Vol 6. Núm 16. 2018
DESDE LA ISLA DE TUS ILUSIONES Homenaje muy personal a un amigo
Manuel Calviño Facultad de Psicología, Universidad de La Habana
Resumen
El autor rinde tributo al destacado psicoanalista latinoamericano Armando Bauleo. Rememora situaciones compartidas en las que se evidencia la personalidad y el compromiso del también psiquiatra argentino. La obra de Bauleo es de suma importancia para todos los que se acerquen a las prácticas grupales y las institucionales desde la Psicología.
Abstract
The author pays tribute to the outstanding Latin American psychoanalyst Armando Bauleo. It recalls shared situations in which the personality and commitment of the Argentine psychiatrist is evident. The work of Bauleo is very important for all those who approach group practices and institutional psychology.
Palabras claves
Armando Bauleo, grupos, Pichón Rivière, groups

El 19 de abril de 2008, en un hospital de su natal Buenos Aires, dejó de existir físicamente Armando Bauleo, el gordo. Un icono de la psicología latinoamericana.
En los días inmediatos a su fallecimiento escribí un texto tratando de recordármelo tal y como lo conocí fuera de las instituciones, las aulas, los hospitales, sus lugares usuales de batalla. Y hoy, a pocos días de cumplirse diez años de su deceso, retomo aquella remembranza, y la reedito en las páginas de esta revista, Alternativas cubanas en Psicología, que hace muchos años me recomendó hacer: “¿Y dónde vas a publicar todo esto?” –se refería a los trabajos, mesas, discusiones, que habíamos tenido en los Encuentros de Psicología y Marxismo– “Tenés que hacer una Revista, o una casa Editorial… son muchos”.
Lamentablemente, la mayoría de los escritos que se produjeron para aquellos encuentros, se perdieron. Muchos de los participantes ya no están (La Marie Langer, Ulloa, Rotzichner, Pavlovsky, Suárez, Castelar). Con Fernando (González Rey) hemos hablado varias veces de armar un libro, para que no se olvide todo lo que se hizo. Pero quién sabe si la distancia nos ha puesto siempre intervalos de tiempo que desarticulan incluso las buenas ideas. Igual, Armando no podrá escribir para ese libro. Y yo no quiero que los tiempos rellenen la memoria de otras cosas, y se nos quede fuera el compañero, el amigo que fue Bauleo.
La última vez que lo vi fue en Madrid. Conspirando, como era su costumbre. Habíamos salido de una larga jornada de trabajo en un excelente encuentro organizado por Federico, Emilio y la tropa de Area3 en el barrio de Lavapiés. El Congreso Internacional “Actualidad del Grupo Operativo” estaba siendo muy movido y reflexivo. Era entusiastamente agotador. Nos reuniríamos en un pequeño restaurante en el que, decía Armando, se comía una excelente carne argentina. Razón más que suficiente para él, y para mí. Pero claro, había que desprenderse de los intrusos. Los que no entienden que hay momentos en que uno quiere estar solamente con amigos muy cercanos.
Luego de formas de actuación que me hicieron sentir como un Tupamaro, aquellos legendarios y diligentes guerrilleros de ciudad que en Uruguay mantuvieron en jaque a los cuerpos represivos y al gobierno todo, llegamos al lugar acordado “los elegidos”. Por Cuba, dos “guerrilleros”: Mara Fuentes y yo. Alrededor de la mesa, de manera rápida y operativa, todos se organizaron para compartir entre dos la ración del bife pampero. ¿Alcanzaría para Armando y para mí compartiendo? “Aquí es grande. Si le ponés patas puede salir caminando”–dijo el mozo con acento porteño cuando le preguntamos si era contundente la porción. Y tenía razón. Era casi la vaca entera. Pero Armando y yo no compartimos. “Que es eso de comer como señoritas”. Una porción para cada uno. “Y por favor, le quita los cuernos” –dijo el gordo jocoso como siempre.
Pasamos una linda noche. Entre amigos. Debatimos sobre Psicología, sobre grupos, sobre la permanencia de Pichón, los grupos operativos. Y como siempre, invariablemente, me preguntaba, de Cuba. Quería saber cómo andaban las cosas por su isla de corazón.  “¿Cuándo vas a venir?” –le pregunté. “Pronto –me respondió– muy pronto estaré por allá. Tengo muchas ganas”. Pero complicaciones insospechadas por mí, y creo que también por él, dilataron tanto el viaje que quedó en hibernación.
Durante un largo tiempo no supe de él. Aunque podía imaginármelo haciendo grupos, supervisando, trabajando infatigablemente. Saltando ya entre Buenos Aires y Venecia, donde lo recuerdo en aquel apartamento donde La Marti, una noche de trajín, nos preparó una excelente pasta al dente, lo que para Fernando y para mí, quería decir medio cruda… nuestra pasta nacional, conocida también como “playa larga” por su participación casi diaria en la batalla cotidiana de los cubanos, era sobre cocinada, blanca blanca, y muy suave. Lo del dente lo descubrimos después.
