Vol 1. Núm 1. 2013
RETOS EDUCATIVOS ANTE LOS RIESGOS DE LA GLOBALIZACIÓN
Lic. Annia Almeyda Vázquez Facultad de Psicología, Universidad de La Habana. Lic. Yoan Karell Acosta González Facultad de Lenguas extranjeras, Universidad de La Habana.
Resumen
Retos educativos ante los riesgos de la globalización”. El presente artículo es el resultado de lecturas y reflexiones realizadas por los autores en torno a la problemática de la educación en pos de la construcción y desarrollo de las identidades. La comprensión de la necesidad de acercarnos al tema desde una perspectiva compleja invita a reflexionar sobre el impacto de algunos fenómenos sociales como el empleo de las nuevas tecnologías en estos tiempos de globalización, su influencia en la construcción y desarrollo de las identidades, así como los retos que supone el enfrentamiento a los mismos desde la educación.
Abstract
Educative challenges in times of globalization” This article is the result of reflections on the topic of education in relation to the construction and development of identities. Well aware of the pertinence of a complex approach on the topic, several social phenomena in times of globalization like the use of modern technologies have been pondered upon to unveil their impact on the construction and development of identities, in order to analyze the challenge of tackling such phenomena from the perspective of education.
Palabras claves
Educación, Globalización, Identidad

Globalización en la “era digital”
Muchas pueden ser las referencias que den cuenta de las peculiaridades de la Sociedad del siglo XXI, sus marcas diferentes con relación a momentos anteriores de la historia; sin embargo creemos que el desarrollo vertiginoso y progresivo de los conocimientos científico-técnicos y de las tecnologías de la información y la comunicación, constituyen una de las aristas sociales que ha marcado un hito en el desarrollo de la sociedad actual, tan es así que no son pocos los que coinciden en llamar a la nuestra “la era de internet” o “sociedad de la comunicación y la informatización”.
Lo interesante es saber que no es la mayoría de la población de la tierra la que se puede identificar con estas etiquetas relativas a nuestros tiempos, pues de hecho la mayoría
de los habitantes de nuestro planeta no tiene acceso a estos avances tecnológicos o lo tiene de manera limitada. Estas denominaciones enmascaran tras un velo de desarrollo y progreso la esencia de discriminación, desigualdad y explotación que caracteriza el (des)orden mundial actual, en un planeta dominado por un puñado de transnacionales y potencias desarrolladas lideradas por Estados Unidos que ejercen un control abrumador en lo militar, lo económico, lo mediático y lo cultural.
Es importante reconocer el valor de estos avances en el campo de las comunicaciones y la informática, pero el reconocimiento de su impacto no puede reducirse al terreno de la ciencia y la técnica; su huella en la sociedad como un todo es considerable y, al menos para algunos sectores privilegiados, pudiera decirse que hay un antes y un después marcado por la proliferación del uso de la informática y de internet.
Estos avances al tiempo que sirven de puente para estrechar relaciones entre zonas distantes y establecer redes de comunicación instantáneas entre personas residentes en zonas otrora casi incomunicadas, son también utilizados con otros fines, que podrían resumirse en el empeño a ultranza por mantener el status quo –tan conveniente para la élite hegemónica y tan desventajoso para amplias mayorías- mediante la manipulación mediática y el control cultural, del imaginario, que ejercen las transnacionales de la información y la industria del entretenimiento, principalmente la estadounidense, tal y como demuestra rigurosamente Ignacio Ramonet (2006) en su libro “Propagandas Silenciosas Masas, televisión y cine”.
Las nuevas tecnologías de la información y las comunicaciones se han asentado en la modernidad. En muchos casos para bien, aunque sin dudas su existencia impone nuevos retos en cuanto al uso adecuado de las mismas. Su impacto en nuestra cotidianidad ha sido tal que probablemente a muchos les sea ya difícil imaginar cómo sería su vida sin el acceso a estas tecnologías. No olvidemos que se trata de una cotidianidad que no incluye, entre otros, a los 1400 millones de personas que viven en pobreza extrema (Declaración del Ministerio de Relaciones Exteriores de Cuba, 2011)
Vivimos hoy en una sociedad tecnificada. Sólo tenemos que pensar cómo se han modificado las relaciones interpersonales con el uso del teléfono, los celulares, el correo electrónico, el chat, etc. A veces a pesar de tener la posibilidad de un contacto cara a cara, preferimos el uso de estos medios para comunicarnos. No faltan los que extienden esa preferencia al establecimiento de vínculos afectivos íntimos. La tecnología se instaura como fin mismo, privilegiado por encima de lo humano; de esta manera, las personas se aíslan, se enajenan y, en última instancia, se deshumanizan.
Peor aún: el disfrute sensorial derivado de las súper avanzadas tecnologías actuales (supercomputadoras, películas en 3D, juegos con gráficos hiperrealistas, teléfonos celulares táctiles con innumerables opciones incorporadas, entre otros) nos hacen a veces olvidar quiénes son los dueños de esas tecnologías, las sumas multimillonarias que se embolsillan unos pocos a costa de nuestra fascinación, en detrimento de conglomerados gigantescos de los países pobres que esos grandes productores de súper tecnologías saquean, bien por concepto de materias primas que extraen a precios mínimos -impuestos por el desigual y expoliador orden mundial del comercio- de los territorios de esos países desfavorecidos, bien por concepto de guerras imperialistas para apropiarse a la fuerza de las riquezas naturales.
