Vol 6. N?m 17. 2018
PERSONALIDAD, POLARIZACIÓN POLÍTICA, MEDIOS MASIVOS Y ESPECTÁCULO: UNA VISIÓN SOBRE LA DINÁMICA DEL FENÓMENO TRUMP
Yoan Karell Acosta González Centro de Estudios Hemisféricos y Sobre Estados Unidos, Universidad de La Habana
Resumen
“Personalidad, polarización política, medios masivos y espectáculo: una visión sobre la dinámica del fenómeno Trump”. El presente trabajo explora algunas relaciones significativas entre la personalidad de Donald Trump, las condiciones socio-psicológicas, político-ideológicas y tecnológicas que propiciaron su ascenso a la Casa Blanca y el empleo, por parte de esta figura, de ciertos resortes del espectáculo en la política. Se ofrece una breve caracterización personológica del sujeto a partir de la información disponible y se profundiza en las condiciones de la sociedad estadounidense que favorecieron la llegada al poder de un individuo que rompe con cánones fundamentales en torno a lo que históricamente se ha esperado de un presidente. Se indaga en la relevancia del espectáculo en la política y en cómo Trump constituye un ejemplo de ello, favorecido, además, por el auge y consolidación de importantes transformaciones tecnológicas.
Abstract
“Personality, political polarization, mass media, and spectacle: a view on the dynamics of the Trump phenomenon”. This article looks into some significant connections among Donald Trump’s personality, the socio-psychological, political-ideological, and technological conditions which favored his rise to the White House, and the use by him of spectacle strategies in politics. A brief description of this individual’s personality is presented based on the information available, and insights are provided into the conditions in the United States society leading to his ascent to power even though he breaks away from fundamental patterns that historically have been expected of a president. This article also examines the relevance of spectacle in politics and how Trump constitutes an example of it, also favored by the prevalence of important technological transformations.
Palabras claves
personalidad, polarización política, medios masivos, espectáculo, personality, political polarization, mass media, spectacle

Introducción
Desde que Donald Trump alcanzó la Casa Blanca, se hicieron recurrentes las agudas controversias alrededor de su personalidad y su comportamiento (Patterson, 2017). La irrupción de esta figura, con una personalidad tan polémica, tiene lugar en un momento histórico sumamente complejo en Estados Unidos. En el ámbito internacional, Estados Unidos se ve enfrentado a un debilitamiento de su hegemonía, ante la emergencia de potencias como China y Rusia, mientras que el terrorismo continúa siendo un flagelo cuya solución se mantiene plagada de complicaciones. Al interior de la sociedad se evidencia una aguda polarización política entre opciones ubicadas en diferentes posiciones dentro del ámbito liberalismo-conservadurismo característico de ese país (Pew Research Center, 2014, 2017). Asimismo, se incrementa la desigualdad y se mantienen tendencias históricas (desde los años de 1970) hacia la disminución de los ingresos reales en amplios sectores, incluidas las llamadas clases medias de la esfera industrial (Frances, 2017). Igualmente, persiste la amenaza latente de crisis ante la desregulación y la especulación financiera, mientras que las deudas continúan lacerando la sociedad en medio de serios problemas asociados a la violencia, las armas de fuego y las drogas. En este contexto, se exacerban posiciones proteccionistas, racistas y xenófobas que se inclinan a culpar de estos problemas, por un lado, a tendencias económicas globalizadoras y, por otro, a grupos históricamente desfavorecidos como los inmigrantes. Además, a nivel social, se aprecia en Estados Unidos una pérdida considerable de confianza en el gobierno federal, los políticos tradicionales y también en los medios masivos (Pew Research Center, 2015), a la vez que las redes sociales digitales ejercen una creciente influencia. Esta situación favorece que el espectáculo cobre cada vez mayor preponderancia en la sociedad en general y el ámbito de la política en particular, tendencia que se fue consolidando a lo largo del siglo xx y hasta la actualidad (Debord, 2002; Garcés, 2015; Acosta, 2016). El presente trabajo se propone, precisamente, analizar algunas relaciones significativas entre la personalidad de Donald Trump, las condiciones socio-psicológicas, político-ideológicas y tecnológicas que caracterizan el contexto y el empleo de ciertos resortes del espectáculo en la política.
