Vol 2. Núm 4. 2014
A LA SOMBRA DE SU SOMBRILLA
Manuel Calviño Universidad de la Habana

María Elena Solé Arrondo

 Se es más cuando se vive entre buenos:
y con cada bueno que se va, se es menos.
José Martí

 

Acaba de fallecer María Elena Solé Arrondo.
Haría falta mucho tiempo para hacer por escrito el homenaje que María Elena se merece. Por el momento, sus más allegados familiares y amigos compartimos con la comunidad de psicólogos, y la universitaria en general, nuestro profundo dolor.
María Elena es irrepetible: modestia, inteligencia, calidad humana y valor para enfrentar hasta el último minuto los desafíos que la vida le puso por delante.
Como psicóloga e incansable trabajadora universitaria merece ser recordada y homenajeada como una de las más valiosas y mejores personas que ocuparon nuestro claustro en el último medio siglo.
Afortunadamente, nos despedimos sin saberlo hace dos días.
Llegue este mensaje a todos los que la quieren y admiran.
Carolina de la Torre y Mayra Manzano.

Maria Elena Solé Arrondo has just died.
It would take a long time to make a written tribute to Maria Elena deserves.
For now, his closest friends and family share with the community of psychologists, and university in general, our deep pain.
Maria Elena is unique: modesty, intelligence, human goodness and courage to face up to the last minute challenges life put ahead.
As a psychologist and university tireless worker deserves to be remembered and honored as one of the most valuable and best people who occupied our faculty in the last half century.
Fortunately, we parted without knowing two days ago.
Arrive this message to all who love and admire.
Carolina de la Torre and Mayra Manzano.

 

Fue así como supe de la partida de la amiga entrañable. Así, desgarradoramente, me di cuenta que se escapaba de entre nosotros un fragmento privilegiado, testimonial e ilustrado de la historia de la psicología en nuestro país. María Elena, luego de demostrar la coherencia de su vida ante el difícil trance de una enfermedad terminal, después de habernos dado una lección magistral de apego a la vida, de deseos de vivir, de proactividad, decidió cambiar de forma de existencia. Se marcha en un acto de inmensa dignidad, propio de su respeto a lo humano. Acaba de partir una imprescindible hacia el universo de la trascendencia.
Nació en la Real Villa de la Asunción de Guanabacoa, un 17 de agosto de 1941. Ese año el ejército soviético demostraba en Smolensk, al rechazar la “Operación Barbarroja”, que la resistencia al enemigo era no solo necesaria, sino posible. Hemingway aún recibía elogios de la crítica por su obra eterna Por quién doblan las campanas publicada unos meses antes, precisamente cuando Corín Tellado comenzaba a publicar sus “novelas rosa”. Cuatro meses después del nacimiento de la hija del Dr. Solé, se produjo el ataque a Pearl Harbor. El Cookery Book, editado en 1941 por The British Ladies’ Committee in Aid of War Relief, publica la receta cubana del Arroz con pollo y la del Ajiaco. Luego de diecisiete años de ausencia, llega a Cuba Wifredo Lam. Se publica por primera vez el Álgebra de Baldor. Antonio García Vidal, bibliófilo, investigador y periodista de Guanabacoa, funda su publicación trimestral Boletín de Asuntos Cubanos.
