Vol 6. N?m 17. 2018
APUNTES PARA UNA REVISIÓN TEÓRICA DE LA AUTOVALORACIÓN EN EL DEPORTE
Julio Arturo Ordoqui-Baldriche Instituto de Medicina del Deporte Rolando Acebal Monte Federación Cubana de boxeo
Resumen
El artículo constituye una sistematización teórica donde se define el concepto autovaloración y se hace un recorrido por sus diferentes escenarios de investigación científica. Nació en el área de la psicología educativa, la psicología clínica y evolutiva, y ha sido implementado de forma muy particular por la investigación psicológica en el ámbito deportivo. En este último, se explica cómo los procesos autovalorativos constituyeron objeto de estudio en diagnósticos e investigaciones fundamentales, dando paso a una nueva e interesante etapa en que intencionadamente se vinculan los procesos autovalorativos y el análisis del producto de la actividad. Se analizan resultados de estas investigaciones en tiro deportivo, atletismo, judo y boxeo, en los que se encuentran índices significativos de correlación estadística entre variables psicológicas e indicadores de la actividad.
Abstract
The article constitutes a theoretical systematization where the concept of self-assessment is defined and a tour through its different scientific research scenarios is made. It was born in the area of educational psychology, clinical and evolutionary psychology, and has been implemented in a very particular way by psychological research in the sports field. In the latter, it is explained how the self-assessment processes were the object of study in fundamental diagnostics and research, giving way to a new and interesting stage in which the self-assessment processes and the analysis of the product of the activity are intentionally linked. The results of these investigations are analyzed in sports shooting, athletics, judo and boxing, in which there are significant indexes of statistical correlation between psychological variables and indicators of activity.
Palabras claves
Autovaloración, análisis del producto de la actividad, Self-assessment, analysis of the product of the activity

En psicología, la categoría trabajada con más rigor para designar la dimensión valorativa dinámica de los fenómenos de la autoconciencia, que constituye la configuración de sentidos asociados al sí mismo (self), es la autovaloración. González (1983) la definió como “subsistema de la personalidad, con base funcional en la unidad de cognición y afecto, que incluye un conjunto de necesidades y motivos esenciales, y se expresa en un concepto preciso y generalizado del sujeto sobre sí mismo, y que participa activamente en la gratificación de los motivos integrantes de las tendencias orientadoras de la personalidad, o sea, está comprometido en la realización de las aspiraciones más significativas de la persona” (p. 32).
Para el autor, la autovaloración es la configuración de los sentidos psicológicos de mismidad que se expresan en la elaboración, por parte del sujeto, de un concepto sobre sí y en una valoración con fuerte carga emocional. Dicha valoración refleja las principales motivaciones de la personalidad y ejerce un rol esencial en la regulación del comportamiento, de ahí que sea considerada también una dimensión dinámica de la autoconciencia.
En cuanto a su dimensión dinámica-procesal, la autovaloración se expresa a través de tres procesos en estrecha relación: las funciones subjetivo-valorativa, reguladora y autoeducativa (Roloff, 1995; González, 1983). Roloff (1995) define la función valorativa como la posibilidad del sujeto en el curso de su vida de enjuiciar su comportamiento, manera de ser y cualidades personales, con un sentido positivo o negativo.
En relación con la función valorativa, el autor define la función reguladora como la incidencia de este contenido autovalorativo en el dinamismo y direccionalidad de la actividad y la conducta del sujeto. La valoración de sí incide sobre la regulación del comportamiento, el planteamiento de metas, el nivel de aspiración, la respuesta emocional ante los resultados del desempeño y, consecuentemente, la autoestima. Esta función, comprometida con la realización de las principales necesidades del sujeto, pone de relieve la naturaleza motivacional de la autovaloración y expresa la relación dialéctica entre la valoración que se tiene de sí y la regulación del comportamiento.
