Vol 7. Núm 21. 2019
DISEÑACIONES, DISEÑO Y DISEÑADORES DEL FUTURO: YO SOLO SÉ QUE SI NO DISEÑAMOS ¡NO LLEGAMOS!
Manuel Calviño Facultad de Psicología, Universidad de La Habana
Resumen
El presente texto es la versión escrita de la Conferencia homónima del autor, pronunciada en el X Congreso Internacional de Diseño de La Habana, Forma 2019. En el mismo se concentra la mirada en los aspectos de la subjetividad, sustentando la idea de que el diseñador del futuro es un buscador creativo, con más apego al compromiso crítico, que a la “relevancia de las pasarelas” de lo establecido, alguien con más vocación de escudriñar la oscuridad que de contentarse con la luz.
Abstract
This paper is the written version of the author s Eponymous Conference, delivered at the X International Design Congress in Havana, Forma 2019. It focuses its gaze on the aspects of subjectivity, underpinning the idea that the designer of the future is a creative seeker, with more attachment to critical commitment, than to the "relevance of the catwalks" of the established, someone with a more vocation of scrutinize the darkness than to be content with the light.
Palabras claves
diseño, diseñadores, subjetividad, psicología, design, designers, subjectivity, psychology

Un conocido psicólogo de origen polaco, Paul Watzlawick, analista de las paradojas y el cambio del comportamiento humano, narra en uno de sus textos (narración que seguro recreó bajo el efecto de las fallas de memoria) lo acontecido con un soldado de la Guardia Imperial del gran Mandarín. Era una noche tenebrosa, fría, densa, en la que llovía torrencialmente, y el soldado estaba de guardia a la intemperie. Tiritaba de frio, empapado de pies a cabezas, cuando de la nada apareció ante él el Jefe de la guarnición. Al ver al soldado en tal estado, y como para reforzar la incondicionalidad y el compromiso en el que todo miembro de la guardia real debe sustentar su comportamiento, le dijo al subordinado en tono “jefecional”. “Honorable soldado de la guardia real, ¿por qué todo miembro honorable de esta guarnición debe cumplir con el deber sagrado de exponerse a cualquier rigor e inclemencia para cuidar el sueño del Gran Señor?” Y aquél, en franca apercepción de la pregunta, le dijo a su superior: “Eso mismo me estaba preguntando… ¿por qué, a ver, por qué?”
Algo similar, me pasó el martes en la mañana, llegando a la inauguración de este magnífico evento, Forma 2019: varias personas –amigos y amigas con quienes he compartido diversos escenarios en los últimos cuarenta y cinco años– me preguntaron: “¿Y tú qué haces aquí?” Y, efectivamente, en un acto disociativo, me dije a mi mismo: “Sí, es cierto… qué tú haces aquí”. Y, como quiera que estoy, me veo obligado a indagar en busca de una respuesta.
Comienzo a pensar hacia atrás, empiezo a buscar respuestas, entiéndase las causas, que incluso precedieron a mi aceptación y que pueden conformar al menos una parte de mi intervención, que será la respuesta más definitiva… al menos para mí. Porque las causas siempre (¿?) preceden a los efectos. Y, por ende, siempre son enajenaciones del sujeto actual, que proyectan su pasado, su historia, su “yo no soy el culpable”. Porque, académicamente, desde nuestro hacer ciencia, sabemos que nuestras preguntas estructurantes son: ¿qué? ¿cómo? ¿por qué?... y si acaso proyectando nuestra profesionalidad, agregamos ¿para qué?. Emprendo mi breve “causoanálisis”
Quizás cuando me hablaron de participar, se precipitaron, y respondieron por mí, el respeto y la admiración que siento y cultivo por el trabajo de diseñadores y diseñadoras cubanas, por el ISDI (Instituto Superior de Diseño), por las cosas que he visto en la bienal de Diseño. También emergieron de lo profundo, y hablaron por mí, los años en que en las aulas de San Rafael y Mazón le di clases de senso-percepción –incluyendo las leyes de la Gestalt, las ilusiones perceptuales, etc. a varios de los excelentes diseñadores de esa época, que con la humildad del aprendiz sincero se sentaron en los pupitres ya maltrechos de la entonces Escuela de Psicología, y quisieron asimilar conocimientos de mi ciencia matriz para favorecer su trabajo. No tengo porque dudar que mi respuesta vino también instigada por el recuerdo de las polémicas sobre el carácter tan subjetivo (como si fuera un pecado… no el tan, sino el subjetivo) de la evaluación que hacían los profesores cujaenses de arquitectura cuando testimoniaban la creatividad, el ingenio o la novedad de un trabajo estudiantil en el que apenas con dos módulos y su negativo se armaba una imagen de calidoscopio. Nada, que para ser un buen diseñador, como cantaba Lino Borges, a quien tal vez los más jóvenes no conocen, “hay que tener Psicología”.