           

Una sucinta mirada a la personalidad de Donald Trump
Por su naturaleza, el estudio de la personalidad es complejo y requiere la aplicación y cotejo de variados métodos, técnicas e instrumentos, entre los que se hallan la observación de la conducta y el análisis del contenido expresado por la persona en sus interacciones, reflexiones y valoraciones de la realidad y de sí mismos. Trump ofrece abundante material en este sentido, pues ha sido por décadas una figura pública muy activa en Estados Unidos. No obstante, debe tenerse en cuenta, entre otros factores, que no existe una relación lineal entre personalidad y conducta, y que el ser humano –como sujeto activo e intencional– puede manejar su comportamiento y su expresión para camuflar motivos, intereses, actitudes y otros componentes de su personalidad. Asimismo, tanto lo consciente como lo inconsciente desempeñan determinado papel.
Ante todo, es preciso señalar que el referente teórico fundamental empleado para el análisis es el Enfoque Histórico-Cultural (EHC) (Vygotsky, 1987, 2005; Arias, 2004; Fernández, 2005; González, 1982, 1985), fundado epistemológicamente en el materialismo histórico y dialéctico (Marx & Engels, 2014; Engels, 1876) y cuya fundamentación científica se erige sobre la sólida y extensa obra de Vygotsky.
El EHC estudia al sujeto teniendo en cuenta la configuración social en la que este se inserta y desarrolla, así como los factores históricos que contribuyen a moldear la subjetividad, para la comprensión de la cual el EHC aborda las complejidades y contradicciones de las interacciones sociales en relación con la individualidad. Concibe, por otra parte, la personalidad como sistema. El EHC persigue explicar las relaciones complejas entre los componentes biológicos, sociales, ambientales y psicológicos que contribuyen a la formación y desarrollo de la personalidad; rompe así con otros enfoques que, usualmente, sobredimensionan, subestiman o ignoran el papel de alguno de estos componentes. El EHC se propone trascender análisis dicotómicos (no dialécticos) que han impedido a otros enfoques atrapar de manera integradora la complejidad del ser humano en su dimensión subjetiva; en este sentido, el EHC persigue superar análisis dicotómicos entre teoría y empirismo, lo individual y lo histórico-social, el comportamiento y los estímulos externos, lo inconsciente y lo consciente, lo biológico y lo psíquico, lo psíquico y el lenguaje, entre otros.
Según el EHC, en el proceso de comunicación y de interacción con la realidad aparece la vivencia, como categoría que expresa la unidad indisoluble entre lo afectivo y lo cognitivo y como base del sentido que la información adquiere para el sujeto. (Arias, 2005; Fernández, 2005). Dicho de otra manera, en la unidad cognición-afecto está la base del sentido que la personalidad le otorga a la realidad vivenciada y el origen de las formaciones reguladoras más complejas.
Asimismo, según el EHC, la subjetividad no es un reflejo dislocado y sin orden de la realidad, sino que constituye un reflejo caracterizado por la integridad y la complejidad, lo cual unido a la conciencia permite un reflejo sintetizado y generalizado de la realidad. Es justo ese reflejo complejo, configurado por formaciones psicológicas que se articulan holísticamente en función de la regulación y autorregulación del comportamiento, lo que llamamos personalidaddel individuo, estructurada sistémicamente por unidades psicológicas primarias (necesidades, motivos, intereses, rasgos del carácter, actitudes, hábitos) y por formaciones motivacionales [concepción del mundo (cosmovisión sobre la realidad que puede manifestarse en posiciones filosóficas, ideológicas, creencias, valores, estereotipos, prejuicios), ideales, proyectos de vida, procesos autorreferenciales (autoconocimiento, autoestima, autoaceptación, proyección al cambio), motivación profesional]. En síntesis: “Personalidades la organización, la integración más compleja y estable, de contenidos y funciones psicológicas que intervienen en la regulación y autorregulación del comportamiento en las esferas más relevantes para la vida del sujeto”. (Fernández, 2005:242).
Entonces, con esta posición teórica como referencia, se ofrecen a continuación algunas visiones construidas a partir de la observación de la actividad de Donald Trump en su cuenta de Twitter, así como su conducta reflejada por medios masivos de diverso signo ideológico. Estas visiones se basan, además, en la lectura de varios libros publicados bajo la autoría del presidente (Trump, 1987, 2008) y el análisis de lo expresado por él en presentaciones públicas y entrevistas, además del estudio de varios libros sobre su vida y sobre su comportamiento y personalidad (Johnston, 2016; Stone, 2017; Frances, 2017; Bandy, 2017). A lo anterior se añaden reflexiones sobre la base de lecturas de textos académicos enfocados en aspectos políticos e históricos relevantes (Hernández, 2015, 2017; Foner, 2014; Wattenberg, 1991; Mead, 2017). Dada la complejidad que encierra el estudio de la personalidad, solo se esbozarán algunas características relacionadas estrechamente con la victoria de Trump en la campaña por la presidencia, así como con la constante polémica que esta figura genera.
