Vol 2. Núm 4. 2014
LA IMPORTANCIA DEL PENSAMIENTO METAFÓRICO DEL SUJETO PARA EL EJERCICIO PROFESIONAL EN PSICOLOGÍA
Alejandro Arnaldo Barroso Martínez Universidad de Guadalajara. Guadalajara, México
Resumen
Las expresiones metafóricas son recurrentes y sistemáticas en nuestra vida cotidiana, sea cual sea el ámbito en el que estemos. Esllas pueden ser de diferente tipo, aunque en este artículo el interés en lo fundamental recaiga en aquellas de tipo oral. Ellas no son solo un objeto de estudio de la literatura o la lingüística; sino que en la medida en que se asocian con nuestro pensamiento conceptual, y juegan un papel en la regulación y orientación de nuestras emociones y comportamientos; pueden ser relevantes para el ejercicio de la Psicología. Un ejercicio visto esta vez, desde el intento de explorar y conocer al sujeto, así como en relación a todo un ejercicio mayor que implica una diversidad de herramientas y aproximaciones a sus vivencias. En el camino por rescatar la importancia del pensamiento metafórico, también se ofrecen “pistas” sobre cómo trabajar de manera concreta sobre ese contenido; así como las posibles limitaciones de un análisis de este tipo.
Abstract
Metaphorical expressions are recurrent and systematic in our life wherever that we are. They can be different, although in this article the interest is fundamentally about in oral expressions. These are important for literature and linguistics, but also are important for Psychology because there are a tie with our thought and behavioral and emotional regulation process. In this article, a professional exercise is fundamentally about attempt to examine and know the person and in relation with a greatest exercise of analysis. In the attempt to get the importance of metaphorical thought there are “cues” about how we can work on this content, and limitations of this analysis.
Palabras claves
Expresiones metafóricas, pensamiento metafórico, ejercicio profesional, psicología, Metaphorical expressions, Metaphorical thought, professional exercise, psychology

Introduciéndonos en el tema
El objetivo del presente artículo es abordar la importancia que pueden tener las metáforas presentes en las expresiones, fundamentalmente orales, para un ejercicio de exploración, conocimiento, y análisis de un otro (paciente, cliente, etc.).
En términos de alcance, el trabajo reconoce, y se queda sin abordar, el hecho de que este tipo de análisis se puede llevar a cabo en otros muchos ejes. Desde el eje nivel de participación, se considera que el análisis también puede ser útil para acercarse al conocimiento de grupos o comunidades. Desde un eje que tiene en cuenta las diferentes formas de expresión humana, el análisis puede rescatar no solo lo oral, sino lo escrito, lo pictórico, lo dancístico, lo mediático, etc. Un ejemplo de este último caso lo constituyen autores como Gutiérrez y Plantin (2006), y Castells (2009). Los primeros toman en cuenta como parte de su análisis, la utilización de metáforas visuales en algunos spots televisivos de la llamada “campaña del miedo” llevada a cabo contra el candidato Andrés Manuel López Obrador en las elecciones presidenciales mexicanas de 2006. Castells (2009) por su parte, y desde una perspectiva más general, se refiere a la necesidad de tener en cuenta el uso de las metáforas en el discurso mediático como un protocolo de comunicación. Por último, también es relevante un eje concebido desde la práctica profesional. Desde esta perspectiva, es importante lo que se hace para explorar, conocer, o sentir al otro; pero también todo lo que se hace para acompañarlo, o devolverle algo (una vivencia, una interpretación, etc.). En este sentido, la toma en cuenta de las metáforas puede ser pertinente desde ambos intentos.
El trabajo pretende una mirada que tribute una labor profesional pertinente, más allá de las aproximaciones específicas que se han producido desde los estudios del discurso, la lingüística, la psicolingüística, o la psicología cognitiva. El artículo pretende una aproximación modesta. Esto se debe a varias razones, entre las que se encuentran la imposibilidad de agotar el estudio, así como el hecho de que un análisis que se aleje de lo tecnicista e instrumental, solo puede “ver” en este abordaje un complemento, un apoyo.