Por su parte, la función autoeducativa designa el máximo grado de desarrollo de la autovaloración, supone un análisis autocrítico que le permite al sujeto asumir la propia transformación en la búsqueda de un mayor estado de satisfacción consigo mismo (Marcos, 2003). Sobre la base del conocimiento de sí, la toma de conciencia sobre las principales motivaciones que se posee y la valoración adecuada de las cualidades comprometidas en la gratificación de estas motivaciones, los sujetos autocríticamente identifican qué desean cambiar de sí mismos y asumen el reto de la propia superación. Los procesos autovalorativos, en sentido general, son los procesos a través de los cuales la autovaloración se expresa de manera reiterativa.
Otro aspecto relevante para comprender los procesos autovalorativos es su carácter vivencial. Abordarlos como una unidad de análisis compleja, implica hacerlo en su integridad, sin “el desmembramiento de la personalidad y en la vinculación de esta con el ambiente (vivencia) en que se desarrollan” (Fariñas, 2005:120). “… la vivencia es una unidad en la que están representados, en un todo indivisible, por un lado el medio, es decir, lo experimentado por el niño; por otro, lo que el propio niño aporta a esta vivencia y que a su vez, se determina por el nivel alcanzado por él anteriormente … la vivencia es como un nudo en el cual están atadas diversas influencias y circunstancias, tanto externas como internas” (Bozhovich, 1976:123). Este carácter vivencial de la vida subjetiva permite actualizar y reconceptualizar los contenidos del sí mismo y del sistema de valores, por tratarse de procesos que ocurren a lo largo de toda la vida.
Comprender el carácter vivencial de los procesos autovalorativos no solo supone entenderlos como procesos que integran lo cognitivo y afectivo, sino también lo intrapsicológico y lo interpsicológico, o sea, lo interactivo y situacional. El sujeto se piensa a sí mismo no como un ente abstracto, lo hará de forma inevitable sobre la base de sus vínculos reales y sus desempeños, y de las emociones puestas en juego en estos espacios interactivos. No existe indiferencia afectiva hacia lo que se es, o ante aquello que se cree ser (unidad de lo cognitivo y afectivo), pues cada contenido reflejado posee significaciones culturalmente asignadas y personalmente asumidas en un estilo de vida, niveles de aspiraciones, proyectos futuros y en diferentes dimensiones de la identidad (étnica, de género, etc.).
No menos importantes resultan las adquisiciones del pensamiento como proceso psíquico –en particular el desarrollo de la palabra y del razonamiento abstracto– que permiten al sujeto ejercer una introspección más profunda, compararse con patrones e ideales y acceder a un sistema de valoraciones sobre sí mismo, sobre lo que desea ser y sus posibilidades reales de lograrlo.
Para González (1983), el estudio de la autovaloración incluye la riqueza de sus contenidos, su flexibilidad e integridad. La autovaloración puede ser adecuada y reflejar de forma correcta las capacidades y características que se posee o, por el contrario, inadecuada. En este último caso, la inadecuación posee dos sentidos: sobrevaloración, en que el sujeto siente que posee la capacidad o característica en una medida superior a la realidad; y subvaloración, en que ocurre lo contrario.
La autovaloración inadecuada por sobrevaloración suele conducir a la adopción de niveles de aspiraciones “artificialmente elevados” (ídem). La presencia de la sobrevaloración se convierte potencialmente en una vulnerabilidad, pues el sujeto suele percibir el fracaso con un efecto multiplicador, exagerando su sentido y magnitud. Una baja tolerancia a la frustración revela una pobre flexibilidad e integridad de la autovaloración, toda vez que muestra incapacidad para aceptar elementos o conductas disonantes con su tendencia general.

Los procesos autovalorativos en el deporte
El deporte es un escenario ideal para la autoafirmación personal, que implica un sistemático ejercicio del “yo”. Le son característicos el autoperfeccionamiento, la alternancia de vivencias de éxito y de fracaso, la competitividad, la interacción con los otros (compañeros de equipo, entrenadores, jueces, oponentes, etc.), elevado carácter social de la actividad y el déficit de tiempo que acompaña la forma de competir de muchas de las modalidades.