Según McAdams (2016), en Donald Trump parecen combinarse altas dosis de extroversión con bajos niveles de simpatía. El primer rasgo implica, en este caso, una tendencia a interactuar de manera dominante con numerosas personas, mostrarse inquieto, muy activo y enérgico, en búsqueda constante de satisfacción personal. Mientras, el segundo rasgo implica una tendencia a ignorar o no importarle el malestar que su proyección puede ocasionar en los demás, así como ausencia de tacto, altruismo, compasión o modestia.
A menudo, Trump despliega una elevada expresividad e ira, es categórico y emplea interjecciones, así como adjetivos que ofrecen una valoración (positiva o negativa) o que magnifican o hiperbolizan aquello que menciona o describe. De esta manera, ataca o descalifica sin freno a sus adversarios o ensalza lo que él considera logros personales. Además, su proyección indica que disfruta intensamente su actividad diaria.
Estas características han tenido notorias expresiones. Por ejemplo, cuando se burló, con mímica, de un periodista que padece de una seria afección psicomotora; o cuando empleó un sarcasmo en cuanto a la apariencia física de la candidata republicana Carly Fiorina; o cuando expresó que podía pararse en la Quinta Avenida, dispararle a alguien y, aun así, no perdería ningún voto; o sus valoraciones muy positivas y explícitas en torno a su propia inteligencia o apariencia física.
Frances (2017), por otro lado, atribuye a Donald Trump una categoría desarrollada por Theodor Adorno tras la Segunda Guerra Mundial: la personalidad autoritaria. El concepto incluye rasgos como la firme defensa de los convencionalismos, ser dominante, menospreciar las visiones intelectuales, sobreestimar el poder y la rudeza, culpar a los demás, ser desconfiado de la naturaleza humana y aplicar el principio de que el fin justifica los medios, entre otros.
Donald Trump parece encarnar en grado sumo algunos principios que han orientado a la sociedad estadounidense históricamente, como el pragmatismo, el individualismo, la competencia sin límites y la visión de una sociedad dividida entre ganadores y perdedores. En su obsesión por ser un gran ganador, Trump ha afrontado enormes riesgos en los negocios, que lo han conducido a importantes logros pero también, en varias ocasiones, a bancarrotas. En el camino, se ha agenciado vínculos con individuos de dudosa reputación y ha cambiado con frecuencia de posición política en aras de cumplir sus propósitos.
Se han mencionado hasta aquí solo algunas características personológicas visibles de Donald Trump. En aras de comprender con mayor profundidad la funcionalidad de esta proyección psicológica, debe analizarse el contexto de la sociedad estadounidense en la segunda década del siglo xxi.
           

Entorno social y político-ideológico en el que emerge la figura de Donald Trump
Según Hernández (2017), la sociedad estadounidense, desde los años de 1980, se encuentra en un proceso de transición inconclusa, marcado por profundas crisis y transformaciones, hacia un proyecto de nación notablemente conservador, aunque matizado por importantes componentes liberales. Señala este autor que lo que se aprecia en el espectro político ideológico estadounidense actual es una coexistencia dialéctica de posiciones de derecha y de centro-derecha, con amagos liberales o moderados a distintos niveles, que atraviesan al Ejecutivo, al Congreso, a los partidos, a la opinión pública, a la cultura cívica y a los círculos intelectuales (Hernández, 2015).
De manera que no resulta sencillo caracterizar la heterogeneidad y peculiaridades político-ideológicas de la sociedad estadounidense, no exenta de contradicciones, pero sobresalen rasgos dominantes que el autor antes citado ha puntualizado y que conforman un credo nacional en los Estados Unidos. Por ejemplo, la creencia en que el capitalismo, acompañado de la democracia liberal, es un sistema insuperable, al ser el único que han conocido y al haber obtenido, como nación, significativos logros económicos, científico-tecnológicos, entre otros; rasgos también extendidos son el énfasis en el individuo y sus libertades, así como en la propiedad privada; también lo son el patriotismo, una actitud mesiánica, el destino manifiesto, la fuerte creencia en que los Estados Unidos son un pueblo excepcional, la convicción de que el mercado y la competencia desempeñan un papel fundamental en la regulación de las relaciones sociales y la creencia en que el sistema capitalista ofrece igualdad de oportunidades si el individuo se esfuerza lo suficiente; otros rasgos son la restricción del papel del Estado en la economía y la confianza en las instituciones, aunque estos dos últimos han presentado en los últimos años importantes contradicciones.