El deslumbramiento que suelen producir hoy las nuevas tecnologías coadyuva a las pretensiones de los ideólogos del capitalismo de enmascarar las contradicciones, las desigualdades, la explotación y la injusticia inherentes al sistema capitalista detrás de un velo de ultra modernos adelantos tecnológicos que supuestamente se erigen como panacea que hace innecesaria la lucha de clases cuando, en realidad, las nuevas tecnologías al servicio de los súper ricos vienen a agudizar estos serios problemas, al sumarse a los instrumentos de dominación hegemónica ya existentes: ahora las mentes quedan también fascinadas por el ipod, el súper celular o la mini laptop con conexión inalámbrica a la todopoderosa Internet, aunque se trate de los mismos mensajes pseudoculturales y manipuladores garantes del poder hegemónico, esta vez multiplicados y esparcidos con mayor facilidad. Mientras tanto, los millones siguen sufragando los jets privados de los dueños y productores de esas tecnologías, sus megayates y lujos exorbitantes e innecesarios a costa de la miseria y el desamparo de amplias mayorías del planeta. Leonardo Acosta, ya hace bastante tiempo, desenmascaró la falacia de la panacea tecnológica en su magistral ensayo “Medios masivos e ideología imperialista”, que citamos en extenso:
“En realidad, la tecnología depende en última instancia de las leyes económicas que rigen toda sociedad, aunque a su vez influye sobre esta. Sin embargo, cuando una revolución provoca un salto cualitativo en la sociedad, la tecnología permanece, solo que ahora avanzará de acuerdo con las leyes derivadas de las nuevas relaciones de producción. Mientras las formaciones sociales cambian mediante saltos cualitativos (revolución de la clase explotada), el progreso tecnológico se produce por acumulación gradual de conocimientos, a veces de una nueva cualidad que provoca la ´extinción´ de los elementos anteriores cualitativamente distintos, pero no su destrucción violenta. Al trasponer el cambio tecnológico al dominio social (historia de la tecnología como historia), se hace una trasposición tan falsa y reaccionaria como la que hacían los darwinistas sociales del siglo pasado al aplicar a la historia las leyes de la biología.
“El otro sofisma –el de la ´neutralidad´- es el resorte clave de la concepción por la cual la tecnología, como vehículo ´neutral´ del progreso, trascenderá los conflictos de clase y la misma política. Esta nueva ´racionalidad tecnológica´ se encuentra bajo el mismo signo del dogma de la ´neutralidad científica´ y de los ataques del empirismo contra la dialéctica.” (Acosta, 2009, 200-201)
Ramonet sintetiza cómo actúa la modernidad tecnológica en el presente: “Es por eso que debemos temer ahora al hecho de que el sometimiento y el control de nuestras mentes no se conquisten por la seducción, no mediante una orden sino por nuestro propio deseo; no por la amenaza al castigo sino por nuestra propia sed de placer…” (Ramonet, 2006, 33)
Tecnología, interacción social y educación
No solo en el ámbito de las relaciones interpersonales es posible vislumbrar la marca de los avances tecnológicos. En el ámbito educativo ha provocado transformaciones importantes. Tanto es así que podemos afirmar que la multiplicidad de fuentes informativas ha privado a la escuela del monopolio del saber. Se ha impuesto por la fuerza la necesidad de un cambio en el rol del profesor, quien se identificaba con la figura omnipotente del conocimiento. Las nuevas tecnologías han venido a hacer evidente lo que ya Paulo Freire nos había señalado. Parafraseando una de las ideas que defiende el autor con relación al rol del profesor podemos decir que éste no debe concebirse como aquel que todo lo sabe y que deposita sus conocimientos en el alumno como quien deposita dinero en una cuenta de banco.
En la actualidad cuando sólo en pocos minutos podemos acceder a cualquier información que necesitemos, evitar este papel tradicional del profesor deja de ser solamente una recomendación desde una perspectiva revolucionaria, para transformarse casi en una condición ineludible. Las circunstancias mismas reclaman un profesor que cree un ambiente propicio para que los estudiantes se apropien de manera significativa y creativa de las informaciones que están ya al alcance de “todos”, más que un profesor sabelotodo que entrega conocimientos a un alumno que nada sabe.
La escuela no puede estar detrás del desarrollo científico técnico, ni sentir que éste la trasciende. La escuela debe nutrirse del desarrollo y ponerlo en función del logro de una formación cada vez más integral y eficiente.
Pero debemos andar con precaución. Tanto educadores como estudiantes debemos andar alertas ante los avances tecnológicos y el uso que se hace de ellos; no debemos darle la espalda a la tecnología, obviamente, pues el problema no es la tecnología en sí misma –que puede resultar muy útil-, sino quien está detrás de ella, quién la emplea y para qué. En una ocasión, El Che señaló con acierto que no debemos olvidar que detrás de cada adelanto tecnológico hay una sociedad que lo empuña, y que lo esencial no es la tecnología en sí, lo esencial es si esa tecnología está en función de una sociedad explotadora o no; y que se está a favor de la explotación o en contra de ella, pues el ser humano no puede renunciar a su condición de ser social y político (Guevara, 1963).
Por otra parte, no debemos tampoco hiperbolizar la importancia de la tecnología hasta el punto de neurotizarnos, de ser esclavos de ella, lo cual al final significa ser esclavos de quienes la producen y se enriquecen a costa de nuestra obsesión. Usarla racionalmente, definitivamente sí; hacernos dependientes de ella hasta el punto de sentir que nos falta el oxigeno si nos separamos un instante de ella nos debería llamar a la reflexión, y creemos que, como educadores, podríamos reflexionar junto con nuestros estudiantes.
