Vol 6. Núm 18. 2018
CIENCIAS SOCIALES, PSICOLOGÍA Y POLÍTICA
Isys Pelier Álvarez Universidad de La Habana Alejandro Peña Gutiérrez Centro de Investigaciones Psicológicas y Sociológicas
Resumen
Este trabajo es un ejercicio de hermenéutica responsable implicado, comprometido y coherente de quienes lo crean y escriben. A través de este, se realizará un análisis crítico de la situación de las ciencias sociales, en particular la psicología, y la política. Los autores reconocen el impacto del contexto en la configuración de las subjetividades y por ende, se realiza un recorrido por la situación de Latinoamérica y Cuba y cómo ha impactado en la evolución de las ciencias sociales. Por último se ponen de manifiesto algunas reflexiones y retos que presentan los investigadores sociales, en la contemporaneidad, dadas las complejidades y particularidades de la era neoliberal; así como los obstáculos que esta supone para la criticidad y transformación de la realidad.
Abstract
This work is a responsible, compromised and coherent, hermeneutic exercise from its creators and writers. A critic analysis about the policy and the social sciences situation, specially the Psychology, will be done. The authors recognize the impact of the context on the configuration of subjectivities and therefore it will be a travel around the Latin-American and Cuban situations. It will be also about its impact on the evolutions of social sciences. At last, some reflections and challenges show up for social researchers nowadays because the neoliberal era is very complex and particular. It´s also considered one of the first obstacles for criticizing and transforming the reality.
Palabras claves
Ciencias sociales, Psicología, Política, Social Sciences, Psychology, Policy

Las ciencias sociales y en particular la psicología se han caracterizado, en los últimos tiempos, por su distanciamiento con respecto a los movimientos de transformación social y a los procesos de cambio.
Psicologizar los aspectos de la vida cotidiana, a tal extremo que se concibe como responsabilidad del presidente desde una situación del ámbito socioeconómico hasta un conflicto entre vecinos. Eso puede, en palabras de Martín-Baró (2006) vincularse a la miseria histórica de la psicología latinoamericana. Más allá de desarrollar una mirada crítica y reflexiva sobre la cotidianidad, que contribuya a desarrollar procesos de transformación social, se ha limitado a justificar, legitimar y mantener las posiciones de poder existentes en cada nación. Este mismo autor refiere como principales causas del fenómeno: el mimetismo cientista, la carencia de una adecuada epistemología y el dogmatismo provinciano.
En el primer caso se hace alusión a la aceptación acrítica de las teorías y modelos psicológicos; así como a la importación ahistórica de sus diferentes esquemas. De aquí resulta importante destacar la necesaria contextualización de cada uno de estos elementos que remiten a su origen y a la situación que conllevó a que emergiera, en determinada época. Entonces, si no se considera el momento histórico, las condiciones sociopolíticas y económicas así como los aspectos que distinguen a las personas atravesadas por todo esto; no es posible realizar una praxis psicológica realmente comprometida con la sociedad y con la construcción de un futuro mejor.
En segundo lugar, se menciona la carencia de una epistemología acertada y coherente con la naturaleza de las ciencias sociales. En este sentido, lo primordial a plantearse sería la emergencia de modelos alternativos para trabajar en cada espacio. Estas alternativas deben encontrarse en correspondencia con dichos espacios y a su vez, tener en consideración la complejidad del fenómeno de su interés. Pensar no solo en la potencial variabilidad de este sino en la necesaria evolución de los métodos de estudio e intervención, contribuye a que el científico social logre un trabajo acorde a su realidad.
Por último se menciona el hecho de asumir estos modelos sin tener en cuenta el momento histórico o la etapa en la que se creó ni la posible evolución que puede darse en algunos casos. La importación de estos aspectos puede resultar en una significativa distorsión de la realidad estudiada, principalmente desde nuestra ciencia.