Quién sabe si en la cosmogonía de las determinaciones y las influencias, todo esto (y seguro que mucho más) sedimentó en el nacimiento de una niña que llamaba la atención en la escuela laica “Nuestra Señora de los desamparados”, por su inteligencia y su sociabilidad: María Elena Juliana Solé Arrondo. Y así fue después, cuando ingresó en el Instituto de Segunda enseñanza de La Habana, en 1953 (podría seguir con las cábalas, y ahora con más razón), y seis años después en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad habanera.
En una de las tantas autobiografías que tuvo que escribir, no renegando, y sin ocultar una sensación de condición privilegiada, escribió: “Procedencia social: Pequeña burguesía”, y más adelante: “un medio social económicamente holgado”. Le vino de los Solé una gallardía de aristocracia intelectual cubana. El Dr. Solé, su padre, fue un excelente profesional, que dotó a su familia no solo de su amor, sino del cariño y aprecio de todos los que le conocieron. Todavía hoy, basta con caminar por la casona de Aranguren, la 337, entre Cadenas y Jesús María, para sentir la impronta de quien fuera una figura instituyente en la vida de María Elena.
De los Arrondo recibió el percutir sensible del arte, de la música. Erlinda, su madre, de ojos intensos y saltones, conservó atado en recuerdos, en la sala de la casona de Guanabacoa, el piano sobre el que fueron llevadas a pentagrama las primeras inspiraciones del Tío Juan (Juan Manuel José Bonifacio Víctor de la Caridad Arrondo y Suárez, 14/5/1914-16/8/1979), “el bohemio espontáneo”, que, aunque nacido en Regla, vivió su vida con intensidad en Guanabacoa, donde compuso sus más de 240 canciones, y vivió sus muchos amores (dicen que casi uno por canción).
De los amores puros y múltiples del “bardo enamorado”, Maria Elena guardó para sí la intensidad, la entrega. Fue mujer, en lo fundamental, de un solo amor. Amor extenso. Amor sentimiento. Amor compañero. Amor silencio. Amor de paz. Amor en Guerra. Nacido en los tiempos de las actuaciones épicas. Alimentado con las horas arrebatadas al trabajo, al descanso, a la consagración. Fue sobre todo su amor “un amor aguerrido”, que fue un sol encendido por todo lo que merecía, de ella, todo el amor.
Cuando de algún lugar salía la voz del Benny (Moré) interpretando “Fiebre de ti”, o “Qué pena me da”, frau Solé –como le decían sus amigas cercanas luego de sus estancias alemanas– perdía la compostura, y pletórica de orgullo decía: “Esa canción es de mi tío Juan”, y la seguía tarareando. En más de una ocasión me dijo: “Yo sé que yo no canto bien, pero me gusta hacerlo”. Y nadie dude que le gustaba, y que bastaba que alguien dijera (o pensara con un poco de amplificación) “que cante María Elena” para que inmediatamente, como un resorte, saliera al estrado y comenzara a articular una pose propia del bel canto, dejando escapar chirridos que eran, para su público doméstico, motivos de alegría, bienestar y recordación.
Su top hit fue la “Mazurca de las Sombrillas”, de la zarzuela Luisa Fernanda, obra en tres actos del gran Federico Moreno (esto me lo dijo ella una vez, después de salir a escena).