Cuando estrechamos el análisis al deporte de alto rendimiento, encontramos la ineludible realidad de que se compite para buscar la victoria, para vencer a los rivales y mejorar los rendimientos propios. El reto competitivo, que por demás se asume públicamente, coloca al sujeto en la revisión de sus competencias y genera una dirección comportamental para superarlo, con lo cual impacta el núcleo autovalorativo de forma inevitable.
Para el logro de una hazaña deportiva (un récord mundial, por ejemplo), el atleta pone en juego toda su personalidad y subsistemas reguladores que le permiten abrazar la meta (convertirla en una tendencia orientadora), dotándola de sentidos personales. Tiene que lograr, además, que la posibilidad real del fracaso no afecte la entrega total del movimiento, que deberá realizar con elevada seguridad y precisión. Ello no es posible si el atleta no se sabe poseedor de las cualidades necesarias para satisfacer tan elevada demanda, que resulta de su autovaloración, motivos y de los resultados previos de su desempeño en la actividad (progresos en el entrenamiento, intentos de récords anteriores, por mencionar algunos).
González (2001) sostiene que una de las descripciones más ilustrativas de la autovaloración fue realizada por Savonko:

... Constituye un componente indispensable de la autoconciencia, es decir, de la conciencia que el hombre tiene de sí mismo, de las fuerzas y capacidades mentales propias de las acciones, motivos y objetivos de su comportamiento, de su actitud ante lo que lo rodea, hacia otras personas y hacia sí mismo ... la autovaloración incluye la facultad de evaluar sus fuerzas y posibilidades de examinarse con espíritu crítico. Permite al hombre “medir” fuerzas de acuerdo con las tareas y exigencias del medio ambiente y en consonancia con ello, plantearse independientemente determinados objetivos y misiones. De esta manera, la autovaloración forma la base del nivel de pretensiones, o sea, del nivel de las tareas que el hombre se cree capaz de realizar. Al estar presente en cada acto de la conducta, es un importante componente del control de esta, siendo por esa causa un factor de peso en la formación de la personalidad(p. 1).

Las investigaciones en Cuba acerca de la temática son numerosas, y abarcan sus principales aristas metodológicas. Fernández (1980) evaluó a jugadores del equipo nacional de polo acuático que habían participado en competencias olímpicas y mundiales. Los atletas debían realizar una estimación del pronóstico de los resultados ante diversas tareas del entrenamiento y de la competencia. Se constató que la autovaloración general del atleta, como el pronóstico de sus resultados antes de las competencias, se relacionaba con el nivel de rendimiento.
Otra investigación –empleando la misma muestra– (García y Fernández, 1980) concluyó que el autoconocimiento (dimensión cognitiva) de los atletas acerca de sus deficiencias o reacciones inadecuadas no era suficiente para superarlas. La autovaloración tenía que convertirse en una tendencia activa y transformadora de los sistemas de respuesta disfuncionales del atleta ante la competencia.
Por su parte, León (1980) estudió la adecuación de la autovaloración de las tareas deportivas, contenidos motivacionales, nivel de aspiración y rendimiento deportivo en grupos de jóvenes gimnastas. Se constataron peculiaridades de la autovaloración de los deportistas, por ejemplo, la importancia que le brindan a las valoraciones de sus entrenadores y compañeros de equipo.
Otra de las investigaciones sobre este tema es la realizada por Domínguez (1981), en la cual fueron estudiados variables psicológicas de trece deportistas masculinos que obtuvieron medallas en los Juegos Olímpicos de Moscú, 1980. El estudio contempló las peculiaridades de diferentes esferas de su vida y la ejecución de sus tareas deportivas y rasgos de la personalidad. Se llegó a la conclusión de que la autovaloración de los atletas olímpicos en las tareas deportivas está muy influida por la fuerte intensidad de sus motivos para el éxito deportivo y nivel de aspiración.