Puedo verlo con nitidez en el Centro de Psicología Social Analítica de Venecia, otra de sus creaciones. El tiempo todo hablando o haciendo grupos, porque Armando fue un “grupólogo mayor”: Trabajaba en grupos, vivía en grupos, era un grupo. Discípulo directo (y predilecto) de Pichón, captó como pocos el pensamiento de su maestro, lo asimiló y lo enriqueció notablemente tanto en sus vertientes conceptuales, como en sus modelos de actuación y en la extensión institucional. Allí podemos encontrar su trabajo “La noción de tarea en psiquiatría” que escribió a solicitud de Pichón Rivière, y que este lo incluyó en su libro El proceso grupal.
Personas que trabajaron mucho más con él, han escrito sobre ese Bauleo hacedor de teorías y prácticas grupales, y que dejó una obra escrita imprescindible, entre las que recuerdo Ideología, grupo y familia (1970); Contrainstitución y grupos (1977); La Concepción operativa de grupo (1990); Notas de psicología y Psiquiatría social (1988); Psicoanálisis operativo (2005), Psicoanálisis y grupalidad (2007).
Pero no quiero abandonar mi construcción vivencial del gran tipo que fue Armando. Su sensibilidad humana se desbordaba a cada paso. Era un tipazo. Amigo a prueba de todo, incluso de balas. Jaranero hasta más allá de lo imaginable. Con un sentido del humor tan perspicaz, rotundo y siempre en ristre, que cuando alguien se acercaba a él ya comenzaba a esbozar una sonrisa, porque uno siempre tenía la seguridad de que Armando diría algo que la motivaría. Hasta las más serias caras de la psicología en Argentina, y vamos que había varias, se sonreían con las elaboraciones humorísticas de Armando.
Unos pocos meses antes de conocer de su muerte, el teléfono de mi casa empezó a sonar en plena madrugada. “Manolo. Soy yo Armando. ¿Cómo andás? Yo no podía creerlo. Después de un largo tiempo sin contacto, “apareció por teléfono”. Pero todavía mayor que lo inesperado de la llamada, era el disparate que me deparaba el encuentro. “Oíme, Manolo. Necesito que me busqués un ginecólogo”. La invitación al chiste era irrenunciable. “¿Te vas a operar, gordo? ¿Qué será de tu querida esposa?” Ahí tuve que separarme del auricular a varios metros. Las risotadas se escucharon seguramente en toda Italia, y también en La Habana vía satélite. “No me jodás. Ayudame con eso.Y tiene que ser un ginecólogo que sepa de huesos”. Yo ya no podía entender nada. “Este cabrón me quiere joder” –pensé no sin razón. “Armandito, tú necesitas en todo caso un urólogo, no un ginecólogo. Y te informo que el pene no tiene hueso”. Así que para la operación no necesitas ningún ortopédico”. Hasta tos nos entró de tanta risa. Bueno, la comunicación se cortó. Cuando me volvió a llamar, unas horas después, ya entramos “en tarea”. 
Pocas personas saben que la primera llegada de Bauleo a Cuba fue silenciosa. “Llegué como aspirante a guerrillero, para entrenarme” me contó una tarde caminando por La Rampa en busca de un lugar donde comer bien y barato. Vino clandestino a prepararse para el combate con armas. Su sueño de libertad latinoamericana no era una metáfora interpretativa. Los Montoneros era su pertenencia.
Quizás desde aquí podamos entender su activa participación en “Plataforma”, “Documento”, en fin, en las batallas de entender el sentido ideológico y político de las prácticas profesionales, aún desde el psicoanálisis.
La segunda llegada, sin embargo (digo con “embargo” pero de parte de los filibusteros del norte), fue estrepitosa. En los bajos de la Biblioteca Central de la Universidad de La Habana intentábamos hacer la acreditación para el Encuentro entre Psicoanalistas y Psicólogos Marxistas. Todo estaba tranquilo hasta que él llegó (lástima que este texto no tenga sonido para que pudiera escucharse la eterna risotada que repetía una y otra vez con la espontaneidad de un escolar). La inmensa fama que le precedía como grupólogo, el respeto que se le concedía por toda aquella historia de lucha, eran nada en comparación con la que se ganó, en unos segundos, de tipo simpático, agradable, amistoso, buen catador de la belleza de las minas.
Los Encuentros de Psicoanálisis y Psicología Marxista que se hicieron en nuestra Facultad cada dos años desde 1987 y hasta el 1999 (siete ediciones), mucho tienen que ver con Bauleo. La idea de acercar marxismo y psicoanálisis, pero en sus prácticas sociales, políticas, era un asunto que lo apasionaba. Lo había intentado con los rusos, cuando junto a un grupo de entusiastas, se fue a buscar a Bassin con la esperanza de legitimar la posibilidad de aunar en un esfuerzo común al marxismo, el inconsciente, los grupos operativos y el socialismo. En aquél entonces, solo consiguió un breve encuentro en la escalera del Hotel Rosía, en Moscú, que luego apareció en transcripción libre en un texto publicado en Argentina.
