Vol 6. Núm 18. 2018
DE LA IDENTIDAD DE LA PSICOLOGÍA A LA PSICOLOGÍA DE LA IDENTIDAD
Carolina de la Torre Sociedad cubana de Psicología
Resumen
Se hace un análisis de la historia de la psicología latinoamericana para sustentar la idea de que la psicología de la región tiene una larga tradición de pensamiento rico y creativo que se ha visto amenazado por el conflicto entre dependencia e identidad. Se sustenta la tesis de que la psicología latinoamericana, en la medida que ha sido más independiente y capaz de construir su propia identidad, ha podido profundizar mejor en el estudio de temas relevantes y en la investigación de los rasgos psicológicos de nuestros países y región. Se aportan, además, reflexiones sobre la necesidad de profundizar en estos estudios y sobre los peligros de escribir del pasado reciente de la psicología (en especial en Cuba) sin investigaciones profundas y sin una reflexión crítica del contexto histórico en que se desarrolló.
Abstract
An analysis about the history of Latin-American psychology is made in order to support the idea that the psychology of the region has a long, rich and creative tradition that has been threatened by the conflict between dependency and identity. The author sustains the thesis that Latin-American psychology has been able to go deeper into relevant issues and into the study of our people when it has been more independent and able to construct its own identity.Reflections about the need of more studies in the History of Psychology and about the risk that can represent the study of our past (particularly in Cuba) without profound research and critical reflection of our historical context, are presented.
Palabras claves
Historia de la psicología, Latinoamérica, Cuba, Identidad, History of psychology, Latin America, Cuba, Identity

Ante todo, deseo agradecer a los organizadores de este encuentro el honor que me hacen al invitarme a hacer esta conferencia magistral. Gracias por las afectuosas atenciones y por la distinción.
He puesto un título que parece un trabalenguas, por eso empezaré explicando lo que pretendo subrayar, porque sería muy pretencioso decir “lo que quiero demostrar”. Yo soy una investigadora del siglo pasado; vivo y pienso en este milenio, pero después de 2010 no me he dedicado a la investigación empírica y bibliográfica de estos temas con la misma intensidad y pasión con que antes lo pude hacer. Estoy pues revisitando un tema al que nos acercamos mis alumnas y yo en el evento Psicología 90 cuando tuvimos la suerte de contar entre nosotros con la presencia de José Miguel Salazar, Maritza Montero, Alba Nidia Rivero, Cecilia Coimbra, Mónica Sorín, Ignacio Dobles, Guillermo Bernal y muchos más, además de los cubanos Aníbal Rodríguez, Manuel Calviño, Diego González, Fernando González, María Elena Segura y otros que no por casualidad, se interesaban por la disciplina en nuestros países y en muchos casos, a la misma vez, por la autoimagen y por la identidad. Y casi pudiera decir que estaba con nosotros el sacerdote jesuita salvadoreño Ignacio Martín Baró, quien había viajado a Cuba, poco antes de ser asesinado, con el objetivo de participar en el II Encuentro latinoamericano de psicología marxista y psicoanálisis de 1988, dejándonos, para siempre, su insuperable ejemplo e inspiración. En fin, lo primero que deseo subrayar con el título es que la identidad de nuestro pensamiento psicológico ha favorecido el interés por los estudios de nuestras identidades nacionales, étnicas, regionales y supranacionales, porque ha favorecido la investigación de los problemas de nuestra región. En este título se resume también, de alguna manera, una parte importante de mi trayectoria de investigación, porque más allá de la clínica que no dejo, o algún otro tema más, mi vida como investigadora ha estado dedicada a dos temas importantes que no logro abandonar:
1. la identidad de nuestro pensamiento psicológico, lo que en su historia hay de propio, característico y de original (sin descuidar el diálogo con el resto del mundo) … y
2. el pensamiento psicológico sobre nuestras identidades; es decir, la psicología que estudia nuestras identidades.
Lo que quiero decir es que para que una psicología se preocupe mejor y más por las identidades de nuestros pueblos y por los problemas principales de nuestros pueblos, esa psicología tiene que haber alcanzado en alguna medida una capacidad de pensamiento propio, una cierta identidad. Por eso digo “de la identidad de la psicología a la psicología de la identidad”. No es lo mismo que yo me hubiera ido a México (algo de lo que más adelante hablaré) para aprender todo lo relacionado con el conductismo en Estados Unidos y su influencia en Latinoamérica y hubiera llegado aquí a estudiar el efecto del reforzamiento de Skinner en tal o cual cuestión, pensando “voy a hacer una tesis siguiendo ese modelo”; repito, no es lo mismo eso a lo que en realidad pasó. Ese tipo de cosas no está mal, y es necesario conocer, aprender y dialogar. Pero los mejores y más útiles temas de investigación, los temas relevantes no se buscan, ni se hallan así. Los temas importantes no se copian, sino que nos saltan a la cara, nos salen al paso y ya no los podemos evadir; como le sucedió al propio Skinner con la historia que él mismo contó sobre su serendipity. Que nadie les diga que tiene veinte temas de investigación, eso casi nunca es verdad, los temas importantes nos agarran y no nos podemos zafar; y la vida no alcanza para más de dos o tres temas, diría yo. En muy pocas palabras les voy a contar lo que a mí me sucedió. No por hablar de mí misma, sino para explicar de dónde sale lo que quiero sustentar.
A fines de 1975 la UNAM (Universidad Nacional Autónoma de México) invitó a un especialista de cada carrera de nuestra Universidad de La Habana para una estancia de tres meses en las carreras correspondientes de allá. Todavía éramos una escuela y no una facultad. Allá, en la recién nacida Facultad de Psicología, estaba de moda el conductismo skinneriano, que, por cierto, se enseñaba muy bien. Si se trataba de experimentación, el tema era análisis experimental de la conducta y si se trataba de curar o de enseñar –o de manejar una institución de custodio, como hacía muy bien Benjamín Domínguez– pues entonces era modificación conductual. Más o menos, con sus excepciones, así yo vi lo demás. Vi aplicaciones muy exitosas y conocí profesionales brillantes cuyas trayectorias he tenido la suerte de seguir, además de contar con su amistad; y aprendí cosas que me han sido útiles en teoría y en la práctica también. Pero algo –tal vez porque lo miraba con cierta distancia– no me acababa de gustar: sentí que esa psicología repetía con bastante mimetismo –y con ausencia de la subjetividad– lo que se importaba de un poco más al norte del país. No me pasaba por la cabeza que nosotros pudiéramos –a nuestra manera– imitar también y, por cierto, de mucho más allá (aunque el mimetismo de los sesenta y de inicios de los setenta, está muy lejos de ser tan absoluto y uniforme).
Entonces, como no tenía ni treinta años y me sobraba energía para seguir, además del estudio, llegaron las peñas, los conciertos y la solidaridad con exiliados, sobre todo de Argentina y Uruguay. Al son de Zitarrosa y de los Chalchaleros, conocí de cerca un psicoanálisis todavía más subversivo que el original. Tuve la suerte de ser llevada por Ignacio Maldonado a conocer a Marie Langer en la colonia Mixcoac, donde ella compartía condominio con él, que también era psicoanalista y emigrado. Ellos, como muchos otros, habían encontrado trabajo, gracias a la solidaridad de Luis Lara Tapia, en la misma UNAM que frecuentaba yo, aunque los descubrí fuera de la UNAM. Eran los inicios de 1976.