Siguiendo a Vygotsky (1995), el primer principio del que parte el presente trabajo es el papel decisivo que juega el lenguaje como herramienta del pensamiento, tanto en su emergencia como en su expresión. La segunda premisa básica de la que se parte, es que las metáforas más allá de constituir un elemento lingüístico, poético, extraordinario, creativo; constituyen un fenómeno ordinario, cotidiano, sistemático, y relacionado estrechamente con el sistema conceptual del pensamiento de los sujetos (Lakoff, 1992; Lakoff & Johnson, 1980, 1995; Nubiola, 2000). Desde esta perspectiva, cuando se hace alusión al uso de metáforas en las expresiones del sujeto, no se está aludiendo solo a la necesidad de un análisis lingüístico o discursivo en sí mismo, sino a un análisis que se dirija a la exploración del sistema conceptual metafórico del sujeto (Lakoff & Johnson, 1995). Visto así, las expresiones metafóricas serán relevantes para nuestro tema, en tanto formas de expresión de un pensamiento metafórico.
Este será un análisis rico, en tanto tiene que ver con la misma cotidianidad, y que se refleja en la mayor o menor sistematicidad con la que se emplea la metáfora en el discurso. Cuando se pone la metáfora en el foco de atención, al menos desde una perspectiva que puede ser relevante para la psicología, lo importante entonces es hablar de pensamiento y conceptos metafóricos. Precisamente por estos hechos es que se pretende establecer un nexo con la labor de análisis que se puede ejercer en la psicología. Amén de que esta constituye una disciplina en la que como otras, coexisten diversas posturas epistemológicas, escuelas, etc.; se parte de la idea de que el rescate de las expresiones metafóricas puede ser una herramienta pertinente, útil a varias perspectivas.
La vida es un juego, el amor es como la guerra, la negociación es como un campo de batalla, al matrimonio se llega, una profesión es como una carrera de largo aliento, el tiempo es oro; hay ciencias duras y blandas, los árboles nos pueden impedir ver el bosque; son todas metáforas que de manera sistemática empleamos en nuestra vida cotidiana en sus diferentes escenarios, y que no solo pertenecen a nuestro lenguaje, sino a como pensamos, y otorgamos significado a nuestra realidad (Lakoff & Johnson, 1995).

Metáforas y tipos de metáforas en las expresiones cotidianas
La metáfora como forma de expresión y pensamiento viene de la antigua Grecia. Aristóteles la definió como una serie de palabras a través de las que se hace una comparación entre dos o más entidades que son literalmente diferentes (Queraltó, 2006).
La metáfora ha sido reconocida tradicionalmente como algo perteneciente al campo de la literatura y la poesía. Este vínculo con la expresión no convencional, creativa e impresionante, ha traído resistencias al intento de convertirla en un objeto de estudio pertinente para disciplinas más allá de los estudios literarios y lingüísticos. Solo a partir de los años 60 y 70, filósofos y lingüistas comienzan a tomar el tema en serio (Camp, 2006). El estudio de la metáfora desborda hoy cualquier disciplina, y se inscribe en un terreno interdisciplinar (Nubiola, 2000).
El Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española (2001), define la metáfora como aquella acción que consiste en trasladar el sentido recto de las voces a otro figurado, en virtud de una comparación tácita, implícita. De acuerdo a Lakoff y Johnson (1995) “la esencia de la metáfora es entender o experimentar un tipo de cosa en lugar de otra” (p. 41).
La exposición de algunos tipos de metáforas puede abrir el camino para pensar en el valor de ellas en términos de diversidad, y “movilidad” de nuestro pensamiento. Han sido los lingüistas quienes han tributado de manera más significativa la clasificación de las metáforas. Es posible encontrar clasificaciones bajo los criterios de primarias y complejas, convencionales o creativas, genéricas o específicas (Soriano, 2009). En este trabajo se utilizará fundamentalmente una clasificación propuesta por dos de los autores pioneros de estos estudios: Lakoff y Johnson (1995), ambos investigadores en el campo de la lingüística cognitiva. El uso de la clasificación responde además, al hecho de que constituyen definiciones concretas, muy cercanas a la dinámica misma del concepto, y ello puede ser relevante en una aproximación inicial al tema.
Existe un tipo de metáfora que se puede denominar estructural, y que tiene que ver con el concepto de metáfora que dominamos de manera habitual. Estos son los casos en que un concepto está estructuralmente sustituido por otro. Tal es el caso por ejemplo de: el tiempo es oro, o una discusión es como una guerra (Lakoff & Johnson, 1995).
Un segundo tipo de metáforas puede ser definida como orientadora (Lakoff & Johnson, 1995). Estas metáforas tienen que ver con la orientación en el espacio, y lo que significan las nociones de arriba, abajo, delante, detrás. Estas nociones tienen implicaciones importantes cuando se hace referencia al pasado, al futuro, o a cuestiones como nuestros estados de ánimo.