Los deportes de combate no escaparon a la indagación autovalorativa. Pérez (1981), examinó la relación de esta variable con los aspectos técnicos en judokas, mientras Rodríguez (1982) estudió la autovaloración de las cualidades personales con alumnos de karate. Sus enfoques no vincularon la autovaloración con el producto de la actividad de estos deportes, centrándose esencialmente en el análisis del propio proceso.
García (1987) concluyó que la adecuada autovaloración de las cualidades deportivas y del estado general antes de las competencias, unido a motivos vinculados al deporte, contribuye a alcanzar rendimientos elevados en el voleibol femenino. También demostró que las autovaloraciones contribuían a rendimientos deportivos elevados cuando se vinculaban con motivos intrínsecos al deporte.
Una de las investigaciones que marcaron pauta en los estudios autovalorativos, por el cuidadoso diseño cuasi experimental que exhibió, fue realizada con tiradores deportivos del equipo nacional juvenil cubano (González, 1989). El autor comprobó que los tiradores que emitieron respuestas de estrés más favorables frente a fracasos parciales provocados de manera experimental reaccionaron con una dirección y tipo de respuesta más intrapunitiva y de persistencia de la necesidad, atribuyendo los disparos errados principalmente a errores y deficiencias propias en la ejecución. Por su parte, en los tiradores con elevados indicadores de distrés predominaron las direcciones extrapunitiva e impunitiva, así como respuestas de defensa del yo y de predominio del obstáculo, al enfrentar la frustración.
La autovaloración adecuada permite que un deportista pueda planificar las acciones técnico-tácticas de manera correcta, así como las metas y movilización de recursos psicológicos, técnicos, físicos y tácticos para desarrollar una buena acción ofensiva o defensiva (González, 2001 c; García y Domínguez, 2007).
El recorrido temporal que se ha hecho por los estudios principales acerca de la autovaloración en nuestro país se concentra en las décadas de los años 80 y 90 del pasado siglo, así como de la primera del siglo que corre; aun así, algunos materiales son más recientes. Esta realidad responde a que el trabajo durante esas décadas se dirigió a la elaboración teórica, a constatar las hipótesis generadas en diferentes contextos (educativos y clínicos) y al desarrollo de herramientas metodológicas para su estudio.
Al remitirnos a la actualidad de los estudios de la autovaloración en el deporte, encontramos interesantes trabajos que utilizan la categoría para abordar la relación entre atletas, entrenadores y padres en el tenis (Athanailidis, Laios, Arvanitidoy, Mourtzios, y Zaggelidis, 2016).
Cowden y Meyer-Weitz (2016) relacionan el autoconcepto y la autorreflexión para predecir la respuesta de estrés y la resiliencia en las competencias de tenis: “… Los atletas que poseen una clara comprensión de sus pensamientos, sentimientos y comportamientos se inclinan a reportar menos estrés y mayor resiliencia que los que no poseen esa comprensión. Esto debe relacionarse con sus habilidades introspectivas y auto evaluativas, con un conocimiento superior de las fuentes de estrés o una actitud percibida de control o moderación del efecto de estresores sobre su ejecución atlética. De esta manera, la autoconsciencia constituye un valioso proceso psicológico para mantener o mejorar los niveles de ejecución de los deportistas (pp. 13-14)”.
Napolitano (2016) utiliza el análisis de videos para desarrollar la autovaloración y autocorrección del gesto técnico en practicantes de gimnasia aeróbica de la categoría juvenil. Seleccionando un grupo control y otro experimental, demostró que aquellos que reciben el entrenamiento por medio de videos, incrementan sus puntuaciones de ejecución entre 0.1 y 0.3, mientras que el grupo que no recibió el entrenamiento experimentó un crecimiento de solo 0.1 unidades. Este es un ejemplo de la relación entre la función autovalorativa y el rendimiento deportivo.
Por su parte, Thomas, Vanness, y Cardinal (2016) construyeron un cuestionario para evaluar la categoría esquema corporal o auto esquema en practicantes de fitness. Nótese la diversidad de áreas en que la categoría es estudiada como elemento regulador del comportamiento deportivo.