Conocerlos a ellos, a la vez que me documentaba del dominio conductista en la academia y me enteraba de los fines de semana en los Encounter Groups, fue más que un impacto … fue un electroshock. Mi idea de la psicología latinoamericana rompió sus limitados esquemas y convulsionó; sentí la necesidad de estudiar la influencia norteamericana que pude ver con claridad. En cuanto a mi misión (que consistía en establecer vínculos con instituciones y personalidades de México) creo que fue un conflicto por lo bien que la cumplí. Cuando llegaban a Cuba esos colegas, las autoridades de la Escuela de Psicología me metían en “el clóset” porque relacionarse con extranjeros era “peligroso” para la Revolución. De todos modos, aunque se me ofreció, no quise realizar un doctorado allá. A veces he pensado que mi tesis, hubiera sido más fácil en México que a miles de kilómetros, en ruso y sin sol. Pero la distancia –física y mental– me debe haber ayudado también; porque las ideas y la maduración se toman su tiempo, y es más bueno que malo, complicar el camino a recorrer.
En 1978, cuando eran múltiples las posibilidades de becas en los países socialistas, ya yo estaba decidida por la URSS, donde realicé mi doctorado, como muchos otros, en la Universidad Lomonosov de Moscú. Pero México fue mi motivación y mi fuente principal, porque el diálogo y el aprendizaje con los diferentes es la condición para construir identidad, y no al revés. Allí, entre conductistas y psicoanalistas enfrentados entre sí, y ambos enfrentados a una tercera fuerza que ofrecía laboratorios existenciales contra los determinismos y por la libertad, aparecieron las preguntas y los objetivos de lo que sería mi más larga y constante investigación.
En diciembre de 1981 terminé la tesis cuyo nombre fue “Influencia de la psicología norteamericana en el desarrollo de la psicología clínica de América Latina”. En el 82 la tesis se quemó en un avión, pero con los borradores y diez años más de entrevistas e investigación pude escribir y publicar, primero una compilación (muy bien sustentada, pero escrita con un lenguaje bastante dogmático) llamada “Temas actuales de Historia de la Psicología” y luego, mejorando y ampliando el estudio histórico, y resaltando el conflicto que nos atraviesa de norte a sur, escribí el libro Psicología latinoamericana: entre la dependencia y la identidad cuya primera edición de 1995 salió en Puerto Rico gracias a los colegas Ana Isabel Álvarez y Guillermo Bernal.
¿Y por qué le dedico un espacio a esta historia? Pues porque leyendo y estudiando todo lo que encontraba de la psicología de América Latina descubrí a los que habían estudiado durante cien años el tema de la identidad. Mientras más interesados estaban los “psi” –en general– por una psicología pensada y hecha con cabeza propia, por una psicología con identidad (que no significa “otra” psicología ni excluye a las grandes fuerzas de la psicología mundial), más se preocupaban por conocer tanto la psicología de sus pueblos (carácter nacional, nacionalismo, autoimagen o identidad) como los asuntos más urgentes que requerían la atención en cada región (la salud mental, la educación, las diferencias, la psicología social...). Eso lo pude comprobar desde el siglo xix y desde antes también. Y no se trata de que el interés estuviera en ser únicos y tener identidad, eso es un resultado que se produce si se estudia y piensa con independencia crítica y sin estrechez.
Lo que me favoreció después (o a la par) no lo voy a dilatar. Solo diré que tuve la suerte de que mientras completaba mis escritos de historia (entre 1985 y 1990) un trabajo por encargo sobre la juventud cubana, en el cual mi participación tenía que ver con la imagen de los Estados Unidos en esa población, volvió a colocar ante mis ojos otras preguntas y problemas de investigación.
Para entender la imagen que los jóvenes cubanos tenían de los norteamericanos (más allá de la industria, la ideología o el desarrollo material) utilicé la imagen propia como punto de comparación. Era un asunto que ya habían tratado otros (hay una bibliografía inmensa y profunda sobre el tema en la Cuba republicana y posterior). Entonces, lo que estaba leyendo de Latinoamérica hizo sinapsis con lo que empecé a encontrar, apareciendo mi nuevo problema de investigación. ¿Por qué los cubanos no manifestábamos los mismos complejos de inferioridad que referían los autores latinoamericanos? Los latinoamericanos (los mimetizados con USA, porque los influidos por París o por Viena tenían otras dependencias diferentes, con complejos o no), encontraban en los nacionales (venezolanos, puertorriqueños, colombianos, salvadoreños, mexicanos, etc.) un complejo de inferioridad llamado por José Miguel Salazar “IDUSA” (ideología dependiente de USA).
Lo que nosotros veíamos, sin embargo, era que los cubanos no solo no nos sentíamos inferiores ni teníamos IDUSA (al menos no de la misma manera), sino que casi nos creíamos mejor que todos los demás. Más allá de las causas –y consecuencias– de esa altísima autovaloración, que en otro libro pude analizar, el caso es que el mirar bien lo que está ante nuestros ojos dispara las preguntas de cualquier investigación. Una vez más el tema chocó conmigo, yo no lo busqué: ni siquiera era, al inicio, una parte destacada de aquella encargada investigación, que no fue poco importante, pero no causó un impacto en mi cabeza que ya daba vueltas con la identidad. Y no solo colisioné con el tema, sino con las hipótesis que el problema traía en sí: el conflicto entre dependencia e identidad, la imposibilidad de hacer una psicología independiente si no se lograba la autonomía en el pensar, la idea de que solo con una psicología rica y en diálogo con el mundo se puede estudiar tanto las identidades como los problemas de nuestras realidades; y muchas ideas más que veremos, si el tiempo me alcanza, en el transcurso de esta especie de clase, que más que una conferencia es lo que traté de preparar.
Algunas cosas estaban muy claras.

  1. Era evidente que la psicología latinoamericana (menos la del sur que era más psicoanalítica) era muy mimética con la norteamericana.
  2. Que los más progresistas, quedaban fuera de la historia porque los que la escribían no lo entendían así y tenían el poder –incluso se suponía a veces que el compromiso con luchas políticas perjudicaba el desarrollo científico.
  3. Que ni los unos ni los otros estábamos en la historia de la psicología mundial por la misma razón.
  4. Que el impacto negativo de la colonización y la dependencia sobre nuestras culturas y pueblos estaba oculto detrás de los esfuerzos civilizatorios que nos llegaron de otros lados, tanto en la violenta conquista, como en el intercambio científico que fue capturando nuestros espacios académicos y anhelos de organización profesional.

Lo malo fue que mi crítica al mimetismo ajeno no me dejaba ver el propio, y necesitaba, como he escrito varias veces –y repetí en un artículo sobre la historia de la psicología en Cuba después de la revolución– cierto tiempo y distancia para madurar. Mientras estudiaba y criticaba autores que me fascinaban –y los estudié muy bien– me empeñaba en ver lo que nos separaba de ellos por su enfoque “burgués” (y lo pongo entre comillas porque escribíamos así, según el lenguaje de la época. Creo que tal vez fui muy crítica con algunos investigadores que habían estudiado nuestra historia antes que yo. Por ejemplo, Ardila, aunque, en definitiva, todo lo que leí de él me estimuló a seguir, ya sea para profundizar o para interpretar algunos hechos al revés, como sigo haciendo hoy. Así pudiera mencionar muchísimos autores que nos aportaron su saber sobre la psicología de esta región. Recuerdo que durante muchos años nos llegó de Colombia, gracias a Ardila, precisamente, la Revista Latinoamericana de Psicología, incluso a mi nombre, a esta facultad. Tal vez siga llegando, no lo sé.