“A la sombra de una sombrilla
de encaje y seda
con voz muy queda
canta el amor”

La acompañaba, en esta aventura, Dieguito (Gónzález Serra). Él, semiposeído por el ánima errante de Enrico Caruso. Ella, con cualquier artefacto que tuviera a la mano, blandido como un paraguas, con cara de Candita Quintana, gesto de Georgia Gálvez, y empoderada por la mismísima Luisa Fernanda. Era una imagen digna de envidia. La flamante Directora, convertida ante los ojos de todos, en la cupletista, o la doña de zarzuela, o lo que viniera al caso. Sin represiones, sin absurdos prejuicios. Al natural. Como siempre era ella: natural, auténtica, transparente.
Había llegado en el curso 1959-1960 (saquen ustedes sus propias conclusiones de los simbolismos) a la Facultad de Filosofía y Letras. Pero “no era esta la especialidad de mi total interés… así que llegué tarde a la matrícula, pero me aceptaron de oyente”. Se integró entonces a un grupo interesado en la psicología, dirigido por el Dr. Alfonso Bernal del Riesgo. Lo admiraba. Reconocía su inteligencia superior. Como todo, reconoció sus virtudes, y trató de sortear sus defectos. ¿Acaso hay algún ser humano que no los tenga? Así que catapultada por lo que allí vivió, ingresó, en abril de 1962, en la carrera de Psicología, que recién debutaba en la colina bajo los influjos de la Reforma universitaria.
María Elena hizo suya la sentencia de su líder: “Dentro de la Revolución todo. Contra la Revolución nada”. Fue primero vicepresidenta, y luego presidenta de la Escuela. Era incansable. Una “todóloga” eficiente a todas las manos. Fue instructora no graduada, hacía deportes, avanzada en las prácticas culturales, dirigente querida y respetada. Obstinada, empeñada, decidida. “Tú siempre has sido así – le dijo un día, delante de mí, su amiga de siempre, y mía, Liliana Morenza– cuando se te mete una cosa en la cabeza, no hay quien te la saque”. Para 1966 conformó el grupo de los primeros egresados de nuestra institución.
En la Sociedad de Psicólogos de Cuba se guardan (espero que con celo) las fotos en las que podemos encontrarla –junto a sus amigas de siempre, Beatriz Díaz, su coterránea y casi carnal Ada Gloria, y muchas otras– en los días de la actividad comprometida, en comunidades, movilizaciones, unidades militares, fábricas, en Centros de menores, en Camagüey, en Yateras. Lulú –esto es solo comprensible para los que tenemos más de cuarenta y cinco años, y de niños nos sentábamos a ver “los muñequitos” por la televisión– fue siempre, absolutamente siempre, miembro activo de una emergente comunidad de psicólogos y psicólogas al servicio de un proyecto de bienestar y felicidad para todos los cubanos y las cubanas. “Nunca me olvidaré de esos años. Uno tenía la sensación de utilidad, de servicio, de hacer algo importante por la gente. Esa es la Psicología que a mí me gusta” – me dijo cuando en una ocasión intenté dibujar, por escrito, aquellos tiempos.
Los 60 fueron los años del eclecticismo renacentista comprometido. Como escribió Carola (Carolina de la Torre) para la Revista de ULAPSI, “Todo lo viejo al fuego. Todo lo que respiraba modernidad, transformación, crítica al mundo burgués, era bienvenido. Lo fundamental era el compromiso con un proyecto social con el que soñábamos transformar el país. Son los años de oro de la Revolución Cubana. Los años de ‘la efervescencia revolucionaria’. Estábamos más preocupados por la construcción de un nuevo mundo que por la construcción de teorías” María Elena estaba en la primera línea de fuego.
Su trayectoria fue siempre ascendente. El primero de diciembre de 1966, Año de la Solidaridad (siguen los azares causales) se le confirió la categoría de Instructor graduado. En 1971, la de Asistente. En 1977, como reza el documento rubricado por el Dr. Fernando Rojas Ávalos, entonces Rector de la Universidad de La Habana, y la Dra. Nidia Ledea Ramírez, Secretaria, se le otorgó la categoría de Profesor Titular.
En 1968 ocupaba la subdirección docente de la Escuela. Y en diciembre de 1970 se convirtió en la Directora de la Escuela de Psicología, de la Facultad de Ciencias, de la Universidad de La Habana. Ese mismo año, después de siete de compromiso militante en las filas de la UJC, ingresa en las filas del Partido Comunista de Cuba. Tenía veintinueve años. Se sentía profundamente militante, revolucionaria. Y lo era. Nadie lo puede poner en duda. Lo fue hasta el último día de su vida.
A la sombra de su sombrilla pasaron mis primeros años estudiantiles. Fue mi Directora desde que llegó al asiento que antes habían ocupado Aníbal Rodríguez y Juan José Guevara. Fue una excelente Directora de la Escuela de Psicología. Y luego del proceso de institucionalización universitaria, una excelente Decana (la primera Decana) hasta el último mes de 1978.