Un tercer tipo de metáforas es la ontológica (Lakoff & Johnson, 1995). Bajo esta clasificación se agrupa un conjunto de expresiones que ofrecen sustancia, materialidad, capacidad de acción a objetos o hechos de la vida cotidiana. Se trata del hecho de atribuir poder, cualidades o acciones a elementos que en realidad no son portadores de ellos. Algunos ejemplos pueden ser: es culpa de la carga de trabajo, esta ansiedad nos está haciendo daño, su estado mental se ha deteriorado, vino en busca de fama y fortuna, voy a perder el control, la pelea estalló, se trajo sus valores consigo, entre otras. Muy vinculadas a estas metáforas ontológicas, existen otras que se encargan de personificar, otorgar atributos y capacidad propiamente humana a objetos y hechos. Algunos ejemplos que se pueden mencionar son: su teoría me aclaró la duda, la vida me ha jugado una mala pasada, su religión le dice lo que puede o no puede hacer, los hechos hablan por sí mismos, es una relación enfermiza, eso que propones no tiene ni pies ni cabeza, entre otras muchas.
Existe otro tipo de metáforas llamadas por Lakoff y Johnson (1995) como metáforas de recipiente. Estas tienen que ver con las acciones de pensamiento que utilizan las nociones de dentro-afuera, exterior-interior. Se trata de aquellas acciones de pensamiento que ubican hechos u objetos como elementos recipientes, como objetos que se pueden llenar, en los que se puede depositar o estar. Ejemplos pueden ser: ¿Cómo te metiste en ese problema?, estoy en el fin de mi vida, estoy en quiebra, voy saliendo del mal momento, estoy en un momento crucial de mi vida, entre otras.
Un tipo importante de metáforas es la de movimiento (Lakoff, 1992). Esa expresión que lleva implícito un desplazamiento de un punto a otro en términos simbólicos. Tal puede ser el caso de las expresiones: ojalá pudiera llegar a casarme, ya he pasado por eso, debes ser fuerte si ya has llegado hasta aquí, muchos quisieran estar en tu lugar, en este caso aunque parece menos evidente, el estar en un lugar supone movimiento, el haber transitado por etapas, etc. Otro ejemplo interesante puede ser: tendré que quitarme ese problema de encima. En este caso el “movimiento” se encuentra en tendré, que si bien no da cuenta de un movimiento ya emprendido, sí lo hace sobre un movimiento por comenzarse, es decir, por una meta u objetivo a lograrse en términos de pensamiento, que es lo relevante para nuestro ejercicio profesional. Existen otros muchos ejemplos de este tipo de metáforas.
Hay otro grupo numeroso de metáforas con un valor medular también para entender la forma en que los sujetos otorgan significado a los hechos de la vida cotidiana. En este caso por ejemplo, se ubica la metáfora de la construcción, a partir de la cual, hechos, ideas o argumentos, pueden necesitar más apoyo, más sustento, estructuración (Lakoff & Johnson, 1995).
Dos elementos cruciales en la consideración de las metáforas, son los relacionados a su naturaleza y su valor epistemológico. La utilización de metáforas como uno de los recursos presentes en el lenguaje, es un proceso inconsciente, y que tiene una conexión muy estrecha con nuestro pensamiento, con nuestro sistema conceptual. En el proceso de emergencia y utilización de las metáforas por parte del pensamiento, se puede incluir un grupo importante de niveles o capas que las proveen de significado. Estos niveles están atravesados por el proceso de experiencia social (Lakoff, 1992; Lakoff & Johnson, 1995).
Un primer nivel que es general, en tanto fuente directa y de metáforas en algunas ocasiones ya “formadas”, lo constituye la experiencia social relacionada a la existencia de ritos, mitos, el discurso de los medios de comunicación, entre otras fuentes. Se trata en este nivel, de la importancia de lo que hacemos de manera sistemática, ritualizada con algún valor para el sujeto; así como todo aquello que nos llega en forma de metáfora, de la tradición oral, de los medios de comunicación con sus textos e imágenes (Lakoff, 1992).