Las Ciencias Sociales en nuestra Academia de Ciencias

Históricamente, el estado ha decidido y dispuesto los planes de estudio de sus centros de enseñanza a todos los niveles, ha determinado el modo en que se debe instituir su Sistema de Educación, como sistema estructurante de subjetividades individuales y colectivas. Se persigue con ello, facilitar las condiciones para la preparación de los científicos y técnicos que los planes de desarrollo del país demandan. Se aspira a crear, con las condiciones necesarias para su desarrollo, un prototipo de una nueva intelectualidad y una base institucional que permita la reproducción de esta.
El gobierno decide qué instituciones apoyar, cuáles disolver y cuáles crear; razón por la que la intelectualidad debe responder a las demandas estatales, que en ocasiones, no necesariamente son reflejo de las demandas comunitarias.
El estado es quien tiene el poder de instituir leyes que se ejecuten por mediación de comisiones, que controlen y fiscalicen sus instituciones científicas. Comisiones que pueden comprender una dualidad en su esencia, en tanto son organismos de la administración central del estado y a su vez, desde el ideal, organismos para la agrupación, transformación y creación de institutos de investigación.
No existe ciencia sin política, no existe ninguna ciencia con libre albedrío, toda ciencia opera y se instituye desde marcos referenciales de contención, que definen su objeto y método de estudio, su ética y praxis. Esta contención está fuertemente mediada por un estado protector, benefactor y/o paternalista que tiene el poder y la autoridad de reformar sus instituciones y reestructurar sus actividades científico-técnicas.
El estado cubano no se encuentra exento de esto y como refieren algunos autores, toda ciencia social debe tener una profunda vocación humanista, en tanto realicen investigaciones comprometidas, que conjuguen el desarrollo de un trabajo científico profundo y la difusión de los resultados entre la población como máximos beneficiarios. Resulta de suma importancia reconocer a Cuba como un país en el cual prima el interés de aquellos que detentan el poder, por los fenómenos sociales. El proyecto revolucionario se encuentra inmerso en un proceso de construcción del socialismo, que posee como fin último, el logro de la equidad social; lo cual será posible a partir de la realización de exhaustivos estudios y análisis sobre la sociedad cubana y las diferentes realidades en las cuales se desenvuelve en la cotidianidad.
El 3 de diciembre de 1963, en la “Oración Finlay” pronunciada por Antonio Núñez Jiménez, en la inauguración del Museo de las Ciencias “Carlos J. Finlay”, recordaba un pensamiento del presidente Dorticós, que sirve de orientación epistemológica y axiológica a toda Ciencia Social:“Una revolución que está empeñada en transformar la vida cultural de un país debe comenzar precisamente por recoger, purificándolo con sentido histórico, todo el acervo cultural de la Nación” (Marchena et al, 2002:64).
Hacer ciencia pasa también por el filtro de la “idoneidad”, ¿quiénes son los elegidos y competentes para investigar: la Academia, las universidades u otros organismos nacionales? Al respecto, Núñez (1972) refiere que la Academia no puede aspirar a ser el organismo que totalice las investigaciones científicas en la nación y destaca el rol de las universidades y los ministerios en el desarrollo de las investigaciones; así como alude a cada persona, que según su nivel y circunstancias especiales, desempeña determinada tarea.
Al centralizar se corre el riesgo de caer en un pensamiento totalitario, de simplificar y fragmentar procesos complejos, se obvia la pluralidad y la diversidad que enriquece la inter y transdisciplinariedad, haciendo uso del poder como ejercicio autocrático y autoritario.
“Las instituciones científicas han de aspirar a ser interdependientes, con el propósito de servir a la interpretación correcta de los fenómenos naturales y sociales del país, para entonces contribuir en la transformación de los mismos; mas esta aspiración no es ingenua pues debe realizarse sobre la base de las orientaciones emanadas de la alta dirección política o por iniciativa de las propias instituciones, previa consulta con los correspondientes niveles de dirección, siempre con la finalidad de servir de motor impulsor a la construcción y mantenimiento del Sistema Social que la política paute” (Núñez, 1972, pp.340-341).
Hoy día ningún científico e investigador se puede basar única y exclusivamente en el ensayo como vehículo mediante el cual plantear las problemáticas claves de la nación en su época y conjeturar sus soluciones. Necesita de la aprobación y apoyo de un órgano estatal encargado de la elaboración y control de la política científica, que sea quien priorice los aspectos considerados como esenciales y evite la duplicidad de esfuerzos.
En 1975 se celebró el Primer Congreso del Partido Comunista de Cuba y en él se adoptó la Tesis y Resolución “Sobre Política Científica Nacional”. Aquí se señala la función determinante de la Revolución Social dentro del proceso de la Revolución Científico-Técnica, se resumen los rasgos fundamentales de esta última y hace alusión a los factores que deben ser considerados para la elaboración de la política científica nacional.
A partir de entonces comenzó a comprenderse de manera lenta pero sostenida la importancia del papel de las ciencias sociales para el análisis de las problemáticas presentes en la sociedad. Se expresaba lo imprescindible que resultaba garantizar la mayor libertad de acción en las investigaciones a economistas, historiadores y filósofos, sin que estos se sintieran atados en sus trabajos científicos a los criterios oficiales vigentes, a la vez que se consideraba objeto de control por el Partido aquellas interpretaciones o conclusiones teóricas que se alejaran de los lineamientos trazados.
Queda establecido en este documento –que los trabajos de investigación y análisis teóricos, deberán realizarse siempre con el conocimiento y bajo la orientación y el control de los organismos superiores del Partido; así como, los resultados y conclusiones a que se arribe producto de esas actividades investigativas y teóricas.
Durante el año 1978 y en los años anteriores, los institutos que componen la Academia de Ciencias de Cuba obtuvieron resultados vinculados a diferentes esferas, entre los que se destacan:

