Vol 7. N?m 20. 2019
UN ABRAZO, PARA MI HERMANO FERNANDO.
Manuel CalviƱo Universidad de La Habana, Cuba

 


Hoy recién regresando de nadar un poco (cada vez que hablábamos del ejercicio físico me decía: “Yo nado todos los días que puedo… eso me mantiene en forma... tú deberías hacer lo mismo, Chopín, la bomba lo agradece mucho”), me llega la triste noticia, qué digo triste, la noticia destructora: Fernando, mi gran amigo, mi hermano de tantas batallas, el Dr. Fernando Luis González Rey, ha fallecido. Coño, que dura realidad. Me duele. Me llega muy hondo. Me entristece.
La última vez que hablé con él, en su casa de San Pablo, junto a su inseparable Albertina –esposa, compañera, colega, cómplice de todos sus sueños, proyectos y realizaciones– me dijo: “Esta enfermedad es del carajo. Pero yo sigo trabajando, escribiendo, haciendo psicología, que es la mejor forma de combatirla… y le voy ganando de una en una todas las peleas que pueda”. Y no dude nadie que Fernando, que tanto amaba a la Psicología, a sus hijos y nietos, que tanto amaba su trabajo, luchó férreamente por la vida, con un optimismo y una fuerza envidiables, que no dudó nunca que saldría adelante (como se supone haga un consciente-volitivo). Me alegra haberle podido decir “Muchas gracias, mi hermapor lo que nos estás enseñando a todos”, porque me (nos) mostró como se marcha un luchador, un convencido de que una vida mejor es posible.
Nos unía una amistad a prueba de balas, a prueba de puntos de vista diferentes (incluso antagónicos), a prueba de distancias objetivas y subjetivas. Una amistad profunda, construida en los años en que compartimos cortes de caña, trabajos en el campo de todo tipo. Se fraguó con especial ahínco en los tiempos en que estudiábamos en la Escuela de Psicología (él en un curso anterior al mío), en que fuimos dirigentes de la Federación de Estudiantes Universitarios, en la Unión de Jóvenes Comunistas. Una amistad que tuvo estancia geográfica en Moscú –él en el Instituto de Psicología, yo en la Facultad moscovita. Allí, con muchos grados bajo cero, le hice las pancartas para su defensa doctoral en cartulina y con plumones (no existía ni el datashow, ni el power point), mientras él me recomendaba conseguir “Karmasín”, que lo usaba para no perder el pelo… hasta un día que me dijo: “La genética es la genética, y tengo la misma calva que mi padre”.
Esa amistad fue la mezcla que endureció nuestro trabajo conjunto cuando, ya ambos en Cuba, él era vicedecano de la Facultad de Psicología de la Universidad de La Habana, luego decano, y después vicerrector de investigaciones y post grado. Juntos, obvio que otras compañeras y compañeros más (los de casi siempre: Albertina, Carola, Mara, Cairo, con Haydé Pachanga en el apoyo secretarial) organizamos los Encuentros Cuba-México (allá fueron Jorge Molina, Germán Gómez, y otros cuates de la época), organizamos los memorables Encuentros de Psicoanalistas y Psicólogos marxistas (con los pibes Armando Bauleo, Pedrito Grosz, Juan Carlos Volnovich, los brasileros Fabio Landa, Jorge Broide…y las colegas y amigas Silvia Wertheim, Marta de Brassi, y por supuesto la querida Mimi Langer), organizamos encuentros con los venezolanos (recuerdo a José Miguel Salazar, a la Maritza Montero), organizamos todo lo imaginable para recuperar (probablemente hacer nacer) nuestros vínculos primarios con América Latina, con la Psicología latinoamericana comprometida con los mejores destinos sociales de nuestro continente.
No cambió nuestra amistad cuando Fernando cambió de residencia permanente. No compartí su decisión, entre otras cosas, porque su asiento natural, su lugar de pertenencia de razón y corazón, su raíz vital siempre fue y siguió siendo Cuba. Porque Cuba estaba siempre en Fernando, y Fernando nunca logró, ni quiso, irse totalmente de Cuba. Esto es así. Y en cada encuentro que teníamos me hablaba de su deseo intenso de dar clases en nuestra Facultad, de hacer algún proyecto cooperativo en nuestra querida isla, de poder trabajar “aquí y allá, porque Brasil me ha dado mucho espacio, y tengo también muchos afectos en esta tierra”, como me dijo sentado en la terraza de su casa habanera, cuidando que el sillón de la familia resistiera mi peso y mi balanceo constante. 
Fernando fue, es y será una marca imborrable de gran valor en el desarrollo de la Psicología en Cuba, y en América Latina. No voy a ahondar en esto ahora, en estas palabras que solo pretenden no dejar que se nos escape el momento del homenaje, el agradecimiento, y sobre todo el cariño, el afecto. El de su obra (amplitud y significado) es un tema que necesita ser pensado, estudiado y documentado. Y estoy seguro que sus seguidores cubanos y brasileros, latinoamericanos, no dejarán pasar el reto y lo harán. Pero sus elaboraciones acerca de los niveles de regulación del comportamiento, las nociones de Personalidad, Subjetividad, configuraciones psicológicas, y otras trabajadas por él con un matiz muy personal, muy interconectado con construcciones de tendencias diversas, están presentes en el trabajo de centenares de psicólogos y psicólogas de este continente, que hoy lo mantienen vivo, productivo, y provocador, como polemista por excelencia que siempre fue. Y así me dijo en un Auditorio de la PUC San Pablo: “No es que nada me convenza del todo, es que a todo siempre tengo algo que agregarle…” Y lanzó una de esas risotadas sonoras que siempre tenía a flor de boca, y que contagiaba bienestar, esperanza, alegría. Porque Fernando siempre, en las más difíciles circunstancias, fue un hombre alegre, lleno de vitalidad, de energía positiva.
Me será muy difícil superar la ausencia de nuestros intercambios por correo electrónico (nos manteníamos en contacto, disperso y no tan frecuente, pero un solo correo valía por decenas de ellos). Extrañaré con dolor nuestros encuentros habaneros y los brasileros (también los que tuvimos en otros países). Sentiré la falta de nuestras polémicas, discusiones, broncas incluso, de las que siempre nuestra amistad salía fortalecida. Ya no me sabrán igual las pizzas, aquellas paulistas que nos comíamos en la casa con Alber, entrándonos a cuentos, y riéndonos hasta la queja de los vecinos del barrio. No le preguntaré a Boris, con quien me tropiezo mucho por las calles de nuestro Vedado habanero, cómo está el viejo. No volveré a hacer lo indecible para que comparta en Cuba, en nuestro amor compartido, con tanta gente que lo recuerda, lo respeta y lo quiere. Me voy a perder muchas cosas por esta ausencia, que aunque anunciada duele, duele mucho.
Pero no voy a extrañarlo, porque lo llevaré siempre conmigo, porque repetiré una y otra vez nuestras historias compartidas, porque su obra perdurará en tantos artículos, que me encontraré con él mientras siga haciendo Psicología. Pero sobre todo no lo voy a extrañar porque Fernando, mi amigo, mi hermano, es de esa gente que nunca se va del todo, y siempre se queda en lo mejor de cada uno de quienes le agradecemos su paso por la vida, su iluminador paso por la vida, su motivador paso por la vida.

Un abrazo, hermano mío.
Te quiero y me quedo corto.
Manolo

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