Un segundo nivel o capa de emergencia del pensamiento metafórico se encuentra de manera más concreta en nuestras experiencias con hechos, actividades, personas u objetos, en términos de conocimiento, acercamiento o distanciamiento afectivo, de la forma y el significado que le otorgamos a lo no verbal, etcétera (Lakoff, 1992; Lakoff & Johnson, 1995). En este sentido podemos detenernos en algunos casos concretos pertenecientes a los tipos de metáforas a los que nos hemos referido. En el caso del tiempo es oro, es una metáfora que tiene que ver con la valoración social que tiene el aprovechamiento del tiempo, con los criterios de eficiencia y eficacia de los cuales se parta entre otras cosas. En el caso por ejemplo, de las metáforas orientadoras, la felicidad, la salud, el éxito, puede significarse con la palabra arriba, mientras el infeliz, el fracasado, el enfermo, con el abajo, y esto responde a criterios vivenciales de postura física por ejemplo, y la experiencia de que las personas saludables, fuertes, permanecen erguidas, mientras los enfermos o deprimidos pueden estar cabizbajos, con los hombros caídos, etcétera (Lakoff & Johnson, 1995). Existen otros casos interesantes cuya naturaleza epistemológica se puede buscar en las relaciones afectivas con objetos o hechos de la realidad. Tales son los casos de: llegó con sus valores, lleva sus creencias a cuesta. Estos son ejemplos que se apoyan en la premisa de la relación afectiva de acercamiento o distancia hacia los objetos que nos son gratos o negativos en nuestra vida cotidiana. Desde esta perspectiva por ejemplo, lo que se trae o lo que no, lo que se lleva o lo que no, puede estar construido sobre la base de relaciones afectivas. De esta forma, si alguien trae sus valores a cuesta puede ser por dos razones fundamentales, o porque hay una relación de imposición de alguna manera, o son muy positivos para el sujeto, y la cuestión en los términos que se discuten aquí es la siguiente: nadie se “acerca”, “carga”, o mantiene desde el punto de vista simbólico, una relación afectiva cercana, o de posesión con algo que le sea desagradable, de mal gusto.
Existe un tercer nivel más concreto aún, en tanto tiene que ver con todo un procesamiento cognitivo por parte del sujeto. Este nivel tiene que ver no solo con el proceso de emergencia de la metáfora, sino con su recurrencia, su sistematicidad en el pensamiento. Este nivel se relaciona con los procesos de correlación y analogía (Soriano, 2009). El establecimiento de comparaciones, y la sustitución de un concepto por otro, se apoya fundamentalmente en la percepción de semejanzas que tienen que ver tanto con lo funcional como con lo estructural. Algunos ejemplos se pueden encontrar en las metáforas: estar dormido es como estar muerto, una profesión es como una carrera de largo aliento. La primera es una metáfora estructural, en la que el estar dormido se puede intercambiar con el concepto de muerte tanto por la forma del que duerme, como por el nivel de actividad física durante el sueño. La segunda es una metáfora de movimiento, en la que el concepto de profesión se equipara al de carrera de largo aliento por cuestiones que pueden ser funcionales, y estar relacionadas a la cantidad de esfuerzo, al tiempo, la dedicación, la disciplina; que puede implicar el ejercicio de una profesión, así como una carrera de largo aliento.
Este nivel tiene que ver también con el cómo se construye el criterio de invarianza cognitiva (Lakoff, 1992). La construcción del criterio de invarianza por parte del sujeto en relación a cómo son los hechos, y cómo se relacionan entre ellos, tiene que ver con la misma recurrencia de los hechos, las acciones, y las relaciones causales en la vida cotidiana. El criterio de invarianza también se construye desde una perspectiva más compleja. Esta tiene que ver no tanto con la percepción directa de hechos, acciones o vínculos, sino con un proceso de generalización más complejo. Este proceso de generalización se apoya en principios globales que pueden ser útiles para comprender casi cualquier hecho de la realidad, y que servirán para construir o asumir metáforas. Entre estos se encuentran los casos de: las cosas pasan por algo, siempre hay causas, las causas son como fuerzas que mueven, los hechos contingentes deben guardar alguna relación, entre otros (Lakoff, 1992).

El valor del pensamiento metafórico para el análisis psicológico
Hasta este punto podemos hacer algunas afirmaciones que nos sirvan de punto de partida para de-sarrollar el que constituye el núcleo del artículo: el valor que el pensamiento metafórico puede tener para el ejercicio de los profesionales de la psicología.