  • El estudio del modo de vida humano de las clases populares en la ciudad de La Habana durante el siglo xix y hasta 1925.
  • Estudio exploratorio de aspectos esenciales de la conciencia social socialista y de su formación en nuestros adolescentes y jóvenes.
  • Investigaciones sobre aspectos de nuestras culturas aborígenes.
  • Estudios acerca de la historia de la literatura y la filosofía en Cuba.
  • La lengua como sistema funcional.
  • El papel del Che en el desarrollo científico y tecnológico de la revolución cubana.

De aquí, que toda ciencia, en especial la social debe tener un profundo sentido humanista, la psicología debe enarbolarse con dicho estandarte y entenderse e implicarse en todo proceso de transformación individual y social. Es importante conocer el lugar que ha ocupado nuestra ciencia en la historia de las transformaciones sociales de Cuba, a raíz del triunfo revolucionario, para visualizar e interiorizar la inmensa responsabilidad, compromiso que debemos tener con nuestra práctica profesional y como debemos defender el lugar ganado entre las ciencias sociales.
Entre las principales consecuencias de que las ciencias sociales, entre ellas la nuestra, se rijan estrictamente por intereses institucionales y hasta individuales que no respondan a los problemas de la realidad nacional, se encuentra el enlentecimiento del planeamiento y ejecución de las investigaciones sociales; así como la dificultad para introducir los resultados de estas en la práctica social.
No se trata de negar las demandas de los grupos que poseen el poder; ni mucho menos de responder a cada una de las problemáticas que emerjan en el resto de los grupos. De aquí, un reto para la psicología, que radica esencialmente en lograr la articulación de intereses de las mayorías y minorías –en términos de poder–; de manera que se aborden elementos que interesen a ambos.