A la sombra de su sombrilla se vivieron acontecimientos de envergadura histórica en nuestra casa de San Rafael y Mazón. La UJC se separaba de la FEU para ganar la identidad de los iguales, pero diferentes. Los estudiantes queríamos tomar el cielo por asalto. La Universidad de los universitarios. La FEU de Mella, de José Antonio. Habría muchas cosas que decir. Muchas cosas que destacar. Como he dicho otras veces, mi vocación es de cuentero, no de historiador. Vendrán, eso espero, los que con la tranquilidad de la distancia, aunque sin el calor de lo vivencial, puedan historiar estos años. Les advierto, que si en sus elucubraciones la figura de María Elena Solé no resalta, el intento será fallido.
Algo no puedo dejar pasar por alto. Fue María Elena la estratega y artífice del más alto salto cualitativo que dio la Facultad en toda su historia. Lo había proyectado junto a su amiga y contraparte Liliana Morenza, con la anuencia de “los factores”. Había que propiciar un desarrollo acelerado que “reingenierizara” los años del despliegue profesional del compromiso, y potenciara un crecimiento científico. Poner la Psicología en Cuba a la altura de los desarrollos de época, aunque obvio, sujeta a los condicionantes también de época. Con la ayuda de Karelin, asesor del Rector, figura aún escondida en los anales históricos de la sovietización de la Universidad, salió a buscar espacios para el crecimiento.
La ofensiva la comenzó a dirigir en el 72, y se profundizó luego de una visita a la extinta URSS en 1976. De esa época recordaba siempre su encuentro con Alexei Nikolaievich Leontiev, entonces decano de la Facultad de Psicología de la Universidad “M.G. Lomonosov”. “Calvo, después que le pedí todas las becas, me dijo: ‘Pero usted también tiene que compartir con nosotros a uno de sus profesores, para que venga a impartir conferencias acá’.” La Solé contaba que se inquietó mucho ante la solicitud del padre de la Teoría de la Actividad. “¿En quién estará pensando?”- Al instante la duda quedó despejada (más bien, transformada en otra duda). “Me refiero al profesor Hilgard”- concluyó el discípulo de Vygotsky. Dentro de la cabeza de la directora la situación resultaba disonante. ¿Hilgard? ¿Ernest Hilgard? ¿El psicólogo norteamericano, autor de Teorías del aprendizaje, el texto que fusilamos en La Habana? ¿Aprendizaje, un tema del que tanto ha hablado Leontiev? No daba crédito a lo que escuchaba. Hasta que un día le comenté (luego de mis fructíferos años de estudio en esa misma facultad, y bajo la tutela del mismo decano) “No hay que asombrarse. Muchos rusos tienen la idea de que Cuba es una isla metida en el canal de Houston, en la Bahía de Galveston, o en alguno de los lagos del norte revuelto y brutal, o peor aún, en la península de la Florida”…. “¡Tú eres tremendo!” – me dijo; expresión que me regaló con inmenso cariño muchas veces.
Su total confianza en los más jóvenes, su ojo clínico para diagnosticar potencialidades de desarrollo, su clarividente comprensión de a dónde tenía que marchar la Escuela, nos llevó a muchos de los graduados en los inicios de los 70 a hacernos Doctores en Ciencias Psicológicas en la URSS. Pero lo de menos, así lo creo yo, es el título. Lo de más fue el crecimiento profesional y científico que logramos por una clara política, sin descontar por supuesto nuestro esfuerzo, y un accionar consecuente con ella, que puso a nuestra Facultad entre las primeras de la Universidad por el nivel científico de su claustro. María Febles, Ángela Casañas, Mara Fuentes, Fernando González, Elisa Knapp, Graciela Martínez, Liliana Morenza, Carolina de la Torre, Demetrio Campa, Mayra Manzano, y otros entre los que me incluyo.
Fueron también años difíciles. No faltaron “las purgas”, no faltaron las orientaciones desde arriba de excluir a quienes no representaban los más puros ideales de la revolución. Todos fuimos actores de una época de la que tenemos que aprender de los errores para que no se cometan nunca más. Pero nunca, nunca, se hizo nada con objetivos malsanos, desde sentimientos enrevesados y patológicos, con afán de sobresalir. Lo que se hizo se hizo desde la convicción, desde el deber, desde la profunda creencia de que era lo correcto. Hasta en el error, María Elena fue pura, bien intencionada, sensible. Quizás algunos contarán la historia de otra manera. Como yo la vi, como yo la viví, como participé de ella fue así: a puro corazón; de noble corazón. Para asistirme reviso múltiples evaluaciones de las que le hicieron sus jefes. Encuentro siempre una idea común: “Es una compañera excelente, modesta, honesta, sencilla, que plantea sus criterios con honradez y franqueza” (Certificado de evaluación DIP. 1987-88).