Es de interés nuestro el diagnóstico de la autovaloración en condiciones de terreno, además de vincularla con índices de la actividad.
En su tesis de doctorado, aplicada con una muestra de deportistas cubanos de combate, especialmente con judokas, Del Monte (2010) planteó:

No se había investigado de forma sistemática la relación de la autovaloración parcial de cualidades deportivas … con el rendimiento del deportista en las competencias, y mucho menos en este término de estudio la relación de la autovaloración parcial de rendimiento (destacando las demandas de la actividad) con reacciones y estados psicológicos que emanan en las competencias en aras de poder predecirlas (p.12).

Aunque el objetivo de su investigación implicó esencialmente la función autoeducativa de la autovaloración, su pesquisa evaluó –a través de escalas– las autovaloraciones parciales de cualidades de rendimiento para conocer su impacto regulador en el posterior comportamiento competitivo de las atletas. La autora tomó como referente directo para su estudio dos interesantes publicaciones de una revista digital (www.efdeportes.com), cuyo autor validó un sistema de control psicológico del entrenamiento de atletismo en que incluyó la función autovalorativa (González, 2001 a, p.4).

Autovaloraciones parciales de rendimiento. Pertinencia de su estudio en el deporte
Analicemos el siguiente fragmento: “ … Si un deportista cree infundadamente que está rápido, planificará y ejercerá sus acciones técnico-tácticas a partir de ese criterio erróneo, y descuidará la posibilidad de imponerse de manera realista, apelando a otros elementos que posea más desarrollados, como la fuerza o la técnica. Por el contrario, si subestima el desarrollo de determinada cualidad, no podrá explotarla plenamente y sus rendimientos quedarán por debajo de su potencial” (González, 2001, p.1).
El ejemplo anterior ilustra la valoración de una cualidad física (velocidad), que se integra al funcionamiento del organismo como un todo. La interconexión de capacidades en el hábito motor deportivo (lanzar un golpe, por ejemplo) y la incorporación de este en la acción táctica del boxeo, implica que la afectación autovalorativa de uno solo de los parámetros de rendimiento afecte el sistema total del movimiento, comprometiendo su eficacia. Sus elaboraciones tácticas podrían carecer de la organización y eficiencia requerida para ejercer temprano dominio sobre su contrario, y la discrepancia autovalorativa saltaría en el momento menos indicado, durante las propias acciones del combate con capacidad potencial para desestabilizar el sistema de autocontrol empleado por el deportista.
González (1985) manifiesta: “La autovaloración de un individuo es un fenómeno muy complejo que incluye los diferentes aspectos de su personalidad, refleja los resultados que alcanza en los distintos campos de la actividad y el carácter de sus interrelaciones. De ahí que pueda hablarse de la existencia de una autovaloración en un sentido general y de las autovaloraciones parciales en las que se reflejan su forma de actuar o comportarse en un aspecto específico”. No tiene que existir una relación específica entre un tipo de autovaloración y otro. Sin embargo, de acuerdo con la autora, en la medida en que la personalidad se integre, su autovaloración con respecto a actividades o esferas distintas debe alcanzar mayor congruencia.
La autovaloración general de la personalidad refleja atributos o cualidades generales de ella, más allá de la actividad fundamental que realiza. Esta puede tomarse en el deporte, preferiblemente al principio de la preparación con escalas autovalorativas y de otras fuentes (García, 2009). En cambio, las autovaloraciones parciales están referidas solo a atributos o cualidades específicas y que se relacionan con la actividad fundamental que realiza.
En el caso de los deportistas se manifiestan en las llamadas autovaloraciones de cualidades de rendimiento, en los parámetros concebidos por el alto rendimiento cubano (técnico, táctico, físico y psicológico), privilegiando en el ámbito psicológico, las cualidades de la personalidad que se vinculan al rendimiento deportivo (Del Monte, 2010). El grado de especificidad puede ser elevado y llegarse a evaluar cualidades muy detalladas como el dominio de elementos técnicos de alta especialización en diferentes etapas de la preparación (González, 1999).