No obstante, si bien la sociedad estadounidense no se cuestiona en esencia sus bases fundamentales –ideología capitalista y el credo nacional antes referido–, y si bien la conflictividad política tiene lugar dentro de márgenes relativamente estrechos, las encuestas y estudios demuestran que, por décadas, viene ocurriendo un significativo proceso de intensa polarización política entre distintas posiciones en el ámbito conservadurismo-liberalismo. El propio Hernández (2017) marca la elección de Obama como el resurgimiento de una sustancial oposición entre dos modelos dentro del sistema: uno con miras en un Estado de bienestar y mayor número de regulaciones, y otro que promueve la contracción estatal y un mercado libre y desregulado.
Según el sitio Pew Research Center (2014), la polarización se intensifica y los diferentes sectores sociales se posicionan en distintos puntos del espectro liberalismo-conservadurismo que caracteriza en general la sociedad estadounidense; en este posicionamiento tienen lugar alrededor de diez temas principales: eficiencia del gobierno, regulación de la economía, seguridad social, papel del gobierno en la vida social (“tamaño” del gobierno y política fiscal), relaciones interraciales, inmigración, política exterior y seguridad nacional, beneficios empresariales (impuestos), política ambiental y tratamiento a los homosexuales. En general, señala el estudio, los demócratas son cada vez más liberales y los republicanos cada vez más conservadores.
En este contexto, Mead (2017) identifica el fortalecimiento y preeminencia de un grupo que, portador de un sólido constructo ideológico y capitalizado por Donald Trump, encuentra su referente histórico en la figura de Andrew Jackson, a quien sus rivales visualizaban como un líder capaz de canalizar ciertas sensibilidades del populacho de manera demagógica. Sus victorias militares contra los ingleses y contra grupos indígenas a principios del siglo xix lo convirtieron en héroe ante masas de granjeros, así como de pioneros de la expansión hacia el oeste. De fuerte temperamento, Jackson fue descrito por sus adversarios como un hombre demasiado furibundo y peligroso como para desempeñarse adecuadamente en el cargo de presidente. En este contexto, una vez en la presidencia, Jackson ejerció presión para que se aprobara una ley que conduciría a la reubicación forzada de alrededor de 45 000 indígenas; al menos 4000 de ellos murieron en el trayecto entre Georgia y Oklahoma (McAdams, 2016).
La tradición jacksoniana se mantiene latente desde entonces en el imaginario de ciertos sectores, en lo fundamental entre blancos evangélicos. Ahora se manifiesta ante el temor provocado por peligros reales o percibidos, como el terrorismo y algunos aspectos del sistema migratorio, en un momento álgido dentro de un largo período, desde finales de los años 50, en el que la tendencia ha sido hacia un descenso en la confianza de los estadounidenses en el gobierno federal, desconfianza que se manifiesta notablemente en torno al papel desempeñado por las autoridades federales en sectores como la inmigración y el fortalecimiento de la economía. En 2015, por ejemplo, solo el 26 % de los demócratas y el 11 % de los republicanos declararon que podían confiar en el gobierno casi siempre o la mayoría de las veces (Pew Research Center, 2015).
Según Mead (2017), las elecciones de 2016 significaron un retorno a las escuelas de pensamiento jeffersoniano y jacksoniano que habían sido influyentes antes de la Segunda Guerra Mundial, o sea, que la elección de Donald Trump se relaciona con el predominio de una visión opuesta al orden liberal, promovido por Estados Unidos, que ha marcado al planeta desde el fin de aquella conflagración. La creencia central de esta visión es que el orden liberal global no es el que mejor responde a los intereses nacionales de Estados Unidos.