Su emocionalidad de libre expresión siempre me impresionó, en ocasiones a punto del infarto. Recuerdo un viaje que hacíamos en su resistente Peugeot argentino 404 de color gris. Regresábamos de una visita turística a Varadero (en moneda nacional, y solo por el día) con la que agasajábamos a dos ilustres visitantes: los psicólogos soviéticos Asieiev y Ponomariov. Ella iba al volante. En el asiento de atrás nuestros invitados con Mayra (Manzano), o Graciela (Martínez), no recuerdo bien. Yo iba de copiloto. Faltando menos de un kilómetro para llegar al puente de Bacunayagua (ayer en la frontera entre La Habana y Matanzas; hoy baluarte geográfico de la provincia de Mayabeque) comenzó a ponerse fea la situación, y justo a la entrada del puente se desató una lluvia torrencial de alta intensidad. Por el retrovisor estaba yo mirando el rostro de los “bolos” (denominación amable que utilizaba para referirme a los volodias-Володья-diminutivo de Vladimir-Влaдимир) que parecían encantados con aquella escena de Macondo. Pero, de pronto, María Elena, soltó el timón, y gritando me dijo: “Yo no sé manejar lloviendo, coge esto Calvo, coge esto”. Los “tavarichi” (тoвaрaщие) palidecieron. Aprendí mis primeras malas palabras en ruso. La Solé logró al menos poner el pie en los frenos y yo me hice cargo del timón. Bajo la lluvia salí del carro, y ocupé la posición de la conductora, que ya estaba en la zona de copiloto, campante y sonriente diciéndole a los ilustres: “jaracho, jaracho, spasiva”.
Su rostro era absolutamente incapaz de esconder lo que sentía y lo que pensaba. Dominaba de forma natural el arte de la mímica facial. Recuerdo cuando yo llegaba a su despacho para sus acostumbradas supervisiones –en esa época yo sustituí a Reinerio (Arce) en uno de los puestos cuyo título más me ha gustado: Jefe de Inserción. Por razones, “obviamente justificadas”…, yo no había hecho nada… “o casi nada que no es lo mismo pero es igual”. Mi imaginación se esforzaba por producir palabras que no decían nada (que iban a decir, si no había hecho nada), y ella me miraba con los ojos bien abiertos, los notorios cachetes en ristre, los labios apretados, y una mirada penetrante de total incredulidad. No tenía que pronunciar palabra alguna, y su mensaje era claro: “Sí, sí. Como que yo me voy a marear con lo que me estás diciendo”. Y para cada situación tenía su rostro. Su rostro que hablaba con tres elementos: los ojos, los cachetes, y los labios.
Para la segunda mitad de los 70 otras tareas titánicas, María Elena, con su equipo de dirección, y su claustro, tendría que afrontar: la homologación de los planes de estudio; el proceso de otorgamiento de categorías docentes; el despegue de la producción científica, de la producción bibliográfica propia. Algunos ya habíamos regresado luego de hacer nuestros doctorados. Fue entonces cuando por primera vez ella pensó también en ella. No desde el egoísmo, sino desde la responsabilidad. La avanzada era de saber, de ciencia, de desarrollo. Había que equiparse para ser parte de ese proceso. Creo que muchos contribuimos a su sabia decisión. Su misión institucional en la Facultad estaba cumplida. No había que eternizarse en un puesto (mucho menos de dirección, que no creo faltar a la discreción si digo que nunca fue de su agrado). Cerrando el año 1978, Maria Elena deja la Dirección de la Facultad, dando paso a una generación aún más joven.
En los años siguientes la colina sigue siendo su centro de operaciones. La Universidad de Humboldt, Berlín, la tiene como doctorante durante varias estancias desde 1979 hasta 1984, cuando defiende su tesis ante tribunal. De entonces data el “frau Solé”. En esta misma época ocupa la Secretaría del Consejo Científico Universitario. En 1985 ocupa la Dirección del Departamento de Investigaciones y Educación posgraduada. Miembro del Consejo Científico de la Facultad latinoamericana de Ciencias Sociales. Su trabajo es impecable. Todos descubren lo que ya sus compañeros de la Facultad sabíamos con creces: alta calificación, total dedicación y compromiso, responsabilidad suprema, capacidad para fomentar el trabajo en equipo, habilidades organizativas y de liderazgo.
Otra vez, con la certeza de la misión cumplida, y la necesidad de dar espacio a otros protagonismos, María Elena vuelve al camino de las nuevas responsabilidades. La Resolución Rectoral Nº 57/88 la libera de su cargo de Jefe de Departamento de Investigaciones científicas de la Universidad de la Habana, y la nombra metodóloga de la vicerrectoría para el trabajo científico. Creo que fue esta su última morada en la plantilla universitaria.