No pocas escenas cotidianas pudieran servirnos de punto de partida para la reflexión (repetimos, hablamos de la cotidianidad de una parte privilegiada de la población del planeta, no de los millones de hambrientos, analfabetos, personas sin agua potable, individuos que no han visto jamás una computadora porque ni siquiera han disfrutado nunca de la electricidad o del teléfono, o de los tantos que viven en países en guerras de rapiña, entre otros muchos casos horrorosos provocados por el neoliberalismo globalizado). A veces estamos en un grupo, intentando disfrutar de la interacción humana y percibimos que alguien o varios no pueden dejar de manosear el celular compulsivamente en lugar de, durante al menos un rato, olvidarse de la máquina y disfrutar relajada y plenamente el calor humano directo, no mediado por la tecnología. Lo curioso es que pudiera excusarse a esos individuos argumentando a su favor que quizá se trata de una prioridad o urgencia –lo cual puede pasar-, sin embargo a menudo descubrimos que no existe tal prioridad, sino que la prioridad es la máquina en sí, pues se comportan de la misma manera con quienquiera que esté presente y quienquiera que se encuentre del otro lado del aparato. Algo similar ocurre con la computadora y el correo electrónico. No decimos que el e-mail no sea útil y que no debe aprovecharse sus ventajas, pero a menudo se abusa de él; se emplea, por ejemplo, para comunicar información sencilla que pudiera intercambiarse sin dificultad alguna personalmente en un contacto en vivo o con una simple llamada telefónica, pero se privilegia la máquina como intermediario antes que el contacto presencial con los seres humanos, los de carne y huesos, no los virtuales. En ocasiones, la obsesión puede llegar a límites maníacos.
Como señala Calviño:
“Cuando el objeto, aún conteniendo a la persona, ocupa el lugar del otro, de algún otro ser humano, entonces no cabe duda que nos aproximamos a la enajenación…El mundo humano, al que aspiramos especialmente, es un mundo por naturaleza y esencia interactivo. Pero una interacción entre dos o más personas que se establece como relación. Y las relaciones humanas no se refieren a cualquier tipo de vínculo, sino a un tipo de vínculo interpersonal en el que hay contacto. Sin contacto no hay relación porque contacto significa implicación emocional, intelectual y actitudinal entre las personas; supone compromisos y acuerdos, interés mutuo en un objetivo o tarea común, supone encuentro. La genuina relación humana es un vínculo en el que las personas se conciben como que están o pueden estar en un acto único. Nada puede sustituir el contacto físico, directo, cara a cara entre las personas. Pretender hacerlo es un acto de suicidio existencial” (Calviño, 2011, 16, 17)
Más allá del aislamiento, la enajenación social y la deshumanización que provoca el privilegiar el uso de la tecnología por encima de la interacción humana directa, no nos percatamos a veces de que queremos forzar un sentido práctico sin tener en cuenta las condiciones específicas de cada lugar o nación. Por ejemplo, las condiciones de desarrollo económico y tecnológico en los países del Sur son muy distintas de aquellas de las potencias desarrolladas económicamente, y pretender funcionar tecnológicamente a la medida del llamado Primer Mundo sin importar donde estemos logra precisamente el reverso: se revela poco práctico y, peor aún, perjudicial desde el punto de vista psicológico al generar estrés, ansiedad y malestar. Esto sucede cuando se impone la obligatoriedad del uso de algún adelanto tecnológico cuyo acceso es difícil para la mayoría o para una parte considerable de los involucrados; por ejemplo, cuando se exige que un intercambio de información se haga exclusivamente por correo electrónico siendo más factible hacerlo personalmente o por vía telefónica o cuando se exige que un trabajo o informe se entregue en formato digital o impreso por computadora, siendo menos complicado, debido a la carencia de los recursos tecnológicos, hacerlo de otra manera, escrito a mano con letra legible, por ejemplo. A veces se exige hacer búsquedas en Internet cuando el acceso a esta no es fácil para algunos o muchos y cuando, en realidad, existen buenos libros en bibliotecas, libros cuya confiabilidad está garantizada a diferencia de mucho de lo que se “cuelga” en la Red donde prácticamente cualquiera puede publicar cualquier cosa, lo cual no niega que una búsqueda inteligente en Internet pueda resultar provechosa.
En fin, que sin oponernos a las ventajas innegables de los avances tecnológicos, sería prudente integrarlos a nuestra vida con ojo crítico, con mesura, realismo, inteligencia y sin perder nuestra esencia humana, sin proponernos emular con las máquinas hasta robotizarnos, sin permitir que nos sintamos aplastados por la “súper eficiencia” de las máquinas, ni por las presiones de los que las crearon y las manejan mayoritariamente en aras de esclavizarnos al hacernos morbosamente dependientes de ellas, al querer desplazarnos por ellas y anonadarnos en aras de sus motivaciones mezquinas y expoliadoras como clase social en el poder.
Reflexionemos sobre lo que nos advierte Nicholas Carr.