Psicología y política

Por esta razón, psicología y política son ciencias con diversos puntos de convergencia. Uno de los elementos que argumenta lo anterior, radica en lo concebido como “político” para disímiles autores –ver Dávila, et al. (1998)–. Las características referidas por los estudiosos del tema y que se pueden considerar comunes son: su vínculo con los intereses públicos o colectivos; así como la presencia de acciones que impacten en el orden social. Este campo puede constituir un terreno fértil para la psicología social y convertirse en un espacio propicio para el desarrollo de investigaciones sobre procesos intra e intergrupales.
También se alude al carácter regulador y normativo de la política que, a nuestro criterio, puede complementarse con el estudio de los grupos desde la psicología. Estos constituyen espacios de homogeneización, a través de roles y normas que se desarrollan en el endogrupo y que a su vez, los distinguen del exogrupo. El presente análisis resulta bastante controvertido pues si bien estos procesos pueden favorecer la cohesión grupal y ser elemento clave de las construcciones identitarias; contribuye a ampliar y/o perpetuar brechas de desigualdad entre los diferentes grupos sociales. Estos procesos pueden generar dinámicas de exclusión social y, más alarmante aún, mecanismos y políticas sociales que las legitimen y reproduzcan en el tiempo.
También se hace referencia a lo político como una representación de alternativas, respecto a planteamientos y opciones; lo cual nos remite a la impronta de la subjetividad en cada una de las personas y grupos.
Estas dos ciencias se encuentran estrechamente vinculadas, ya que el comportamiento humano funge como variable mediadora y la subjetividad se erige como instancia constituyente de la política.
Cabe, entonces, reflexionar en torno a estas dos aristas: la política como conjunto de representaciones sociales, cuya función radica en manipular al individuo y garantizar la reproducción del poder y el mantenimiento del status quo y a su vez, la relevancia que posee en la organización de las sociedades humanas.
Hasta este punto del análisis, es necesario cuestionarse si puede la política considerarse como un objeto de estudio de nuestra ciencia, desde su condición de construcción social. ¿Cómo lograr que ella tribute a una mejor comprensión del ser humano?
La política está hecha por y para las personas y por ende, coloca se debe colocar en tela de juicio todo cuanto emerge de ella. En este sentido y en correspondencia con lo planteado por Dávila et al (1998), esta ciencia se puede y debe considerar “el estudio de la influencia y de los influyentes”.
Resulta interesante la complejidad que caracteriza a ambos fenómenos. Por un lado, puede entenderse la psicología como herramienta para analizar y comprender al ser humano, si se consideran sus concepciones como proyecciones de sus actores. Por otro lado, se debe considerar la política como determinante o instancia mediadora de las investigaciones en psicología. Ello se debe a que puede establecer un objeto, problema o tema a indagar e incluso puede ocurrir que los resultados solo se encuentren al servicio de determinados actores por ser los que disponen de los recursos materiales y culturales para lograr un verdadero cambio social o como consecuencias de legislaciones, explicadas con anterioridad. Esto se convierte, en palabras de Ibañez (1993), en una inescapable disyuntiva para todo científico social, susceptible de analizar y que, necesariamente, se debe considerar en el proceso de producción de conocimientos. Como disyuntiva, válida para que las ciencias sociales se detengan a reflexionar en torno a esto y que se comiencen a considerar alternativas para comprender la situación.