La primera es que cuando hablamos de metáfora, al menos desde una perspectiva que puede ser útil para nuestro ejercicio profesional, no nos interesa tanto la perspectiva lingüística que la analiza como un modo de hacer el lenguaje poético, inteligible, o cercano cognitiva y afectivamente a un público; sino como expresiones que nos pueden conducir al pensamiento metafórico del sujeto, a todo un sistema conceptual que se organiza y funciona desde lo metafórico.
Las metáforas no se usan de modo accidental en nuestro lenguaje, ni tienen un uso arbitrario, sino que reflejan nuestro pensamiento en términos conceptuales y simbólicos, y tienen que ver con nuestras experiencias de vida (Lakoff & Johnson, 1995).
Dos elementos que convierten al pensamiento metafórico en un objeto relevante de análisis para la psicología, tienen que ver primero con su presencia y sistematicidad en nuestra vida cotidiana, y luego con el hecho de que así como las percepciones y las representaciones sociales, también confieren niveles de orden y regulación a nuestro pensamiento, nuestra afectividad, y nuestro comportamiento.
El pensamiento metafórico está estrechamente vinculado a los procesos de categorización social (Lakoff, 1992). Se trata de un recurso que utilizamos de manera inconsciente, y que es relevante para el ejercicio de nuestra profesión en tanto se asocia a los procesos de inferencia, estereotipos, prejuicios, falsas creencias, motivaciones, etc. En este sentido, lo importante no es tanto su detección en las expresiones del sujeto, ya sean orales, escritas, o por otro medio, sino llegar a toda la trama argumental que la sustenta (Lakoff, 1992). Siguiendo esta idea, nos podemos encontrar con un sujeto que se refiere al éxito como un lugar a donde se llega. En este caso, lo importante no es solo la detección de esta metáfora, sino el hecho de que detrás de llega, puede haber una noción de movimiento, de desplazamiento, y esto es relevante para nuestra actividad porque todo desplazamiento implica un punto de partida, un motivo para ello, recursos para emprender el camino, una forma de llegar, etc. En este caso, la noción de movimiento nos conduce al importante tema de las motivaciones, y tanto el estado actual del sujeto, como su proyección futura. Algo muy importante en relación a este análisis, es que en el pensamiento metafórico hay niveles variables para entender el concepto sustituto, y en este sentido no podemos caer en la trampa del movimiento en sí, pues el sujeto personaliza lo que considera las formas pertinentes de ejecutar sus acciones, los recursos, y esfuerzos necesarios a sus fines, etc.
Muy relacionado a la idea anterior, está el hecho de que cuando el pensamiento funciona a través de metáforas, hay muchas implicaciones que deben ser analizadas desde lo que se expresa, pero también desde el punto de vista de lo que no. Esto se debe a que el pensamiento metafórico “juega” con lo que se considera implícito, supuesto, obvio, y sin necesidad de mencionarlo o traerlo a colación. Esto es importante para las relaciones sociales en general.
Estas implicaciones, ya sean expresadas o no, posicionan al sujeto en relación al pasado, durante el presente, y lo proyectan al futuro, lo ubican en relaciones de exigencia, como agente activo o pasivo de la acción de hechos, objetos, otras personas, o de él mismo (Lakoff, 1992; Lakoff & Johnson, 1995). El caso de las relaciones de exigencia es interesante. De esta forma, podemos encontrar metáforas como: el amor exige compromiso, debemos estar a la altura de nuestro puesto. En estos casos, lo relevante es buscar cuáles son esas exigencias, y cómo se piensan y construyen de manera concreta por el sujeto. Los casos de exigencia vistos en las metáforas son relevantes, pues nos conducen hacia el sujeto visto en su relación con otro u otros, al cómo visualiza las exigencias de las relaciones, entre otras cosas. En estos, como en todos los casos en que funciona el pensamiento metafórico, debemos tener presente que en las exigencias, las acciones, las proyecciones futuras, las metas, etc; están comprometidos los sentimientos y afectos de los sujetos, valoraciones y autovaloraciones.
El caso del papel activo o pasivo del sujeto es importante para detectar la asunción de responsabilidades. Es por ello que una estrategia pertinente puede ser focalizar quién es el agente de la acción, y sobre quién recae esta en el pensamiento del sujeto. En este sentido, puede ser pertinente profundizar en expresiones como: es que ellos no me comprenden, ha sido culpa de la vida, esa forma de ser me está poniendo tenso, etc. En estos ejemplos, puede ser pertinente como parte de todo un ejercicio de análisis mayor y más sistemático, profundizar en las nociones ellos, así como concretar y operacionalizar las nociones: la vida (cuál, cómo, por qué) y esa forma de ser (cuál, cómo, de quién, etc).