Entre las causas y los azares, hasta aquí hablo de causas, y sigo indagando.
Irrumpe impositivamente en mi análisis un texto que escribí para un libro a propósito de la Bienal de La Habana (no recuerdo si hace cuatro o cinco años) Psicologíando por la ciudad, impactado por la urbe que se viene ¿diseñando? por una parte, de la mano del buen hacer, pero también, por otra, de la anarquía, de las diversidades en contexto. Porque “vivo en un país libre”… tan libre que por momentos, en determinados espacios, es compulsivamente anárquico. Porque el imperio de la necesidad desbalancea el camino que va de lo imprescindible a lo deseado construyendo “diseñaciones” (me cito):
Mientras me alejo del espacio enmantado por la oficina del historiador; mientras salgo de ese velo mágico de revivificación, tejido artesanalmente con la labor de centenares de hombres y mujeres que con el ilustrado al frente me van devolviendo un espejo vivo en el que reconocerme, entenderme, mirar mi historia; así que la reconstrucción no logra ser un propósito activo, quien sabe si ni un sueño alcanzable, como en asociación libre provocada, aparecen en mis sonidos internos frases escuchadas y leídas: “la falta de modelos de calidad a seguir –y, muy especialmente, el desmantelamiento de los mecanismos de control urbano sobre las obras estatales y privadas– han provocado la proliferación de obras que deforman seriamente y desvirtúan la imagen y carácter de ciudades y pueblos cubanos, a menudo de manera irreversible… aparece un preocupante componente de marginalidad, importación de patrones foráneos incompatibles”. La heterodoxia fenoménica me impacta. Los que pueden han creado su mundo, a su antojo, a su gusto, ¿a su imagen y semejanza? Los que no, también. Solo que al como pueden. Se alza ante mí un universo poblado de islas paredes, islas barbacoas, islas balcones, islas palacetes. Producciones subjetivas al descubierto, expuestas como en mi hora de consulta, solo que por alguien(es) que no demanda psicoterapia, ni análisis, ni tan siquiera un espacio en el próximo guion de Vale la Pena.
Entra hasta por los poros el “deterioro de la imagen urbana, la deformación que está sufriendo la ciudad, aún en zonas altamente calificadas, expresado en los amurallamientos que surgieron ante el temor de la inseguridad pública, los jaulones para guardar automóviles; y junto a empeños de propietarios de las casas, que las han arreglado muy bien, los que las han arreglado muy mal”. Pienso en voz alta. Las rejas por la inseguridad ciudadana. Las rejas para evitar hacer visible lo que sucede adentro. Las rejas, o lo muros, o alguna otra delimitación de espacio privado. La casa (o el pedazo de casa, o el espacio dentro de un pedazo de casa) como refugio, como lugar de establecer identidades más sólidas, o simplemente distintas, más individuales, menos colectivas, más propias, menos de todos. 
Cuando me adentro en vertical por las calles, subiendo en busca del sur, comienza a faltarme la expresión homogéneamente heterogénea que descubría el andar de ojos abiertos por el malecón. La ciudad, construida junto al mar, susurraba su historia desde su nacimiento y esplendor amurallado, hasta las grandes (neo) mansiones y los embarcaderos de yates anglófonos. Caminando hacia el sur la experiencia es otra. Por las interioridades del este y el oeste, comienzan a divisarse los islotes. Se alza ante mí una mágica combinación de estilos, épocas, gustos, sobre todo en un concierto de exabruptos constructivos, de diseñaciones. La ciudad cambia intertextuándose. Una lógica calidoscópica que genera nuevas visiones en cada ángulo. Sus espacios, sus vacíos, sus casas, parecen citas de sí misma, a primera vista aleatorias, que se conjugan en cualquier tiempo, en cualquier idioma, en cualquier clase o grupo, o estrato, o circunscripción. En un lugar desaparecen los adoquines, mientras en otro renacen majestuosos dinteles, aunque con sabor a truca. Por aquí las barbacoas de la necesidad, por allá la piedra de jaimanita o la china pelona amalgamada en un escenario ostentoso, sobre todo por su carácter hiper-diferenciador.