Mead (2017) explica que los jeffersonianos de hoy abogan por la disminución relativa del papel desempeñado por Estados Unidos a nivel planetario, de manera que se reduzcan los costos y riesgos asumidos por su país. Sin embargo, añade este autor, Donald Trump fue capaz de percibir que la fuerza realmente en ascenso no era el minimalismo jeffersoniano, acariciado por políticos como Rand Paul o Ted Cruz, sino el nacionalismo populista jacksoniano ubicado en el centro de la base electoral de Trump. Para los jacksonianos, el papel primordial del gobierno es garantizar la seguridad física y el bienestar económico de los estadounidenses en su estado-nación, y lograrlo mediante la mínima interferencia posible en la libertad individual que, según esta perspectiva, hacen de Estados Unidos un país único.
Continúa explicando Mead (2017) que los jacksonianos perciben que están siendo atacados por enemigos internos conformados por élites oportunistas e inmigrantes de distintos orígenes, que amenazan con cambiar la esencia de la nación. Añade este autor que los jacksonianos “no están obsesionados con la corrupción, que la ven como parte inevitable de la política, sino que se preocupan profundamente por lo que perciben como perversión, o sea, cuando los políticos tratan de usar el gobierno para oprimir a la gente en lugar de protegerla”. En alguna medida, esta percepción que describe Mead (2017) puede constituir uno de los factores detrás del rechazo hacia la élites, incluidos los políticos tradicionales. Este autor se adentra en aspectos psicosociales en torno a la identidad y argumenta que, en las últimas décadas, se han desarrollado movimientos cívicos, políticos e intelectuales que celebran diversos grupos étnicos, raciales, religiosos y otros relacionados con el género y la orientación e identidad sexuales, de manera quese resalta la importancia de la autenticidad étnica, y la sociedad les ofrece beneficios económicos y ventajas sociales a estos grupos; mientras, los jacksonianos, en su mayoría de ascendencia europea o que simplemente se ven como estadounidenses, no perciben que poseen una manera aceptable de celebrar su identidad, ante el desvanecimiento de antiguas identidades, como las de los ítalo-estadounidenses o los de origen irlandés, y ante le existencia de tabúes en torno a reclamar identidades europeo-estadounidenses o de los blancos, algunos de los cuales ven perder sus empleos en el sector industrial y descender su nivel de vida en general. De ahí la necesidad percibida de articular un sentido propio de identidad y el rechazo a lo “políticamente correcto”. Mead (2017), además, entrelaza asuntos étnicos, raciales y de seguridad para explicar, desde su punto de vista, el resurgir jacksoniano. Expone que el sentimiento anti-policía de los últimos años, con manifestaciones como las protagonizadas por el movimiento Black Lives Matter (las vidas de los negros sí importan), empeoran la tendencia de los jacksonianos hacia la enajenación cultural, y no solo por cuestiones raciales, sino porque, instintivamente, los jacksonianos apoyan la policía y el ejército, y ven como injusto e inmoral que se les pida asumir enormes riesgos y estrés en el frente de combate o en el enfrentamiento al crimen, para luego juzgarlos desde detrás de un buró cuando cometen errores en el calor de las acciones. De ahí que las protestas que muchos estadounidenses perciben como parte de la lucha contra la injusticia (como los múltiples casos en que policías blancos han dado muerte a negros desarmados) sean vistos por los jacksonianos como ataques contra la ley y el orden. Asimismo, el tema del control sobre las armas y la inmigración, según Mead (2017), también despierta recelos entre los jacksonianos, que ven las actitudes de algunas élites políticas como una amenaza para el núcleo de los valores nacionales. En este sentido, perciben las propuestas de control sobre la venta de las armas y de reforma migratoria como pasos encaminados a imponer el control de las élites y la diversidad étnica que observan con recelo. Para ellos, el derecho a portar armas es sagrado, así como el derecho a defenderse con ellas en contra de la tiranía que pudiera emanar de las élites políticas. De igual forma, valoran como una necesidad práctica el derecho de la familia a protegerse sin depender del Estado para ello y temen, en consecuencia, que los demócratas y los republicanos moderados traten de desarmarlos, lo que explica, a partir de este razonamiento, que tras tiroteos masivos, y los subsiguientes llamados a establecer un mayor control sobre las armas, se disparen las ventas de estas, si bien en general los índices de criminalidad disminuyen.