Es una pena, por ejemplo, que mi estudio del humanismo de Rollo May, Abraham Maslow, Gordon W. Allport, Carl R. Rogers, y la propia psicoterapia Gestalt, quedara para siempre (porque tengo poco tiempo para actualizarlo o rehacerlo) escrito con un lenguaje bastante dogmático que enturbia la sabiduría que de esos autores aprendí y quise divulgar. Lo malo no era el marxismo, ni siquiera lo criticado; lo malo lo puse yo misma con mi estilo discursivo (a pesar de mi tema de doctorado muy latinoamericano, para nada ruso y bastante original para esa época y lugar). Y con esto no estoy renegando de las ideas que estudié y maduré, ni tampoco de la tesis de doctorado que, desde los setenta, me mostró (a mí y a otros) el amplio desarrollo de la psicología latinoamericana y de sus influencias cuando no estaba muy de moda estudiar nuestra región. Critico el tipo de discurso y el estilo que utilicé en varios trabajos que publiqué. Y lo digo porque hay que ver esos años en su complejidad. En los ochenta publicamos una selección de lecturas de historia de la psicología que también tenía una introducción con el estilo de “burgueses” malos y “marxistas” buenos. De los que en adelante estudien nuestra historia depende si se concentran en las pocas páginas de aquella introducción o si quieren ver el hecho de que pusimos en manos de los alumnos las obras originales para que pudieran sacar sus propias conclusiones con libertad. Recuerdo, por ejemplo, que la primera lacaniana que mis alumnos conocieron fue una participante en los encuentros de psicoanalistas y marxistas que organizó nuestra facultad. La invité a mi clase para que les hablara de ese importante autor. Recuerdo también que un alumno brillante un día respondió un examen sobre Freud con el tono dogmático del manual de Yarochevsky y yo lo suspendí. Cuando me reclamó le dije que pusiera su opinión de lo que leyó en el propio Freud y no lo que dice el manual. Entonces saco 5, que era el máximo, como merecía él. Escribíamos con palabras dogmáticas, pero no creo que actuáramos así. Otra vez hay que analizar cada época en su complejidad, no se puede ser superficial. Hemos construido, al menos puedo hablar de Cuba, un cierto perfil propio, una cierta identidad, pero madurar esa identidad pasa por entender el pasado en su complejidad.
Pero ya me estoy yendo del tema, o adelantando al ejemplo de Cuba que deseo dejar para el final.
Volvamos al siglo xix y repasemos lo que debemos recordar. Es muy difícil enamorar a un público hablando de cien años o de doscientos años atrás. Pues yo les quiero decir que yo sí me enamore de esos temas y ojalá algunos de los que me escuchen se interesen por ellos también.
No voy a hablar de la violentación que supuso para nosotros el proceso de conquista y colonización. Voy a limitarme a los siglos xix y xx para tratar de argumentar las ideas que acabo de enunciar. Y hay un antecedente muy grande en América Latina en cuanto al pensamiento psicológico y el estudio de las características de nuestras nacionalidades.
A mí no me parece adecuado que, al igual que en otros manuales extranjeros, se marque el surgimiento de la psicología a partir de su independencia de la filosofía y de la réplica en nuestras naciones de laboratorios o instituciones del exterior: si tal o cual figura fue a Leipzig y al regreso fundó un laboratorio de psicología experimental, o el otro fue a Viena, o alguno logró conocer de cerca la psicología de Titchener más acá. Me ha preocupado la visión sobrevalorada del surgimiento de la Sociedad Interamericana de Psicología (SIP) –como un hito en la psicología latinoamericana– pasando casi por encima al Primer Congreso Latinoamericano de Psicología cuyo libro de resúmenes les he traído aquí. En el Primer Congreso Latinoamericano de Psicología, celebrado en Montevideo en julio de 1950, se decidió trabajar por la creación de una sociedad latinoamericana de psicología, así como la celebración regular de encuentros similares. Pero luego, muy pronto, se fundó en 1951 la SIP, y no se pudieron hacer realidad los propósitos del congreso anterior. Me ha preocupado la ausencia de los autores que al parecer se salían de las fronteras estrictas de la psicología académica. Ingenieros estaba, pero Aníbal Ponce, el marxista, no … y así sucesivamente. Entonces les contaré un poco de mi visión de esta historia y del análisis crítico de lo que la condicionó y de lo que de ella se ha publicado hasta hoy, con algunos ejemplos, para llegar a la médula de la cuestión, que es ver el tema de cómo la identidad de la psicología favorece un estudio psicológico de los temas propios y, por supuesto, de la identidad.
En Colombia, Francisco José de Caldas es tal vez el primero que aparece en la bibliografía académica como un precursor (desde el siglo xviii) de la ciencia en nuestros países, aunque me interesa enfatizar su papel como patriota y como estudioso de la psicología de nuestros pueblos. Caldas, que al ser fusilado por los españoles grito: “¡España no necesita de sabios!” brilló en muchas ciencias, pero también en las primeras ideas sobre lo que se llamaría carácter nacional o personalidad básica. En su libro Del influjo del clima sobre los seres organizados publicado en 1808, si bien muestra un reduccionismo propio de su formación y contexto, revela ideas más avanzadas que aquellas que intentan caracterizar a los indios y luego a los negros como vagos por su origen racial. Bachiller y Morales en Cuba (un autor que a casi nadie se le ocurre estudiarlo desde la psicología) caracterizó las costumbres y los modos de ser y actuar de nuestras poblaciones autóctonas. Además de un patriota de prestigio académico internacional, fue partidario de la “unidad moral” de las razas.
Nosotros tenemos –y han sido estudiados en Cuba– los aportes de Félix Varela, de José de la Luz y Caballero, de Enrique José Varona, por no desarrollar aquí a José Agustín Caballero y otros más. No podemos dejar fuera de la historia del pensamiento psicológico cubano a José Antonio Saco (primera mitad del siglo xix), no solo por su ensayo sobre la vagancia, sino por el mismo tema de las cualidades de nuestra identidad (ese concepto así dicho no era el usual para denominar los temas que tratamos ahora, aunque Martí mismo lo utilizo con perfecta actualidad).
Saco escribió:
Cierta es la influencia de clima sobre algunas cualidades físicas, ... pero extenderla a tales términos que, a pesar de los distintos gobiernos, religiones y educación los habitantes de los países cálidos estén condenados a ser perezosos, cobardes y esclavos, mientras los del clima frío estén llamados ... a ser fuertes, activos, valientes, sabios, virtuosos y libres, es uno de aquellos delirios que prueban la flaqueza del entendimiento.
Son muy elocuentes los análisis de Maritza Montero cuando compara las valoraciones que sobre nuestros pueblos se hacen antes o durante las guerras de independencia en función de las ideas políticas o conveniencias de los autores. Antes de la independencia nos veían como nobles y laboriosos, pero luego, los que quieren más colonia y más esclavitud, la tratan de justificar atribuyéndonos rasgos innatos que nos harían ineptos para podernos gobernar. Son ideas muy bien elaboradas por la autora en su libro Psicología Política Latinoamericana de 1987.
Veamos el aporte de Eugenio María de Hostos, a quien algunos historiadores de la psicología hemos estudiado, sobre todo los puertorriqueños. Entre 1880 y el siglo xx tanto Hostos, como Enrique José Varona en Cuba, tienen sus respectivos tratados de Moral. Aquí moral no se refiere a la ética como hoy en día sino, en general, a la esfera espiritual. Yo recuerdo el impacto de este autor en mí. No solo por eso de que el que no conoce el pasado está condenado a repetir errores –que puede sonar a cliché– aunque sea verdad. Me refiero al saber lo que antes se dijo, porque el desconocimiento puede producir arrogancia. Y la arrogancia es el peor efecto de la ignorancia, no el desconocimiento. Si algo no se sabe no es tan malo como el creer que algo se dice por primera vez, o por primera vez bien, que es peor. Yo recuerdo que leyendo a Carl Rogers un día, con ese empeño que ya dije que tenía en criticar, me fasciné con una cita de él. Rogers habla de la fuerza humana y menciona como ejemplo unas plantas marinas que ante el embate de las olas se doblegan, pero siempre se vuelven a levantar. Luego leo en Hostos una idea muy similar. No es que sea mejor la de Hostos que la de Rogers, sino que nos leemos y sabemos la de Rogers y no la de Hostos. Hostos dice que estaba una alpaca (tal vez dijo llama o vicuña) tratando de penetrar o subir Los andes y de encontrar, en las cúspides congeladas, donde poner sus patas para no caer. La alpaca veía cómo se burlaban de ella hasta que al fin encuentra donde apoyarse, y sigue su tranquilo rumbo sin mirar hacia atrás. Hay una semejanza ¿verdad? En ambos casos se trata de describir la naturaleza humana: nos caemos, pero nos volvemos a levantar.