Freud, mi eterno confesor del lado de mi inconsciente, puso en evidencia las alucinaciones culturalizadas –como disfrazadas– que compulsan a la repetición, y a la evasión, y resultan ser algo así como un distraerse del peso de la responsabilidad y el compromiso, permitiendo la emergencia del “perverso polimorfo” (como calificó el austriaco a nuestra identidad infantil) que fuimos en los primeros años de vida –sin represiones, sin responsabilidades, sin consciencia de finitud, y por tanto sin consciencia de futuro. Sin consciencia de trascendencia inevitable, de impacto inevitable, y por tanto sin consciencia de futuro. Quién sabe si me provocaron también estas “diseñaciones” en las que lo menos perverso es tal vez el mal gusto, o el sabor a imperio de lo obsoleto (cultural y socialmente, ideológica y políticamente). “Diseñaciones” digo porque generan, parafraseando a la inversa al padre del psicoanálisis (cuya madre aún está por definirse) la “ilusión de un porvenir”, sin pensar en el “porvenir de esa ilusión” alucinante, que no es sino “más de lo mismo”: reproducción de lo superado, andar “rupertiando” (pensando en el personaje de Omar Franco) dentro del cual se vive, como quien recibió un pelotazo traumático en la cabeza, en un pasado que ya no está (por eso es pasado), construyendo un presente alienado, alejándose de un futuro posible, o al menos intentable.
Pero sigo indagando causas… solo que ahora canto con Arjona, para modernizarme un poco: “¡Ayúdame Freud!”
Y en ese intento de modernización pienso: “Vaya jugarreta la de nuestro Sistema 1”, prosiguiendo la causología ahora con Kahneman (me refiero a la conceptualización del primer psicólogo que ganó un Nobel… en economía, Daniel Kahneman). El 1, ese sistema de funcionamiento de nuestro cerebro que opera de manera rápida, que no exige mucho esfuerzo, que se ejecuta de forma involuntaria e intuitiva. Que le “pone la cosa fácil” a un sistema 2, catalogado de perezoso, pero que es analítico, que requiere mucha concentración, mucho esfuerzo, mucho gasto energético (y esto último, en estos tiempos, al menos acá en Cuba es un serio problema). Digamos que en el sistema 1, prima la ley del menor esfuerzo, el imperio de lo que parece verdad, parece bueno, resulta familiar, resulta fácil. Entonces dice “es así”.
Pero las “diseñaciones” repetitivas, simplistas, a veces perversas, y obsoletas del sistema 1, son afrentas al “diseño” que emerge con la apoyatura del sistema 2, son algo así como un intento de hacerle bullying al “diseño”. Pero esas del sistema 1, corren. Mientras el otro, el 2, avanza más lentamente. Este, sin duda, llegaría más lejos. Pero el otro llegará más rápido. Y, todo parece confabularse: el primero que llega es el que gana. Quizás por eso el mal gusto no solo prima, sino que puede hasta gobernar, si no hay un sistema 2 centinela que se lo impida. Que (im)ponga las reglas del juego, y el juego mismo. Un centinela democratizador y visionario, que se adentre más allá del principio del placer, más allá incluso del principio de la realidad, en el principio del sentido de lo que hacemos, de lo que queremos hacer.
La indagación de las causas es insuficiente, no digo que no imprescindible, digo insuficiente, porque amén de ser por momentos enajenante, las causas que nos vienen “cercando…cotidianas, invisibles…”, dice Silvio, vienen primadas por un algo con frecuencia ajeno al nosotros consciente o no (el funcionamiento del cerebro, nuestro inconsciente, como he dicho hasta aquí, y así podríamos llegar hasta el bloqueo). Lamentablemente, si bien llevaba razón Santayana cuando afirmó que “quien no conoce el pasado está condenado a repetirlo”, no es menos cierto que conocer el pasado es una condición favorable para reproducirlo, ya sea “recreándolo”, “haciéndole una buena cirugía plástica” o convirtiéndolo en resistencia al cambio, en obstáculo al futuro. Hablo obviamente del pasado que instituye, que se institucionaliza, que genera sus propios procesos de autoconservación.