“Mientras con mayor rapidez naveguemos por la Red [refiriéndose a Internet] -mientras más enlaces podamos cliquear y más páginas veamos- más oportunidades ganan Google y otras empresas de recopilar información sobre nosotros y alimentarnos [de] anuncios…En los espacios de calma abiertos por la lectura sostenida, sin distracción, de un libro… realizamos nuestras asociaciones, trazamos nuestras propias inferencias y analogías, promovemos nuestras propias ideas. La lectura profunda… es indistinguible del pensamiento profundo… Lo último que desean estas empresas es fomentar la lectura pausada o el pensamiento concentrado, lento. Es interés económico suyo llevarnos a la distracción” Termina su escrito con una conclusión lapidaria: “…según confiemos en las computadoras para mediar nuestra comprensión del mundo es nuestra propia inteligencia la que se aplana hasta convertirse en inteligencia artificial” (Carr, 2008)
Los cambios sociales y tecnológicos demandan cambios en el contexto educativo, es por ello que la educación está llamada a responder a las situaciones, problemas y necesidades emergentes de nuestra época. Su complejidad actual exige un cambio hacia paradigmas novedosos que den cuenta de una verdadera innovación educativa.
 

Globalización e identidades
La globalización no es un fenómeno de hoy, ni siquiera de ayer, sino que se trata de un despliegue que ha estado en existencia durante toda la historia de la humanidad. Tan es así que cuando Marx se refirió al Capitalismo lo hizo a partir de su definición como un sistema económico que vio la luz del día con una vocación globalizante. Sin embargo, “éste solo pudo realizarla de una manera integral a partir de la segunda mitad del Siglo XIX” (Grinor, 2006, 90)
Una forma de acercarnos a comprender el fenómeno de la globalización pudiera ser entendiéndola como “un proceso por medio del cual, durante los últimos seis siglos, el capitalismo fue extendiendo la sombra de sus paraguas sobre todos y cada uno de los territorios del planeta hasta que acabó por oscurecerlo por completo.” (Grinor, 2006, 90-91).
Otra mirada permite que profundicemos en la comprensión de la globalización como un “fenómeno esencialmente técnico-económico, propio del capitalismo transnacional de enorme influencia en lo político, lo social, lo cultural, caracterizado por la construcción de un gran mercado mundial de enorme eficacia y velocidad de actuación que se apoya en las más novedosas tecnologías informáticas y favorece la acumulación de la riqueza en un limitado número de corporaciones y personas, que a su vez controlan a nivel planetario los medios de comunicación” (De la Torre, 2001, 153).
Solo con estos elementos basta para que nos percatemos de la connotación negativa de este proceso para las culturas y las identidades nacionales y regionales y en general para el desarrollo de la humanidad, pues la riqueza está allí donde hay diversidad. La búsqueda de la homogenización en caso de que la consideráramos necesaria, debería ser la búsqueda de una construcción colectiva de algo nuevo, emergente, producto de la interinfluencia de todas las culturas e identidades y no el ejercicio de un poder hegemónico de unas sobre otras. Esto implica pérdida de cultura, tradiciones, arraigo a lo propio e imposición de lo ajeno, dominación cultural, fenómenos que dan muerte a la construcción y desarrollo de las identidades colectivas: nacionales, regionales, etc.
Para Larraín (1996) citado por Grinor (2006) “El proceso de globalización se refiere a la intensificación de las relaciones sociales universales que unen a distintas localidades de tal manera que lo que sucede en una localidad está afectado por sucesos que ocurren muy lejos y viceversa.” (p.21)
De esta forma, al decir de Carolina De la Torre “lo distante influye en las personas y prácticamente es imposible salvarse de los riesgos o de las sensaciones de insignificancia, pérdida de seguridad, fragmentación y dispersión”. (De la Torre, 2001, 157). Esto es expresión de la influencia del orden mundial en la identidad personal.
Efectivamente, esto es lo que está sucediendo en nuestro mundo actual, lo peor es que esta interconexión lejos de favorecer a los más desposeídos los hunde aún más en su mar de pobreza, pues ante situaciones de crisis económicas como la que estamos viviendo hoy, este proceso de globalización se convierte en un mecanismo perfecto para hacer que los que ayer eran pobres hoy lo sean más y los que eran ricos se enriquezcan más también. De esta manera, se acentúan las diferencias, se marcan más los dos polos –de la inmensa riqueza a la extrema pobreza-. Ese es hoy el resultado de la globalización.