Pero en Cuba, con Cuba, fue todo un suceso abierto, explícito, en una institución (la Facultad de Psicología) y con más de seiscientos participantes. Siempre me recordaría aquel lapsus que tuve cuando al intervenir en la inauguración del Congreso, dije: “Damos inicio a este acto de clausura”. Estaban tan convencidos los psicoanalistas que los cubanos seguramente no sabíamos nada de psicoanálisis, que fueron incapaces de entender mi sutil homenaje a Freud, que refiere un ejemplo similar en su obra. Y tampoco se dieron cuenta que al presentar a Marie Langer, dije “Mami” y no “Mimi” (como le decían todos), porque apercibí con claridad el lugar de tótem que le concedían los psicoanalistas didácticamente psicoanalizados. 
En fin, Armando armó y desarmó aquél encuentro con su irreverencia cultivada desde el combate político y el epistemológico. Hacía perder la paciencia a los más aguantados. Éramos incapaces de comenzar una reunión de lo que él mismo llamó “El Comité Internacional” sin que él estuviera. Lo queríamos allí. Por su saber, que desprendidamente dejó en cada rincón de la Facultad de Psicología, por la experiencia vital que hacía circular entre anécdota y rememoración, porque nos traía como personas a quienes para nosotros eran nombres: Bleger, Pichón sobre todo, por su respeto y consideración, y por su arte de hacer propuestas prudentes y posibles. Una cosa era con Armando. Otra cosa sin Armando. 
Cuando estuvimos juntos en Italia, junto con Fernando, me desquité. Todo lo que armaba yo se lo desarmaba. Su Italiano era tan castellano que nunca me percaté en qué idioma hablaba. Una noche conversábamos con Leonardo Montecchi, anfitrión del Centro “José Bleger”, en Rimini. A cada rato Armando me miraba y me decía: “¿Y este qué dice que no lo entiendo?”. “Carajo Armando, el que vive en Italia eres tú”.  Pero era un maestro construyendo “ECROs” más allá de lenguas.
Eran estos los idiomas que el dominaba, en los que hablaba fluida y creativamente. Siempre esperan-do que nos sumáramos más y más a la construcción de un “esperanto” institucional de todas sus vocaciones y convicciones filosóficas, teóricas, praxológicas, políticas.
Hizo grupos en La Habana. La “crema y nata” de la psicología participó con la autenticidad del aprendiz. Nunca entendí como logró mantener “el setting” en condiciones tan adversas. Pero allí estábamos todos, a tiempo, en tiempo y con tiempo. Creo que nunca nadie lo ha logrado otra vez. Armando disfrutaba de los grupos. Disfrutaba en realidad de todo. Era un “hedonista racional”. Combatiente por la felicidad y el bienestar humano. Me decía que estar en un grupo era algo divertido, que tenía mucho de lúdico. Con aquella cara que costaba descifrar si hablaba en serio o en broma me dijo: “Lo más jodido es ser coordinador”. Y otra vez la risotada constante, perenne, efusiva, contagiosa, con la que cantaba a su manera aquella copla de la Violeta Parra: “Gracias a la vida que me ha dado tanto”.
Siempre estuvo al lado de Cuba. Nunca hubo en esto el más mínimo titubeo. Quizás porque en los 90 era el único país de América Latina al que no le podía aplicar el “Síndrome de Argentina”: “En la Argentina –comentó en una entrevista que le hicieron en 1998– falta memoria y se acabó la curiosidad”. O también porque en los 60 la llama de la esperanza se encendió en Cuba y él la guardó para siempre como brújula inequívoca. “Cagaron los rusos –me dijo después de la hecatombe soviética– Pero tenemos Cuba. La única revolución victoriosa. Es como nuestro didacta político”.
Me llegó la noticia de que el cuerpo del gordo no volvería a aparecer, que la inescrupulosa muerte se lo llevó, que el Pancreofla en compañía de la grapa no le dará una mejor digestión. Impactado y conmovido emocionalmente por la gravedad de una noticia que todavía no logro digerir (ni con la combinación que él mismo me enseñó en “El Diógenes” en la ribera de un canal veneciano), supongo que estoy en pre-tarea. Me falta mucha elaboración para lograr armar un recuerdo de Bauleo que contenga la apropiación contundente del significado de su vida, de su obra, de los centenares de páginas, diagramas (él mismo guardaba con recelo uno de Pichón) e ideas que nos dejó en estos años de enseñanza, de amistad, de solidaridad.
Y llegado este punto se me pierden las palabras porque los afectos brotan a borbotones y me empañan la vista. Entonces a falta de palabras (más bien de aire, porque entrecortada mi respiración me reclama desahogo), busco en mi archivo las que escribí para la presentación del número especial de la Revista Cubana de Psicología dedicada a los “encuentros” entre psicoanalistas latinoamericanos y psicólogos cubanos: Armando no se ha ido, y aunque quisiera irse no puede, porque ya dejó aquí suficiente como para que se le reclame y no se le olvide, y porque Cuba sigue siendo para él, como me dijo un día, “La capital de las ilusiones”.

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