrollo de la insurgencia y otros conflictos con un impacto adverso a los intereses de los Estados Unidos. Que cinismo: “los norteamericanos tendrán que enfrentar la guerra de baja intensidad”, ellos que son los que la gestan, la alimentan y la mantienen.
Pero no se queda ahí. Ahora entran, como las arquitecturas computacionales, las guerras por “generación”, las formas en que los “avances” de época marcan los modelos generacionales de guerra, sobre todo de “guerra psicológica”.
“la Guerra de IV Generación aparece como un método novedoso, integral y eficaz para planificar y desarrollar un posible conflicto bélico entre su propio país y ciertos enemigos identificados por éste, esencialmente gobiernos y naciones; en la praxis, aplicable también a movimientos, grupos sociales, partidos, etc., que con cierta cuota de poder político, no comulguen con los designios imperiales y sus sempiternas maniobras de despojo. Se trata además de la última fase de la guerra en la era de la tecnología informática y de las comunicaciones globalizadas, las décadas finales del siglo XX y el siglo XXI” (Almaguer G.T, 2017)
Desde hace más de cuarenta años el gobierno de los Estados Unidos tiene una guerra declarada contra Cuba. Guerra en todas sus variantes y formas. Con balas, con material bacteriológico, con material “bactereopublicitario”, con propaganda, con presiones políticas a terceros, con leyes extraterritoriales, con manipulación e ilusionismo perverso contra nuestra población, con el apoyo a una disidencia que solo inspira “vergüenza ajena”.
El bloqueo es una contienda bélica, es guerra fría, es guerra de baja intensidad. Me da vergüenza a mi mismo decir “baja intensidad”, sobre todo si pienso en Wilfredo Pérez, que se sentó en las aulas de la Facultad de Psicología de la Universidad de La Habana, y se hizo psicólogo sin padre por ser hijo de aquél que piloteaba el avión de cubana derribado en Barbados, por un grupo de terroristas cuyo máximo capo anda suelto por las calles de Miami; me da vergüenza decir “baja intensidad” cuando pienso en nuestra colega de profesión, Irma, hija de René González, que cumplió una injusta condena de quince años por favorecer la paz, y junto a sus cuatro compañeros (tres aún se mantienen en cautiverio), sigue siendo rehén de ese malsano “low Intensity Conflict”. El bloqueo es guerra. Estamos en guerra.
En Colombia, como señala Barrero (2011), se ha llegado a convertir las calamidades y desastres medio ambientales, en instrumentos de la guerra psicológica, de baja intensidad y alta destructividad subjetiva.
“El concepto de ayuda humanitaria es hábilmente utilizado para implementar políticas que sutilmente terminan deteriorando la condición humana de las víctimas a las que supuestamente se les brindará atención. A partir de una serie de manipulaciones mentales y emocionales, la sociedad en su conjunto termina aceptando e incluso apoyando las medidas que van en su propia contra. La capacidad crítica se inhibe masivamente de tal forma que no se examina las causas generadoras de la crisis. El desastre que muchas veces se hubiera podido evitar termina siendo la justificación para la privatización de la obligación legal del Estado de brindar protección y dignidad a sus ciudadanos” (Barrero E. 2011)
Y más de lo mismo en Venezuela. La Venezuela que intenta construirse desde el pueblo, con un ideario socialista, venezolano. Claro que con aciertos y desaciertos. Pero una Venezuela víctima de intentonas de golpe de estado. Esa Venezuela está intentando ser sometida a una guerra. Una guerra promovida por los sectores tóxicos de la derecha. Una guerra aupada por los sectores más retrógrados, por los acaparadores del dinero, por los usureros del futuro de Venezuela. Pero sobre todo una guerra con “mando a distancia” (como casi todas en el mundo). Una guerra mediática comandada por el gobierno de los Estados Unidos de Norteamérica y sus voceros mediáticos.
El chavismo es nuestro enemigo”, han dicho algunos sectores de la oposición facistoide.  En realidad lo que llaman “enemigo” es todo aquello que pone bajo cuestionamiento sus intereses tradicionales:  la justicia social conseguida por el chavismo, la equidad avanzada con los proyectos políticos, económicos y sociales del gobierno que sigue el ideario chavista, la puesta en marcha de los nuevos procesos de accesibilidad total a la educación y la salud impensables antes del gobierno chavista, la independencia y la autonomía nacional, que afecta a las clases ricas, extremadamente ricas, de Venezuela.
Con nuevos procedimientos se instrumenta una “guerra de baja intensidad” desestabilizadora al interno del país, y una “guerra mediática” hacia el exterior, y hacia el interior, con las nuevas formas que sustituyen a “las octavillas” y “los panfletos”: inundando las redes sociales con mensajes provocadores, con análisis tergiversados, con fotos trucadas, creando discursos mediáticos llenos de mentiras, desbalances, generadores de estados de opinión adversos al gobierno legítimamente electo por el pueblos venezolano.