Pensando en un ideal, buscando la manera de subvertir esta realidad podríamos advertir una posibilidad de invertir el fin de estos medios logrando que los explotados del mundo lograsen comunicarse entre sí, aunar fuerzas y organizarse para contraatacar y poder luchar contra las injusticias que hay por doquier. Ejemplos recientes constituyen “ademanes” en este sentido, como las rebeliones en el Medio Oriente y el movimiento de los indignados por todo el mundo, caracterizados por cierta organización internáutica con algún éxito, aunque limitado, lo cual indica que las nuevas tecnologías pueden ser un arma valiosa, pero nunca podrán ser por sí mismas el bálsamo maravilloso garante de la justicia social, pues no puede olvidarse quiénes controlan en gran escala esos recursos, quiénes producen el equipamiento qué sostiene los medios, quién los emplea en mayor medida y para beneficio de quién.16
Es posible identificar varios intentos para enfrentar el gigantesco poder hegemónico de las grandes trasnacionales, cuando accedemos, por ejemplo, a los sitios Rebelión y Cubadebate. Sin embargo, el alcance e influencia de estos espacios es limitado si tenemos en cuenta que son precisamente los interesados en que no se subvierta esta realidad que antes describimos los que controlan con su poder hegemónico los medios modernos, los que poseen en sus manos mecanismos para reproducirse, manipular, construir la realidad de acuerdo a sus motivaciones de clase y a su ideología, fabricar un consenso, legitimarse y perpetuarse. Al tener el control de los mayores servidores del mundo, por ejemplo, bloquean sitios que no les convengan, limitan el poder de colgar información en la red que vaya en contra de sus intereses, como sucedió recientemente cuando Google cerró la cuenta de la página en Youtube del sitio cubano Cubadebate.17 Además, “ninguna innovación tecnológica pudo  jamás superar, por virtud exclusiva del medio, las desigualdades culturales producidas y reproducidas por el juego bien engrasado de las estructuras y de las jerarquías sociales: las características técnicas de un medio de comunicación no predeterminan jamás sus efectos sociales al punto de descartar los efectos que dependen de las relaciones sociales que se encuentran en el origen de la utilización de esta técnica” (Passeron, 1982, 46, 47). Las nuevas tecnologías no están siendo más que nuevas armas que utiliza la élite hegemónica para legitimarse y reproducirse en el poder, como ha hecho siempre a fin de cuentas, con la única diferencia de que las actuales nuevas tecnologías poseen un potencial de almacenamiento, procesamiento y difusión de la información gigantesco que pudieran marcar una diferencia cualitativamente superior en relación con el impacto que en su momento de aparición tuvieron la prensa escrita, el cine, la radio o la televisión –de hecho Internet de múltiples maneras integra todos estos medios y mucho más-; otra diferencia pudiera ser que la miniaturización de las nuevas tecnologías permiten su personalización y portabilidad, lo que puede convertirlas en fetiches o juguetes fácilmente enajenantes tanto para niños como adultos. Pero, a fin de cuentas, la verdadera esencia de los grandes y profundos problemas sociales no radica ahora -de la misma manera que no ha sucedido tampoco en otros momentos históricos- en la tecnología en sí – que se convierte en una distracción para escamotear la esencia de los problemas-,  ino
en quiénes son los dueños de la tecnología y en el uso que le dan para perpetuar qué relaciones sociales y políticas. El limitado acceso a estos medios de las mayorías oprimidas y el absoluto control por parte de la minoría que oprime en función de sus intereses, hacen que por definición propia se torne imposible el uso de estos medios para subvertir la hegemonía mundial. De manera que la revolución social, como lo ha sido a lo largo de la historia de la humanidad, sigue siendo la verdadera solución a los problemas, con la diferencia, quizá, de que existen dudas alarmantes de que el sistema imperialista depredador y apabullante actual no vaya a exterminar la vida en la tierra antes de que la Revolución ocurra. Al menos, una buena porción de América Latina se encuentra actualmente haciendo su parte. En resumen, el desarrollo de las comunicaciones a través del ingreso en el panorama científico técnico de la tecnología satelital y la internet son sin dudas, aunque no los únicos, factores decisivos que determinan
las características peculiares de la coyuntura actual. Consideramos que la tríada de relación entre globalización, identidad y  ducación está atravesada por las condicionantes antes descritas. No obstante, la esencia del fenómeno tecnológico no es nueva. Como señala Grinor (2006) los descubrimientos científico- técnicos constituyeron el principal impulso que movilizó al capitalismo en la misma medida en que el capitalismo era el principal combustible que movilizaba los descubrimientos científicotécnicos.
Queda claro que las nuevas tecnologías de informática y comunicaciones están en manos de los grandes beneficiados con la
globalización, a los cuales se les despeja el camino a través de su uso. ¿Quiénes son? El capitalismo demoledor y sus defensores,
armados de todo tipo de subterfugios, falacias y ardides como la “democracia”, el “progreso” industrial y tecnológico y las “libertades” de mercado y de expresión, entre tantas otras. Los medios hegemónicos, con su predominio, impactan al mundo, imponen su cultura –o, a menudo, pseudocultura enajenante-, influyen en la construcción de un sentido de la vida que favorezca la reproducción del sistema capitalista, o sea, reproducen su hegemonía.  Formar una sociedad consumista, donde se  desarrollen valores superficiales y se premie la banalidad es su misión, para ello garantiza la alienación de los individuos aunque para ello tengan que utilizar la más sucia manipulación.
Ni siquiera un país tan contra hegemónico como Cuba escapa de estas tendencias globalizadoras. A pesar de los grandes esfuerzos por educar en valores humanos como la solidaridad, la honestidad, el respeto al otro, la búsqueda del desarrollo de un sentido de la vida profundo más allá de lo material, nos encontramos con personas que tienen más afinidades con los sectores hegemónicos de diferentes naciones con los cuales se identifican que con personas de su alrededor donde viven. Este fenómeno da cuenta de que a la hora de hablar de identidades no basta con pensar dónde se vive, sino en qué círculo se está ubicado. (Martínez, 1999).
Otra manifestación del impacto de la globalización en la construcción de identidades es posible detectarla en la influencia de los medios de comunicación en el establecimiento de cánones de belleza que responden al fenotipo de una cultura hegemónica que se impone y pretende desterrar rasgos fenotípicos propios de determinados contextos que a la luz de los impuestos no clasifican como atractivos. Identificarse con estos símbolos de belleza que se promueven por estas culturas puede implicar daño en el proceso de autoestima en la medida en que te percibas diferente a lo que crees es lo bonito, aceptado, esperado, pues no coincide la imagen ideal con la real. Este proceso autorreferencial de la autoestima, ahora solo referido a lo corporal tiene un impacto trascendental en la construcción de la identidad personal.