Las autovaloraciones parciales de cualidades de rendimiento pueden registrarse en el deporte mediante escalas, mediante el uso de test y entrevistas psicológicas, por mencionar los más importantes. García (2009) sugiere la temporalidad de su registro:

  • Inmediatamente después de terminada una actividad o minutos antes de comenzar
  • Después de cada etapa de preparación
  • Una semana antes de competir
  • En cualquier momento de la preparación en dependencia de los objetivos que se persiguen

Solo agregaríamos que el proceso o cualidad que se pretende evaluar tiene que definirse con mucha claridad, especialmente cuando se hace en el terreno y mediante escalas. De esta forma, tanto la autovaloración del deportista como la de los expertos que lo evalúan externamente versarán sobre lo mismo; evitando que una posible discrepancia no resida en objetos de evaluación distintos.
Otro de los hallazgos de Del Monte (2010) en su tesis doctoral es que en los atletas destacados predominó una autovaloración adecuada con elevada riqueza de contenidos, ejerciendo una función autoeducativa eficaz sobre la “dinámica de autoperfeccionamiento”, término que la autora acuñó para referirse a la correspondencia o no de la autovaloración, los ideales y las demandas reales de la tarea. Por su parte, en los no destacados predominó la autovaloración inadecuada de cualidades de rendimiento previo a las competencias, en tanto las funciones de la autovaloración, entre las que se encuentra la autoeducativa, se encontró afectada. Considera esta una de las causas principales por las que estos participantes no accedieron a resultados deportivos superiores.
González (2001) –en un diseño cuasi experimental– estudió la relación entre la autovaloración y el nivel de pretensiones en una muestra bipolar de rendimiento en tiradores deportivos. El propósito de la investigación se resume en la siguiente interrogante: ¿Es suficiente que la meta ambiciosa exista, aunque no cuente con el respaldo de un juicio autovalorativo adecuado?
Para ello se diseñó una prueba de terreno que obligaba a los participantes a comprometerse con un determinado nivel de rendimiento (previamente clasificado y a los que se asignaron puntuaciones) y a cumplir sus pronósticos. El éxito no correspondía al que tirara mejor, si no al que resultara mejor cumpliendo su compromiso de rendimiento. Los resultados fueron ilustrativos: “los tiradores destacados obtuvieron una puntuación significativamente mayor; es decir, fueron más capaces de apreciar con justeza sus posibilidades reales. Los destacados solo fracasaron en ocho compromisos, mientras los no destacados lo hicieron en diecinueve, es decir, en más del doble de las ocasiones. Estos últimos fueron más incumplidores porque se sobrevaloraron e ignoraron sus limitaciones técnicas. Por otra parte, la oscilación alrededor de la media del nivel de compromiso fue significativamente mayor entre los no destacados, lo cual revela que son más inestables en los propósitos de ejecución” (González, 2001, p. 2).
Recordemos que el propio autor diseñó una prueba de terreno para estudiar juicios autovalorativos durante la actividad específica en la modalidad de saltos en el atletismo. El autor encontró dos elementos muy interesantes, que fueron a) la disminución del IEA en la medida que el atleta se acercaba a la obtención de la forma deportiva y b) el índice de ese pequeño error tendía a ser negativo. Ello indicaba que el atleta solía evaluarse con mayor rigor que el grupo de expertos.
El abordaje científico que caracteriza la preparación psicológica del equipo nacional de boxeo de Cuba (Ordoqui, 2013, 2015 y 2017) nos ha conducido a definir como objeto determinante de estudio la función autovalorativa que subyace al desempeño táctico de los boxeadores.
La operacionalización de la autovaloración táctica se logra determinando el índice de error autovalorativo (IEA), que es el promedio de la diferencia aritmética entre las autovaloraciones de los boxeadores y las valoraciones realizadas por expertos del deporte en una escala de cinco niveles (tipo Likert) de calidad de la ejecución, en cada asalto de combate (1 significa peor ejecución posible y el 5 representa una ejecución excelente). El objetivo táctico a evaluar será explícitamente definido para atletas y expertos, y ninguna de las partes conocerá las evaluaciones emitidas por la otra.