Un elemento relevante en el estudio del pensamiento metafórico, es que cuando se produce la correlación, el cambio de un concepto por otro, a ese nuevo concepto se asocia todo un conjunto importante de elementos semánticos (Soriano, 2009). Todo un conjunto que puede dar cuenta tanto de otros conceptos, como de otras metáforas u expresiones que no son metafóricas, pero que sí dan cuenta de las implicaciones de las primeras, y con las cuales se mantienen relaciones de supeditación, complementación, etcétera (Lakoff, 1992; Lakoff & Johnson, 1995). En el caso del tiempo es oro, el tiempo es sustituido por el oro, algo valioso en nuestras sociedades, con lo que pueden guardar relaciones de supeditación otras metáforas como: no debes perder el tiempo (el tiempo como algo que se puede tener, poseer, y que por lo valioso no debe perderse), debes aprovechar mejor el tiempo, esto ha sido una pérdida de tiempo, etc. Aquí, lo relevante es conocer que el pensamiento metafórico se puede presentar en el lenguaje de una manera en que las expresiones, ya sean metafóricas o no, se asocien a máximas más generales, en tanto responden a metáforas con un grado mayor de generalización. Tal es el caso del tiempo, pero también lo puede ser: debemos encontrar la felicidad, como una metáfora con un grado amplio de generalización, y a la que pueden estar asociadas expresiones metafóricas como: ¿has llegado a ser feliz?, ¿cómo conseguiste ser feliz?, u otras no necesariamente metafóricas como: me siento ansioso cada vez que pienso en la felicidad. Volvemos una vez más al lenguaje como vía de acceso al pensamiento, y en este sentido lo asociado a una metáfora más inclusiva, puede ser tanto otro concepto metafórico, como una creencia o una ansiedad.
Las expresiones del pensamiento metafórico deben ser legitimadas y focalizadas con cautela en nuestra práctica profesional (Queraltó, 2006). Esto responde a que si son sistemáticas, y corresponden a la manera cotidiana de economizar y organizar nuestro pensamiento, también tienen que ver con la forma en que pensamos y nos posicionamos ante los problemas, con pertenencias identitarias, etc. Las expresiones del pensamiento metafórico pueden ser muy útiles en ejercicios como la mediación, pues siguiendo a Picard (2002), en ocasiones es pertinente reestructurar falsas creencias, y marcos de interpretación. Un elemento a tener presente es que las metáforas nos proponen cómo entender y dar sentido a hechos de nuestra realidad, pero también nos hacen perder de vista otros detalles, funcionan como elementos que muestran, pero que también ocultan. De acuerdo a Lakoff y Johnson (1995) “la metáfora destaca ciertas características mientras suprime otras” (p.183). Un ejemplo pudiera ser el caso de pensar una discusión como una batalla. En este ejemplo, estarían asociadas un grupo de nociones en relación a la necesidad de defender posturas e ideas, saber atacar y contraatacar, o el pensar los resultados en términos de victoria o derrota. Estas ideas y exigencias asociadas a la metáfora, y construidas por nuestro pensamiento, tienen una repercusión importante en cómo se maneja la negociación, en el hasta dónde se visualizan o no las posibilidades que se han ocultado por nuestro pensamiento, para colaborar, dialogar (Lakoff, 1992; Lakoff & Johnson, 1995).
Cuando en este trabajo se habla de sujeto, se piensa ante todo en un ser social, ubicado en un contexto determinado de relaciones sociales en el cual la comunicación es central para la emergencia misma de la subjetividad. Por ello puede ser pertinente una pregunta que intenta cuestionar la importancia misma de tener en cuenta el pensamiento metafórico a pesar de su sistematicidad, y cuan congruente podemos ser con una característica medular de la personalidad: su carácter único e irrepetible. La pregunta es: si no existe nada nuevo en el lenguaje, si todo lenguaje (oral, escrito) es ya un lenguaje dicho y utilizado por otros (Maybin, 2001; Batjin, 2012) ¿cómo podemos captar la singularidad y la individualidad del pensamiento del sujeto en expresiones que forman parte de un repertorio compartido, ya elaborado de manera más o menos intencional por otros?