Reflexiones y retos

Toda teoría está cargada de juicios de valor, las teorías no tienen solo el valor de la búsqueda de la verdad en sí, sino también el valor de la búsqueda de un mundo “más humano”, un mundo con menos violencia, con menos pobreza y miseria, un mundo con más libertad, más acorde con la dignidad humana. La búsqueda de la verdad y la búsqueda del bien del prójimo no se encuentran muy distanciados, pues, desde lo intersubjetivo, la verdad es el encuentro con el otro. Esto se vincula con lo referido por Montero (2002), ya que esta autora defiende una postura teórica, cuya esencia radica precisamente en la existencia del Otro para la libertad del Uno. Destaca la importancia de la relación en la constitución de la identidad de los grupos que conforman la sociedad y el conocimiento y aceptación de los exogrupos, como único modo de liberación de los miembros del endogrupo.
De aquí, que se abogue por una ciencia social defensora del diálogo, la tolerancia, la posibilidad de error en la propia posición y verdad en la posición ajena. Ciencia que desarrolle la mutua crítica como una norma más general, un postulado moral que implica el propio progreso y el de la humanidad misma.
Como herramienta del método científico, se debe tener una actitud vital: reconocer en el otro su derecho a la interpelación, dado que toda persona tiene el deber de no imponer sus ideas por la fuerza. Ello ocurre con independencia del grado de certeza que se pueda tener sobre las propias ideas. El diálogo emerge consiguientemente como un corolario moral de ese deber fundamental. Un deber que no surge de ninguna duda sobre la verdad, sino de la certeza de que el diálogo no es el origen, pero sí el camino humano para llegar a la verdad.
La ciencia trabaja en criterios muy amplios, muy elásticos, en programas de investigación donde lo que en un momento gozó de un reinado de corroboración, lo puede perder, y otro programa que fue enviado al ostracismo de lo antiguo, puede emerger de su mar de anomalías y recuperar –sin saber hasta cuándo– otro período de corroboración. Se trabaja con conjeturas que se intuyen, que no son nunca absolutamente corroboradas, ni rechazadas.
Una sociedad libre implica instituciones políticas que hagan posible la mutua crítica. Cuanto más unidos estén estado y ciencia, mayores son las posibilidades de que esta misma crítica –constructiva, reflexiva y comprometida con el desarrollo de la sociedad– contribuya a la emergencia de hipótesis alternativas, que trasciendan las conocidas y desfavorables disputas de poder.
El político que puede acceder a un puesto de poder –y ese político, ese “tipo ideal” que estoy utilizando, puede ser el mismo científico en cuanto funcionario. Y entonces, dado que piensa que se puede saber a cabalidad qué es lo científico y lo que no, con toda buena voluntad prohibirá o quitará el famoso subsidio a lo que no es científico. Lo cual es lo menos que puede pasar: si estamos en algún sistema totalitario, las consecuencias serán vitalmente más graves.
Estos elementos nos permiten una mejor comprensión de Lakatos (1989) cuando refiere que el problema de la demarcación entre ciencia y pseudociencia no es un pseudoproblema para filósofos de salón y que posee serias implicaciones, tanto éticas como políticas. Ello funda el deber de no imponer las ideas por la fuerza, el derecho consiguiente a la ausencia de coacción sobre la conciencia.
Ojalá llegue el momento en el que se comprenda que lo esencial del bien común es el respeto a los derechos personales. Y que, por lo tanto, lo que delimita el campo de acción de una eventual autoridad no es que algo sea sobrenatural o temporal, sino que sea conforme o no con los derechos personales. Hay derecho a la libertad religiosa porque hay derecho a la ausencia de coacción en materia religiosa. Hay derecho a la libertad de enseñanza porque hay derecho a la ausencia de coacción en materia de enseñar y aprender. Hay derecho de libre asociación porque hay derecho a la ausencia de coacción sobre las asociaciones.
Las ciencias sociales en la era neoliberal: entre la academia y el pensamiento crítico
El triunfo ideológico del neoliberalismo es el de una concepción holística de la sociedad, de su naturaleza, de sus leyes de movimiento –explicadas desde lo que postula el marxismo– y de un modelo normativo de organización social. Así como Marx en algún momento dijo que la economía era la ciencia de la sociedad burguesa –por supuesto refiriéndose a la economía política clásica y a los grandes fundadores de esta disciplina, básicamente Adam Smith y David Ricardo, hoy podríamos decir que el neoliberalismo es la corriente teórica específica del capitalismo en su fase actual.
El postmodernismo, a su vez, podría ser definido como un pensamiento propio de la derrota, o tal vez un pensamiento de la frustración. Es decir, es el resignado reconocimiento de que ya no hay transformación social posible, de que la historia ha concluido –aunque sus exponentes se horroricen ante esta conclusión que los hermana con la obra de Francis Fukuyama–y de que lo que hay, es lo único que puede haber. El postmodernismo como actitud filosófica refleja el fracaso de las tentativas de transformación social en los capitalismos metropolitanos en los años de la postguerra.
En el terreno más concreto de las ciencias sociales se comprueba que el neoliberalismo ha instaurado la barbarie del reduccionismo economicista que hoy nos aqueja. Su impacto se corrobora en la exaltación del influjo de los elementos económicos en todo el conjunto de la vida social. Estos no son concebidos, como se hace en la tradición marxista, como elementos articuladores de una totalidad compleja, mediatizada y dialéctica, siempre en movimiento, sino como factores causales aislados que en su predominio se convierten en los únicos hacedores de la historia. Al hablar de barbarie economicista nos referimos, por ejemplo, al individualismo metodológico que pesa sobre algunas teorías y ciertos supuestos epistemológicos, que entre otras cosas consagra –no por casualidad– la desaparición de los actores colectivos –las clases sociales, los sindicatos, las organizaciones populares, etc. – y la exaltación del formalismo matemático como inapelable criterio de validez de los argumentos sociológicos. Lo que en el mejor de los casos, no es otra cosa que una hoja de parra pseudo-científica bajo la cual se pretende ocultar que el rey –es decir, el pensamiento convencional de las ciencias sociales– está desnudo.
Los supuestos del pensamiento neoliberal que vertebran la teoría económica neoclásica han colonizado buena parte de las ciencias sociales. ¿De qué supuestos se trata? Aquellos que predican que los únicos sujetos relevantes de la vida social son los actores individuales, respecto a los cuales se asegura que: (a) cuentan con plena y adecuada información sobre el universo en el cual se desenvuelven; (b) lo anterior los habilita para tomar decisiones fundadas racionalmente en la ponderación precisa de costos y beneficios, y por lo tanto (c) pueden actuar con plena libertad y adecuado conocimiento para satisfacer sus intereses egoístas. Este modelo, extraído de la ficción del homo economicus, se aplicaría por igual a todas las esferas de la vida social, desde las cuestiones más crematísticas tratadas por la economía hasta las más elevadas manifestaciones del espíritu humano.
Otro de los impactos del neoliberalismo sobre las ciencias sociales se puede sintetizar en la desconcertante premisa que afirma que en realidad la sociedad no existe. La añeja idea del contractualismo del siglo xviii que postulaba que la sociedad no era otra cosa que la suma de los individuos, retorna triunfalmente en el neoliberalismo –lo cual, entre otras cosas, nos obligaría a replantearnos cuánto hay de nuevo, si es que hay algo, en el “neoliberalismo”–. Esto se evidencia en los planteamientos teóricos pero también en los argumentos políticos que se nutren de esta tradición. Por ejemplo, en las declaraciones de la ex primera ministra de Inglaterra Margaret Thatcher. Poco después de su feroz represión de la huelga de los mineros, que significaría el quiebre de la resistencia popular a las políticas neoliberales, algunos periodistas le preguntaron cuál sería el impacto de la destrucción del sindicalismo sobre la sociedad inglesa. La Sra. Thatcher –insigne exponente de la filosofía neoliberal– se limitó a responder que la sociedad no existe y que solo se puede aludir a hombres y mujeres individuales (Nadal, 2013). La sociedad inglesa, para ella, era una peligrosa ficción inventada por la izquierda. Una perniciosa leyenda carente de connotaciones reales. En esta idea se pone de manifiesto una muestra de la influencia del neoliberalismo sobre el pensamiento político de nuestro tiempo. Cómo las ciencias sociales pueden aportar luz sobre este y otros temas, que competen a las autoridades políticas y al pueblo, constituye uno de los mayores retos que se presentan en la actualidad.