Por ello el futuro es, en cierto sentido, siempre crítico. No puede nacer de la convergencia, sino de la divergencia: diverge para cambiar, incorporando y superando al pasado y el presente, en un proceso de continuidad y ruptura… más bien de ruptura y continuidad. El que fue y quiere seguir siendo pero en un proceso de continuidad y ruptura, no puede ser un agente del pasado, sino un constructor del futuro, un “semillero”, dicen hoy, de lo que vendrá por obra y gracia de la acción diseñada, de la meta diseñada, de los caminos diseñados… y más, porque siempre el diseño del futuro será como un mapa, pero no la realidad.
Pero –y sigo dentro de mi ciencia matriz para colaborar en el empeño–, el propósito se logrará o no, el destino del diseño, el diseño del futuro, y el futuro diseñado, será uno u otro en dependencia del sujeto, del gestor. De su capacidad de “llevar en sí, el diseño de muchos otros” (parafraseando al maestro) Tendremos lo que seamos capaces de prever y de hacer. Sin hacer no llegaremos. Sin prever, tampoco.
Entonces, el núcleo no es ni el qué, ni el cómo, ni el por qué-para qué. El núcleo es el diseñador. El actor que descubre y construye la trascendencia del sentido de lo que hace. Vuelvo: el qué, el cómo y el por qué-para qué, son la forma de realización de la esencia: la esencia reside en el sentido de lo que se piensa, se siente y se hace. Y el sentido no es del orden de lo tecnológico, ni del orden de la naturaleza filogenética. El sentido es del orden de lo humano, de la construcción intencional de la vida humana. Solo el ser humano produce sentidos, y es producido por los sentidos de su generación, de su cultura, de su civilización.

Descubramos el sentido de lo que hacemos, de lo que queremos hacer, y estaremos haciendo emerger el futuro del diseño y el diseño del futuro. Concentrémonos en los cómo y en los qué, y estaremos reproduciendo de una manera u otra el pasado, es decir retrasando la construcción del futuro. Seamos constructores, más allá de nuestra condición de construidos.
¿En qué diseñador de futuro (del futuro) estoy pensando?
Bueno, esto es más que una aventura, casi un acto de irrespeto con tanta gente buena que lleva años pensando en esto. Pero obviamente, mi afán no es taxativo, sería lo menos que yo haría. Solo quiero contribuir, en la medida de mi disciplina, a lo que será solo posible como construcción colectiva. Y ya doy un primer paso: cuando hablo del sujeto, del gestor del diseño del futuro, no hablo del sujeto-individuo, hablo del sujeto colectivo, del sujeto gremio, profesión, identidad. La construcción del futuro no será la sumatoria de las actuaciones individuales, tantas veces marcadas por la vanidad y el competitivismo. El futuro se construye con sólidas y consensuadas relaciones gremiales, profesionales, con proyectos compartidos, con colaboración, con participación. El primer elemento, sobre el que quiero llamar la atención, del psico-perfil del diseñador del futuro es su capacidad y compromiso para/con el trabajo colectivo, no solo en equipo (cosa que conocemos más), sino en colectivo como sujeto social, como sujeto colectivo del cambio, del desarrollo ascendente, de la construcción proyectiva del futuro.
En segundo lugar, siento que el culpable de esta mi aventura “diseñadora” no soy yo; Es Sergio. Y como en él deposito la causa de mi presencia aquí, y por tanto de cualquier posible desvarío, me monto sobre su conferencia inaugural, que disfruté y de la que aprendí, y pongo un matiz psicológico para avanzar en mi “psicoperfil” del diseñador del/de futuro.
Parto de lo que parece ser un concuerdo tácito: coincidimos en que el futuro, como construcción intencional, es decir el futuro que queremos, se comienza a construir en el presente, y esa construcción tiene, como condición imprescindible, el que sea diseñado hoy.
Como le escuché decir a Sergio, en su conferencia inaugural, y comparto su axioma: “si no lo diseñamos, nos lo diseñan”. Los productores hegemónicos del futuro de su conveniencia, están prestos, listos y preparados, para diseñar nuestro diseño de futuro (parece un trabalenguas, en realidad es un traba-desarrollo). El coloniaje reside en un proceso también, y yo diría sobre todo, del orden de lo subjetivo.