En cuanto a la inmigración, los jacksonianos, continúa Mead (2017), percibieron el tema, con vistas a las elecciones de 2016, como parte de un intento deliberado de marginalizarlos en su propio país. Las expectativas demócratas de alcanzar el respaldo de la mayoría, ante el declive del porcentaje de votantes blancos, fue interpretado por los jacksonianos como un intento consciente de transformar la demografía del país. Entonces, al escuchar el apoyo brindado por algunas élites al incremento de los niveles de inmigración y ante su aparente despreocupación por la inmigración ilegal, los jacksonianos lo interpretan como un intento de despojarlos del poder, tanto desde el punto de vista político, como cultural y demográfico. En resumen, concluye Mead (2017: 6), en 2016 “muchos estadounidenses votaron motivados por la ausencia de confianza, no en un partido en particular, sino en las élites políticas tradicionales y su usual ideología global y cosmopolita”, de donde se deduce que, al elegir a Trump, su prioridad fuera el intento de poder contar con alguien que despejara sus profundas preocupaciones y temores.
Desde mi punto de vista, los jacksonianos son en esencia, sectores conformados máxime por blancos de clase media y origen europeo, con tendencias nativistas, que sienten amenazado su estatus económico y social, ante fenómenos como la reubicación de industrias en el exterior (que subyace como una de las causas del debilitamiento del sector industrial, pero no es la única) y la evolución de la sociedad hacia una mayor integración y oportunidades para otros sectores, como los afro-descendientes y los inmigrantes.
Por una parte, la visión jacksoniana no tiene en cuenta que estos sectores también han desempeñado un papel esencial en la construcción de la nación estadounidense y que han sido históricamente relegados o marginados. Por otra parte, esta perspectiva desconoce que problemas señalados, como el estancamiento de los ingresos y la pérdida de empleos que han padecido algunos grupos de blancos estadounidenses, constituyen fenómenos complejos y multicausales, en un sistema socio-económico que tiende, por su propia dinámica, hacia la profunda desigualdad en la distribución de la riqueza, dados algunos de los principios de funcionamiento de ese sistema, como la usual primacía de la maximización de la ganancia del capital por encima de los beneficios sociales y la tendencia hacia la híper concentración del capital y su transnacionalización, que conllevan la aplicación de las más avanzadas tecnologías –con la consiguiente reducción del número de empleados– así como el desplazamiento de las industrias hacia el lugar del mundo donde existan las condiciones que garanticen las mayores ganancias, o sea, donde haya que pagar los salarios más bajos y la menor cantidad de impuestos, y donde las leyes y regulaciones exijan lo menos posible en materia de protección ambiental y de garantías y beneficios para los trabajadores.
Sin embargo, lo relevante en función de comprender el ascenso de Trump a la Casa Blanca es que las percepciones jacksonianas parecen tener un peso considerable y pueden explicar, entre otras causas, por qué Donald Trump fue elegido a pesar de que ha roto con numerosos cánones sobre lo que debe ser un presidente. Puede explicar, por ejemplo, por qué los exabruptos emocionales de Trump, sus embestidas y su retórica nada formal, o sea, no ser “políticamente correcto”, no ha sido un obstáculo, pues ser cuidadosos en la expresión y el comportamiento en torno a otros grupos (en realidad, se trata de grupos históricamente desfavorecidos, como las mujeres, los inmigrantes o los afro-descendientes), es parte de la dinámica que ha privilegiado estas identidades en detrimento del lugar de los jacksonianos en la sociedad, según lo perciben estos últimos.
De manera que Donald Trump, mediante su proyección en contra de la globalización y marcada por la agresividad hacia los inmigrantes, así como de hombre “duro”, de éxito económico y que en apariencia no se detiene ante nada ni se retracta, capitaliza y le ofrece confianza a un sector de la sociedad estadounidense que, si bien se ha visto afectado, deposita la culpa en otros grupos que han sido aún más golpeados históricamente cuando, en realidad, las causas profundas de los problemas se hallan en el funcionamiento de un sistema (el capitalismo post-industrial) del que, irónicamente, Trump es un típico representante, como parte de la élite dentro del sector inmobiliario y del espectáculo. La participación de esta figura en reality shows y su histrionismo han sidootro factor fundamental para explicar el inesperado ascenso de Donald Trump a la Casa Blanca.
            El espectáculo como arma política en medio de transformaciones comunicacionales
Ya desde 1947, en el marco de la Escuela de Frankfurt, Horkheimer & Adorno (1998) reflexionaban sobre el papel de las llamadas “industrias culturales” y de los medios masivos como sutiles y, a la vez, potentes instrumentos político-ideológicos para el mantenimiento de la estructura de poder en la sociedad. Más recientemente, Guy Debord revela que la sociedad actual toma el espectáculo como uno de sus ejes fundamentales, ya sea en forma de propaganda, publicidad o consumo de distracciones: “[el espectáculo] es el corazón del irrealismo de la sociedad real” (Debord 2002: 7).