Apenas puedo empezar a decirles la importancia de José Martí. Cuando mis alumnos empezaban a leer sobre identidad yo no los mandaba a leer primero a Salazar, a Montero o a Martin Baró, yo les pedía que leyeran primero a Bolívar (Discurso de Angostura, la Carta de Jamaica), Artigas, Hostos, y así todos los pensadores latinoamericanos hasta llegar a la actualidad. Y, por supuesto a José Martí, que no creo ser chovinista si digo que es el más grande pensador latinoamericano. Leer a Martí era una manera de aplicar su pensamiento:
Educar no debiera ser echarle al hombre el mundo encima, de modo que no le quede por donde asomar los ojos propios; sino dar al hombre las llaves del mundo … y prepararle las fuerzas para que lo recorra por sí.
Es un pensamiento muy avanzado, que otra vez recuerda a Rogers, por ejemplo, en Libertad y Creatividad en la Educación.
Tendríamos que recordar, incluso debió ser mi inicio, las innumerables citas de José Martí sobre la necesidad de conocernos. En esa obra indispensable que es Nuestra América, Martí tiene frases que son obligatorias para poder estudiar las identidades:
El buen gobernante en América no es el que sabe cómo se gobierna el alemán o el francés, sino el que sabe con qué elementos está hecho su país.
Las repúblicas han purgado en las tiranías su incapacidad para conocer los elementos verdaderos del país.
Se ponen de pie los pueblos y se saludan. “Cómo somos” se preguntan; y unos y otros se van diciendo como son.
Carlos Octavio Bunge, en 1903 publicó “Nuestra América: ensayo de psicología Social”. No conozco programas de psicología social que enseñen a Bunge ni su intento de explicar las características de nuestros pueblos. Tampoco que enseñen la profunda revisión que, en la introducción a la edición de 1918, hace José Ingenieros, quien resalta el carácter indispensable que tendrá este libro en lo adelante, pero, a la vez, lo analiza críticamente con un enfoque más social, o más determinista se pudiera decir.
Bunge dice que cada pueblo posee una psicología social propia y que la nuestra, de Hispanoamérica, tiene entre sus características de origen étnico la pereza, así como la tristeza y la arrogancia. Analiza cómo se combinan de manera híbrida los rasgos heredados de españoles, indios y negros.
Luego viene Ingenieros y explica que la pereza individual no es un sentimiento sin causa:
La sociedad colonial se componía de dos clases sociales: los poseedores de las tierras y los indigentes… Para los terratenientes el trabajo era vil; para los desposeídos improductivo…allí vemos el germen de la pereza argentina: los unos consideran denigrante el trabajo, y los otros creen inútil trabajar sin la esperanza de adquirir la tierra, monopolizada por pocos privilegiados.
José Ingenieros sí está en la historia de la psicología latinoamericana. Quedó en la historia más difundida, entre otras cosas, porque ha dejado una obra psicológica monumental y porque además de la psicología tuvo un fuerte impacto en la política y en la reforma educativa en Argentina. Pero no quedó en la historia de la psicología mundial; esa que nosotros no hemos escrito. Hay una gran culpa en el colonialismo cultural y económico, pero hay una gran culpa nuestra por la falta de estudio y de divulgación. Ingenieros escribió El hombre mediocre, Las fuerzas morales, La locura en la Argentina, Simulación de la locura y muchas obras más. ¿De dónde sacó Ingenieros tanta información para escribir de esos temas? Pues de sus estudios forenses, que en Argentina todavía ocupan un lugar especial y están muy desarrollados, por ejemplo, en la Universidad de la Plata. Trabajó con presidiarios, con escolares, con enfermos mentales; en fin, conoció su realidad. En Europa conoció de la filosofía positivista, que, como Enrique José Varona, difundió en nuestra región. También colaboró con Horacio Piñeiro con quien fundó la Sociedad Psicológica de Buenos Aires e impulsó el laboratorio de psicología experimental que Piñeiro había fundado a finales del siglo xix, inspirado en la psicología de Wundt que conoció.
Piñeiro tuvo un papel fundador. Además del laboratorio, que suele ser lo que más se conoce de él, trató los temas de la psicofisiología del lenguaje y de los órganos de los sentidos, la psicopatología, los niños retardados, las afasias y, además, a su regreso de Europa, divulgó y criticó la enseñanza actual de la psicología en el viejo continente y en América.
Volviendo a Ingenieros, él decía que el hombre mediocre solo tiene rutinas en el cerebro y prejuicios en el corazón. Con esas rutinas debemos romper nosotros. Por culpa de esas rutinas no están ni Ingenieros ni Varona en la historia de la psicología mundial, y todos somos culpables de esa omisión. Si Ingenieros hubiese desarrollado su obra en Estados Unidos, en la historia de la psicología –así, del mundo y sin particularizar– en vez de Titchener, y con mucha más razón, estaría Ingenieros, con más obra y más creatividad.
En cuanto a Varona, ¿de qué se preocupaba? Cuba se retrasó en la independencia, como Puerto Rico, ustedes lo saben. Por muchas razones, muchos países de América Latina obtuvieron su independencia con un débil sentido de la nacionalidad. Pero en Cuba eso estaba muy avanzado en relación con la independencia nacional; como si la independencia en el pensamiento se hubiera adelantado a la de la nación. Y eso incluye el sentimiento nacional, la identidad. En 1888 Varona compara el miedo, como rasgo psicológico del cubano antes de las guerras de independencia, con la actividad y virtudes morales formadas durante su transcurso. Desde sus inicios se preocupó por la psicología nacional, pero no la relacionaba al clima o a alguna misteriosa razón, sino a las circunstancias de su construcción. Y con esa mirada científica y determinista emprendió el estudio y el mejoramiento de la educación antes y después de la liberación. En 1900 escribió que un colegio, un instituto, o una universidad deben ser talleres donde se trabaja y no teatros donde se declama. En 1905 aparece su Tratado de Psicología, que es muy adelantado y actualizado. En este tratado Varona muestra actualidad en lo más reciente de la psicología mundial: critica el estructuralismo, analiza el inconsciente, incorpora el estudio del lenguaje, del arte, de la religión y de todo lo que contribuya a descubrir la vida íntima de cada persona.
Aquellos que se preocuparon por nuestros pueblos y nuestras naciones pensaron en la paz, en la salud, en la educación, en la crítica filosófica a las posturas anteriores (en amplio sentido, como valoración) y se preocuparon en saber cómo son nuestros pueblos. No digo que siempre tuvieran razón, en absoluto, hablo del interés y de la indagación de nuestras realidades. Lean la obra de los primeros psicólogos de sus países y verán el tema del carácter nacional y la identidad.
Varona, como Ingenieros, es absolutamente superior. Entre nosotros se ha enseñado el determinismo en los autores de otros países, ya sean occidentales o del área socialista. Varona nos dice que “el hombre no es libre, pero se hace libre, empieza por obedecer, acaba por escoger, pero no escoge por capricho, escoge determinándose”. Es una dialéctica perfecta entre determinismo y libertad. De ahí la enorme importancia de la educación. Varona lidera la reforma de la enseñanza cuando se crea la república en 1902.Escribió, junto a Carlos de la Torre, las guías para los maestros, estimulando el conocimiento del país y el desarrollo de la conciencia nacional.