 

Referencias bibliográficas

Dávila, J., Fouce, J., Gutiérrez, L., Lillo, A., & Martín, E. (1998). La Psicología Política Contemporánea. 17, 21-43.
Ibáñez, T. (1993). La Dimensión Política de la Psicología Social. Revista Latinoamericana de Psicología, 25 (no. 1), 19-34.
J. Marchena, I. F. (2002). Las Ciencias Sociales en la Academia de Ciencias de Cuba (1962-1981). Revista de Historia, Cultura y Territorio: Tiempos de América (no. 9), 59-78.
Lakatos, I. (1989). La metodología de los programas de investigación científica. Madrid: Alianza.
Martín-Baró, I. (2006). “Hacia una psicología de la liberación”. Revista Electrónica de Intervención Psicosocial y Psicología Comunitaria, 7-14.
Montero, M. (2002). Utopía y Praxis Latinoamericana. Revista Internacional de Filosofía Iberoamericana y Teoría Social, 41-51.
Nadal, A. (miércoles 10 de abril de 2013). Thatcher y Hayek: la sociedad no existe. La Jornada en línea.
Nuñez, A. (1972). Contra el monopolio científico. Academia de Ciencias de Cuba: nacimiento y forja. (D. d. Cuba, Ed.) La Habana.

Power by: Moises Soft