La intención de buscar el sello individual en el discurso del sujeto ha sido preocupación de autores como Van Leeuwen (2008), quien desde el campo de la comunicación por ejemplo, se interesa en los procesos de personalización del discurso social. En el presente trabajo se parte de la idea de que esta búsqueda puede ser relevante para nuestra labor desde la psicología, en tanto reconocer la individualidad tiene un valor importante para detectar matices, para llevar a cabo un ejercicio profesional “a la medida”. Esta idea hasta parece de perogrullo.
La pregunta viene a colación, porque en este trabajo se considera que se puede profundizar en la que vendría a ser la respuesta: la subjetividad. La respuesta no es fácil. Primero hay que exponer el hecho de que el lenguaje como herramienta del pensamiento no se construye y recrea solo por parte de otros, sino en la participación con otros. En este sentido, el buscar el sello individual al pensamiento metafórico puede tomar dos caminos ambos relevantes. El primero es que el hecho de hacerse eco de una metáfora compartida por otros, lejos de significar reproducción, puede ser también apropiación consciente de todo lo que implica, puede ser muestra de elementos identitarios importantes. El segundo camino nos lleva a la metáfora, digámoslo así, un poco más personalizada. Siguiendo a Lakoff (1992), no podemos caer en la trampa de asumir rápida y acríticamente los nuevos conceptos sustitutos empleados por los sujetos, pues toda su carga simbólica, su contenido semántico asociado es pensado también de manera individualizada. De esta forma, cuando el sujeto dice: debo buscar la felicidad, no se trata de cualquier búsqueda, sino de una en la forma en que él la tiene pensada o la puede pensar, y en este sentido como ya se ha dicho, nuestra tarea es llegar hasta las creencias y argumentos que la sostienen.
Una estrategia importante puede ser focalizar aquellas características del conjunto de metáforas utilizadas por el sujeto. Ello puede llevar nuestro análisis un paso más arriba, pues puede permitir dar cuenta en alguna medida de los procesos selectivos, de las diferencias e invariantes en las vivencias del sujeto. Estos resultados nos pueden servir de herramientas para gestar otros marcos de interpretación, motivaciones, creencias, etc. Un ejercicio importante es atender también a los indicadores de elaboración personal, a la cantidad y la cualidad de los argumentos y opiniones que sostienen esas metáforas que son tanto creadas como asumidas de manera más o menos consciente por el sujeto, por el grupo, etc. De igual forma, puede ser pertinente atender al criterio de implicación afectiva.
Un elemento muy importante, y relacionado esta vez no tanto con la pertinencia de la toma en cuenta del pensamiento metafórico, como de la forma en que se tiene en cuenta, es que no todas las metáforas “comprometen” en igual medida nuestro pensamiento, las formas más estables en que vivenciamos nuestra vida cotidiana, nuestras proyecciones a largo plazo, etc. Hay expresiones metafóricas que en nuestra vida cotidiana están orientadas precisamente a expresar una vivencia, un afecto, un criterio, o lograr el entendimiento con alguien; y que no tienen trascendencia regulativa de nuestro pensamiento o nuestra acción, más allá de la situación en que son utilizadas por las características de la situación misma. Este puede ser el caso de expresiones como: me rompiste el corazón, o te la comiste. Esta reflexión anterior es pertinente porque tiene que ver tanto con el alcance de nuestro análisis, como con la necesidad de reducir ansiedades en torno a su utilidad y práctica. Un elemento que puede ser pertinente es, en la medida de lo posible, asociar el pensamiento metafórico al contexto no tanto donde surge, sino donde juega un rol determinado para orientar las vivencias del sujeto en alguna medida.
En este trabajo se insiste en que el objetivo se focaliza en aquellas metáforas que pertenecen a la vida cotidiana, y no a las que son utilizadas para hacer literatura como campo profesional más o menos especializado. Esta última aclaración es importante porque podemos analizar por ejemplo, los productos de la actividad, en este caso poemas o escritos literarios de un caso de estudio que guste de ello.
Cuando se hace referencia a que no todas las metáforas “comprometen” en igual medida nuestra forma de pensar, se hace alusión a una cuestión que en primer lugar, guarda relación con temas ya conocidos en la psicología como el caso de relación entre lo que se dice y lo que se hace, la congruencia del sujeto. Ante este hecho, debemos pensar en que puede tener tanto valor el análisis que apueste por ciertos niveles de predicción de lo que puede pensar o hacer el sujeto, como el análisis que ve en la conformación y recreación de una metáfora, un hecho con valor informativo acerca de relaciones sociales, del contexto en el que vive el sujeto, de cómo se ve a sí mismo, y cómo ve a otros, cómo visualiza exigencias, metas, y responsabilidades. Desde esta perspectiva que defiendo, la existencia misma de la metáfora tiene un valor hasta diagnóstico, para trabajar con el sujeto, el grupo u otros.