Cuando me acerco a esta sentencia, desde la Psicología, encuentro que al menos de manera parcial, ese futuro ya nos ha sido prediseñado. Años de producción hegemónica han depositado en nosotros ciertas “ideas primadas”, ideas que sobreviven incluso a nuestra criticidad. Ayúdenme a construir la lista: moda, modernidad, excelencia, tendencia… Nos lanzamos tras y desde ellas en carreras que no son nuestras, con destinos que no son nuestros, pero que quisiéramos alcanzar quien sabe por qué. Bueno, se sabe, al menos psicológicamente, parte del por qué: Porque todos tenemos ideas primadas.
Yo tengo una “idea primada” que tiene que ver con la primacía que en la academia se le está concediendo a las llamadas “publicaciones de impacto”, a la exigencia de publicar en las Revistas del Grupo 1, que hegemonizan, al menos en las ciencias sociales el “pensamiento único” diría Ramonet. Ahora resulta que con tal de que nuestras universidades estén en alguna de las primeras cincuenta posiciones del ranking mundial de universidades (que más neoliberal no puede ser, y no lograremos estar en esas posiciones por el elemental hecho de que el ranking no está diseñado para que lo logremos… a no ser que nos rediseñemos nosotros para parecernos a ellos), preferimos que nuestros docentes e investigadores publiquen en una revista foránea que en una nacional, que se hable y se piense como las normas formalizadas de Scopus, Isis, o de cualquier miembro de esa familia elitista y exclusivista, y no en nuestras maneras de pensar y hablar. Esta es otra forma de diseñar el futuro, y terminar siendo lo que no somos, lo que no deberíamos querer ser.
Pero vuelvo al perfil. El diseñador del futuro, en busca de la descolonización del diseño del futuro, visando la construcción de un futuro propio, quien sabe si “autóctono”, asume la introspección crítica, busca su liberación (al decir de Freire) para potenciar una producción descolonizada, y un proceso consecuente de formación de subjetividades descolonizadas. El diseño es un formador de subjetividades. No me cabe duda. Y el futuro de las subjetividades que emerjan ha de ser el de subjetividades descolonizadas. La primera, la del diseñador.
Esto supone, dicho con Boaventura Souza, la consolidación de una epistemología del sur, que no es un sur geográfico, sino cultural, político, simbólico, cosmovisivo. Se trata de mirar a los lugares donde los centros hegemónicos del poder han construido ocultamiento, devaluación. Las luces de las subjetividades construidas parecen compulsarnos a buscar donde ellas alumbran… modo ad usum de negarnos nuestra propia mirada. Mirar donde se puede (donde se debe, donde te toca).
Una oscura noche, un hombre, en total estado de embriaguez, busca algo moviéndose desesperadamente dentro del área de iluminación que produce una farola sobre la acera de una calle desierta. Una persona se acerca y le pregunta: “¿Qué busca amigo?” –El impactado por el alcohol le responde: “La llave de mi casa, que se me ha caído”. El recién llegado comienza acompañar al otro en la búsqueda. Al cabo de un rato sin encontrar nada el solidario transeúnte le pregunta al ebrio: ¿Oiga y está seguro que la llave se le cayó aquí?A lo que aquel responde; “No, no estoy seguro de que se me cayó aquí. Pero aquí es donde único se ve algo, porque es donde hay luz”.
Una breve historieta humorística (¿?) que deviene en una suerte de metálogo, al estilo batesoniano, nos podría ayudar a indagar(nos) acerca de las recurrentes búsquedas en los mismos lugares (con los mismos conceptos, de las mismas formas) donde “la luz epistemológica”, y también la cultural y la ideológica, de lo conocido nos permiten ver. ¿Cuánto están limitadas y cuánto limitan estas epistemologías hegemónicas? ¿Cómo impacta el “haz de luz predeterminado” (el conocido) en los procesos de formación? ¿Hacia dónde deberíamos dirigirnos (a pesar de la posible oscuridad)? Da para que me inviten al Forma 2020.
Si seguimos haciendo lo mismo, y andando por los mismos caminos, seguiremos llegando a los mismos lugares. ¿Alguien lo duda?