Otra figura clave es Ezequiel Chávez en México. También tenía un pensamiento progresista; fue rector de la Universidad Nacional Autónoma de México, escribió un libro clásico sobre la sensibilidad como rasgo psicológico del mexicano, creo que en 1901, incluso antes que el libro de Carlos Octavio Bunge, que fue en 1903. Ambos autores, Bunge y Chávez, inauguran el siglo con libros sobre la psicología de sus pueblos. También viajan, fundan escuelas, estudian la educación. Bueno, en ese caso de obras tempranas sobre los rasgos psicológicos propios esta también Fernando Ortiz, que comentaré más adelante.
Ahora vamos a hablar de Aníbal Ponce, que también enseñó psicología en la Argentina y ha sido casi totalmente olvidado. Creo incluso que más de la mitad de los que estamos aquí tal vez no sepan de la obra de Aníbal Ponce ni de la razón por la cual este teatro tiene su nombre.
Como mismo Ingenieros continuó la obra de sus predecesores, Ponce siguió a Ingenieros. No uno detrás del otro, sino que pudieron coincidir y colaborar. Hay libros de Ponce que todavía impresionan por su profundidad. Cuando yo leí Ambición y angustia de los adolescentes me quedé impactada por su profundidad. ¿Y saben lo que favorece esa profundidad? El no meterse en una casilla y pensar que uno es –y quiere ser– lo mismo que algún psicólogo que lo inspiro: “yo soy skinneriana”, “yo soy lacaniana”, “yo sigo a Freud”, “yo sigo la teoría de Leontiev” … O peor: “yo soy de la vertiente tal, que es el ala izquierda de la corriente mas cual”. Es una frase inventada, pero así uno la escucha o lee, como si se quisiera estar en una caja más cerrada y pequeña que la anterior. Una cosa son las influencias y el diálogo y otra diferente es definir la identidad profesional por la sombrilla que nos cubre, o por la casilla que nos acomoda. Tampoco estoy criticando cuando para determinados propósitos uno fundamenta su estudio en determinado aporte o posición –para organizar el pensamiento y establecer definiciones operativas. Estoy criticando el definir nuestras identidades como profesionales no por lo que investigamos o nos interesa, sino por la escuela o figura que seguimos al pie de la letra, sin salirnos de ahí.
Yo creo que la independencia de la psicología va unida, precisamente, a lo contrario, a la universalidad, incluyendo el vínculo con la filosofía. Ahora se habla de philosophy of psychology. Algunos de los autores mencionados tienen una obra muy vasta porque tienen en cuenta tanto la filosofía como las diversas tendencias de su época, aunque por supuesto tenían inclinaciones y posturas, pero no con el mimetismo o el dogmatismo posterior. Ardila plantea –y es una constatación real– que los precursores de la psicología como disciplina independiente eran en lo esencial pensadores solitarios y que después predominaron más los equipos y el trabajo grupal. Yo considero, viendo la producción de ellos y la obra en general, que la influencia extranjera y la institucionalización de la profesión –y la propia SIP o las sociedades del psicoanálisis institucional– crearon los compartimentos cerrados que he tratado de exponer. Por un lado, se favorecían eventos, sociedades, libros, becas y centros de enseñanza e investigación; por otro se ataba a ellos la creación más libre e individual.
Volvamos atrás. Fernando Ortiz comienza desde el siglo xix y vive hasta la Revolución. Fue, entre otras cosas, jurista, arqueólogo, etnólogo, antropólogo, criminólogo y periodista. Y, para nuestro interés, un profundo estudioso de la psicología del cubano y de las raíces histórico-culturales afrocubanas. Escribió, además de otras obras muy conocidas, La decadencia cubana, Los factores humanos de la cubanidad, El engaño de las razas y Entre cubanos; psicología tropical. Su obra fue de obligatorio estudio para nuestros grupos de investigación sobre autoimagen e identidad nacional.
Y en materia de olvidados, qué decir de Jorge Mañach, el gran desconocido para la psicología nacional. No sé si es porque se fue del país, aunque mucho más tarde salió publicada en Cuba su excelente biografía de Jose Martí. Yo perdí las notas de la lectura de Mañach, pero les puedo decir que no solo la Indagación del choteo es un libro principal; Historia y estilo es una profunda indagación de la psicología que hay que leer. Mañach tiene una claridad teórica y una profundidad pocas veces vista en la psicología nacional y mundial.
Les traigo aquí a otro autor que, como Ingenieros, estudió la locura. En este caso la locura en Cuba, y por supuesto asuntos de la salud mental. Armando de Córdova, antes de que se abriera ninguna escuela, asociación o publicación psicológica, escribe La locura en Cuba y hace una indagación hasta la época de la conquista citando fuentes originales como las crónicas de viaje de los conquistadores. Al padre la Casas lo cita en un impactante fragmento que les voy a leer:
Después que todos los indios de tierra de esta isla fueron puestos en la servidumbre y calamidad de los de La Española, viéndose morir y perecer sin remedio, todos comenzaron unos a huir a los montes, otros a ahorcarse de desesperación, ahorcábanse maridos y mujeres y consigo ahorcaban a los hijos; y por la crueldad de un español muy tirano que conocí se ahorcaron más de doscientos indios; feneció de esta manera infinita gente.
Lo que destaco en este autor es que, desde mucho tiempo atrás, estaba claro que no podemos estudiar las enfermedades mentales fuera de su contexto. Sin ese contexto, pudiera suceder que los hechos se distorsionen.
Y se distorsionan al menos dos hechos, a mi modo de pensar, no siempre bien interpretados en la historia de la psicología latinoamericana: primero, el impacto y el modo en que los conocimientos europeos llegaron a nuestra región; y, segundo, el punto de despegue y el impulso que represento la SIP. Primero Europa y después Estados Unidos. Ese tipo de hechos hay que estudiarlos en su integralidad. La SIP, por ejemplo, no solo llenó un vacío, creo que ahogó el anhelo de construir una Sociedad Latinoamericana de Psicología, de tener congresos regulares, de unirnos en nuestros problemas, etc. No solo eso, el congreso animó a los presentes a aprender de sus colegas del norte, como se anima a un alumno a aprender del profesor. Hay que leer los resúmenes para darse cuenta de ese sentido de superioridad. Pero, a pesar del servilismo, alimentado por los anfitriones, el espíritu latinoamericano, con su afán de independencia intelectual, quedó muy claro en las palabras del doctor Andrés Avelino en la clausura:
Ustedes [los norteamericanos] aman, sienten y viven el dato concreto con una intensidad que no podemos lograr nosotros; nosotros [los latinoamericanos] amamos, sentimos y vivimos la teoría con una intensidad pocas veces lograda por ustedes.
El pragmatismo chocaba (e ignoraba) las tradiciones del pensamiento latinoamericano, invitándonos a aprender. Lo que pudo (y en cierto sentido fue, porque en blanco y negro se puede hablar) el inicio de un intercambio fructífero, se comenzó a convertir en un puente para la importación, asunto nada ajeno a la preponderancia de Estados Unidos después de la Segunda Guerra Mundial.
De esa época tengo que destacar en Cuba a Bernal del Riesgo. Bueno, en el caso de Bernal tengo que retroceder, pues desde los años veinte empieza a publicar sobre educación y psicología. Por solo citar algunas obras producidas a lo largo de su amplísima trayectoria científica y profesional, puedo mencionar Dialéctica psicológica de la voluntad, Las grandes formas del comportamiento humano, La psicología del Pensamiento de C. Buhler, Psicología general, Psicología y enfermedad, Errores en la crianza de los niños, que, por cierto, fue un libro popular que sirvió de gran ayuda para los padres de nuestra generación. Por suerte sus sobrinos, Isabel Louro Bernal y Guillermo Bernal, hacen un magnífico trabajo de conservación, estudio y divulgación. Bernal del Riesgo, desempeña una labor de participación y fundación que llega hasta la segunda década de la Revolución (murió en 1976). Fundó en 1955 la Revista Cubana de Psicología, y en ese mismo número (único y fundacional) divulgó, además de diversos asuntos que daban la pauta para el desarrollo de la ciencia y la profesión en el país, un importante trabajo titulado Cincuenta años de psicología en Cuba. Ya había publicado en 1950 Varona también fue psicólogo. Son obras en las que no me puedo detener, pero que pueden buscar.