Cuando se dice que no todas las metáforas tienen igual importancia para el sujeto, se hace alusión al hecho de que no todas, ni de igual forma, tienen que ver con las metas y necesidades fundamentales de los sujetos, que no todas tienen igual carga afectiva asociada, entre otros elementos. Ante estos hechos, lo primero es no despreciar ninguna metáfora, y pensar en lugar de exclusión o inclusión de pensamientos; en relaciones de jerarquía, de subordinación; en la búsqueda también de aquellas metáforas que se asocian a los procesos de toma de decisión por parte del sujeto sobre temas centrales y acuciantes, las metáforas presentes en sus intercambios con personas significativas, y a propósito de temas relevantes para él. Será bueno también valernos del criterio de sistematicidad y recurrencia de estas.

Conclusiones
Las expresiones metafóricas solo constituyen uno de los elementos que pueden estar presentes en las expresiones del sujeto, y su toma en cuenta solo debe ser considerada como complemento a todo una labor de análisis mayor.
Las metáforas no constituyen un hecho arbitrario, sino enraizado en los procesos mismos de convivencia y relaciones sociales entre las que se encuentran insertados los sujetos con los que trabajan las ciencias sociales. Para la psicología en general, es relevante además, el hecho de que estas expresiones no se reducen a un asunto de lenguaje, sino que están estrechamente vinculadas a un pensamiento conceptual y metafórico. Este pensamiento es complejo, y establece relaciones de jerarquía y complementación tanto entre metáforas, como entre metáforas y otro conjunto importante de elementos cognitivos como son las creencias.
El pensamiento metafórico es relevante en tanto constituye un elemento orientador y regulador de afectos, emociones, criterios y creencias. Él no solo es construido, sino recreado y asumido por el sujeto en su propia cotidianidad, a partir de sus vivencias, y nos puede arrojar información importante sobre la forma en que el sujeto vivencia el pasado, el presente, y se proyecta al futuro, sobre la forma en que piensa, siente a otros, y a sí mismo.
Si bien el pensamiento metafórico es crucial en la vida cotidiana, no todas las expresiones metafóricas tienen igual peso para la comprensión a la que podemos llegar sobre el sujeto. Tanto para saber discernir este elemento, como para la toma en cuenta de aquellas que resultan más esenciales a nuestro análisis, nuestro ejercicio puede dirigirse hacia aquellos pensamientos metafóricos que participan durante los procesos de toma de decisiones relevantes o centrales para la vida del sujeto, las asociadas a sus relaciones más significativas, así como elementos asociados a las metáforas en sí; y que tienen que ver con las creencias y los argumentos que las sostienen, así como los niveles de implicación afectiva. Una tarea que puede ser útil, es llevar el análisis a un plano de conjunto, y tomar en cuenta todo el sistema metafórico que emplea el sujeto, pues allí se pueden detectar invariantes, diferencias, criterios de selectividad y categorización social, etc.
Existen muchas aristas que pueden y deben ser investigadas desde una perspectiva que necesita la interdisciplinariedad. Estas aristas tienen que ver no solo con la labor, digámosle así, de exploración y conocimiento de un otro, sino con la importancia que pueden tener las metáforas en el proceso de devolución de contenidos al mismo. Tanto en una dimensión como en otra de nuestra labor, será relevante atender y profundizar en lo relacionado a las diferentes formas de expresión (lenguaje oral, escrito, pintura, danza, lo audiovisual, etcétera), así como en relación a sujetos, grupos, contenidos mediáticos, e instituciones.
No se puede confundir la necesidad de seguir investigando este tema, con el intento de hiperbolizar su importancia dentro de nuestro ejercicio profesional. Los resultados de la investigación, nuestros marcos teóricos y metodológicos de referencia profesional, así como nuestros objetivos concretos en un momento determinado, serán factores que nos ayudarán a evaluar la pertinencia del tema aquí abordado. Una pertinencia no solo en términos de pertinente o no, sino del cómo.

 

Bibliografía
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