Todavía falta mucho por decir de la Profesora María Elena Solé, de la Psicóloga Clínica, de la terapeuta. La que no necesitaba ni video, ni data show, para que los alumnos visualizaran la sintomatología de las entidades a las que ellos mismos (y todos pasamos por esa experiencia) se parecen. La que trajo nuevas miradas al psicodiagnóstico desde su intercultural diálogo con los especialistas alemanes. La que llegó a Pinar del Río, para sorpresa de algunos, porque allí se merecen mucho que uno vaya a trabajar con ellos en la Maestría” (así me lo dijo, para que cuando me tocara, no faltara a la cita). Faltan también por listar los escenarios de Congresos Internacionales, Talleres, Conferencias en los que no pasó inadvertida la voz de la psicología cubana porque ella la representó con abundante cientificidad y compromiso. Se hablará, tengo la certeza, de las largas horas dedicadas a traducir del alemán para socializar conocimientos con sus estudiantes, con sus compañeros. De las decenas de tribunales de todos tipo en los que participó.
Habrá que hacer también un rastreo bibliográfico de sus publicaciones. En la Revista del Hospital Psiquiátrico de La Habana, en la Revista Cubana de Psicología (fundada hace más de sesenta años, y que corre el riesgo de desaparición), en libros de colectivos de autores. La generación de la que María Elena es un inequívoco conformador identitario, no fue una generación de escribir. Las premuras y las emergencias impusieron un predominio de la acción sobre su descripción textual. La avidez por asimilar más y nuevos saberes para traducirlos a los escenarios demandantes de un país en pleno experimento de construcción, resultó más poderosa que la comunicación y la mirada trascendente. No es solo la Psicología la que sentirá un día cercano la falta de asideros impresos testimoniales. Por eso la historia tendrá que ser contada desde sus protagonistas, y es este un llamado a los que están llegando, porque los que estamos saliendo no somos eternos.
No sé al final cuantas distinciones, medallas, condecoraciones, diplomas, etc. recibió en su vida. Hablaba con orgullo de la Medalla 25O, del Aniversario fundacional de la Universidad, y de la orden por la Educación Cubana. Después de estas se sumaron varias más. Pero siempre criticó el perverso método de que sea el distinguido quien se proponga y sustente el por qué de su posible elección.
Hay otras escenas, más en bata de casa, más cuidando de la familia Solé Arrondo, que también merecen ser contadas. Quizás Iria, su sobrina-hija, no nos prive de un deleite que se anticipaba en las visitas que hacíamos a la Mansión familiar.
Habíamos hablado de la imperiosa necesidad de recuperar toda su memoria histórica. Yo llegué a fantasear con la idea de hacer un libro donde ella contara la historia de la Psicología en la que participó, como ella la vivió, y fue una actriz principal. Quería que me aclarara desde su vivencia directa las historias de la UMAP, los intríngulis de las políticas de la época, las cosas buenas y las malas; las anécdotas y los chismes; lo escrito y lo dicho. Me dijo: “Lo tengo todo aquí, clarito, clarito, en mi cabeza. Y para ayudar a mi cabeza tengo también todas mis agendas, todas las notas que tomé. Todo está ahí. Cuando quieras vienes y hablamos… pero ven con tiempo, porque es largo” Pero como siempre ha sido: el tiempo es nuestro enemigo, la vocación de inmediatez que nos caracteriza, y sobre todo la certeza de que “todavía hay tiempo, tú estás entera” –que fue lo que le dije la última vez que estuve en su casa, y con Mayra, Carola y Liliana, fuimos a almorzar a un paladar de la Villa de Pepe Antonio. No acabo de aprender: puede ser que uno sepa cuando es demasiado pronto, pero casi nunca sabemos cuándo será demasiado tarde. Otra asignatura pendiente, que ahora tendrá solo la mente que recopila, el ojo que interpreta, pero no la piel que habita.
En unas horas más, mientras sus familiares y amistades cercanas cumplan su voluntad de que fueran lanzados al mar sus restos en cenizas, yo estaré en un estudio de televisión grabando Vale la pena. Y abrigo la certeza de que ella, como lo supo en vida, sienta en este ejercicio de mi cotidianidad profesional, mi auténtico agradecimiento. Porque mucho de lo que hago, se lo debo a ella. Que reciba mi cariño, mis afectos, porque los cultivó con los suyos. Y aunque no siga la pertinaz lluvia con la que ya está amaneciendo en nuestra ciudad, aunque el sol no sea especialmente hostigador, yo estaré bajo una sombrilla, a la sombra de su sombrilla, con la que siempre cubriré los recuerdos de la amiga, la colega, la compañera, la fundadora de futuro, que fuera, es y será María Elena Solé Arrondo.
Que la dicha y el privilegio de haber compartido contigo no nos dejen convertir en triste recuerdo lo que siempre fuiste: alegría, esperanza, compromiso, lealtad.
Desde aquí somos muchos los que te decimos muchas gracias, amiga ¡Hasta siempre!

Noviembre 9/2013

 

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