Bernal mantuvo el estudio de nuestros rasgos psicológicos como una prioridad. Como parte de sus Cuestiones futuras de la enseñanza cubana aparecidas en 1944, Escribió un original trabajo que tituló La cubanosofía: fundamentos de la educación cívica nacional. Una vez más un psicólogo con independencia e identidad, se preocupa por –y estudia– las características de lo nacional. No fue el único, hay unos cuantos libros sobre el tema antes de 1959, pero cito a los autores de más relevancia.
En relación con los estudiosos de la identidad es muy destacada la labor en México de Rogelio Díaz Guerrero, que, por cierto, fue fundador de la SIP. El, estudia la personalidad del mexicano y la compara con la de los norteamericanos. Tal vez, a mi modo de ver, Guerrero muestra menos independencia en su pensar, utiliza más los test y los estilos norteamericanos, y, en cierta medida, eso conspira con su libertad de análisis. Comparo su obra, por ejemplo, con El laberinto de la Soledad que es un magistral ensayo de Octavo Paz. En Díaz Guerrero tal vez hay métodos más estandarizados, o más dignos de validación según criterios de la psicología académica, pero no estoy segura de que logre una penetración tan profunda en la subjetividad del mexicano como la que logra Octavio Paz. A Octavio Paz no se le estudia en la psicología latinoamericana, aunque no le falta la cultura psicológica. Claro que estoy tratando de sostener una idea y eso me puedo llevar a planteamientos tan esquemáticos como los que deseo criticar. No quiero ser absoluta. A Rogelio Díaz Guerrero, por muy main stream que sea, le debemos todos los psicólogos de la región. Nosotros, por ejemplo, lo utilizamos muchísimo desde finales de los ochenta cuando trabajamos en la confección de un diferencial semántico para la investigación de la autoimagen de los cubanos. Si hacemos investigación tradicional la tenemos que hacerla bien. No solo utilizamos su excelente libro sobre el diferencial semántico del idioma español, sino sus trabajos sobre la psicología del mexicano.
Si estuviéramos amplios de tiempo son muchos más los nombres que yo tendría que mencionar, por lo menos de los psicólogos anteriores a los cincuenta y los sesenta, cuando ya la profesión contó con múltiples carreras, cátedras, sociedades, revistas, institutos, laboratorios y otras evidencias de un mayor desarrollo profesional. Algunos como Waclaw Radecki, Walter Blumenfeld, Emilio Mira y López, Enrique Mouchet (que se formó bajo el espíritu de Ingenieros y escribió una tesis de doctorado sobre el concepto de identidad), Béla que Székely y Guillermo Dávila han sido valorados por Rubén Ardila en su libro sobre la psicología latinoamericana. Casi todos ellos, aunque de muy diferentes orígenes y áreas de creación, están relacionados con la psicología académica, los laboratorios o la fundación de sociedades o revistas.
Sin embargo, otros, como los fundadores del movimiento psicoanalítico argentino y latinoamericano, están fuera de esa historia. Yo apenas mencioné a Marie Langer como parte de mi trayectoria personal, pero sin Marie Langer, Arnaldo Rascovsky, Ángel Garma, Enrique Pichon Rivière y José Bleger, por poner solo algunos como ejemplo, sería muy difícil explicar la psicología clínica, la psicoterapia e incluso la psicología social en Argentina, y yo diría que en América Latina en general. Antes que ellos Honorio Delgado en Perú y Germán Greve en Chile estuvieron entre los primeros en divulgar el psicoanálisis, y tan meritorio estudio hicieron que fueron mencionados por el propio Sigmund Freud.
Hablando de psicoanálisis, quiero hacer un paréntesis. Es muy fácil desde una mirada superficial y sin matices, decir que nosotros los cubanos abandonamos todo cuando nos vimos influidos por la psicología marxista. Quiero decirles que cuando empezaron los encuentros entre psicólogos marxistas cubanos y psicoanalistas latinoamericanos (fueron siete creo, desde 1986 hasta 1998) los psicólogos argentinos se quedaban asombrados al ver que nosotros y nuestros alumnos conocíamos y habíamos leído a Pichon Rivière y a José Bleger. El propio interés de los organizadores en llevar a cabo encuentros (que grupos más poderosos, de psiquiatras, por ejemplo, no se arriesgaron a organizar) ya demuestra algo de los intereses de los mismos psicólogos que habían estudiado o visitado la URSS, en este caso concreto Fernando González, Manuel Calviño y Juan José Guevara.
Sobre los encuentros y sus protagonistas es una pena que no hayamos escrito más, aunque existen excelentes resúmenes que dan cuanta no solo de los debates, sino de la psicología latinoamericana más progresista en general. Creo que el énfasis de algunos autores en la psicología de origen norteamericano y académico está en el hecho de que estos otros autores tienen diferente orientación filosófica y social (muchos de ellos de izquierda o marxistas) y que se ha cuestionado la psicología oficial, incluyendo el propio psicoanálisis institucional.
Y, aunque no deseo profundizar en lo contemporáneo o lo actual, tal vez deba volver a mencionar a Martín Baró. Él decía que, para realizar una psicología de la liberación, primero había que realizar una liberación de la psicología. El aporte de Martín Baró en los estudios de identidad es tan importante que, cosa rara, tiene seguidores en el primer mundo que estudian la psicología social y de la liberación.
También, antes de terminar, tengo que mencionar, entre los originales que han aportado con más creatividad, a Paolo Freire. No importa quién sea de origen médico, filosófico, pedagógico o humanista en general, así nació nuestra profesión. La crítica de Freire a la enseñanza tradicional y bancaria, que deposita conocimientos en el alumnado en lugar de ayudar a desarrollar la creatividad y la indagación, es un aporte enorme a la psicología de la educación. Y fue un gran conocedor de la pedagogía y la psicología en un plano internacional.
Y claro que había que ir a otros lados, como los grandes psicólogos de la región viajaron e intercambiaron con la psicología mundial. Yo disfruté de una beca corta en la Universidad de Chicago. ¿Y saben qué pudo ser, para otros, de interés? El hecho de que había conocido a Martín Baró, que dejó una enorme huella allí. ¿Saben que hay personas que impresionan?, que se paran delante de ustedes y les contagian el deseo de saber. Una persona así fue Martín Baró. Él se paraba ante cualquiera, y con la misma pasión que investigó la identidad o la psicología social, desarrolló y defendió la psicología de la liberación, que sí ha tenido en estos tiempos una repercusión universal. Conozco muchos investigadores de distintas partes del mundo que se interesan por su obra, por ejemplo, en la Universidad de Manchester donde estuve yo. A Martín Baró lo ayudó Chicago, como a Bernal del Riesgo lo ayudó ir a Viena. Eso siempre lo quiero resaltar. ¿Y saben por qué se fueron muchos de los psicólogos a trabajar y a estudiar al exterior? Pues porque algunos eran perseguidos por sus ideas políticas. Entonces no se puede decir, sin matizar, que porque nos desgastamos en luchas no tuvimos un desarrollo mejor. Muchas de las figuras vinculadas (o relacionadas) con las luchas sociales son justo las más creativas en el desarrollo profesional de la región. Eso fue lo que llevó a la muerte –asesinado– a Martín Baró.