Lo que estamos develando ha sido explicado por De la Torre (2001) como un proceso de simplificación de la autoimagen, elaborada por otros y asumida de vuelta como propia. Éste, al decir de Barnet (1983) es un mecanismo perfecto para desvalorizar las imágenes propias de los pueblos en beneficio de los intereses dominantes.
En vez de experiencias directas de significación personal a través de las cuales las personas construyan sus modelos ideales de belleza a partir de la interacción con sus iguales, las personas enfrentan un mundo de realidades creadas que se tornan significativas por la acción de los medios.
La influencia de estos medios no es integradora, sino desintegradora. Condena al ser humano a ser absorbido por señales y signos superficiales que nos conduce a una inmovilidad, que nos coloca como espectadores pasivos y contemplativos de la realidad, de la vida y no como actores y protagonistas de nuestra felicidad.
Así, afirma De la Torre (2001) que esta influencia puede llegar a ser tan aplastante y demoledora que podemos llegar a creer que no hay más opción que rendirse ante la guerra cultural que nos entretiene mientras nos inculca que lo único posible es un mundo sin valores, sin ideales, sin futuros que conquistar, sin esperanzas, falto de motivaciones y de reservas morales para el mantenimiento del orden. Ésta es precisamente la intención de los que pretenden dominar el mundo a su antojo: que todos creamos que es así, que no hay nada que podamos hacer. Y los que se dejan convencer sólo contribuyen con su pasividad y “neutralidad” a perpetuar el status quo: queda claro que declararse apolítico es una forma manifiesta de tomar partido, de participar en la política.
 

z¿Puede la globalización eliminar o borrar las identidades?
Esta es una pregunta legítima, sobre todo cuando hay quienes afirman que en la actualidad ya no tiene sentido las viejas barreras identitarias. Por suerte, la gran complejidad del proceso de formación y desarrollo de las identidades hace resistencia a este deseo de algunos. Tal es así, que para Ortiz (1963) citado por De la Torre (2001) la formación de identidades es un proceso con demasiada movilidad y flexibilidad para que la muerte de una cultura sea más probable que la transculturación. ¿Puede la globalización favorecer la aparición de nuevas identidades? ¿Las nuevas identidades son nacionales o de pertenencia transnacional? ¿La globalización nos unifica o el imperialismo nos separa?
Podemos advertir una contradicción esencial en el discurso que trata de defender la idea de la globalización como vía para la unión e integración de la humanidad, pues cómo es  posible pensar que un fenómeno tan desigual como éste puede contribuir a la unificación de la humanidad, cuando de lo que su esencia se encarga es justamente de lo contrario.
Ciertamente, esta tarea no se torna tan fácil para quienes la intentan imponer con toda fuerza, pues no todos los pueblos reciben tan pasivamente las identidades que se les quieren depositar. Ejemplo de esto es la lucha incesante del pueblo cubano por defender su historia, sus principios, su cultura, en fin su identidad.
Realmente, si vamos a hablar en términos de consecuencias de la globalización para los procesos identitarios debemos hablar de discriminación y fragmentación. El supuesto proceso de uniformación del mundo, la búsqueda de ese supuesto nuevo orden mundial, no es más que un mecanismo maquiavélico perfectamente pensado para ocultar el poder hegemónico de los Estados Unidos.
Este mecanismo devela su entraña en las marcas de desigualdad que deja por todas partes, pues mientras algunos comparten tecnología, vestuarios, gustos o idioma inglés, la inmensa mayoría no tiene acceso al disfrute de estas facilidades; muchos no tienen siquiera acceso a los más elementales recursos para el sostén de la vida.
Algunos psicólogos ante esta realidad asumen una posición esencialista o posmoderna de la identidad personal como alternativa al reto que enfrentamos hoy ante los cambios sociales. De esta forma apuestan por desarrollar un yo menos coherente, una vida más cambiante (de parejas, de lugares, de creencias, convicciones) y una postura más abierta a la hora de asumir las diversas construcciones que se nos van presentando en las 7condiciones socioculturales posmodernas. (García, Borés, Martinoy, 1998).
En nuestra opinión, la flexibilidad y la apertura al cambio son al mismo tiempo que la existencia de un yo -único, diferenciado y continuo-, una condición sine qua non para el desarrollo de las identidades y, por lo tanto, una necesidad existencial de los seres humanos. Entonces, apostamos por contribuir a la formación de un yo flexible, pero coherente con sus orígenes.
No sólo en el terreno de lo individual se mantiene saludable la necesidad de la identidad, en el campo de las identidades colectivas sucede lo mismo. No parece ser cierto que las identidades nacionales estén en fase terminal, cuando las naciones y regiones entran en guerras y los emigrados continúan construyendo su patria chica en el suelo ajeno.
A pesar de las posiciones que pretenden defender lo contrario, concordamos con De la Torre (2001) que la gente sigue padeciendo cuando pierde el arraigo, el rumbo o la coherencia interna.
Por todo esto, por estar convencidos de que es pertinente luchar por nuestras identidades, por nuestra marca individual, nacional, regional es que consideramos que la educación debe asumir como reto el enfrentamiento a esta problemática. Si concebimos la educación desde un enfoque psicosocial y vemos que sus funciones están más allá de los muros de la escuela, todos debemos participar en el proceso de construcción, desarrollo y afianzamiento de nuestras identidades. Esta no es tarea fácil, más bien es titánica, pero es nuestro deber y responsabilidad con nosotros mismos, con nuestro país y con la historia de la humanidad. En término de retos intentaremos vislumbrar caminos en este sentido.