En su diatriba al erudito Feuerbach, al llegar a la altura de la tesis XI (final), Marx señalaba que “Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo” Pero no se podrá transformar el mundo, no se podrá diseñar y construir el futuro, si se sigue apegado a las mismas representaciones que lo crearon, a las mismas voces que lo definen, a los mismos conceptos que lo encuadran. Para que el presente sea transformado en futuro, hay que “reingenierizar” sus representaciones mentales, hay que instaurar un proceso de reconceptualización. El diseñador de futuro es un buscador creativo, con más apego al compromiso crítico, incluso que a la “relevancia de las pasarelas” de lo establecido, alguien con más vocación de escudriñar la oscuridad que de contentarse con la luz. 
Ya sabemos que esto puede resultar paradojal. Al asomarme (y zambullirme) a/en los problemas del cambio de mentalidad, me encuentro con esta paradoja: “Con la mentalidad que tenemos, cambiar la mentalidad” Como si la mente en el acto mismo de “cambiar” no se pensara a sí misma con el mismo modelo mental. ¿Se podrá salir del cerco? No tengo la más mínima duda. Sí.
Para lograr esa “descolonización subjetiva”, esa rutina que se autoinstituye, que empantana, que se consume a sí misma, que es malsanamente narcisista, no basta con el desarrollo de la auto-criticidad (autoliberación), ni con el paso a la criticidad colectiva, potenciada por la ya antes mencionada capacidad y el compromiso para/con el trabajo colectivo. Es necesario el establecimiento de diálogos horizontales y transversales con otros saberes. Las voces divergentes entre sí, que dialogan y se interconectan, producen convergencias de futuro.
Reconocer hoy la existencia de la diversidad es casi un acto de elemental cordura. No habría nada peculiar en el asunto si no fuera por la historia de exclusiones, prejuicios, devaluaciones e incluso persecuciones a lo distinto (en todo el mundo, nadie se salva del pie forzado). Pero no se trata de tolerar, respetar, reconocer, otras voces, otros saberes, otras miradas (eso ya se ha hecho en otros ámbitos, y no avanza mucho más allá de producir “guetos en convivencia educada” (aunque a veces aparezca la policía para que pongamos en duda si es o no verdaderamente educada). No es esta una construcción con proyección al futuro.
El futuro demanda integración, de unión. Unidad de lo diverso. Hablo de “andar, como la plata, en las raíces de Los Andes” (dicho con Martí). El perfil deseable es el de un sujeto integrado (no integral, que me trae recuerdos conflictuados) ecológicamente integrado, socialmente integrado, me gusta la conceptualización de Covey (Stephen R. Covey), “interdependiente”. Porque el futuro o es interdependiente, y es verdaderamente futuro. O es dependiente (hegemónico), una vez más, y entonces no es sino pasado.
Los machuco un segundo más. Pero no puedo dejar de decirles que, en mi apreciación, nada de esto tiene valor si no hablamos del imperativo ético, la moldura ética, otra vez insisto que es solo del orden de lo humano, de los seres humanos. La ética es solo ética humana, asunto, exigencia, demanda, imperativo de seres humanos.
Y la ética no reside solo en el recuerdo normativo y valórico del pasado, ni tampoco en el solo respeto a quienes nos antecedieron, y nos trajeron hasta aquí. No es apenas una norma vigente para la sobrevivencia circunstancial. La ética reside también y sobre todo en la responsabilidad por el futuro. La ética reside en el compromiso de lo que se hace hoy “con todos”, y para “el bien de todos” de hoy y de mañana.
El futuro diseñado, el que nos hala hoy desde el mañana mismo, o es críticamente proyectado, democráticamente integrado, éticamente comprometido, humanamente construido, socialmente justo y responsable, próspero, y alimentado con el bienestar y la felicidad de todas y todos o… no es futuro. El futuro diseñado, posible, tangible, está en nuestras manos hoy, ahora mismo. Y podemos tener la certeza de que aún hay tiempo para construirlo. Pero no tenemos la seguridad de poder prever cuando será demasiado tarde para hacerlo. Así que no le demos espacio ni a la ingenuidad, ni a la displicencia, ni al pasotismo, ni a la reverberación y el narcisismo reproductivo. Mucho menos a la desilusión o al desaliento. Como nos recomendaba Unamuno “procuremos más ser padres de nuestro porvenir que hijos de nuestro pasado”. Yo… creo que ¡vale la pena!

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