No me puedo detener en Cuba como deseaba hacer, pues ya me he extendido más de lo que quería. Tal vez, antes, solo quisiera mencionar un par de mujeres que empezaron hace varias décadas y han aportado a la psicología social y a la psicología de la salud con enorme creatividad. Esas mujeres son Maritza Montero y Lourdes García Averasturi. No son las únicas, pero son un ejemplo a seguir, y repito que no puedo, ni quiero, hacer un recuento actual.
Montero es conocida por sus estudios en psicología social, política, comunitaria y de identidad. Otra mujer, sobre la que tuve que revisar internet hasta la saciedad para encontrar una foto suya es Lourdes García Averasturi, que realizó una labor fundadora en los aportes cubanos a la psicología de la salud y en la comunidad; que no es lo mismo que la psicología comunitaria de Rappaport. No es “otra” psicología u otra psicoterapia para los pobres y marginados, sino la misma psicología en el contexto de cada comunidad. Ha sido un aporte sustancial que, afortunadamente, ha tenido reconocimiento internacional.
Podemos leer sobre esto en el libro de Francisco Morales –publicado por Paidós– llamado Introducción a la Psicología de la Salud. Y ahora pienso en el Psicoballet de Georgina Fariñas, que es otro aporte de una mujer con reconocimiento internacional. No creo que sea casualidad que el área más creativa de la psicología cubana desde que se graduaron las primeras promociones haya sido precisamente el área que no podía importar ideas de la Unión Soviética, ni de los países socialistas, en general. Más allá de que hay una historia y una tradición cubana en psicología clínica, en la aplicación de test, en el estudio de la personalidad y en psicología social e infantil, ellos tuvieron que generar un enfoque más amplio, multidisciplinario y social.
Existen muchísimas áreas y temas que hay que profundizar. Tenemos que investigar más ... y mejor, como diría Torroella. Nos falta investigación, y, sobre todo, nos faltó, y nos falta, publicar. Los psicólogos y psicólogas cubanos hemos trabajado e investigado más que lo que hemos publicado. Son decenas las entrevistas que se hicieron durante los ochenta a los psicólogos vivos, y más recientemente, por ejemplo, para un trabajo corto como el mío sobre la psicología después de 1959. Esa, considero yo, es la mayor autocrítica que nos debemos hacer. A veces contábamos o recapitulábamos en eventos, como juglares, dejando solo palabras que el viento se llevó o el tiempo borró. Con los alumnos (en los ochenta, sobre todo) hicimos decenas de trabajos y tesis que se depositaron en la biblioteca en los cuales profundizamos en especialidades o en la vida y obra de psicólogos cubanos con una fructífera trayectoria profesional, en investigaciones sociales, de mercado, publicidad, psicoterapia, educativa. María Elena Segura profundizó en el período republicano y publicó. Pero si a nosotros nos faltó publicar más, a los actuales estudiosos no les puede faltar indagar y consultar lo que sí hay; hay que buscar y leer. Eso es una cosa. Otra es decir lo que no es. Hace poco leí un trabajo donde se dice que “la historiografía oficial” de la psicología cubana plantea que la psicología profesionalizada en el país comienza con la Revolución Cubana de 1959, que se ha escrito su historia ignorando su pasado, olvidando o “invisibilizando” su historia anterior. No existe tal historiografía oficial, ni tampoco los que han investigado la historia han dicho tal barbaridad. Otra cosa es que unos autores hayan profundizado en ciertas etapas o que, efectivamente, todas las etapas y temas necesiten mucha más investigación.
De todos modos, la psicología profesional a gran escala, con un nuevo contenido y función social, encontró un impulso y un apoyo institucional enormes después de 1959, como sucedió en la salud o en la educación, también en los estudios sociales y comunitarios.
Lo que no debería ocurrir es que en nuestro propio país se vean trabajos y tesis doctorales en las que nuestra propia historia sea tergiversada sin razón. ¿Cómo pensar nuestra historia y reflexionar sobre nuestra identidad si tergiversamos, simplificamos y absolutizamos, sin matices, el decursar de la historia de la psicología en el país? Es muy fácil decir que después del 59 se eliminó tal o cual. Hay que leer, entrevistar, indagar a profundidad.
Insisto en esto, porque recién he leído una tesis donde se dicen cosas como que después de 1959 no hubo terreno propicio para la historia de la psicología (basta leer las publicaciones de los sesenta para ver que no es así); que hasta los noventa no se cuestionó la profesión ni nos interesó América Latina (no sé si quien lo escribe sabe de las tesis e investigaciones sobre psicología latinoamericana o sobre los diversos encuentros que desde los ochenta la Facultad de Psicología comenzó a organizar con otros países de la región); que por la influencia de la psicología del campo socialista se borró, quemó o tiró todo lo que no fuera marxista. Tal vez no se conozcan las bases que se tuvieron en cuenta para hacer el primer plan de estudios sistemático desde mediados de los setenta, tratando entre sus objetivos que estuvieran representadan todas las tendencias de la psicología mundial. Sí estoy de acuerdo en que en la práctica profesional había una apertura mayor que en el discurso teórico, también en el estilo dogmático de criticar lo que no fuera marxista; pero criticar con dogmatismo no es lo mismo que desconocer. De todos modos, yo misma, por poner un ejemplo que viví, enseñaba dos semestres de Psicodiagnóstico de Rorschach. La razón de la eliminación como asignatura (que puede ser valorada bien o mal, es otro asunto) no fue el marxismo, sino el nuevo plan de estudios que pedía de nosotros la formación de un psicólogo menos clínico para la salud, de perfil más amplio y más social.
Esa es la historia real, por eso hay que profundizar en la indagación para evitar que un planteamiento que ahora luzca bien no sustituya a la verdad. Había un discurso, una crítica, y una manera algo dogmática o maniquea de separar o clasificar lo marxista (bueno) de lo burgués (malo), que ponía distancia de lo que era capitalista o burgués. Se enseñaban las diversas tendencias –incluso mucho más que en algunas escuelas latinoamericanas que eran solo psicoanalíticas o solo conductistas en los setenta–, pero nuestro discurso, propio de nuestra época y de nuestra formación, como era un discurso menos maduro que trataba de buscar en el marxismo las alternativas que necesitábamos encontrar, hoy, desde la distancia, nos parece, sin dudas, un discurso dogmático y acartonado.
Ya en trabajos anteriores hemos escrito que las tendencias que nos hicieron dogmáticos, son las mismas que nos ayudaron en el desarrollo científico y profesional. Pero es un tema que hay que ver en su diversidad y contexto si no se quiere sustituir un dogmatismo por otro, o por falta de objetividad y veracidad. Hubo quienes se empeñaron en publicar un libro clásico y lo lograron, pero hubo también quienes abortaron su distribución, por iniciativa propia o por orientaciones superiores durante el llamado “quinquenio gris” (por ejemplo, las Obras Escogidas de Freud o La Personalidad, de Allport), pero se publicaron (por Ediciones R) y utilizamos muchísimos libros de la psicología mundial. Hubo clases o cursos que repetían manuales soviéticos, pero hubo otros que enseñaron a Piaget y a Vygotsky; a Zazzó y a Galperin; a Freud y a Zeigarnik; a Allport y a Lomov o a Leontiev con Nuttin. Hay que revisar en detalle, hasta las polémicas como la que hubo en los sesenta entre pavlovianos y freudianos tratando de predominar.
Y hubo más: hubo políticas y prohibiciones que unos siguieron al pie de la letra y otros las protestaron o las trataron de evitar o evadir.  Hubo psicólogos que contribuyeron a revelar graves errores - por ejemplo en las Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP) - y otros que los ayudaron a imponer, como fue el caso de los estudios y argumentaciones que sustentaron las políticas contra la homosexualidad que se impusieron en el Congreso de Educación y Cultura de 1971, y que en la propia Escuela de Psicología se convirtieron en disposición. 