¿Cómo desde la educación podemos responder a estas demandas sociales?
Consideramos que una arista importante para el enfrentamiento al problema, es el encaminar acciones educativas a nivel social para potenciar la toma de conciencia de los ciudadanos en torno a la verdadera influencia de la globalización neoliberal. En vez de denunciarla como un peligro que nos unifica, denunciarla como una amenaza que nos divide, nos fragmenta, simplifica nuestras percepciones, nos coloca como observadores y no como actores, excluye a los pobres del acceso a la tecnología, nos estrecha los horizontes, nos impide conocer la diversidad cultural, limita nuestras posibilidades de reflexión y cuestionamiento crítico de lo que nos quieren imponer, limita nuestro desarrollo
personal.18
Debemos estar muy alertas ante la posibilidad de que la ya develada plurinfluencia cultural a que nos expone la globalización y el tipo de consumo al cual nos quieren acostumbrar, actúen como terreno fértil para un desmontaje ideológico. Actuar con mucha  nteligencia es una invariante pues estamos frente a una guerra psicológica. No se trata de bloquear absolutamente informaciones que consideremos peligrosas, de lo que se trata es de hacer un manejo adecuado de las mismas. Un uso poco inteligente de la información, aun cuando sea por una buena causa y en legítima defensa, puede constituirse en un arma letal creada por nosotros mismos; pues nuestras fuentes pueden perder credibilidad y de esta forma estar empujando nosotros mismos hacia el consumo de los medios que sustentan el orden hegemónico actual. Debemos contraatacar con la verdad en todo momento y con cuanta gente podamos, tratar de usar sus propias consignas de pluralidad de voces, multiculturalidad y abundantes fuentes de información. Eso si, debemos preparar a nuestros ciudadanos para este tipo de consumo plural y diverso. Debemos formar entonces sujetos críticos que no sean fácilmente manipulables. En materia de formación y desarrollo de identidades humanas constituyen invariantes la
posibilidad de que las personas y los grupos humanos expresen libremente sus sentimientos, tener experiencias diversas,
discutir, debatir, contrastar lo que se conoce a partir de la interacción con lo desconocido. Evitar lo anterior por miedo a un cambio en la dirección opuesta a la deseada, termina ayudando precisamente al tan indeseado cambio.
Para el logro de este objetivo es preciso desarrollar receptores fuertes, inmunes, personas críticas procesadores activos de la información, sujetos que no sean fácilmente manipulables, preparados para que siempre sepan defender su posición con  utenticidad. 

Ante la compleja situación social que vivimos hoy y el hecho de que nuestros niños y jóvenes están expuestos a un sin número de influencias, es necesario asumir que la educación es tarea de todos, no solo de la familia, no solo de la escuela, también de los medios de comunicación masiva, de la interacción en los diferentes grupos. La socialización y formación de las presentes y
futuras generaciones es tarea de toda la sociedad.

Las acciones educativas vengan del agente de socialización que vengan deben cumplir dos objetivos: facilitar el acceso a la experiencia histórico-cultural y promover el desarrollo personal.
Debemos contribuir al desarrollo de identidades más abarcadoras como son las relacionadas con nuestra condición humana. Debemos educar para la no violencia, el cuidado al medio ambiente, contra el consumismo despiadado, educar en la complejidad, enseñar a lidiar con la diversidad desde el respeto, con el fin de formar un ser humano que viva en armonía consigo mismo, con los otros y con el medio ambiente.
Es preciso ampliar el concepto de educación, trascender la idea de la educación que nos llega sólo a través de la influencia curricular
que recibimos en el contexto institucional. Es preciso trascender lo curricular, ampliar los caminos hacia una formación más integral que permita el desarrollo de habilidades como el dominio de idiomas, uso de la computación, apreciación cultural, destreza en el deporte, entre otras. Ante la sobresaturación de información digitalizada sería prudente guiar a los estudiantes en cómo enfrentar esas galaxias de información, cómo seleccionar la información y cómo procesarla coherentemente con un pensamiento filosófico,
lógico y un posicionamiento epistemológico que debemos ser capaces de fomentar en ellos con una enseñanza de la filosofía, la
historia, la matemática y otras materias que coadyuvan a este empeño, sin dogmas ni esquematismos, con creatividad, dinamismo y destreza didáctica (teniendo en cuenta que pueden ser temas densos y tendentes a provocar tedio si no se les maneja de la manera aquí señalada) que logren la motivación por estos temas esenciales, envolventes, abarcadores, desarrolladores del pensamiento filosófico, lógico, ético, humanista, dialéctico, complejo y problematizador tan necesario para no dejarse manipular, para ser autodeterminados e independientes, para poder comprender los grandes problemas que agobian y amenazan nuestra especie, para ser capaces de comportarnos como sujetos activos en lugar de marionetas de los poderosos, para poder ser verdaderamente libres en el más profundo sentido martiano. En esas galaxias modernas de la información como Internet –como tampoco en otros espacios- no todo lo que brilla son estrellas, lo cual resulta menos difícil de percibir si nos enfrentamos a ellas pertrechados con las potentes armas antes referidas.
Es una tarea de primer orden pensarse en formar a hombres y mujeres capaces de enfrentar estos cambios sociales, para lo cual se requiere de competencias, capacidades y valores, lo cual solo puede ser el resultado de una apertura del espectro de la misión de la escuela más allá de la instrucción, es preciso que se centre la atención en la formación de los ciudadanos y ciudadanas del futuro en coordinación con la familia y otros ambientes educativos.