Como se comentaba en un espacio digital “El papel protagónico de la guerra psicológica contra Venezuela lo desempeñan las agencias de inteligencia de Estados Unidos”. Esto es definitivo. Una guerra que además se inscribe dentro de la estrategia geopolítica del gobierno de Obama:Venezuela, Ucrania, Siria. Cambios de regímenes buscados, construidos y realizados desde y con el apoyo de la administración estadounidense. La guerra que sigue en pie.
Producir un “golpe suave”, un golpe de estado “tranquilo”. Los medios mandan. Los confundidos ponen las víctimas. CNN, y no solo esta cadena, se esmera en producir noticias, comentario, crónicas de alta toxicidad contra el gobierno de Venezuela, construyendo ficticias realidades lejas de aquellas que verdaderamente se viven en el país.
Como bien señala Humberto Eco,
“…el efecto de realismo de la noticia televisiva (si recibo la noticia de que un avión se ha precipitado en el mar, es indudablemente cierta, de la misma forma que es verdad que veo las sandalias de los muertos flotar, y no importa si por casualidad son las sandalias de una catástrofe precedente, usadas como material de repertorio), hace que se sepa y se crea sólo aquello que dice la televisión” (Eco H, 2004)
Esta tendencia viene reforzada por las acciones mediáticas on line, en tiempo real. Una comunicación “sincrónica”. Lo on line ha pasado a ser sinónimo de verdad. Pero la realidad, “la verdad verdadera”, está escondida. Peor aún, está siendo escondida. Está siendo sustituida por la realidad mediática: la prensa, la radio, a “reina absoluta”: la televisión y los millones de computadores conectados en una “red de redes”. Los dueños del espacio audiovisual se perfilan como los constructores de la realidad, no en el sentido constructivista, sino maquiavélico. 
Mientras la polarización neoliberal del mundo amenaza con la desaparición de la especie, la realidad mediática nos habla de otra realidad, nos convence de que “esa otra”, es la realidad. La táctica es la de siempre: de lo que no se habla no existe. Solo existe lo que las palabras y sobre todo las imágenes dicen. Lo que dicen las discursividades mediáticas. Pero los medios no hablan por sí mismos. Los medios dicen lo que sus dueños dicen. Los dueños dicen lo que les conviene decir. Ilusiona y dominarás. Alucina y serás feliz. Se ofertan alucinaciones, alucinógenos y alucinantes de todo tipo. Quién domina la comunicación domina la “verdad”.
Insisto, los “medios mienten”. No dejemos escapar el sentido real de esta afirmación. Al mismo tiempo denunciar que los medios no hacen nada sin una complicidad básica. El problema no son los medios, sino en manos de quién están los medios. Los intereses de las clases poderosas, el hegemonismo imperial.
Igual, estamos insertos en una guerra mediática, otra vez con las armas más poderosas del lado de los enemigos. Pero con la verdad de nuestro lado.
Nos corresponde en esta guerra, desenmascarar, desarticular las mentiras, y en este sentido la crítica se convierte en una tarea de primer orden. Como dice Ramonet, “hay una misión en el sentido misionero de la palabra, de ir a la sociedad para movilizarla. No solo hay que hacer estudios, sino ser un agitador mediático, un agitador político. Hay que hacerlo…hay que pasar a la denuncia de los medios que mienten” (Ramonet I, 2007). Esto es algo que podemos hacer para desarticular la guerra mediática contra Venezuela, contra Cuba, contra todos los que luchamos por un mundo mejor. Esto nos corresponde en esta guerra.
Nos corresponde también construir el universo mediático de la realidad. Aprovechar el valor socializador y favorecedor de la construcción de colectividades de los medios para la construcción de un universo mediático alternativo.
“…Ir creando un campo cultural diferente y opuesto al del sistema. Es necesario desarrollar medios y otros instrumentos alternativos…es indispensable situarse siempre en la especificidad del medio y de los objetivos que buscamos. Conseguir más temas procedentes, métodos convenientes, calidad, atractivo; ser realmente opuestos y diferentes a la cultura de los opresores, y no solo opuestos a ella…” (Martínez F, 2004).
Sí. Estamos en guerra. No podemos escatimar esfuerzos por conocer las soluciones posibles, por prepararnos para ser vencedores. “La era” sigue pariendo un corazón. Y han de ser los jóvenes, los que gozan del privilegio de la juventud, los que “acudan corriendo” para que no se caiga el porvenir. Decía Martí:
Tiene el mundo dos razas: parecida a los insectos la una, la de los egoístas; resplandeciente, como si en sí llevara luz la otra, la de los generosos. Los unos lo sacrifican todo: patria, amistad, estimación, hasta estimación de sí mismos a su beneficio y contentamiento; los otros, aunque en las horas de sosiego puedan pagar tributo a los apetitos y flaquezas de la naturaleza humana, cuando el honor humano o el honor patrio están en peligro… se arrojan apretadamente a la pelea, camino de la luz”.
Estamos en guerra. Hagamos la Paz. Aboguemos por la paz, la que se fundamenta en el apego a la verdad, el respeto, la democracia, que al decir de Cristina Kirchner “es mostrar respeto por la voluntad del pueblo”.
Participemos con fuerza en la pelea para que crezca y se desarrolle definitivamente, el alma latinoamericana.

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