Muchos de los psicólogos jóvenes que fueron a estudiar a los países socialistas, disfrutaron primero de becas y viajes de estudio en Francia, Bélgica, Suiza, Inglaterra y otros países europeos –lo que les dio una fortaleza comparado con los que los recibieron después. Nada fue en blanco y negro, hay que matizar, llegando, al fin y al cabo, posiblemente, a distinguir que, si hay un aspecto común a la psicología que se piensa y hace en Cuba, considero que es su enfoque amplio, su vocación social y su base histórico-cultural. Y todo lo que estoy diciendo apenas sirve como provocación, porque en este esbozo tan general me tendré que equivocar, entre otras cosas por omisiones, sobre todo porque no entro (solo advierto mis dudas) en la actualidad. Ni siquiera puedo aquí hablar sobre muchos psicólogos cubanos que en los más cercanos cincuenta tuvieron un desempeño profesional en el país como Gustavo Torroella, Aníbal Rodríguez, Noemí Pérez Valdés, Aurora García, Raúl Gutiérrez, José I. Lasaga, Rafael Crespo, Rolando Valdés Marín, Ernesto Gonzáles Puig, Elena Freyre de Andrade y muchos más.
Sobre nuestra historia después de 1959 o sobre el desarrollo de algunas áreas en particular, han escrito e investigado Aníbal Rodríguez, Gustavo Torroella, Noemí Pérez Valdés, Fernando González, Manuel Calviño, Diego González, Ángela Casaña, Patricia Arenas, Albertina Mitjans, Jesús Dueñas, Guillermo Bernal, Eduardo Cairo, Lourdes García Averasturi, Gloria Fariñas, Emilio Ortiz, Alberto Labarrere, Roberto Corral, Reynaldo Pérez Loveille, María de los Ángeles Tovar, Irene Smith, Francisco Morales, Georgina Fariñas, Olga Infante, Jorge Mayor, Teresa Valdés, Jorge Grau y otros psicólogos de la salud … y muchísimos más.
Yo no he ido más allá de lo que investigué y escribí hasta algunos años atrás, no creo que lo logre hacer, pero quien lo haga debe comparar, documentar y profundizar en vez de llenar el vacío con otras absolutizaciones (peores que las nuestras cuando escribíamos de “burgueses” y “marxistas”) que borren o sepulten lo que en verdad sucedió; absolutizaciones que conviertan nuestras propias autocríticas en una historia sin matices. Hay que demostrar, que sustentar con investigación amplia, lo que se quiera demostrar. Eso tendrá una enorme importancia en nuestra madurez e identidad profesional.
Ahora voy a tratar de sintetizar algunos puntos que deseo enfatizar:
Sobre la historia de la psicología latinoamericana deseo enfatizar:

  1. Que nuestra psicología, como nuestras naciones ha crecido en medio del conflicto entre dependencia e identidad. Por la dependencia no estamos en la historia de la psicología mundial.
  2.  Que la independencia con respecto a la filosofía y otras disciplinas no es más importante que la independencia y universalidad en el modo de pensar. Es más importante pensar con cabeza propia que pensar fuera de la filosofía (que es casi imposible, además).
  3. Que el proyecto de una Sociedad Latinoamericana de Psicología en los cincuenta quedó “tragado” y postergado por el proyecto y los desarrollos de la SIP.
  4.  Que no es cierto que el compromiso con causas sociales o la independencia hayan sido un atraso para el desarrollo teórico y de la disciplina, sino al revés.
  5. Que se ha demostrado que no existe una psicología o teoría psicológica que pueda –mejor que otras– transformar las realidades sin una vocación social de los psicólogos (Ej. psicoanálisis y conductismo de Skinner).
  6. Que la fama y la grandeza no son lo mismo y que han sido muy útiles los mecanismos, sociedades, eventos y las publicaciones que nos den visibilidad; necesitamos que la fama de otros no oculte la grandeza de lo propio por falta de estudio y de divulgación.
  7. Que los temas de investigación y tesis no se buscan, sino que nos saltan a la vista y no los podemos evitar. Solo hace falta observar críticamente nuestra realidad y tratarla de transformar asimilando lo mejor de la psicología mundial.
  8. Que la cuestión de nuestras identidades como profesionales queda mejor resuelta si somos más universalistas y nos identificamos menos por alguna dogmática lealtad a un autor.
  9. Que la identidad de nuestra psicología permitió el desarrollo (antes y ahora) de una psicología de las identidades y acorde a nuestras identidades.
  10.  Que tenemos una fortaleza (los latinoamericanos) que no tiene ninguna región de la humanidad: nuestra identidad.

Sobre la historia de la psicología en Cuba me preocupa, y expreso mi desacuerdo con:

  1. Que se plantee que solo después de 1959 empezó nuestra psicología académica y profesional.
  2. Que se plantee lo contrario, es decir, que hay que superar una historia oficial que cree que todo empezó en 1959 (es peor). Es decir, enfatizar la necesidad de más investigación, profundización y publicación, no quiere decir que otros negaron lo anterior.
  3. Que se plantee que desde el decenio de los sesenta había tanto interés en resolver problemas prácticos del país que la epistemología y la historia de la psicología no interesaron.
  4. Que se diga que al fundarse las carreras y comenzar un ejercicio masivo de la profesión, lo que no era marxista leninista se quería quemar, eliminar y dejar totalmente de lado.
  5. Que se diga que hasta los noventa no nos interesó la psicología latinoamericana.
  6. Que no logremos crear un depósito de la dispersa bibliografía histórica así sean trabajos de curso, monografías inéditas o tesis y libros.
  7. Que no podamos –los psicólogos vivos– escribir o entregar, aunque sea un Currículo Vitae para que la historia real y los infinitos aportes en salud, educación, trabajo, comunidades y otras áreas no se olviden.
  8. Que la psicología en Cuba se demore en emprender la tarea de que cada filial y sección escriba su historia hasta hoy, desde Guantánamo hasta Pinar del Río, porque, como escribimos hace años, nuestra historia no debe seguir siendo de la capital.

Por último, les diré lo que más critico de mí misma en cuanto a trayectoria profesional:

  1. Haber terminado mi doctorado sin darme cuenta del dogmatismo que una psicología marxista de manuales me pudo contaminar en el modo de criticar, escribir y argumentar.
  2. Haber sido demasiado crítica con los que no pensaban o escribían como creía yo que se debía escribir. Igual los conocí, aprendí de ellos, los entrevisté y los enseñé en sus fuentes originales, pero, por bastante tiempo, bajo la crítica demasiado severa de lo no marxista o “lo burgués”.
  3. Dejar de investigar con profundidad un tema cuando creí que después de diez o quince años ya se había agotado para mí, o cuando otro tema me motivó más. Los temas de investigación más que un gusto, son un compromiso moral.
  4. Haber acumulado demasiado material o resultados antes de publicar; es decir haber publicado mucho menos de lo que investigamos mis alumnos y yo.
  5. No solo haber acumulado mucho material, sino haber sido demasiado crítica con esas investigaciones, no solo las mías (que era mi derecho), sino las de mis estudiantes, con lo cual perjudiqué las publicaciones de ellos también. Tal vez tengamos la culpa de las tergiversaciones que vemos hoy.

Yo no quise traer un paper formal,sino algo más personal. Por eso faltan autores, menciones, citas … y seguramente exactitud. Lo único que les deseo es que se motiven e investiguen la psicología en sus países y que registren y escriban lo que logren conocer, porque las identidades personales y grupales no se dan solas, se piensan y construyen; necesitan de la reflexividad. Ojalá podamos realizar el sueño de Martín Baró. Él decía que “nuestro conocimiento debe servir como un espejo donde el pueblo pueda ver reflejada su imagen”. Que no solo logremos ese conocimiento, sino que lo podamos compartir por el bien de nuestra propia identidad y orgullo profesional.

Gracias por atenderme y por venir.

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