El reto mayor está en defender la importancia de las identidades nacionales y supranacionales como la Identidad latinoamericana sin ahogar en nombre de esa causa otras identidades como la nacional. Es un axioma de nuestra existencia humana la necesidad del otro para nuestro desarrollo. No podemos negar que a pesar de todos los cambios hasta hoy nadie ha podido vivir en sociedad sin sentimientos de pertenencia y sin identidad. Por lo tanto, es una necesidad existencial la lucha por las identidades en la cual educación y sociedad deben darse la mano.
En el contexto específico de Cuba, para lograr todo lo anterior los educadores debemos abrazar día a día la batalla de ideas, pero una batalla de ideas astuta y no dogmática o impositiva. Debemos concientizar que los jóvenes cubanos del 2011 –aunque quizá en menor medida que otros en el mundo, pero de manera relativamente sustancial- han estado expuestos a una serie de factores adversos, desestabilizadores desde el punto de vista identitario, como son la vivencia por ellos mismos y por sus padres de crisis económicas lacerantes, con costos sociales y de valores nada despreciables; la exposición a una relativa apertura del país al mundo, un mundo mayoritariamente capitalista que nos inunda con sus productos culturales o pseudoculturales, diseñados muchos de ellos con toda intención y disponiendo de toda la ciencia y la tecnología a su servicio para manipular, confundir, enajenar y para legitimar un sistema que, aunque esencialmente brutal y explotador contra las mayorías, entona cantos de sirenas bien diseñados para atrapar en su podredumbre ideológica (sin duda muy placentera y cómoda para la minoría que gana la competencia despiadada, aunque inhumana y salvaje para la mayor parte de los habitantes del planeta, así como destructiva y demoledora para la Tierra en su conjunto) a los más vulnerables intelectual y espiritualmente, que no en pocas ocasiones son precisamente los jóvenes. Graziella Pogolotti nos explica sobre la actual generación de jóvenes que:
“Son los hijos del período especial. Conocieron de cerca la penuria material, el aumento de las desigualdades, el deterioro de la educación, la crisis de los modelos de conducta en el entorno familiar y en el medio social a su alcance, el quebrantamiento de las expectativas de porvenir forjadas por la Revolución. Asistieron al renacer de la picaresca en la psicología del luchador, mientras la disponibilidad de recursos económicos en moneda dura ofrecía el bienestar material y, aún más, el acceso a una recreación privilegiada en el ámbito turístico. Ante la incertidumbre respecto al futuro, prevalece el interés por disfrutar a plenitud el presente. Para muchos, la difícil situación de la vivienda constituye un obstáculo objetivo para consolidar un hogar propio estable “Es obvio que la estrategia del imperialismo apunta a la subversión mediante el deterioro de las condiciones de la vida material y la clausura de un futuro posible. Pero el trabajo de los servicios de inteligencia es más sutil que la retórica de los voceros del sistema. Tiene en cuenta los sectores vulnerables y ha prestado siempre interés particular a los jóvenes universitarios y, dentro de ese sector, a aquellos que manifiestan condiciones para un liderazgo potencial.” (Pogolotti, 2010, 2)
Ante estas realidades, los educadores debemos ser pacientes, tolerantes y astutos, así como estar bien preparados. Debemos escuchar a los jóvenes, mostrarles nuestra empatía y dialogar con ellos a partir de sus vivencias, de sus percepciones de la realidad, de sus opiniones para, a partir de ellas, mostrarles en los casos requeridos, otros caminos, otras visiones; para guiarlos en la búsqueda de la verdad, con respeto y comprensión, con seriedad y profundidad, pero también con jovialidad, frescura y flexibilidad; para ampliarles en la medida de lo posible sus horizontes, pero también dándoles la palabra y creando ambientes propicios para que se expresen libremente, para que sea, por este camino, una verdadera batalla de ideas. De otra manera, sólo se logra -como demuestra la experiencia- el rechazo, la apatía, el silencio, la hipocresía, la doble moral, la enajenación y el oportunismo, en fin, la pérdida de antemano de la batalla de ideas contra un enemigo que no tiene que esforzarse demasiado para ganar adeptos, pues acude a lo pseudocultural, a lo banal, a lo atractivo sensorialmente, a las falacias y argucias argumentativas, a la provocación y tentación de lo más animalesco y fácil de hacer brotar en el ser humano, a la manipulación sin titubeos. De nuevo nuestra Graziella Pogolotti nos ilumina con su magisterio:
“Una tradición arraigada en nuestra práctica política en la base contrapone el activismo al llamado «docentismo», soslayando que la autoridad inmanente y, por ende, la capacidad de influir sobre los demás, dimana de la credibilidad sustentada en la conducta personal y en la solvencia intelectual de la argumentación. Julio Antonio Mella fue un intelectual de cuerpo entero y José Antonio Echeverría, antes de entregarse por entero al combate frente a la dictadura, impulsó las concepciones más avanzadas en el campo de la Arquitectura. Por lo demás, el espíritu crítico no debe identificarse mecánicamente con posiciones contrarrevolucionarias. En muchos casos, está orientado a mejorar lo existente. Aun cuando provenga del error o de falta de información, debe atenderse de manera desprejuiciada, procurando respuestas pertinentes, según la especificidad del problema planteado.” (Pogolotti, 2010, 2).

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