La recogida de los datos se ha realizado durante el entrenamiento libre con guantes o sparrings, actividad modeladora más cercana a la competencia, de manera que se pueda estudiar la autovaloración táctica en el momento en que está regulando la conducta competitiva. El análisis de ambos (IEA e índices de la actividad) develará los nexos dinámicos que se establecen entre ellos. Este procedimiento se denomina prueba de adecuación autovalorativa de boxeo, y su diseño y validación ocupa un segundo artículo científico en vías de publicación.
Nos proponemos establecer valores esperados del IEA para cada boxeador por etapas de la preparación, demostrando que van disminuyendo de un mesociclo (etapa) de preparación a otro, y que obtienen el valor óptimo antes de participar en la competencia fundamental del ciclo.
Es en la etapa de obtención y mantenimiento de la forma deportiva, definida por Matveev (1985) como “el estado de disposición óptima del deportista a obtener la marca deportiva, la cual se logra en determinadas condiciones en cada ciclo grande de entrenamiento” (p. 284), cuando los boxeadores alcanzan los valores más bajos de IEA. Ello quiere decir que el boxeador refleja con elevada precisión la calidad de la ejecución táctica que está desempañando sobre el ring, que se percata de los detalles altamente especializados relacionados con la distancia de combate, la velocidad y potencia de las acciones, toma decisiones, etc.
Ahora la pregunta para entrenadores y especialistas es: ¿qué valor funcional tiene para el boxeador el desarrollo de esta cualidad psicológica diagnosticada en las propias condiciones de la actividad?
Para ello, se registró la frecuencia y efectividad del golpeo de los boxeadores sobre el ring para arribar a un índice de efectividad ofensiva y defensiva (IEO e IED, respectivamente), encontrando que el incremento en IEO correlaciona negativa y significativamente (p?.05) con el IEA. Es decir, aquellos boxeadores que más adecuada autovaloración táctica exhiben (IEA bajos) fallan menos golpes (IEO altos). Presumiblemente, la capacidad de feedback ejecutivo que poseen –amparado en una excelente autovaloración– les permite corregir acciones, distancias incorrectas, tácticas de ataque y contraataque, o bien, mantener un sistema táctico que lo está conduciendo al éxito. Este éxito se traduce en concreto en una efectividad ofensiva superior al 30%, lo que constituye en la muestra estudiada un valor alto, característico de campeones olímpicos y mundiales de los últimos ocho años, que integran la muestra de investigación.
Con lo anterior, consideramos que este estudio de la autovaloración trasciende el análisis psicológico en sí mismo para relacionarlo con el escenario en que la mencionada formación psicológica regula la conducta deportiva. Se trata de una lectura psicológica de la actividad específica del boxeo.
Nos referimos al análisis del producto de la actividad, que constituye “la función necesariamente investigativa que debe asumir el psicólogo del deporte. Tal análisis se basa en un proceso de estudio y desmenuzamiento de los momentos determinantes de esa actividad, en su función de favorecer la internalización de las operaciones externas y, a la vez, la dirección opuesta: la expresión de las habilidades adquiridas en la solución de un problema para el que se ha aprendido la solución (González, Ordoqui, Pineda y Estrada, 2013).
Son amplias las posibilidades que abre esta perspectiva para integrar nuevas variables psicológicas y otras de la actividad, no solo en el boxeo sino también en otros deportes cuyo resultado es mensurable, cuantificable. En cualquier caso apunta la necesidad de integrar más profundamente el estudio de variables psicológicas con las condiciones y resultados de cada una de las modalidades deportivas, aproximándonos a la compleja y multifacética dinámica funcional de la ejecución en el deporte. De esta manera, los psicólogos deportivos podrán no solo establecer un diálogo y vínculo profesional más preciso con atletas y entrenadores, sino también incrementar la predictibilidad de sus psicodiagnósticos.

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