Vol 1. Núm 3. 2013
LOS NIÑOS DEL FENÓMENO
Mario Salazar Instituto de la Cultura del Niño y del Adolescente. Universidad Bolivariana de Santiago de Chile
Resumen
En nuestra cultura, decirle a alguien que es "infantil" es ofenderlo. Un violento sinónimo de ridículo, obstinado, ingenuo, desatinado, inadecuado... Vale preguntarse: ¿Por qué no utilizamos el término infantil como un adjetivo con signo positivo, para señalar a quienes son generosos, flexibles, honestos, maleables, leales, afectivos, abiertos?
Abstract
In our culture, telling someone who is "childish" to offend. A synonym for ridiculous violent, stubborn, naive, foolish, inadequate ... Worth asking: Why not use the term child as an adjective with a positive sign, to point to those who are generous, flexible, honest, malleable, loyal, affectionate, open?
Palabras claves
infancia, sociedad, cultura, childhood, society, culture

Pertenecemos a una sociedad en la cual nos referimos a los que más queremos como "cargas familiares" y nos parece normal señalar a los niños que comienzan a ser adultos como adolescentes, sin preguntarnos: ¿De qué adolecen?
Somos herederos de una realidad dividida, donde conviven en dos categorías de niñez: "Los niños" y "los menores". Por una parte los niños y en la otra, los que vida les ha robado su infancia convirtiéndolos en "menores", por lo tanto víctimas del abandono, de la violencia de la pobreza o del abuso en cualquiera de sus formas.
Hace algunos meses, un muchacho de doce  años, interno en un "hogar de menores", al preguntarle si conocía los Derechos de los Niños, me respondió: "Sí, los de ellos, sí".
En nuestra cultura, decirle a alguien que es "infantil" es ofenderlo. Un violento sinónimo de ridículo, obstinado, ingenuo, desatinado, inadecuado... Vale preguntarse: ¿Por qué no utilizamos el término infantil como un adjetivo con signo positivo, para señalar a quienes son generosos, flexibles, honestos, maleables, leales, afectivos, abiertos? Por nombrar tan solo algunas de las características y cualidades más frecuente de los niños.
Al observar la realidad de la infancia y de los adolescentes como un todo, son muchas las preguntas que nos podemos plantear, como por ejemplo:  ¿Por qué los proyectos sociales, de prevención del embarazo adolescente, se incluyen en la misma bolsa que los proyectos sociales de prevención y rehabilitación de la delincuencia y la drogadicción? ¿Será casual que el aborto se entienda como una agresión a la vida y a la vez los niños no deseados pasen la vida segregados a causa de su origen, obligándolos a llevar sobre sus espaldas una culpa incomprensible, como si fuera un delito el haber nacido?
En esta misma cultura hemos olvidado que el nombre militar de la infantería tiene una memoria trágica, basada en la Europa medieval, cuando los señores hacían la guerra y pasaban por los pueblos robando niños. Arriados por "caballeros" armados hasta los dientes, los niños eran conducidos al frente de batalla sin defensa alguna. En el camino los niños recogían palos y piedras y una vez ahí eran obligados a correr delante de la caballería, para ser ellos los primeros en enfrentar el combate. Una vez terminada su masacre, los señores iniciaban su gesta. Aún hoy las primeras víctimas de nuestras violencias son ellos, los niños.
Hace algunos años, en un diciembre cálido, frente a las costas del Perú se observó la magnitud de un cambio climático sorprendente. Quienes detectaron, supieron desde el comienzo que las consecuencias de los acontecimientos observados serían graves. Los vientos y la lluvia tomarían rumbos y poderes inesperadamente feroces. Lo que nacía en el mar amenazaba toda la tierra.
Con la intención de marcar el momento en que este fenómeno había sido detectado, lo denominaron: "Fenómeno de Navidad", nombre, que por diversas razones, pronto cambió a "Fenómeno del Niño Jesús", posteriormente, por razones que aún esperan respuesta, fue denominado como: "El Niño". No digo que fue intencionado, pero la ferocidad prevista y manifiesta de los efectos del fenómeno climático y el nombre con que fue rebautizado, es una relación que no se puede dejar de vincular con nuestra ambigüedad cultural frente a la infancia.
Un "Niño" que mata, arrasa, destroza, produce hambrunas, inunda y agiganta los desiertos, un fenómeno que en sus causas nada tiene que ver la infancia, cuyas principales y primeras víctimas, paradójicamente, son los propios niños. Un niño no deseado, como tantos. Un niño que al nacer nos acarrea miseria, un niño que nace para traernos problemas. Para que no quepa duda, sobre el sentido con el que nos relacionamos con la infancia, tan pronto este fenómeno llegó a su fin y transformándose en otro peor y más dañino, lo bautizamos "La Niña".
Pareciera ser que desde nuestro inconsciente buscamos culpar impunemente a un personaje que no tiene capacidad de respuesta ni defensa, el niño. Vale preguntarse: ¿Por qué no haberlo llamado el fenómeno del torturador, del corrupto, del traidor?
Desde sus alturas, nuestros niños nos miran y nos acompañan, como nuestros más fieles y leales compañeros de vida. En el presente, en nuestra imagen del futuro y en nuestro pasado también, cuando nosotros acompañábamos las sombras y claridades de quienes nos vieron crecer. Hemos escuchado:"Los niños son el futuro de la sociedad". Deberíamos quizás corregir este eslogan agregando algo más, permitiéndoles también ser parte del presente y a la vez darnos la oportunidad de relacionar sus esperanzas, problemas y sueños, con las de nosotros mismos.
A pesar que nos topamos con nuestra niñez en cada una de las vueltas que da la vida, aún creemos que somos capaces de separar nuestra vida de adultos de nuestra infancia y nos referimos a ellos, mirándolos como desconocidos, como si los árboles pudieran crecer y dar sus frutos separados de sus raíces.
Los adultos somos los niños de ayer, nuestra infancia es la base común de todos y cada uno de nosotros, en ella están los momentos y los lugares donde aprendimos a reconocer la felicidad o donde se guardan las razones de lo que tenemos que reparar para poder vivir en paz. Por esta razón, no se trata de reconcebir nuestra relación con la infancia actuando en nombre de "ellos", sino de un nosotros más amplio, más real, más ligado con la vida.
Si los niños están bien todos estamos bien. Las sociedades y comunidades de hoy no son sino el resultado de las decisiones de los niños de ayer, razón por la cual, pensar que la convivencia democrática se construye después de los dieciocho años, es mirar la realidad sin verla, como si creyéramos que el océano es tan solo un espejo de agua donde se refleja el cielo, negando la existencia de los paisajes submarinos y los habitantes del mar. Cada río, desde su nacimiento, como en su más ancho cauce, cambia y fluye, a veces limpio, a veces enfermo, generoso, alegre o apenas sobreviviendo en charcos y lagunas de olvido, pero no se detiene. No se detiene, fluye cambiando, abierto a la vida y, como nosotros, a veces canta, aunque sabe que va camino al mar.
La infancia no es nuestra arqueología personal, cada cual, cada quien lo sabe, y cada cual, cada quien, es responsable por los niños de hoy, de ayer y de mañana. La principal tarea que nos espera en el presente milenio, no se encuentra en las distancias astronómicas, sino aquí. Tenemos que aprender a respetar a quienes no tienen capacidad de amenazarnos, como un paso fundamental y necesario, no solo para relacionarnos adecuadamente con la infancia y la adolescencia, sino para crear una comunidad donde todos podamos vivir en paz, junto a todas las formas de vida que nos acompañan.

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