La política es uno de los ámbitos permeados por el espectáculo y los “actores” políticos emplean con frecuencia resortes dramáticos propios del entretenimiento para distraer audiencias o atraer y mantener su atención. “Cada vez adquiere mayor relevancia el carisma que los actores políticos sean capaces de desplegar en los medios; se vuelven preponderantes la pose, el dramatismo y la efectividad que se logre alcanzar al atacar al adversario públicamente” (Acosta, 2016). Lo anterior se evidencia, por ejemplo, en los debates entre candidatos a la presidencia de Estados Unidos.
Esta tendencia, acentuada hoy por los adelantos de la computación, tiene profundas raíces en el sensacionalismo nacido a finales del siglo xix, así como en el diseño de estrategias de mercadotecnia que, fundamentadas en el psicoanálisis, han caracterizado los siglos xx y xxi. Kara-Murza (2014) explica que, de hecho, los candidatos políticos son publicitados como si se tratara de productos de consumo. El voto lo obtendrá entonces aquel que haya quedado mejor grabado en la memoria, como resultado de técnicas como la sugestión, que apela a impresionar o conmover al receptor, a despertar emociones y generar sensaciones favorables al candidato. Como se explica en Acosta (2016) y se profundiza y ejemplifica ampliamente en Ramonet (2006), la publicidad comercial ha impuesto a los medios, tanto en la función informativa y persuasiva de estos como en la de entretenimiento, su ritmo ágil, apresurado, intranquilo, con saltos frecuentes de un plano a otro e ideas fáciles de recibir. “El erotismo y la violencia, lo cómico, lo lúdico y lo bello (según patrones en general estadounidenses o europeos) [constituyen] acicates para un entretenimiento que a menudo estimula poco el pensamiento crítico; de manera que se acude con frecuencia a lo más primitivo del ser humano” (Acosta, 2016). Estos rasgos han marcado procedimientos y fórmulas audiovisuales que han forjado el gusto de grandes audiencias y se emplean para promover, de manera solapada, posiciones ideológicas dominantes.
De manera que, en medio de la híper-concentración de los medios en manos de pocos conglomerados, la sobresaturación de mensajes y las cada vez más modernas tecnologías, entre otros factores, el proceso de conservación de hegemonía, y los procesos políticos en general, se apoyan de manera creciente en el espectáculo, en la distracción, en la desviación de la atención y en la propagación de mensajes que apelan más a la forma, a lo aparente, a lo emotivo, que es más primario que la racionalidad desde el punto de vista psicológico; pero como la cognición y la emoción son en realidad inseparables en el funcionamiento psíquico, por vías más primarias, más emotivas, se llegan a instalar creencias y fomentar actitudes que movilizan el comportamiento en una dirección funcional a los detentadores del poder.
En este contexto, emerge la figura de Donald Trump, portador de una personalidad que rompe numerosos cánones de “presidenciabilidad” y con experiencia en el mundo del espectáculo, como anfitrión de programas televisivos que desdibujan las fronteras entre la realidad y la ficción, lo que le permite cierto dominio de su proyección pública y discursiva, cargada de un histrionismo que le resulta funcional, dada la manera en que ha evolucionado la sociedad estadounidense, que en gran medida se conmociona y reacciona ante la espectacularidad y la polémica en torno a personas que alcancen notoriedad o fama por alguna razón.
El profesor Tim Wu, de la Facultad de Derecho de Columbia, explica que Trump logra acaparar la atención del público y de los medios al atacar y contraatacar en múltiples frentes al unísono y, de esta manera, aunque pierda algunas batallas, siempre gana porque mantiene la atención sobre él y continúa en la pelea y esta estrategia le resulta funcional: “… la guerra [de Trump contra los medios] tiene sentido porque le ofrece al presidente lo que desea: un papel en el que puede emplear su natural energía belicosa para generar un espectáculo sumamente atractivo” (Wu, 2017). Wu va más allá y afirma que la impredictibilidad de Trump constituye un ingrediente adictivo que mantiene “conectado” a todo el país y a una parte considerable del mundo. El profesor de Columbia añade que, aunque Trump emplea herramientas modernas, el objetivo de acaparar la atención es una estrategia conocida, ya que la mera posibilidad de hacer llegar grandes volúmenes de mensajes le permite a un líder cambiar las mentes, edificar realidades alternativas e iniciar un cambio en las reglas del juego. En este sentido, Patterson (2017) señala que Trump es beneficioso para los medios estadounidenses, pues su proceder impredecible y la polémica que genera captan la atención y contribuyen a que suban los ratings.
Por otro lado, Donald Trump y su equipo se ajustaron mucho mejor que sus rivales políticos a las transformaciones tecnológicas que se fueron consolidando durante las dos primeras décadas del siglo xxi, caracterizadas por el uso ascendente de las redes sociales digitales en Internet, la televisión por cable y la telefonía móvil. Como explica Larrosa-Fuentes (2017), Trump explotó con énfasis la televisión por cable y las redes sociales digitales como Twitter para acaparar la atención y hacer llegar sus mensajes a ciertos sectores descontentos. Estos medios, y otros sitios en Internet radicalizados políticamente, permitieron a numerosos usuarios consumir con mayor selectividad los mensajes mejor ajustados a su visión ideológica, así como ignorar otros. Esto explica en alguna medida por qué Donald Trump ha realizado pronunciamientos sumamente polémicos, polarizantes y a menudo imprecisos desde el punto de vista factual y, aun así, no pierde apoyo sustancial de una base electoral que encuentra sintonía entre sus posiciones ideológicas y los mensajes de Trump, dado el nivel educativo bajo o medio de esa base, su frecuente oposición a visiones intelectuales en torno a la realidad, así como su acentuada irritación con las élites liberales.

 

Conclusiones
El ascenso de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos constituye un fenómeno complejo y multicausal. Es resultado de agudas contradicciones y frustraciones acumuladas históricamente en la sociedad estadounidense, marcada por la desigualdad, la polarización política y una mayor visibilidad de sectores irritados con las élites políticas, los cambios demográficos y el orden liberal globalizado que los propios Estados Unidos han promovido por décadas, en un mundo que parece transitar hacia la multipolaridad, con el consiguiente desafío a la hegemonía estadounidense.
En este contexto, la personalidad de Donald Trump desempeña un papel que no puede subestimarse para entender su victoria electoral y su permanencia en la presidencia en medio de numerosos escándalos y acusaciones. La polémica que genera, así como su agresividad, impredictibilidad, desapego a la verdad factual, divorcio de lo “políticamente correcto” y escasa “presidenciabilidad”, entre otros rasgos, le han sido funcionales en el contexto político, económico y socio-cultural de la sociedad estadounidense de la segunda década del siglo xxi. A la vez, Trump exacerba aún más la polarización política.
Donald Trump capitaliza el malestar de sectores que, si bien se han visto afectadospor procesos históricos y sistémicos, tienden a culpar a grupos desfavorecidos como los inmigrantes, así como a la globalización neoliberal que, aunque es en parte responsable, no agota la complejidad del problema que, más bien, subyace en la propia naturaleza del capitalismo posindustrial.
Por un lado, Trump explota habilidades histriónicas desarrolladas durante su incursión en el mundo de los reality shows y la publicidad, en una sociedad que en gran medida se mueve mediante los resortes del espectáculo. Por otro lado, esta figura ha ajustado, en beneficio propio, su actuación política a las significativas transformaciones tecnológicas que se fueron consolidando durante las dos primeras décadas del siglo xxi.

 

Referencias bibliográficas
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Se consultó sistemáticamente, a lo largo de los primeros quince meses de la presidencia de Donald Trump, el sitio digital RealClearPolitics (realclearpolitics.com) que, para abordar cada tema, ubica en su página enlaces a trabajos periodísticos publicados por medios estadounidenses de diferentes perspectivas ideológicasdentro del espectro político dominante en ese país, o sea, en el ámbito liberalismo-conservadurismo característico del país norteño.

Para indagar en el tema de la polarización política en Estados Unidos puede consultarse, entre otros autores, a Hetherington (2009) y McCarty et al. (2006).

Para indagar en la complejidad de estos problemas puede consultarse, por ejemplo: Piketty (2013).

Otro componente esencial de las transformaciones tecnológicas lo constituye el empleo de la minería de datos en redes sociales como Facebook para establecer caracterizaciones psicológicas y políticas de los electores y luego enviarles mensajes convenientemente diseñados para incidir en sus decisiones políticas.

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